MARCO ANTONIO BARRERA: LO DIERON POR MUERTO Y ASÍ LE RESPONDIÓ AL MUNDO
Manchester, 18 de abril de 1998. Hay noches en el boxeo que uno no olvida aunque quiera. Manchester, 18 de abril de 1998. Hay noches en el boxeo que uno no olvida aunque quiera. Usted sabe a cuáles me refiero. Esas noches donde algo se rompe adentro del pecho y no es el corazón. Es algo más difícil de nombrar, algo que tiene que ver con lo que uno creyó posible. Y de repente ya no es posible.
Esa noche en Manchester fue una de esas. El Manchester Evening News Arena tenía 12,000 personas, casi todas inglesas, casi todas ahí para lo mismo. Ver a Nasem Hamed destruir a un mexicano que, según ellos, no debería haber cruzado el Atlántico. El ambiente era eso que uno siente cuando entra a una cancha de fútbol en tierra contraria, una hostilidad que no necesita palabras porque se respira, se mete por la nariz y le aprieta a uno el estómago desde que baja del autobús.
Seem Hamed, 24 años, invicto en 35 peleas, campeón mundial, pluma de la WO, inglés de padres y gemeníes, criado en Sheffield, con esa boca enorme y esa arrogancia que los medios británicos habían convertido en espectáculo de exportación, Hamed llegaba al ring montado en Palanquín. Hacía piruetas sobre las cuerdas antes de que sonara la campana.
le decía al rival con cámaras de por medio en qué round lo iba a noquear y lo noqueaba. Eso era lo peor, que tenía razón casi siempre. El mexicano se llama Marco Antonio Barrera, también 24 años, campeón del mundo superpluma del CMB, un boxeador de verdad, de esos que usted y yo reconocemos, aunque no seamos expertos, de los que tienen algo en los ojos antes de subir al ring, que le dice a uno que ese hombre sabe exactamente qué va a hacer cuando suene la campana.
Esa noche en Manchester Barrera cayó dos veces. La segunda caída fue en el undécimo round. Fue de esas caídas que los comentaristas narran con la voz baja, casi en silencio, porque saben que están viendo a un hombre que ya dio todo lo que tenía y el cuerpo simplemente no le alcanzó para más.
El árbitro Steve Smoger no lo dudó, paró la pelea. Hamed celebró con los brazos arriba, dando vueltas por el ring el lugar fuera suyo, que en ese momento lo era. Los 12,000 ingleses festejaron como si hubieran ganado algo ellos. Los periodistas americanos y británicos escribieron al día siguiente que Barrera había terminado, que era un buen peleador, sí, pero que le había tocado el mejor del mundo en el peor momento, que quizás era hora de buscar peleas menos ambiciosas, que quizás era hora de una salida ordenada. Una salida ordenada. Yo quiero
que usted se quede con esas dos palabras un momento, porque esas dos palabras le llegaron a Barrera y lo que hizo con ellas en los siguientes 3 años es exactamente de lo que vamos a hablar hoy. Marco Antonio Barrera nació el 17 de enero de 1974 en la ciudad de México. Creció en Tepito.
Y antes de que usted haga ese gesto que hacen los que no son de ahí cuando escuchan Tepito, déjeme decirle que ese barrio le dio a barrera cosas que ningún gimnasio del mundo le hubiera podido dar. Tepito es un barrio donde el espacio hay que ganárselo desde chico, donde la economía informal lleva décadas siendo la única economía real para miles de familias, donde el código de la calle tiene más peso que cualquier otra institución.
Los que crecen ahí aprenden cosas que los de afuera no aprenden. Que la dignidad se defiende con el cuerpo si hace falta. Que la lealtad al barrio es sagrada y que cuando te caes te levantas, porque si no te levantas el barrio no te recuerda bien. Su padre Aurelio Barrera, había peleado box de aficionado. No llegó a profesional, pero conocía el deporte desde adentro.
