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🇲🇽 PUEBLA EN CAOS TOTAL: EJÉRCITO DESCUBRE CONVOY DEL CJNG CAMUFLADO COMO MUDANZA: 87 SICARIOS

 

 

 La respuesta, según los interrogatorios, es que tenían órdenes de no combatir con el ejército. El CJNG les había dado instrucciones claras. Si los detienen las fuerzas armadas, ríndanse, no disparen, no resistan, entréguense. Esa orden parece contradictoria para un cártel que se ha enfrentado al ejército en múltiples ocasiones, pero tiene una lógica que revela algo importante sobre la estrategia del CJNG en este momento específico.

 Los 87 sicarios iban camino a una operación de penetración territorial en la sierra norte de Puebla. El objetivo de esa operación no era combatir al ejército, era establecer presencia del CJNG en un territorio nuevo, desplazando a los grupos criminales locales que lo controlan actualmente. Si los sicarios se enfrentaban al ejército en la carretera y morían o eran heridos, la operación de penetración se abortaba.

 Si se rendían, iban a la cárcel, pero el CJNG podía enviar otro convoy con otros 87 sicarios en unas semanas. La organización es más grande que cualquier grupo de combatientes individuales. Perder a 87 hombres en una balacera es una pérdida permanente. Perder a 87 hombres en una detención es una pérdida temporal. Muchos van a salir bajo fianza o por fallas del proceso judicial.

 Y aquí hay un dato que me resulta particularmente amargo. De los 87 detenidos, las autoridades estiman que basándose en la experiencia de detenciones previas, entre un 30 y un 40% podría quedar libre en los próximos meses por fallas procesales, insuficiencia de pruebas individualizadas o resoluciones judiciales favorables.

 30 o 35 personas de las 87 podrían estar libres antes de que termine el año y muchos de ellos van a volver al CJNG, van a tomar otro camión de mudanza, van a ir a otra sierra, van a intentar de nuevo. El Sistema de Justicia Penal de México no está diseñado para procesar a 87 personas detenidas en un solo operativo de manera eficiente.

 Los ministerios públicos no tienen la capacidad de individualizar los cargos contra cada uno de los 87. Necesitan demostrar para cada persona su participación específica en los delitos que se le imputan y eso requiere evidencia individualizada, declaraciones, testimonios, pruebas materiales que vinculen a cada persona con un acto criminal concreto.

 Para 87 personas eso es una carga de trabajo monumental que los fiscales con los recursos que tienen difícilmente pueden manejar. El resultado es predecible. Los mandos y los que portaban armas van a ser procesados y probablemente condenados. Los que no portaban armas y que declaran ser trabajadores que no sabían lo que hacían, van a tener defensas legales más fuertes.

 Y los más jóvenes, los que fueron reclutados recientemente y que no tienen antecedentes, van a beneficiarse de la duda que el sistema les concede. El CJNG sabe todo esto, lo calcula, lo incorpora a su planificación, sabe que de cada detención masiva, un porcentaje significativo de sus elementos va a regresar a la calle y por eso la orden de no combatir con el ejército tiene sentido.

 Mejor perder temporalmente a 87 que perder permanentemente a 40 en un tiroteo. Es aritmética criminal, es costo beneficio aplicado a la guerra y es devastadoramente racional. Los 87 combatientes no eran todos iguales. Los interrogatorios revelaron al menos cuatro categorías dentro del grupo. La primera categoría eran los veteranos, combatientes con experiencia en otros frentes del CJNG, que habían participado en operaciones en Jalisco, Guanajuato o Michoacán.

 Sabían usar las armas, sabían moverse en la sierra, sabían combatir. Eran la columna vertebral del contingente, los que iban a liderar las escuadras en el terreno. Aproximadamente un tercio del grupo, unos 30, entraba en esta categoría. La segunda eran los reclutas recientes, jóvenes de entre 18 y 24 años con poco o ningún entrenamiento militar, reclutados en las semanas previas a la operación.

Muchos de ellos habían empuñado un rifle por primera vez unos días antes del viaje. Su función era servir como fuerza de trabajo, cargar material, montar el campamento, cabar trincheras, hacer guardias nocturnas, la carne de cañón del contingente, los que iban a estar en las posiciones más expuestas si había combate.

Aproximadamente la mitad del grupo, unos 45, eran reclutas recientes. La tercera eran los técnicos. especialistas en comunicaciones, en primeros auxilios, en navegación, en logística, los que iban a operar los radios, atender a los heridos, coordinar el suministro de provisiones y mantener la cohesión operativa del campamento.

 Unos ocho o 10 personas con habilidades específicas que los hacían más valiosos que los combatientes de base. Y la cuarta eran los chóeres, los ocho que conducían los cuatro camiones, dos por camión, profesionales del volante que no eran combatientes y que no iban a quedarse en la sierra. Su trabajo terminaba al llegar al punto de descarga.

 Entregarían los camiones, bajarían la carga y regresarían por la carretera con los camiones vacíos. Eran el eslabón logístico que conectaba el punto de partida con el destino. Uno de los reclutas recientes tenía 18 años. se llama, o al menos así lo registraron, Jesús, originario de un municipio rural de Michoacán.

 Dejó la secundaria a los 15 para trabajar en el campo. A los 17, un conocido del pueblo le dijo que había trabajo en otra parte. Le dijo que pagaban bien, le dijo que era temporal, le dijo que no era peligroso. Jesús aceptó. Lo llevaron a un rancho en Morelos donde pasó dos semanas entrenando. Correr, hacer lagartijas. Aprender a cargar y descargar un rifle, practicar formaciones de marcha.

 Dos semanas y después lo subieron a un camión de mudanza rumbo a la sierra de Puebla con un rifle que apenas sabía usar y una mochila con frijoles enlatados. Jesús tiene 18 años. Va a enfrentar cargos por delincuencia organizada y portación de armas de uso exclusivo. Su madre en Michoacán no sabe dónde está.

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