La escuela se veía cerrada y abandonada desde fuera. Desde dentro era un cuartel con cinco camionetas, equipo militar y 63 personas armadas. Las cámaras de seguridad eran otro detalle revelador. El CJNG había instalado cuatro cámaras en las esquinas del patio, conectadas por cable a un monitor que estaba en el salón 6, el centro de comunicaciones.
Las cámaras cubrían los cuatro accesos al terreno de la escuela y el camino de terracería que llegaba al pueblo. Desde el monitor del salón seis, el operador de turno podía ver quién se acercaba al pueblo y alertar a los ocupantes de la escuela con tiempo suficiente para prepararse.
Quiero ahora dar contexto sobre la guerra que se está peleando en la sierra de Sinaloa, porque sin ese contexto la escuela Cuartel no se entiende del todo. Sinaloa vive un momento de fragmentación territorial que no tiene precedente en su historia reciente. la detención de Ismael el mayo. Zambada en 2024 y las divisiones internas del cártel de Sinaloa entre las facciones de los Chapitos y los Mayos generaron un vacío de poder que el CJNG está intentando aprovechar.
la sierra de Sinaloa, que durante décadas fue territorio indisputado del cártel de Sinaloa. Ahora es una zona de guerra donde las diferentes facciones se disputan el control y donde el COS TNG ha logrado insertar fuerzas de combate por primera vez. La escuela Benito Juárez era una posición de avanzada del Cost NG en esa guerra.
Los 63 sicarios que vivían ahí tenían la misión de controlar un corredor de la sierra que conecta las zonas de producción de droga sintética con las rutas de transporte hacia la frontera norte. Quien controla ese corredor controla el flujo de metanfetamina y fentanilo que baja de la sierra hacia los puntos de cruce en Sonora y Baja California y ese flujo vale miles de millones de pesos al año.
Las operaciones nocturnas que los 63 ejecutaban desde la escuela incluían emboscadas contra convoys del cártel de Sinaloa, vigilancia de las rutas de transporte, intimidación de comunidades para establecer control territorial y defensa de las posiciones que el CJNG ya había tomado en la zona. Cada noche salían escuadras de 10 a 15 combatientes en las camionetas del patio.
Se adentraban en la sierra, ejecutaban su misión y regresaban a la escuela antes del amanecer. De día la escuela estaba en silencio. De noche era el punto de partida de una guerra invisible y las comunidades de la sierra estaban atrapadas en el fuego cruzado. Los pueblos que quedaban entre las posiciones del CJNG y las del cártel de Sinaloa vivían en un estado de terror permanente.
No podían salir de sus casas de noche, no podían transitar por ciertos caminos, no podían comunicarse con las autoridades y no podían negarse a cooperar con quien llegara primero a su puerta, fuera del CNG o del CDS, porque negarse significaba la muerte. La lista que encontraron en el pizarrón del salón 3, la que clasificaba a los habitantes como coopera, no coopera o pendiente, era el instrumento de control que el CJNG usaba para gestionar a las comunidades de su zona de influencia.
Era un censo de lealtad y estar en la categoría de no coopera podía significar desde una visita intimidatoria hasta una desaparición. El CJNG no tuvo que construir nada. La escuela ya tenía todo, techo, paredes, baños, electricidad, agua. Solo tuvo que meter literas, armas, radios, provisiones y gente.
Es la ventaja de ocupar infraestructura existente, costo mínimo, tiempo de instalación mínimo y una estructura que desde fuera parece lo que siempre fue, una escuela sin levantar sospechas. Vamos salón por salón porque la distribución de los espacios dentro de la escuela revela la estructura operativa de la célula del CJ TNG con la claridad de un diagrama organizacional.
El salón uno, el más cercano a la entrada principal, era la sala de mando. Aquí estaba el jefe de la célula y su equipo de coordinación. El escritorio de Miss Lupita, o de quien fuera la maestra de ese salón servía ahora como mesa de planificación. Sobre el escritorio había mapas topográficos de la sierra, un GPS con waypoints guardados, radios de comunicación y un cuaderno de bitácora donde el jefe registraba las operaciones diarias.