Conocía la diferencia entre un peleador que tiene algo y uno que solamente quiere tenerlo. Cuando Marco empezó a asomarse al gimnasio que quedaba a dos cuadras de la casa con 8 años, Aurelio vio lo que tenía que ver. Manos rápidas, un equilibrio natural sobre los pies que en un niño de esa edad es rarísimo, y una concentración fría de las que no se aprenden, de las que o tienes o no tienes.
Marco fue profesional a los 16 años. 16. Cuando la mayoría de los chavos de Tepito todavía están averiguando qué van a hacer con su vida, Barrera ya estaba cobrando por pelear y a los 19 años ganó su primer título mundial. El CMB de peso Super Pluma contra Daniel Zaragoza. Una pelea que los que la vieron en directo todavía recuerdan, porque fue de las que a uno le doblan las rodillas de la emoción, aunque esté sentado.
La velocidad de ese ascenso fue tan rápida que el mundo del boxeo americano tardó en entender lo que estaba viendo. Cuando los analistas de HBO y SPN empezaron a hablar de barrera con seriedad, él ya llevaba años siendo campeón. Ya había defendido el cinturón varias veces. Ya era un peleador formado con criterio, con una manera de leer una pelea que muy poca gente tiene a los 22 años.
Pero había algo en esa carrera que crecía en paralelo con los títulos, algo que los que estaban cerca de barrera conocían, aunque no se hablara de ello públicamente. La vida fuera del ring de Marco Antonio Barrera tenía una irregularidad que eventualmente iba a pasarle la factura. Tepito no suelta a sus hijos así como así.
Las amistades del barrio siguen ahí cuando uno se vuelve campeón, los compromisos también. Y un chico de 19 años con dinero y fama en un ambiente como ese tiene que tener una estructura muy sólida para no perder el hilo. La estructura que Barrera tenía en esos años era su manager Luis Espota, que conocía el negocio y sabía llevar una carrera.
Pero entre pelea y pelea, cuando las cámaras no estaban y los campamentos terminaban, había cosas que Spota no podía controlar, porque ningún manager puede controlar todo. Llegó a la pelea con Jamed con el físico en buenas condiciones. Eso hay que decirlo. Barrera siempre se preparó físicamente con seriedad, pero hay una diferencia entre estar bien físicamente y estar bien del todo.
Y los que estuvieron en ese campamento de preparación saben que no todo estaba al 100%. cosas de la cabeza, del entorno, de decisiones que se tomaron fuera del gimnasio y que tienen manera de meterse adentro del ring, aunque uno no quiera. Hamed lo explotó. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era Nasem Hamed en 1998.
Y no solamente el boxeador, sino el fenómeno. El boxeo de los años 90 fue el boxeo de la televisión premium. HBO y Showtime convirtieron cada pelea grande en un evento de cultura popular. Don King seguía siendo el hombre que movía los hilos más gruesos. Y en ese ecosistema de espectáculo y dinero y narrativa construida por las televisoras, Hamed era el producto perfecto, fotogénico, bilingüe, provocador, con una habilidad real que hacía que sus fanfarronadas no fueran solamente teatro, tenía sustancia detrás
de la actuación. peleaba de una manera que los puristas del boxeo clásico no sabían cómo catalogar. La guardia caída, los brazos abajo, la cabeza adelante en una posición que cualquier entrenador ortodoxo le habría corregido desde el primer día. Y sin embargo, nadie lo noqueaba porque esa guardia rara y esa posición aparentemente descuidada eran exactamente eso, aparentes.
Hamed tenía un sentido del espacio y una velocidad de reacción que hacían que los golpes que parecían que iban a conectar limpio llegaran rozando o no llegaran. Y cuando él golpeaba, pegaba fuerte con la derecha, sobre todo, que salía de ángulos que un boxeador ortodoxo nunca produciría. 35 peleas, 35 victorias, 31 por la vía del knockout.
