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RUBÉN “PÚAS” OLIVARES : TODO ERA MENTIRA (LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ)

RUBÉN “PÚAS” OLIVARES : TODO ERA MENTIRA (LA VERDAD SALIÓ A LA LUZ)

Récord de knockouts, más largo en la historia, 22 knockouts seguidos, cuatro veces campeón del mundo en cuatro categorías. Hoy ese hombre a los 78 años se sienta en una asquerosa mesa de plástico vendiendo un cinturón de campeón mundial de un millón de dólares. La gente cree que está loco y lo que no saben es por qué de verdad lo vende.

 La razón verdadera es algo mucho más oscuro que las deudas que cuentan los periódicos. Quédate hasta el final porque vas a entender qué pasó la madrugada en que Rubén el Púa Sol Olivares decidió que prefería morir pobre. antes que volver a su propia casa. Pero antes de llegar a esa madrugada, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó esa noche empezó 30 años antes en una calle sin pavimentar de un barrio que ya no existe igual.

 La pregunta no es cómo perdió el dinero. La pregunta es cómo lo perdió tan rápido. 14 de enero de 1947. Igual a Guerrero, un pueblo caliente, polvoriento, con olor a pollo quemado y a tierra mojada. Ahí nace Rubén Olivares Ávila, el cuarto de los hijos. Un niño chimuelo, moreno, con los ojos hundidos y las orejas grandes. Un niño que su madre todavía no sabía cómo iba a alimentar.

 3 años después, la familia se sube a un camión de redilas y se va a la Ciudad de México. Llegan a un cinturón de tierra al norte de la capital, lejos de Polanco y de la Roma. Una colonia que en los mapas oficiales todavía no aparecía, pero que ya tenía nombre propio en la boca de la gente, la Bondojito, pegada a Tepito. 2 km² donde la policía solo entraba con escolta y donde un niño aprendía a defenderse antes de aprender a leer.

 Ahí creció el púas. El agua la sacaban de un pozo común que estaba a tres calles. Las casas eran de cartón, de lámina, de tabique mal puesto. Las calles se inundaban en cuanto caía la primera lluvia de junio y se quedaban encharcadas hasta agosto. Los niños jugaban descalzo sobre piedras y vidrios rotos.

 Y entre esos niños, uno destacaba, era el más chico de su cuadra, el más flaco, el más callado, pero cuando se peleaba no soltaba. Rubén era el más chiquito y era el que más pegaba. Una tarde su padre llegó borracho a la vivienda como tantas otras tardes, solo que esta vez Rubén tenía 14 años y ya había aprendido algo en el gimnasio.

 Su padre le levantó la mano a su madre. Rubén le pegó una sola vez en la mandíbula. El padre cayó al piso y no se levantó hasta el día siguiente. Esa noche, Rubén durmió en la calle con el frío metido en los huesos y los nudillos sangrando, y entendió dos cosas que no iba a olvidar nunca, que un hombre con los puños puede arreglar lo que las palabras no arreglan y que el dinero cuando llega se va igual de rápido.

 Y su padre nunca tuvo dinero, su padre nunca dejó de tomar. Apunta esto, porque cuando el puas empiece a tener millones, vas a ver exactamente al mismo hombre que era su padre, pero con cinturón de campeón mundial. A los 17 años entra a un gimnasio, se llama Atlas. Está en el corazón de Abondojito, un cuartito con un costal viejo lleno de arena y un cuadrilátero hecho con cuerdas de barco y madera podrida, sin baños, sin regaderas, sin calefacción en invierno.

Ahí entrena Rubén 12 horas al día sin desayunar, tomando agua del mismo pozo de tres calles atrás. En ese gimnasio lo ve por primera vez Arturo Hernández, un entrenador de 4 y tantos años al que todo el mundo le decía el cullo. Un hombre delgado, callado, con la cara marcada de viruela y los ojos pequeños, el cuyo había hecho campeones antes.

Sabía lo que era el talento y lo que vio esa tarde en el gimnasio Atlas lo dejó sin habla. Rubén tiraba ganchos a la pera con los dos brazos, la derecha y la izquierda con la misma fuerza. La pera se descolgaba del techo de tanto golpe. El cullo se acercó, lo agarró del hombro y le dijo una sola frase, “Muchacho, tú vas a ser campeón del mundo.

 Tú vas a tener todo el dinero que tu padre nunca tuvo.” Rubén siguió pegando sin contestar. Esa frase del cuyo se cumplió, pero a medias. La parte del campeonato del mundo se cumplió cuatro veces. La parte del dinero también. Lo que el cuyo no le dijo porque no lo sabía es lo que el Púas iba a hacer con ese dinero después. 4 de enero de 1965.

Rubén tiene 17 años recién cumplidos. Debut como profesional contra un peleador llamado Isidro Sotelo. Lo noquea en el primer round. Cobra 80 pesos. Se va caminando del Auditorio Nacional a la Bondojito con los 80 pesos en la bolsa. En el camino se mete a una cantina. Sale al amanecer sin un solo peso.

 Al otro día en el gimnasio, el cuyo le pregunta dónde está la lana. Rubén se encoge de hombros. El cuyo le habla bajito, pegado al oído, con la voz que usaba cuando decía algo en serio. Le dice que si vuelve a hacer eso, se acabó la carrera. Rubén le promete que no va a volver a pasar. Va a volver a pasar mil veces y cada vez con más ceros.

Recuerda, este patrón va a repetirse durante 23 años seguidos, solo que las cifras van a cambiar y los lugares también. Las primeras 22 peleas las gana todas. 22 veces seguidas, 21 knockouts, un solo combate que llega al límite. La prensa empieza a hablar del muchacho de la Bondojito, que pega como mula y que sale del cuadrilátero a celebrar a las cantinas de Tepito.

 Los reporteros lo siguen, los fotógrafos también. La gente del barrio empieza a llamarle de una manera que se le va a quedar pegada toda la vida. El púas le decían así porque tenía el cabello tieso, parado, como si fuera de alambre. Pero el apodo terminó significando otra cosa. Un puas es lo que se le clava al toro en la corrida.

Un puas es lo que duele. Un puas es lo que entra y no sale. Y eso era exactamente lo que hacía Rubén con la mano derecha. A los 22 años, en agosto de 1969, le ofrecen pelear por el campeonato del mundo de peso gallo. El campeón es un australiano que se llama Lionel Rose. Está invicto en defensas.

 Es el favorito 3 a 1 en las apuestas de Las Vegas. La pelea es en el foro de Inglewood, California. 45,000 personas. Boletos agotados desde semanas antes. El Púas llega a Los Ángeles 3 días antes de la pelea. Se hospeda en un motel de mala muerte en la calle Pico. Sin saber inglés y sin un solo conocido en la ciudad.

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