El pizarrón de este salón tenía el mapa táctico más elaborado de todos. Un croquis detallado de la zona de operaciones con posiciones del ejército marcadas en rojo, posiciones del cártel de Sinaloa marcadas en azul y posiciones del CJNG marcadas en verde, flechas de avance, líneas de comunicación, puntos de abastecimiento, zonas de emboscada, todo dibujado con plumón sobre un pizarrón verde donde alguna vez hubo ejercicios de matemáticas.
Los analistas de inteligencia que fotografiaron el mapa del pizarrón dijeron que parecía sacado de un manual de táctica militar. Las posiciones estaban elegidas con criterio profesional. Cerros dominantes para observación, cañadas estrechas para emboscadas, cruces de caminos para control de tránsito.
Alguien con formación militar o con experiencia significativa en combate en sierra diseñó ese mapa y lo dibujó en un pizarrón de escuela con la naturalidad de un maestro que explica una lección. Los otros pizarrones de la escuela también tenían contenido operativo, aunque menos elaborado que el mapa del salón 1.
El pizarrón del salón 4, el comedor tenía escrito el menú de la semana con gis. Lunes, frijoles con carne seca. Martes, huevo con chorizo. Miércoles, carne asada. Jueves, chicharrón en salsa. Viernes, barbacoa. Si hay el menú semanal de un cuartel del cejo escrito en el pizarrón de un comedor escolar junto a una calcomanía desdeñida del plato del bien comer que la CP pone en todas las escuelas para enseñar nutrición a los niños.
La calcomanía hablaba de frutas, verduras y cereales integrales. El menú hablaba de frijoles, carne seca y chicharrón. La realidad nutricional del narco no coincide con las recomendaciones de la Secretaría de Salud. El salón dos era el dormitorio principal. 12 literas metálicas ocupaban el espacio donde antes había filas de mesabancos.
Las literas estaban alineadas contra las paredes, dejando un pasillo central por donde los ocupantes se movían. En cada litera había un colchón delgado, una cobija y una almohada. Debajo de cada litera inferior había una mochila con pertenencias personales, ropa, artículos de higiene y en algunos casos fotos de familia.
24 personas dormían en ese salón, 24 hombres en el espacio donde 14 niños aprendían. Los mesabancos no fueron tirados, fueron apilados en una esquina del salón, unos sobre otros, formando una torre de muebles escolares cubierta con una lona. Mesabancos de madera y metal donde los niños escribían sus tareas, ahora amontonados como basura en la esquina de lo que era su salón.
Uno de los soldados que entró al salón dijo que ese detalle fue lo que más lo impactó. Los mesabancos de los niños ahí tirados en un rincón y las literas de los narcos ocupando todo el espacio. Fue como ver la foto de antes y después de México. El salón 3 era otro dormitorio, 10 literas, 20 personas, la misma configuración que el salón dos, los mesabancos apilados en la esquina, las cobijas arrugadas, los rifles debajo de las almohadas y en el pizarrón de este salón, en lugar de un mapa táctico, había una lista.
Nombres de personas con anotaciones al lado. Coopera, no coopera, pendiente. Era la lista de los habitantes del pueblo y de los pueblos cercanos que el CJNG había clasificado según su disposición a colaborar con el cártel. Los que cooperaban recibían protección y a veces dinero. Los que no cooperaban recibían una visita.
Los pendientes estaban siendo evaluados. Los habitantes del pueblo donde estaba la escuela vivían en un estado de sometimiento silencioso. Sabían que la escuela estaba ocupada. Veían las camionetas entrar y salir de noche. Escuchaban los motores. A veces escuchaban disparos lejanos en la sierra cuando las escuadras salían a operar y callaban.
Porque en la sierra de Sinaloa el que habla no amanece. Un vecino del pueblo, un señor de 68 años que vive a 100 met de la escuela, dijo a los militares después del operativo. Yo los veía todas las noches. Salían de la escuela cuando oscurecía. Oía las camionetas, oía los radios. A veces pasaban frente a mi casa y me veían por la ventana y yo bajaba la cortina.
¿Qué iba a hacer? Llamar a la policía. ¿A cuál policía? A la que trabaja para ellos. Esa impotencia es la que define la vida en las comunidades controladas por el narcotráfico. No es que la gente no quiera denunciar, es que no hay a quien denunciar de manera segura. La policía municipal en muchos pueblos de la sierra de Sinaloa es inexistente o cómplice.