Cuando Barrera aceptó la pelea, los promotores la vendieron como el mejor escenario posible para mostrar las cualidades de Hamed. Un rival de verdad, un campeón mundial legítimo, alguien cuya derrota significara algo. Eso decía todo sobre cómo veían al mexicano esa noche, el rival presentable, el que iba a hacer que la victoria de Hamed pareciera más importante que si se la hubieran dado contra alguien de segunda.
La pelea empezó. Y desde los primeros 30 segundos quedó claro que Hamed venía a imponer su ritmo, movilidad, distancia, golpes que salían de ángulos inesperados. Barrera respondía, conectaba también, pero los golpes de Hamed aterrizaban con más daño y con más frecuencia en esos primeros rounds.
El séptimo round trajo la primera caída. Barrera fue al piso, se levantó, el árbitro contó. Barreras Manchester. 18 de abril de 1998. Hay noches en el boxeo que uno no olvida aunque quiera. Usted sabe a cuáles me refiero. Esas noches donde algo se rompe adentro del pecho y no es el corazón. Es algo más difícil de nombrar, algo que tiene que ver con lo que uno creyó posible y de repente ya no es posible.
Esa noche en Manchester fue una de esas. El Manchester Evening News Arena tenía 12,000 personas, casi todas inglesas, casi todas ahí para lo mismo. Ver a Nasem Hamed destruir a un mexicano que, según ellos, no debería haber cruzado el Atlántico. El ambiente era eso que uno siente cuando entra a una cancha de fútbol en tierra contraria, una hostilidad que no necesita palabras porque se respira, se mete por la nariz y le aprieta a uno el estómago desde que baja del autobús.
Seem Hamed, 24 años, invicto en 35 peleas, campeón mundial, pluma de la WO, inglés de padres y gemeníes, criado en Sheffield, con esa boca enorme y esa arrogancia que los medios británicos habían convertido en espectáculo de exportación, Hamed llegaba al ring montado en Palanquín. Hacía piruetas sobre las cuerdas antes de que sonara la campana.
le decía al rival con cámaras de por medio en qué round lo iba a noquear y lo noqueaba. Eso era lo peor, que tenía razón casi siempre. El mexicano se llama Marco Antonio Barrera, también 24 años, campeón del mundo super pluma del CMB, un boxeador de verdad, de esos que usted y yo reconocemos, aunque no seamos expertos, de los que tienen algo en los ojos antes de subir al ring, que le dice a uno que ese hombre sabe exactamente qué va a hacer cuando suene la campana.
Esa noche en Manchester Barrera cayó dos veces. La segunda caída fue en el undécimo round. Fue de esas caídas que los comentaristas narran con la voz baja, casi en silencio, porque saben que están viendo a un hombre que ya dio todo lo que tenía y el cuerpo simplemente no le alcanzó para más.
El árbitro Steve Smoger no lo dudó, paró la pelea. Hamed celebró con los brazos arriba, dando vueltas por el ring el lugar fuera suyo, que en ese momento lo era. Los 12,000 ingleses festejaron como si hubieran ganado algo ellos. Los periodistas americanos y británicos escribieron al día siguiente que Barrera había terminado, que era un buen peleador, sí, pero que le había tocado el mejor del mundo en el peor momento, que quizás era hora de buscar peleas menos ambiciosas, que quizás era hora de una salida ordenada. Una salida ordenada. Yo quiero
que usted se quede con esas dos palabras un momento, porque esas dos palabras le llegaron a Barrera y lo que hizo con ellas en los siguientes 3 años es exactamente de lo que vamos a hablar hoy. Marco Antonio Barrera nació el 17 de enero de 1974 en la ciudad de México. Creció en Tepito.
Y antes de que usted haga ese gesto que hacen los que no son de ahí cuando escuchan Tepito, déjeme decirle que ese barrio le dio a barrera cosas que ningún gimnasio del mundo le hubiera podido dar. Tepito es un barrio donde el espacio hay que ganárselo desde chico, donde la economía informal lleva décadas siendo la única economía real para miles de familias, donde el código de la calle tiene más peso que cualquier otra institución.
