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¿Quién ordeno el ataque a Tehuitzingo?¿lo que sucedió en Puebla fue premeditado? 

¿Quién ordeno el ataque a Tehuitzingo?¿lo que sucedió en Puebla fue premeditado? 

A la 1:55 de la madrugada del domingo 17 de mayo de 2026, alguien en la comunidad de Texcalapa escuchó el primer disparo, luego vino el segundo, luego dejaron de contarse. Los vecinos de esa junta auxiliar perteneciente al municipio de Tehitzingo, al sur del estado de Puebla, describieron posteriormente ante las autoridades haber oído una ráfaga sostenida de detonaciones que duró varios minutos y que rompió el silencio de una madrugada de domingo en la mixteca poblana.

Cuando el ruido  cesó, vieron alejarse al menos un vehículo a alta velocidad por los caminos de terracería que comunican a Texcalapa  con la red de carreteras secundarias de la región. Nadie pudo aportar datos sobre las placas, nadie pudo identificar el modelo. En ese momento, los testigos intentaron comunicarse con los servicios de emergencia y ahí comenzó el primer obstáculo  documental del caso.

En esa franja de la Mixteca no hay señal de telefonía móvil ni cobertura  de internet inalámbrico. El reporte tardó en llegar. Las autoridades tardaron en llegar y esa demora, como se establecerá más adelante, tuvo consecuencias letales para al menos una persona. Cuando los elementos de la policía municipal y el personal paramédico llegaron finalmente al rancho ubicado sobre la calle 2 de abril en la comunidad de Texcalapa de Juárez, encontraron una escena que los llevó a emitir de inmediato un reporte de

gravedad máxima a corporaciones de  los tres niveles de gobierno. Dentro y fuera del inmueble había cuerpos. Los conteos preliminares oscilaron entre 9 y 11 víctimas. El número definitivo que la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Puebla confirmó horas después fue 10. 10 personas habían sido asesinadas en ese rancho de la Mixteca en la madrugada de un domingo en un municipio de 12,672  habitantes, según el censo de 2020, ubicado a 116 km de la capital poblana.

Los primeros elementos en escena aplicaron el protocolo de revisión individual a cada cuerpo. Uno de ellos arrojó un resultado que cambió la mecánica de los minutos siguientes. Una mujer adulta aún tenía signos vitales. El personal de urgencias médicas inició de inmediato las maniobras de soporte de vida, la estabilizó en el lugar en la medida en que sus heridas lo permitían y la trasladó en ambulancia hacia el hospital más cercano, con capacidad para atender trauma de bala.

 El trayecto, en condiciones normales, habría sido ya un desafío logístico en una región donde la centralización de los recursos hospitalarios impone distancias críticas  a las víctimas de violencia. Esa noche no hubo condiciones normales. Tras aproximadamente una hora de camino, el personal médico que acompañaba a la mujer confirmó su deceso a bordo  de la ambulancia.

 En las inmediaciones del cruce vial conocido como  el pitallo, las heridas por proyectil de arma de fuego que presentaba eran incompatibles con la vida más allá del tiempo  que tomó intentar salvarla. El recuento final fue 10 muertos, nueve en el rancho, uno en tránsito al hospital.

 Los peritos de la Fiscalía General del Estado de Puebla que procesaron la escena encontraron a las víctimas en una condición que sus propios informes describirían con una precisión clínica que no deja margen a la ambigüedad. Estaban maniatadas de las extremidades y presentaban heridas de bala dirigidas a la cabeza. Es una técnica.

 tiene un nombre en el argot forense y en la criminología del crimen organizado mexicano. El tiro de gracia no es el resultado de un intercambio  de disparos, no es el producto de un enfrentamiento. Es la ejecución sistemática de personas  previamente inmovilizadas. Quien ordenó esa operación no quiso dejar supervivientes.

 La mecánica del ataque lo confirma. El barrido pericial documentó, además una  cantidad relevante de casquillos percutidos en el interior y el exterior del inmueble. Los muros, las puertas y las ventanas del rancho presentaban numerosos impactos de armas largas. Según reportes del secretario de seguridad pública del estado, el vicealmirante Francisco Sánchez González y de la propia fiscal Idamis Pastor Betancurt, las armas utilizadas correspondían a calibres 22 y 9 mm.

El número de disparos efectuados dentro del inmueble, documentado por distintas fuentes periodísticas con acceso a información de la investigación superó el centenar. 100 disparos en un rancho de una comunidad rural de la Mixteca a la 1:55 de la  madrugada contra personas maniatadas.

 La demografía de las víctimas es el segundo elemento que define este caso y que lo  distingue de la violencia criminal ordinaria que Puebla ha registrado en los últimos meses. De los 10  fallecidos, seis pertenecían al mismo núcleo familiar. Los cuatro restantes eran trabajadores agrícolas empleados en las labores del rancho.

 Entre los miembros de la familia figuraban cuatro hombres  adultos y tres mujeres adultas. Pero el dato que en pocas horas recorrería las redacciones de todo el país y generaría la condena  del arzobispo de la Arquidiócesis de Puebla, Víctor Sánchez Espinoza, durante la misa dominical fue este. Entre las víctimas  había tres menores de edad, dos niños de 10 y 14 años y una bebé de un mes y 20 días de nacida.

El arzobispo Sánchez Espinoza, al referirse al ataque desde el púlpito, dijo que se trataba de algo que ocurrió en un lugar cercano a Puebla, entre Izúcar de Matamoros y Acatlán de Osorio, y que era imposible llamarlo de otra manera que no fuera una tragedia. Habló de niños recién nacidos, habló de ajuste de cuentas y de venganza y luego llamó a la reflexión.

 Mientras el arzobispo hablaba, los peritos seguían procesando la escena. La fiscalía seguía recolectando casquillos y el operativo de seguridad desplegado sobre la mixteca no había producido un solo detenido. Tejitzingo no es un municipio que aparezca con frecuencia en los registros nacionales de violencia de alto impacto, pero tiene antecedentes documentados.

El 6 de abril de 2024, en una comunidad del mismo municipio llamada Hornos de Zaragoza, sicarios asesinaron a balazos a un hombre de 79 años llamado Edelmiro y a su hijo del mismo nombre, de 52. Ambos se encontraban trabajando en su rancho cuando llegaron los agresores. El motivo que entonces registraron las fuentes locales fue idéntico al que ahora señala la fiscalía como hipótesis principal del ataque del 17 de mayo de 2026.

  Una disputa por la posesión de terrenos entre familiares. Dos años antes, en ese mismo municipio, el mismo patrón ya había dejado dos muertos. Nadie lo vio como advertencia, o si lo vieron, no actuaron. La mixteca poblana como región acumula además una historia documentada de conflictos agrarios que sus propios actores han descrito reiteradamente como bombas de tiempo.

 Disputas por miles de hectáreas entre comunidades colindantes, litigios que llevan décadas sin resolución judicial, tensiones egidales que se transmiten de generación en generación como deudas pendientes. En diciembre de 2024, un medio local publicó un reportaje sobre uno de esos conflictos en la mixteca, donde representantes de dos comunidades advertían que la falta de certidumbre sobre la propiedad de la Tierra podía reactivas episodios de violencia similares a los que habían ocurrido décadas atrás y que habían dejado muertos y heridos.

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