Las líneas de denuncia anónima no funcionan porque no hay señal de celular en la sierra. y bajar a la cabecera municipal a reportar implica salir del pueblo, transitar por caminos controlados por el cártel y correr el riesgo de ser visto y señalado como informante. El maestro jubilado que reportó la ocupación de la escuela pudo hacerlo porque ya no vivía en el pueblo.
Vivía en otro pueblo a 40 minutos fuera de la zona de control inmediato de la célula. Si hubiera vivido junto a la escuela como el señor de 68 años, probablemente no habría reportado, porque reportar desde dentro del territorio es suicidio. Solo puedes denunciar cuando estás fuera del alcance y en la sierra de Sinaloa el alcance del cártel es largo.
Esa lista en el pizarrón me parece uno de los hallazgos más perturbadores de todo el caso. La clasificación de seres humanos en categorías de cooperación con un cártel escrita en el pizarrón de una escuela primaria con la misma naturalidad con la que se escribiría la lista de asistencia de los alumnos. Coopera, no coopera.
Pendiente tres categorías que determinan si un ranchero de la Sierra de Sinaloa va a vivir en paz o va a vivir con miedo. Escritas con plumón donde antes estaba escrito el abecedario. El salón cuatro era el comedor y la cocina. Una estufa de gas de cuatro quemadores conectada a un tanque de gas estacionario que estaba afuera del salón junto a la pared.
Un refrigerador, una mesa larga improvisada con tablones de madera sobre caballetes, bancas de madera a los lados, ollas, sartenes, platos de plástico, vasos cubiertos. La despensa estaba en los estantes donde antes había material didáctico. Ahora, en lugar de libros y cuadernos, había latas de atún. bolsas de frijol, costales de arroz, botellas de aceite y cajas de galletas.
El cocinero era un señor de 52 años del pueblo vecino que había sido contratado por el CJNG para preparar la comida de los 63 ocupantes. Le pagaban 3,000 pes a la semana, que para un señor del pueblo que vivía de vender elotes era una fortuna. Cocinaba tres comidas al día. hacía las compras en la tienda del pueblo más cercano a media hora en camioneta y cada noche regresaba a su casa pensando en qué iba a preparar al día siguiente.
Las compras del cocinero eran el único contacto regular entre la escuela Cuartel y el mundo exterior. Cada tres días bajaba al pueblo más grande con una lista de compras y dinero en efectivo que le daba el jefe de la célula. Compraba en la misma tienda de abarrotes, siempre las mismas cantidades exageradas. 30 kg de tortillas, 10 kg de frijol, 5 kg de arroz, cajas de huevo, bolsas de chile, garrafones de agua.
El dueño de la tienda nunca preguntó para quién era tanta comida. En la Sierra de Sinaloa, comprar mucha comida puede significar muchas cosas y preguntar cuál no es saludable. El cocinero preparaba la comida en las ollas más grandes que tenía. frijoles en una olla de 20 L, arroz en otra, carne asada en una plancha que habían montado en el patio de la escuela con ladrillos y una parrilla de hierro.
El olor de la carne asándose al atardecer se extendía por el pueblo entero. Los vecinos lo olían y sabían que los de la escuela estaban preparando la cena. El olor de la comida era la señal de que la actividad nocturna estaba por comenzar. Cuando olías carne asada a las 6 de la tarde, sabías que a las 8 las camionetas iban a salir.
Dijo que lo trataban bien, que nunca lo amenazaron, que le pedían de comer como cualquier patrón y que no le preguntó a nadie quiénes eran ni qué hacían ahí, porque en la Sierra de Sinaloa no se hacen esas preguntas. El salón cinco era la armería y el almacén de equipo. Las armas estaban guardadas en los closets metálicos que antes guardaban material escolar, mapas, globos terráqueos, material de laboratorio de ciencias naturales.
Los closets tenían candados nuevos. Adentro rifles alineados verticalmente, pistolas en estantes, cajas de municiones apiladas. Los peritos contaron el arsenal. 89 rifles de asalto, 47 pistolas, 23 granadas, más de 70,000 cartuchos y equipo táctico diverso que incluía chalecos, cascos, visores nocturnos y binoculares.
En un rincón del salón cinco había algo que los soldados fotografiaron con especial atención, un globo terráqueo. El globo terráqueo de la escuela, con sus continentes pintados de colores y su eje inclinado, estaba sobre un estante entre cajas de municiones y chalecos antibalas. Nadie lo movió, nadie lo tiró.