Los que crecen ahí aprenden cosas que los de afuera no aprenden. Que la dignidad se defiende con el cuerpo si hace falta. Que la lealtad al barrio es sagrada y que cuando te caes te levantas, porque si no te levantas el barrio no te recuerda bien. Su padre Aurelio Barrera, había peleado box de aficionado. No llegó a profesional, pero conocía el deporte desde adentro.
Conocía la diferencia entre un peleador que tiene algo y uno que solamente quiere tenerlo. Cuando Marco empezó a asomarse al gimnasio que quedaba a dos cuadras de la casa con 8 años, Aurelio vio lo que tenía que ver. Manos rápidas, un equilibrio natural sobre los pies que en un niño de esa edad es rarísimo, y una concentración fría, de las que no se aprenden, de las que o tienes o no tienes.
Marco fue profesional a los 16 años. 16. Cuando la mayoría de los chavos de Tepito todavía están averiguando qué van a hacer con su vida, Barrera ya estaba cobrando por pelear y a los 19 años ganó su primer título mundial. El CMB de peso Super Pluma contra Daniel Zaragoza. Una pelea que los que la vieron en directo todavía recuerdan porque fue de las que a uno le doblan las rodillas de la emoción, aunque esté sentado.
La velocidad de ese ascenso fue tan rápida que el mundo del boxeo americano tardó en entender lo que estaba viendo. Cuando los analistas de HBO y SPN empezaron a hablar de barrera con seriedad, él ya llevaba años siendo campeón. Ya había defendido el cinturón varias veces. Ya era un peleador formado con criterio, con una manera de leer una pelea que muy poca gente tiene a los 22 años.
Pero había algo en esa carrera que crecía en paralelo con los títulos, algo que los que estaban cerca de barrera conocían, aunque no se hablara de ello públicamente. La vida fuera del ring de Marco Antonio Barrera tenía una irregularidad que eventualmente iba a pasarle la factura. Tepito no suelta a sus hijos así como así.
Las amistades del barrio siguen ahí cuando uno se vuelve campeón, los compromisos también. Y un chico de 19 años con dinero y fama en un ambiente como ese tiene que tener una estructura muy sólida para no perder el hilo. La estructura que Barrera tenía en esos años era su manager Luis Espota, que conocía el negocio y sabía llevar una carrera.
Pero entre pelea y pelea, cuando las cámaras no estaban y los campamentos terminaban, había cosas que Spota no podía controlar, porque ningún manager puede controlar todo. Llegó a la pelea con Jamed con el físico en buenas condiciones. Eso hay que decirlo. Barrera siempre se preparó físicamente con seriedad, pero hay una diferencia entre estar bien físicamente y estar bien del todo.
Y los que estuvieron en ese campamento de preparación saben que no todo estaba al 100%. cosas de la cabeza, del entorno, de decisiones que se tomaron fuera del gimnasio y que tienen manera de meterse adentro del ring, aunque uno no quiera. Hamed lo explotó. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era Nasem Hamed en 1998.
Y no solamente el boxeador, sino el fenómeno. El boxeo de los años 90 fue el boxeo de la televisión premium. HBO y Showtime convirtieron cada pelea grande en un evento de cultura popular. Don King seguía siendo el hombre que movía los hilos más gruesos. Y en ese ecosistema de espectáculo y dinero y narrativa construida por las televisoras, Hamed era el producto perfecto, fotogénico, bilingüe, provocador, con una habilidad real que hacía que sus fanfarronadas no fueran solamente teatro, tenía sustancia detrás
de la actuación. peleaba de una manera que los puristas del boxeo clásico no sabían cómo catalogar. La guardia caída, los brazos abajo, la cabeza adelante en una posición que cualquier entrenador ortodoxo le habría corregido desde el primer día. Y sin embargo, nadie lo noqueaba porque esa guardia rara y esa posición aparentemente descuidada eran exactamente eso, aparentes.
