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Vicente Fernández: El ADN del 2003 que Borró 18 Años de Apellido… Y Lo que Su Hijo Hizo Después

Vicente Fernández: El ADN del 2003 que Borró 18 Años de Apellido… Y Lo que Su Hijo Hizo Después

dos tubos de sangre. Eso es todo lo que hacía falta. No fue una investigación periodística, no fue una confesión arrancada a medianoche, no fue una amante que decidió hablar después de décadas. Fueron dos tubos de sangre dentro de una clínica privada en Guadalajara en el año  2003, parte de un trámite de seguro que nadie miró con sospecha porque nadie tenía por qué sospechar nada.

Uno de  esos tubos pertenecía a un joven que había crecido 18 años creyendo que era hijo de Vicente Fernández,  que había montado los mismos caballos en los tres potrillos, que había aprendido a cantar escuchándolo  ensayar, que había respondido cuando lo llamaban por el apellido Fernández como si ese apellido fuera su piel, que había escuchado cientos de veces la frase que ningún hijo cuestiona cuando viene de ese hombre.

 Esto es solo un requisito del seguro, nada más. La frase fue dicha para calmar. Fue dicha para que nadie se preocupara  por un trámite que todos firmaban sin pensar. Fue la última  frase que Vicente pronunció antes de que su mundo cambiara para siempre. Guarda  esa frase porque vamos a volver a ella al final y cuando volvamos va a sonar completamente  diferente.

Hoy vas a descubrir tres cosas que Vicente Fernández se llevó casi a la tumba. Primera, como un secuestro que terminó  costando más de 3 millones de dólares, activó sin querer la máquina  que destapó su secreto más peligroso. Segunda, los 18 años que un joven llamado Pablo Rodrigo vivió dentro de esa familia,  con ese nombre, con esa tierra, con ese futuro prometido y los 4 millones de dólares que cerraron esa historia en silencio.

Tercera, la frase que Vicente Junior dijo en el año 2003 en una entrevista que casi nadie recuerda y que lleva 27 años sin ser respondida del todo. Te voy  a avisar cuando llegue cada una, pero antes necesitas entender algo sobre el hombre que construyó todo esto, porque ninguno de los secretos de este rancho tiene sentido si no entiendes  de dónde venía el miedo que los fabricó.

Para entender cómo llegamos a esos dos tubos de sangre, hay que volver al 9 de noviembre de 1964,  a una cama de hospital en Guadalajara, a una mujer llamada María Paula Gómez Ponce, que está muriendo a los 47 años, y a un  hijo que tiene 24 y que todavía no es nadie. Guarda esa fecha,  9 de noviembre de 1964.

Porque en ese momento Vicente Fernández no era el hombre que llenaría la plaza México con 54,000 personas. No era el charro de Wen Titán, ni el rey de la ranchera, ni ninguna de esas frases  que México aprendió a repetir como si fueran verdades eternas. Era un muchacho que cantaba en bares de mala muerte por 50 pesos la noche, a veces por nada, a veces por un plato de comida  que alguien le dejaba sobre la barra antes de que cerraran las luces.

Había trabajado desde los 8 años lustrando zapatos en las calles de Guadalajara,  cargando piedras en obras, lavando platos en cocinas que olían a grasa y a cansancio. Había prometido en silencio,  con la clase de promesa que uno solo se hace a sí mismo, que algún día su madre lo vería triunfar.

  María Paula murió sin verlo. No escuchó su nombre en la radio, no vio su fotografía en una revista. No pudo sentarse en una sala llena de gente y decirle al de al lado, “Ese que está cantando es mi hijo, el que no tenía zapatos, el que salía  antes del amanecer, el que nunca se quejó. Ese ese dolor no se curó con el dinero, no se curó con los discos de oro, ni con los gramis, ni con los homenajes de los presidentes.

Vicente Fernández construyó los tres potrillos, 500 hectáreas con caballos de pura sangre y una arena para 11,000  personas. Y en el centro de todo eso seguía viviendo esa deuda, la deuda con una madre que se fue antes de ver el resultado. Guarda esa herida. es la llave de todo  lo que viene.

 Los hombres que crecen con ese tipo de deuda a veces construyen imperios  para demostrarle al pasado que lo lograron. Y cuando el imperio está en pie, se vuelven incapaces de tolerar cualquier cosa que amenace lo que edificaron  con tanto dolor. No porque sean crueles en abstracto, sino porque  destruir el imperio sería confirmar que toda esa lucha fue en vano.

 Esta es la historia  del precio que otros pagaron por esa incapacidad. En ese mismo año de 1964,  en medio del entierro y las deudas y el hambre, Vicente conoció a una mujer. Se llamaba María del Refugio  Abarca Villaseñor. Todos la llamaban Cuquita. Tenía novio cuando la conoció en una fiesta en Guadalajara.

  Vicente la miró entre la gente y fue directo, “Te doy 10 minutos para que dejes a tu novio, porque  tú te vas a casar conmigo.” No era una pregunta. Era una declaración de un hombre sin nada que hablaba como si ya supiera lo que iba a pasar. Cuquita lo eligió y en  esa elección empezó el matrimonio más complicado de toda la historia de la música mexicana.

un matrimonio de 58 años donde los dos conocían las reglas sin que nadie las escribiera,  donde los dos las cumplieron sin que nadie las nombrara en voz alta y donde el silencio acumulado fue más caro de lo que cualquiera calculó aquella noche en Guadalajara. Esto es lo que no salió en los periódicos y en  este canal siempre llegamos hasta donde los demás se detienen.

Dos años  después de casarse, la vida por fin abrió la puerta. En 1966,  tras la muerte repentina de Javier Solís en una mesa de operaciones que nadie  esperaba que fuera la última, Cías México necesitaba con urgencia encontrar una voz que llenara ese vacío. Vicente Fernández tenía 26 años y llevaba una década esperando exactamente  este momento sin saberlo.

Firmó contrato, grabó. Volver. Volver llegó en 1972 y el país  no volvió a escuchar la música ranchera del mismo modo. No era solo una canción  pegajosa, era una voz que parecía salir de una cantina a las 3 de la mañana cuando los hombres ya no pueden fingir que están bien.  El público no pensaba que estaba entretenido.

Pensaba que alguien finalmente le cantaba  exactamente lo que sentía por dentro. Y ese malentendido hermoso duró más de 50 años. El  charro de Wen Titán, el rey, los tres potrillos,  una esposa, tres hijos varones, una hija. La familia perfecta del México  ranchero. Fotografías en revistas especiales de televisión.

 El día del padre con Raúl Velasco sonriendo y diciendo lo que todos querían  escuchar. Usted es un hombre bendecido, Vicente. Tres  hijos maravillosos, una esposa ejemplar. ¿Qué más puede pedirle  a la vida? Lo que la cámara no mostraba era lo que había detrás de la puerta. Cuquita lo describió  ella misma en una entrevista con la periodista Mara Patricia Castañeda con una frase que es a la vez una descripción  y una herida.

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