Se quedó ahí absurdo y fuera de lugar, como un recuerdo del mundo que esa escuela pretendía enseñar a los niños y que el narcotráfico reemplazó con un mundo de armas y violencia. El globo terráqueo entre las granadas, la geografía escolar entre la geografía de la guerra y el salón seis era el centro de comunicaciones y la enfermería compartiendo espacio.
Un lado del salón tenía mesas con radios de largo alcance, cargadores de baterías y un par de computadoras portátiles. El otro lado tenía una camilla improvisada, un botiquín de primeros auxilios y material de sutura. El pizarrón de este salón tenía escrito con plumón un directorio de frecuencias de radio, la frecuencia del ejército en la zona, la frecuencia de la policía estatal, la frecuencia de la Guardia Nacional y las frecuencias internas del CJNG.
Cada frecuencia identificada con un nombre clave. El directorio estaba actualizado a mano con correcciones y adiciones que indicaban que los operadores monitoreaban los cambios de frecuencia de las autoridades y actualizaban su pizarrón en consecuencia. Las frecuencias de las fuerzas de seguridad escritas en el pizarrón de una escuela primaria, el directorio de espionaje del CJNG, donde antes estaba la tabla periódica de los elementos.
Es la imagen más surrealista de todas las que hemos descrito en este canal y es real. Ocurrió en una escuela llamada Benito Juárez en un pueblo de la sierra de Sinaloa, donde hace 3 años los niños jugaban en el patio y Miss Lupita les enseñaba a leer. Ahora quiero hablar de los 63 detenidos porque su perfil revela algo sobre la composición de las fuerzas del CJNG en Sinaloa que me parece importante.
A diferencia de otros casos que hemos cubierto, donde los combatientes del CJNG son trasladados desde otros estados, la mayoría de los 63 detenidos en la escuela eran de Sinaloa, 41 eran sinaloes, de pueblos de la sierra, de rancherías, de comunidades rurales que se vaciaron cuando la economía los expulsó y que el narcotráfico llenó con la única oferta de empleo disponible.
Muchos de ellos habían sido alumnos de escuelas como la Benito Juárez. Habían aprendido a leer y escribir en salones idénticos al que ahora usaban como dormitorio. Habían jugado en patios como el que ahora servía de estacionamiento para las camionetas del ZNG. La escuela los formó, el estado los abandonó y el cártel los reclutó.
Es un ciclo de destrucción que empieza cuando cierras una escuela y termina cuando la abres como cuartel. Varios de los más jóvenes de entre 18 y 22 años habían dejado la escuela secundaria sin terminar. Sabían leer y escribir, pero poco más. No tenían oficio, no tenían empleo, no tenían alternativas en pueblos donde la única actividad económica era la ganadería de subsistencia y el cultivo ilícito.
El CJNG los reclutó con ofertas de 15 o 20,000 pesos mensuales, comida, alojamiento y la promesa de protección para sus familias. Para un joven de 20 años en un pueblo de la sierra de Sinaloa, donde la alternativa es ordeñar vacas por 200 pesos al día, 20,000 pesos mensuales con rifle incluido es una oferta que resulta casi imposible de rechazar.
Quiero contar la historia de uno de ellos porque ilustra el ciclo con una claridad que duele. Se llama, según los registros, Ramón. Tiene 19 años. Nació en un pueblo de la sierra a 2 horas del pueblo donde estaba la escuela. Fue a la primaria del pueblo. Llegó hasta sexto grado. Cuando cerró la primaria porque ya no había niños suficientes, Ramón tenía 10 años.
Su mamá lo mandó a la secundaria del pueblo más grande a una hora y media de camino. Ramón iba y venía caminando todos los días 3 horas diarias de caminata por brechas de la sierra para ir a la escuela. Lo hizo durante 2 años. En tercero de secundaria dejó de ir. Estaba cansado.