Hamed tenía un sentido del espacio y una velocidad de reacción que hacían que los golpes que parecían que iban a conectar limpio llegaran rozando o no llegaran. Y cuando él golpeaba, pegaba fuerte con la derecha, sobre todo, que salía de ángulos que un boxeador ortodoxo nunca produciría. 35 peleas, 35 victorias, 31 por la vía del knockout.
Cuando Barrera aceptó la pelea, los promotores la vendieron como el mejor escenario posible para mostrar las cualidades de Hamed. Un rival de verdad, un campeón mundial legítimo, alguien cuya derrota significara algo. Eso decía todo sobre cómo veían al mexicano esa noche. El rival presentable, el que iba a hacer que la victoria de Hamed pareciera más importante que si se la hubieran dado contra alguien de segunda.
La pelea empezó. Y desde los primeros 30 segundos quedó claro que Hamed venía a imponer su ritmo, movilidad, distancia, golpes que salían de ángulos inesperados. Barrera respondía, conectaba también, pero los golpes de Hamed aterrizaban con más daño y con más frecuencia en esos primeros rounds.
El séptimo round trajo la primera caída. Barrera fue al piso, se levantó. El árbitro contó. Barrera asintió y siguió. Que Barrera se levante y siga. No sorprendió a nadie que lo conociera. Eso es lo que hacen los de Tepito. Pero el daño estaba ahí, visible para los que sabían mirarlo. Los movimientos un poco más lentos, las respuestas defensivas llegando medio tiempo tarde.
Ese medio tiempo que en el boxeo de alto nivel es suficiente para que te destruyan. El undécimo round, la segunda caída. El árbitro Steve Smogger mirando a Barrera con esa cara que ponen cuando ya tomaron la decisión, pero le están dando al peleador los últimos segundos para que muestre algo que justifique dejar la pelea continuar. Barrera intentó mostrar que podía seguir.
Smogger paró la pelea de todas formas. En México esa noche hubo silencio. Ese silencio particular que hay cuando cae alguien en quien uno creía, cuando la pantalla muestra algo que uno no quería ver. En los bares donde se había puesto la pelea, la gente se fue yendo poco a poco sin hacer mucho ruido. Los que se quedaron no tenían mucho que decir.
Los medios al día siguiente fueron unánimes y fueron rápidos. Los ingleses escribieron que Hamed había confirmado que era el mejor del mundo en su categoría. Los americanos coincidieron y uno, un columnista inglés, cuyos artículos de esa semana todavía se pueden leer en los archivos de internet, escribió que Barrera había mostrado corazón, pero no mucha cabeza al aceptar una pelea que no podía ganar y que quizás era el momento de considerar una salida ordenada del boxeo de élite. Una salida ordenada.
Barrera tenía 24 años. 24 años. campeón del mundo con más peleas profesionales encima que la mayoría de los peleadores que llegan a retirarse con honores. Y el mundo del boxeo ya lo estaba despidiendo, ya le estaba escribiendo el epitafio, ya estaba poniendo la lápida. Barrera volvió a la ciudad de México sin declaraciones.
Volvió a Tepito, a la casa, al barrio, a los lugares donde la gente lo conocía de antes de que fuera nadie y lo seguía tratando como siempre lo había tratado. Y algo en ese regreso, algo en ese contacto con lo concreto y lo familiar fue parte de lo que pasó después, porque lo que pasó después fue que Barrera fue al gimnasio y entrenó.
Las personas que estuvieron cerca de él en esos meses siguientes hablan de un barrera diferente al que habían conocido antes de Manchester. Más silencioso dentro del gimnasio, con una concentración que no siempre había estado presente de manera tan consistente. Llegaba primero y se iba último.
trabajaba la bolsa con ese ritmo metódico que tienen los que están pensando mientras golpean, que no están descargando rabia, sino construyendo algo, organizando información, buscando respuestas a preguntas que no se hacen en voz alta. Entendió algo después de Manchester que antes no había entendido del todo, que el talento que tenía y lo tenía llega hasta cierto punto si uno no pone todo lo demás.
