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Rocío Dúrcal: Guardó Lo Que Juan Gabriel Le Hizo y Calló Hasta el Día de su Muerte

Rocío Dúrcal: Guardó Lo Que Juan Gabriel Le Hizo y Calló Hasta el Día de su Muerte

El jardinero encontró el cuerpo a las 12:30 del mediodía. Era el 15 de abril de 2014. El cielo de Torrelodones estaba despejado como casi siempre en primavera en las afueras de Madrid y el jardín de esa casa grande necesitaba atención. Las rosas del lateral izquierdo, los setos del fondo, la hierba que había crecido más de lo normal esa semana.

 El hombre conocía la propiedad bien. Llevaba años cuidando ese jardín. Sabía qué puerta encontraría abierta. Sabía qué herramientas estaban en el cobertizo. Sabía que el señor de la casa rara vez salía antes del mediodía. La puerta del dormitorio principal estaba cerrada. Eso era raro. En todos los años que llevaba trabajando en esa casa, esa puerta siempre había estado abierta, siempre, sin excepción.

 Era una de esas pequeñas rutinas que los empleados aprenden sin que nadie se las explique. Simplemente las observan con el tiempo y las incorporan como parte del paisaje cotidiano de una casa ajena. El jardinero llamó, no hubo respuesta. Volvió a llamar esta vez más fuerte. silencio. Algo en ese silencio no estaba bien.

 No era el silencio del sueño profundo ni el silencio de alguien que no quiere interrupciones. Era otro tipo de silencio. El tipo de silencio que el cuerpo reconoce antes de que la mente lo procese. Un silencio demasiado completo, demasiado definitivo. El jardinero forzó la puerta y ahí en esa cama, en ese mismo dormitorio, Antonio Morales Junior, 70 años, estaba muerto.

 Pero lo que hizo que ese hallazgo se convirtiera en algo que va más allá de una muerte solitaria fue una sola cosa. Esa era la misma cama, el mismo dormitorio, la misma casa de Torrelodón donde el 25 de marzo de 2006 había muerto Rocío Durcal. 8 años. Junior había sobrevivido exactamente 8 años sin ella. 8 años en esa misma casa.

Caminando por esos mismos pasillos, mirando cada noche esa cama donde la mujer que había amado durante 36 años había dejado de respirar. 8 años con sus fotografías en cada pared, con sus discos en cada estantería, con su voz saliendo del televisor cuando sus canciones aparecían en algún programa. Y en algún momento de esos 8 años, su corazón decidió que ya era suficiente.

Lo que nadie sabía ese mediodía de abril es que la muerte de Junior no era solo la muerte de un hombre que no pudo superar la pérdida de su esposa. Era el cierre de uno de los secretos más oscuros y más dolorosos de toda la historia de la música latina. Un secreto que había destruido la amistad más productiva que la industria musical española y mexicana había producido en el siglo XX.

 Un secreto que había partido en dos un matrimonio que el mundo entero creyó perfecto durante tres décadas. Un secreto que Rocío Durcal se llevó a la tumba en 2006 sin haber dicho una sola palabra en público y que Junior cargó solo durante 8 años hasta ese mediodía en que el jardinero encontró la puerta cerrada.

 Hoy te voy a contar cuatro cosas sobre esta historia que ningún canal se ha atrevido a contar completas. La primera, lo que realmente pasó entre Juan Gabriel y el esposo de Rocío, el libro retirado por orden judicial y el silencio que los tres se llevaron a la tumba. La segunda, la traición de Navidad que Rocío descubrió en persona viajando a Manila en diciembre de 1980 y que definió el resto de su matrimonio.

La tercera. La noche en que Rocío se subió al escenario de Juan Gabriel en Monterrey para pedirle perdón en público cantando tu abandono. ¿Y por qué ese abrazo no cambió absolutamente nada? Y la cuarta, lo que ocurrió al mes y medio de la muerte de Rocío y la frase con la que su hija Shila destruyó al divo de Juárez ante las cámaras de televisión española.

 Si te vas antes del final, te pierdes la cuarta. Y la cuarta es la que cambia el sentido de todo lo que vino antes. Para entender lo que destruyó esta historia, tienes que entender primero lo que construyó. Y lo que construyó empieza en un barrio pobre de Madrid, en el año 1944, cuando Europa todavía estaba en guerra y España vivía bajo la sombra de la posguerra más gris de su historia.

Madrid en ese año era una ciudad hambrienta y silenciosa. La dictadura de Franco llevaba 5 años en el poder. La represión era cotidiana. La pobreza era la norma para la mayoría de las familias que habitaban los barrios obreros de la capital. Y en el barrio de Cuatro Caminos, en un piso pequeño, con las paredes desconchadas y los sueños apretados, nació una niña que cambiaría la música española para siempre.

 La llamaron María de los Ángeles de las Ceras Ortiz, un nombre largo y solemne para una familia que no tenía nada solemne. Su madre lavaba ropa ajena para llevar algo a la mesa. Su padre trabajaba en lo que podía, cambiando de oficio según lo que la semana ofreciera. María de los Ángeles era la primogénita de seis hermanos.

 Y esa condición en una familia pobre de posguerra española significa algo muy concreto. Responsabilidad desde pequeña, madurez forzada, aprender a cuidar a otros antes de terminar de conocerse a una misma. El abuelo paterno era conserge en un edificio sindical llamado la institución de la paloma. El trabajo incluía vivienda y durante varios años al completo vivió en ese edificio.

 Los seis hijos compartían habitaciones, los padres trabajaban sin descanso y el abuelo, cuando terminaba su jornada se sentaba en una silla desgastada junto a la ventana y escuchaba cantar a su nieta mayor. Porque María de los Ángeles tenía algo que nadie le había enseñado y que nadie podía comprarle.

 Una voz, una voz que cuando sonaba hacía que el tiempo se detuviera. Cristalina, pura, con una potencia que no tenía explicación en un cuerpo tan pequeño. No había tomado una sola clase de canto, no había tenido un maestro. Pero cuando esa niña abría la boca y cantaba en la cocina de ese piso pobre de cuatro caminos, los que la escuchaban sentían algo que no sabían nombrar, pero que reconocían de inmediato.

 El abuelo la escuchaba con los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre el regazo. Y un día le dijo una frase que María de los Ángeles no olvidó nunca. Tu voz como el rocío de la mañana, fresca, pura, milagrosa. Desde ese momento, para el abuelo, la niña dejó de ser María de los Ángeles. Era Rocío. Guarda ese detalle. El nombre más famoso de la música española del siglo XX.

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