Las calificaciones eran malas y su padre necesitaba ayuda en el rancho porque las vacas no se cuidan solas. A los 15 años, Ramón era ranchero de tiempo completo. A los 17, un conocido del pueblo le dijo que había jale con unos tipos que estaban llegando a la sierra. Le ofrecieron más dinero del que había visto en su vida. Le dieron un radio, le enseñaron a usar un rifle y lo mandaron a vivir a una escuela primaria abandonada donde dormía en una litera y comía frijoles tres veces al día mientras esperaba las órdenes que le llegaban por radio. Ramón tiene 19 años,
va a enfrentar cargos graves. Su madre en el pueblo de la sierra no tiene teléfono para enterarse de dónde está su hijo. Probablemente no se va a enterar hasta que alguien del pueblo baje a la ciudad y le cuente. Hay un detalle de la detención de Ramón que un soldado me compartió a través de un contacto y que me parece que resume toda la tragedia de este caso.
Cuando los soldados entraron al salón dos y lo despertaron, Ramón estaba acostado en una litera inferior. Debajo de su almohada, en lugar de un arma que estaban en el salón cinco, tenía un cuaderno. Un cuaderno escolar de los de Raya con un dibujo de un superhéroe en la portada. Los soldados lo abrieron pensando que era un registro de operaciones o una lista de contactos.
Dentro encontraron dibujos. Dibujos a lápiz de caballos, de camionetas, de la sierra. Dibujos que un muchacho de 19 años hacía cuando no podía dormir en una litera de una escuela convertida en cuartel. Dibujos que parecían los de un niño de primaria. Porque en muchos sentidos Ramón seguía siendo un niño, un niño con un rifle que no entendía y un cuaderno donde dibujaba caballos para no enloquecer.
Ese cuaderno fue catalogado como evidencia. Va a terminar en una caja de un archivo judicial. Nadie lo va a volver a abrir, pero me gustaría que alguien lo abriera, que alguien viera los dibujos de caballos de un muchacho de 19 años que dibujaba en la oscuridad de una escuela convertida en cuartel del narcotráfico.
Porque esos dibujos son la prueba de que Ramón no nació sicario, nació niño. Y algo pasó entre la niñez y el rifle, algo que se llama abandono, que se llama pobreza, que se llama escuela cerrada, que se llama futuro cancelado. Algo que tiene responsables. Y esos responsables no son Ramón. La historia de Ramón es la historia de miles de jóvenes de la sierra de Sinaloa.
Escuelas que cierran, familias que se quedan sin opciones, jóvenes que crecen sin educación, sin empleo, sin futuro. Y un cártel que llega con dinero y con armas y les dice, “Ven, aquí hay trabajo.” El reclutamiento del CJNG en la Sierra de Sinaloa no se hace con engaño sofisticado como en Querétaro o en la Ciudad de México.
se hace con la simplicidad bruta de la necesidad. Tienes hambre, aquí hay comida. No tienes trabajo, aquí hay sueldo. No tienes futuro, aquí tienes algo que hacer mañana. Es reclutamiento por vacío. El sejo TNG llena el espacio que el estado dejó vacante. Los 22 restantes de los 63 venían de otros estados, Jalisco, Durango, Nayarit.
eran combatientes con más experiencia que habían sido enviados a Sinaloa como parte de la estrategia de penetración territorial del CJNG en el estado, porque Sinaloa es territorio del cártel de Sinaloa y el CJNG quiere una parte. La guerra entre los dos cárteles más poderosos de México se está peleando en la Sierra Sinaloense y la escuela Benito Juárez era una de las posiciones de avanzada del CJNG en esa guerra.

Ahora quiero hablar de cómo el ejército encontró la escuela, porque la historia tiene un elemento humano que me parece esencial. La pista vino de un maestro jubilado, un profesor de 71 años que había dado clases en la escuela Benito Juárez durante 15 años antes de jubilarse. El profesor vivía en un pueblo a 40 minutos de distancia y de vez en cuando subía a visitar el pueblo donde había trabajado para ver a los viejos amigos que todavía vivían ahí.
En una de esas visitas notó que la escuela tenía actividad. Las ventanas que llevaban años cubiertas de polvo estaban limpias. El candado de la reja de entrada era nuevo y en el patio había camionetas estacionadas que no correspondían con ningún habitante del pueblo. El profesor preguntó a un vecino qué pasaba en la escuela.