El talento le había alcanzado para ganar el título mundial a los 19. Le había alcanzado para defender el cinturón varias veces. Le había alcanzado para ser considerado uno de los mejores de su categoría en el mundo. Pero para vencer a Nasim Hamed hacía falta algo más que talento. Hacía falta que el 100% del talento estuviera disponible durante las 12 semanas del campamento, sin interrupciones, sin ruido, sin las cosas de afuera.
metiéndose adentro y eso en la pelea de Manchester no había estado. Esa conclusión tan simple escrita así le tomó a barrera varios meses de trabajo silencioso para llegar a ella y cuando llegó cambió la manera en que preparó cada pelea después de esa. Antes de que llegara la revancha con Hamed, sin embargo, llegó algo que en términos de historia del boxeo mexicano fue igual de importante. Llegó Eric Morales.
Eric Morales era de Tijuana y Tijuana en los años 90 era una ciudad con una energía muy particular. Esa energía fronteriza donde los mundos se rozan y todo tiene una velocidad y una intensidad que las ciudades del interior no tienen. Morales había crecido con el boxeo como parte natural de la vida, como crecen los chicos en las ciudades, donde el deporte es la salida más visible y más real para los que no tienen otra puerta.
Era campeón mundial también del peso pluma del CMB y tenía un estilo que era prácticamente el negativo fotográfico del estilo de barrera, donde barrera era explosión y potencia, golpes que terminan la pelea si conectan limpio, morales era precisión y resistencia. El tipo de peleador que gana rounds con golpes que no se ven bien desde las gradas, pero que el rival siente acumularse round a round hasta que en el décimo ya no sabe dónde está parado.
dos mexicanos, dos campeones mundiales, dos estilos que se contradecían punto por punto y dos ciudades, el Distrito Federal y Tijuana, que en términos de identidad son mundos tan distintos que cualquier rivalidad entre representantes de ambas tiene una carga extra que va más allá de los dos peleadores. La primera pelea fue en febrero del año 2000, el MGM Grand Garden Arena en Las Vegas, una pelea que se pactó como unificación de títulos y que resultó ser una de las más disputadas que el boxeo mexicano había producido en muchos años.
12 rounds, donde los dos hombres se estudiaron, se midieron, se golpearon con una intensidad que fue subiendo a lo largo de la noche hasta que en los últimos rounds las gradas del MGM estaban de pie. Morales ganó por decisión dividida. México se dividió con la decisión. ¿Qué es lo que pasa cuando dos jueces dicen una cosa y el tercero dice otra? Y cualquiera de las dos versiones tiene argumentos para defenderse.
Los que eran del Distrito Federal pusieron el grito en el cielo. Los de Baja California celebraron. La discusión en los bares y en los trabajos duró semanas y hay gente que todavía la da por no resuelta. Segunda derrota de barrera y esta vez frente a un mexicano, lo cual tiene una carga emocional diferente a perder contra un inglés.
Perder contra Hamed era perder contra el mejor del mundo en territorio extranjero. Perder contra Morales era algo más complicado, más cercano, más difícil de procesar. Había boxeadores que después de dos derrotas así habrían buscado acomodo, peleas más manejables, rivales que no pusieran en riesgo lo que quedaba del récord.
El boxeo tiene esa opción siempre disponible y muchos la toman porque es razonable tomarla. Un hombre puede vivir bien de ser excampeón del mundo si elige bien a sus rivales. Barrera no tomó esa opción. Lo que hizo fue buscar la revancha con Hamed y prepararse para esa revancha de una manera diferente a todo lo que había hecho antes.
El cambio más importante que hizo entre el año 2000 y la pelea de abril de 2001 fue en la cabeza, aunque los efectos se vieran en el cuerpo. Incorporó a su equipo personas que le decían lo que había que decirle, aunque no fuera lo que él quería escuchar. Alejó del campamento a los que no aportaban nada útil, aunque llevaran años cerca de él.
