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03 de Mayo – San Felipe y Santiago: Testigos de la Resurrección y de la Luz

 

 

 Una multitud de 5,000 personas lo ha seguido porque ha visto las señales que hacía con los enfermos. La gente tiene hambre. Jesús alza los ojos, ve la multitud y se vuelve hacia Felipe con una pregunta. ¿Dónde compraremos pan para que coman estos? ¿Por qué Felipe? Había 12 apóstoles. ¿Por qué dirigirle a él la pregunta? El evangelio aclara, decía esto para probarlo, porque él sabía lo que iba a hacer.

 Era un examen y Felipe era el examinado. La respuesta de Felipe es deliciosamente humana. hace cálculos, evalúa, mide. 200 denarios de pan no bastarían para que cada uno recibiera un poco. 200 denarios. El salario de 8 meses de un trabajador. Felipe es el hombre práctico del grupo, el que piensa en logística mientras los demás piensan en milagros.

 El que mira la realidad con los ojos del sentido común y concluye honestamente que la situación no tiene solución. Y tiene razón, desde el punto de vista humano, las cuentas no cierran. 5000 personas, cinco panes, dos peces. Es absurdo, es imposible. Es exactamente el tipo de situación donde Dios trabaja mejor. Jesús toma los panes, da gracias, los distribuye. Todos comen.

 Sobran 12 canastos. La lección para Felipe, el calculista, el pragmático, el que hace cuentas, es demoledora. Cuando tus números dicen que es imposible, Dios multiplica. El milagro no niega la aritmética de Felipe, la trasciende. Y Felipe, que había contado los denarios, ahora cuenta los canastos sobrantes y comprende que hay una matemática que excede la suya.

 Pero el momento supremo de Felipe en los evangelios ocurre en la noche más sagrada de la historia, la última cena, el cenáculo. Jesús se está despidiendo de los suyos. El ambiente es denso de emoción y de presagios. Jesús ha lavado los pies a los apóstoles, ha anunciado la traición de Judas, ha instituido la Eucaristía y ahora habla de su partida con palabras que los discípulos no terminan de comprender.

Voy a prepararos un lugar. ¿Conocéis el camino a donde voy? Tomás lo interrumpe. Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino? Jesús responde con una de las frases más definitivas de toda la escritura. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Y entonces habla Felipe.

 Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Detente en esa frase. Escúchala con los oídos de quien la pronunció. Felipe no está siendo insolente, no está desafiando a Jesús, está expresando el deseo más profundo del corazón humano. Ver a Dios. Moisés lo pidió en el Sinaí, muéstrame tu gloria. Los salmos lo claman.

 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios? Felipe, sin saberlo, se convierte en la voz de toda la humanidad que busca al Padre y no lo encuentra. Muéstranos al Padre. Eso es todo lo que necesitamos. Si lo viéramos una vez, solo una vez, nos bastaría. La respuesta de Jesús tiene la fuerza de un trueno y la ternura de una caricia.

 Tanto tiempo llevo con vosotros y no me conocéis, Felipe. El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Es quizás la declaración cristológica más importante de todo el evangelio de Juan. Jesús no dice, “Yo represento al Padre, ni yo hablo en nombre del Padre, ni yo reflejo al Padre.

 Dais, el que me ha visto a mí ha visto al Padre. Identidad, unidad, Dios visible en carne humana, todo el misterio de la encarnación condensado en una frase que nació de la pregunta de un apóstol que la mayoría no recuerda. Sin Felipe no tendríamos esa frase. Sin su pregunta honesta, torpe, profundamente humana, no tendríamos esa respuesta.

 Y  la Iglesia lleva 2,000 años meditando esa respuesta. Los concilios de Nicea y Calcedonia, que definieron la relación entre el Padre y el Hijo, estaban respondiendo a la pregunta de Felipe. Toda la cristología, la ciencia que estudia quién es Jesús, es en el fondo un intento de comprender lo que Jesús le dijo a Felipe aquella noche en el cenáculo. Felipe nos representa.

Somos nosotros los que convivimos con Cristo en la oración, en la Eucaristía, en las Escrituras y seguimos sin ver lo que tenemos delante. Los que pedimos señales cuando la señal está aquí. Los que buscamos al Padre en el cielo cuando el Padre está en el rostro de Cristo. La pregunta de Felipe no es de un incrédulo, es de un creyente que aún no ha comprendido la inmensidad de lo que cree.

 Y la respuesta de Jesús no es un reproche, es una revelación. como si le dijera, “Felipe, abre los ojos, ya me tienes. Ya tienes al Padre, ya tienes todo.” Felipe aparece una vez más en el evangelio de Juan y su última aparición es tan simbólica como las anteriores. Juan 122. Estamos en Jerusalén durante la última Pascua.

 Unos griegos, gentiles que han venido a la fiesta, probablemente prosélitos atraídos. por el judaísmo. Se acercan a Felipe con una petición. Señor, queremos ver a Jesús. ¿Por qué se dirigen a Felipe y no a otro apóstol? probablemente por su nombre griego. En una multitud de galileos con nombres hebreos, el hombre que se llama Filipos es la puerta natural para un griego que no sabe a quién dirigirse.

 Felipe está en la frontera como siempre, con un pie en el mundo judío y otro en el helenístico. Es el mediador natural. Felipe no los lleva directamente a Jesús. Primero va a Andrés, otro apóstol con nombre griego también de Betsaida. y juntos llevan a los griegos ante el maestro. Es un gesto que revela prudencia.

 Felipe no actúa solo, busca compañía, consulta, camina en comunidad, pero el significado del episodio trasciende la anécdota. Los griegos querían ver a Jesús y su petición es la petición de todo el mundo gentil que llama a la puerta de la fe. Es el primer momento del evangelio en que los paganos buscan a Cristo y quien abre la puerta es Felipe, el apóstol de la frontera.

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