El vecino le dijo en voz muy baja que unos tipos se habían instalado ahí y que era mejor no preguntar. El profesor no dejó de preguntar, bajó de la sierra, fue a la cabecera municipal y reportó lo que había visto a las autoridades militares, no a la policía municipal, que en muchos pueblos de la sierra de Sinaloa es parte del problema, a los militares.
y los militares investigaron y confirmaron que la escuela Benito Juárez estaba siendo usada como base de operaciones del CJNG, un maestro jubilado que regresó a visitar su escuela y vio que se la habían robado, que alguien había tomado el lugar donde él enseñó durante 15 años y lo había convertido en un cuartel y que decidió que eso no podía quedarse así, que su escuela, aunque ya estuviera cerrada, aunque ya no tuviera alumnos, seguía siendo una escuela y que las escuelas no son para que duerma.
Los icarios. El profesor pidió que no dijeran su nombre. tiene miedo. Vive en la sierra de Sinaloa, a 40 minutos del pueblo donde el sejo TNG tenía su base. Sabe que las represalias en la sierra son rápidas y brutales, pero reportó de todos modos porque la escuela era suya, porque los pizarrones donde él escribió lecciones durante 15 años no merecían tener mapas tácticos del narcotráfico.
Porque Miss Lupita, donde quiera que esté, no merece que su nombre en el pizarrón esté debajo de las flechas de avance de una operación militar del CJNG. El profesor dijo algo durante su declaración que me quedó grabado. Yo les enseñé a leer a muchos de los muchachos que ahora andan metidos en eso. Les enseñé las letras, les enseñé los números, les enseñé que México tiene 32 estados y que la capital es la Ciudad de México.
Y ahora esos muchachos usan las letras para escribir listas de gente que coopera y que no coopera. Usan los números para contar cartuchos y de los 32 estados solo conocen los que les dice el cártel que vayan a pelear. Eso me rompió. Un maestro que ve a sus exalumnos convertidos en sicarios que ocupan su escuela, que reconoce la letra de alguien en las anotaciones de los pizarrones, que sabe que el joven que duerme en la litera del salón 2 es el mismo niño al que le enseñó a sumar hace 10 años.
La tragedia circular de una comunidad donde el maestro forma al niño y el narco lo recluta y la escuela que los unió se convierte en el cuartel que los separa para siempre. Los militares ejecutaron el operativo de madrugada, rodearon la escuela, cortaron los accesos y entraron por la reja principal y por la puerta trasera del patio simultáneamente, los 63 ocupantes estaban dormidos en sus literas.
Era la hora del día en la que la escuela Cuartel estaba en su punto más vulnerable. Todos dentro, todos dormidos, todos desarmados, porque las armas estaban en el almacén del salón 5CO y no debajo de las almohadas, según el protocolo de seguridad interno que prohibía dormir con armas cargadas para evitar disparos accidentales.
Esa regla, la de no dormir con armas, fue la que permitió que el operativo se ejecutara sin un solo disparo. Si los 63 hubieran tenido rifles debajo de las almohadas, el despertar habría sido caótico y potencialmente letal. Pero el jefe de la célula había impuesto una disciplina de almacenamiento de armas que irónicamente facilitó su propia captura.
Armas en el salón cinco, personas en los salones dos y tres separadas por un pasillo y una puerta. Cuando los soldados entraron a los dormitorios, los ocupantes no tenían acceso inmediato a sus armas. Se rindieron en ropa interior, descalzos, con las manos arriba y la cara de quien sabe que el juego se terminó. A ti que llegaste hasta aquí, gracias.
La imagen con la que te dejo es la del pizarrón de cuarto grado B, Miss Lupita en gis blanco, difuminado por el tiempo en la esquina superior izquierda y encima con plumón rojo y negro, el mapa táctico de una guerra que los niños de Miss Lupita nunca pidieron y que nunca deberían haber conocido. Los soldados tomaron fotos de todos los pizarrones antes de borrarlos.
Cada mapa, cada lista, cada frecuencia de radio quedó registrada como evidencia. Pero debajo de los plumones, debajo de los mapas y las listas, el gis blanco de los maestros sigue ahí, difuminado, casi invisible, pero ahí, porque el gis se puede cubrir, pero no se borra del todo. Y lo que esos maestros escribieron en esos pizarrones, las lecciones, las sumas, los verbos conjugados, las capitales de los estados, sigue ahí debajo esperando que alguien limpie el plumón y deje que el gis vuelva a verse.