Durmió más, comió mejor, llegó al campamento sin el exceso de peso que había cargado en preparaciones anteriores. Escrito así suena a lista de buenos propósitos de Año Nuevo, pero en el boxeo, cuando uno lleva 12 semanas cumpliendo esas cosas sin excepción, la diferencia en el ring es enorme. La diferencia entre el Barrera que cayó en Manchester y el que entró al MGM Grandes a noche de abril de 2001 no era de talento, era de disponibilidad.
Cuánto de ese talento estaba presente de manera sostenida, sin interrupciones a lo largo de toda la preparación. En 1998 había estado presente a ratos. En 2001 estaba presente todo el tiempo. Las Vegas. 7 de abril de 2001, el MGM Grand Garden Arena otra vez. Hamed entró al ring de la misma manera de siempre, con la música estruendosa, con las luces, con la actuación completa que sus fans habían venido a ver y que él nunca cancelaba porque era parte de quién era.
Los ingleses que habían viajado desde Sheffield y desde Londres llenaban un sector de las gradas y hacían ruido suficiente para que se escucharan. Pero las gradas del MGM esa noche eran en su mayoría otra cosa. El público mexicano había llegado desde Los Ángeles, desde San Diego, desde Fénix, desde Chicago, desde todas las ciudades donde hay comunidades mexicanas grandes que siguen el boxeo con esa intensidad que los que no son de ahí no siempre comprenden.
llegaron con banderas, con camisetas, con esa convicción que tienen los aficionados mexicanos cuando van a ver a uno de los suyos que saben que puede ganar, que merecen que gane, que han esperado demasiado tiempo para verlo ganar, Barrera entró al ring sin música estruendosa. Caminó con esa concentración que los que lo conocían reconocían de inmediato como señal de que algo estaba diferente.
Los que habían estado en el campamento de preparación sabían lo que había detrás de esa cara. 12 semanas de trabajo sin interrupciones. 12 semanas donde cada decisión dentro y fuera del gimnasio estuvo orientada a una sola cosa. La campana del primer round sonó y en los primeros 30 segundos cualquier aficionado que supiera mirar una pelea pudo ver que lo de Manchester no iba a repetirse.
Barrera fue al cuerpo desde el primer intercambio. Golpes cortos, bien dirigidos, que aterrizaban en las costillas de Hamed con una precisión que tiene un efecto que no se aprecia en el segundo round, pero que en el octavo convierte las piernas del rival en algo que ya no responde igual. El trabajo al cuerpo es el trabajo más honesto que hay en el boxeo.
No tiene glamour, no aparece en los highlights, pero es el que gana peleas largas porque el daño se acumula de manera silenciosa y cuando se hace visible ya es demasiado tarde para revertirlo. Hamed intentó su movilidad de los primeros rounds. Intentó los ángulos raros, la guardia caída, los fintos que habían confundido a 35 rivales antes.
intentó la provocación verbal que siempre le había funcionado para sacar a los rivales de su concentración. Barrera no le contestó. Cuando Hamed lo provocaba, Barrera miraba al cuerpo del inglés, buscaba el ángulo del siguiente golpe y golpeaba. Round a round, la pelea fue cambiando de temperatura. Hamed, que en los primeros asaltos había tenido su movilidad intacta, empezó a moverse con un poco menos de fluidez.
Los golpes al cuerpo de barrera estaban cobrando lo que tenían que cobrar y los golpes de barrera a la cabeza que en la primera pelea llegaban sin el poder suficiente para cambiar el rumbo, esta vez llegaban con toda la preparación detrás. En el décimo round, Hamed estaba perdiendo la pelea en todos los cartones, no por mucho en algunos, pero perdiendo.
Y lo que se veía en su cara era algo que en 35 peleas profesionales no había aparecido, la cara de un hombre que está tratando de sobrevivir en lugar de ganar. El undécimo round trajo el momento que el público mexicano llevaba 3 años esperando. Barrera conectó una combinación al cuerpo, dos golpes cortos a las costillas y cuando Hamed bajó los codos para protegerse, le mandó una derecha a la cabeza que lo dobló sobre las cuerdas.