Esa es la tarea. Limpiar el plumón, abrir las escuelas, traer a los niños de vuelta, darle a Ramón los 19 años que le robaron, darle a Miss Lupita un pizarrón donde solo haya lecciones. Darle a la Sierra de Sinaloa un futuro que no venga empaquetado en un cargador de rifle. Es una tarea enorme.
Es una tarea de generaciones y empieza por no abandonar las escuelas, porque cada escuela que abandonas es un cuartel que le regalas al narco. Cada pizarrón que dejas en blanco es un mapa táctico en espera. Y cada niño que deja sin escuela es un soldado que el CJNG va a reclutar cuando cumpla 18.
Quiero cerrar con datos que dimension a nivel nacional. En los últimos 10 años se han cerrado más de 20,000 escuelas en zonas rurales de México por baja matrícula. 20,000 20,000 edificios escolares vacíos en sierras, desiertos, cañadas y pueblos que se vaciaron porque el campo dejó de dar de comer. Cada uno de esos 20,000 edificios es una escuela Benito Juárez potencial.
Cada uno tiene salones que pueden ser dormitorios, pizarrones que pueden ser mapas, patios que pueden ser estacionamientos, infraestructura completa gratuita, disponible para el primero que llegue con un candado nuevo. No todas van a ser usadas por el narcotráfico. La mayoría se van a quedar ahí pudriéndose hasta que la maleza se las coma.
Pero algunas, las que están en zonas estratégicas, en corredores de transporte de droga, en territorios disputados, van a ser ocupadas. Ya está pasando. Este caso lo demuestra y la única manera de evitarlo es no abandonar los edificios, reconvertirlos para usos comunitarios, centros de salud, casas de cultura, albergues, centros de acopio agrícola, cualquier cosa que le dé vida al espacio y que impida que el narco lo ocupe, porque el narco ocupa lo que está vacío siempre.
Supermercados en Jalisco, hoteles en ciudades de paso, ranchos en Coahuila, gasolineras en carreteras solitarias, escuelas sin niños en la sierra. El patrón es el mismo. El Estado se va, el narco llega. El estado cierra, el narco abre. El estado abandona, el narco ocupa. Cada espacio abandonado es un cuartel más en la infraestructura criminal que el CJNG construye sobre los escombros de la infraestructura pública que México dejó morir.
Y hay algo más que quiero mencionar antes de irme. Cuando los soldados terminaron de asegurar la escuela y sacaron a los 63 detenidos al patio, un sargento entró al salón uno, el de la sala de mando, y borró el mapa táctico del pizarrón con un trapo húmedo. Borró las posiciones del ejército, borró las flechas de avance, borró las zonas de emboscada y cuando terminó de borrar, debajo del plumón apareció el gis blanco de Miss Lupita, difuminado, casi ilegible.
Pero ahí, Miss Lupita, cuatro autogrado B. El sargento se quedó mirando el pizarrón un momento, sacó su teléfono, le tomó una foto y salió del salón sin decir nada. Esa foto, si algún día se hace pública, debería ser la imagen que defina la guerra contra el narcotráfico en México. Un pizarrón verde con las huellas de un mapa de guerra borrado y debajo el nombre de una maestra que ya no está.
El plumón del narco encima del gis de la maestra, la guerra encima de la educación, la muerte encima de la vida y el gis debajo de todo resistiendo. Porque el gis no se borra del todo, nunca se borra del todo. Dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana. Cuídate y si puedes haz algo por una escuela rural, lo que sea, un libro, una donación, una hora de tu tiempo, porque cada escuela que se mantiene abierta es una escuela que el narco no puede usar.
Y cada niño que se queda en el aula es un niño que no va a terminar durmiendo en una litera con un rifle debajo de la almohada en el salón donde aprendió a leer. Miss Lupita, donde quiera que estés, tu nombre sigue en el pizarrón, debajo del mapa, debajo de las flechas, debajo de la guerra, pero sigue ahí.
Y eso por ahora es lo único que no pudieron borrar, lo único que resistió, lo único que sigue diciendo con Gis blanco sobre Pizarrón Verde, que esa escuela fue una escuela antes de ser un cuartel, que ahí hubo niños antes de que hubiera rifles, que ahí hubo futuro antes de que llegara la guerra y que quizás si alguien se atreve a limpiar los pizarrones y a abrir las puertas y a traer de vuelta a los niños, ese futuro puede regresar.
Debajo del plumón, el gis sigue ahí esperando.