Hamed no cayó, pero se dobló. se quedó inclinado sobre las sogas durante un momento que pareció más largo de lo que fue con la cara de alguien que está esperando que el mundo deje de girar. Esa imagen. El tipo que llegaba en palanquín y hacía piruetas y le decía a sus rivales en qué round los iba a noquear, ese tipo doblado sobre las cuerdas del MGM Grand con 50,000 personas mexicanas en las gradas rugiendo, esa imagen valió por todo lo que había pasado en Manchester.
La pelea fue a los 12 rounds. Barrera ganó por decisión unánime. Los tres jueces coincidieron. No hubo discusión posible y las gradas del MGM Garden Arena explotaron de una manera que los que estuvieron ahí dicen que no habían visto antes en una pelea de box. Hombres que habían visto la pelea de Manchester 3 años antes y se habían ido a dormir con esa imagen de barrera en el piso.
Esos mismos hombres estaban de pie gritando con los ojos húmedos. familias enteras que habían viajado horas para estar ahí, chicos que habían visto la primera pelea de niños y que esa noche tenían 15, 16 años y ya entendían lo que significaba lo que estaban viendo. Al día siguiente, Nasim Hamed dio una conferencia de prensa diferente a todas las anteriores, sin el show, sin la actuación.
dijo que Barrera había sido el mejor rival que había enfrentado, que la preparación había sido difícil, que había llegado en condiciones que no eran las ideales. Nada de eso era mentira. El equipo de Hamed reconoció después, en privado, primero y luego públicamente que la preparación había tenido problemas, que no había llegado en su mejor momento.
Pero hay algo en esa conferencia de prensa que dice mucho sobre cómo el mundo del boxeo trata de manera diferente a unos y a otros. Cuando Barrera perdió en Manchester, nadie habló de sus condiciones de preparación, nadie ofreció contexto. El epitafio fue inmediato y sin matices. Cuando Hamed perdió con barrera, el mundo del boxeo encontró rápidamente las razones por las que la derrota tenía explicación.
Hamed peleó una vez más en 2002 contra Manuel Calvo. Ganó y después de esa pelea se retiró. Tenía 28 años. Estaba en la cima de su popularidad comercial. Podría haber seguido peleando varios años más. No lo hizo. La derrota con Barrera lo retiró. Eso no hay manera de decirlo de otra forma. Hamed se fue del boxeo profesional a los 28 años y nunca volvió.
La única derrota de su carrera fue contra Marco Antonio Barrera y esa derrota fue suficiente para que decidiera que ya no quería seguir. Lo que eso dice sobre Barrera lo puede calcular usted solo. La victoria sobre Hamed devolvió a Barrera al lugar donde el mundo del boxeo lo había sacado 3 años antes. campeón respetado con una narrativa de regreso que los medios americanos cubrieron con entusiasmo porque a los americanos les gustan los regresos, es parte de su mitología nacional.
El hombre que cayó y volvió, Barrera cumplía eso a la perfección, pero todavía estaba Morales. La primera pelea había quedado inconclusa en términos emocionales, una decisión dividida que la mitad de México rechazó. Morales seguía siendo campeón. seguía ganando, seguía siendo la otra pieza de la rivalidad más importante que el boxeo mexicano había producido en esa generación.
La revancha fue el 19 de enero de 2002, el Mandalay Bay Event Center en Las Vegas, otro lleno de mexicanos divididos, los de la capital y los de la frontera, con sus banderas y sus convicciones y sus razones para creer que el suyo era el mejor. Esta pelea fue completamente diferente a la primera. La primera había sido técnica, cuidadosa.
12 rounds de dos hombres estudiándose con paciencia, midiendo cada golpe, buscando la ventaja sin exponerse. Una pelea de ajedrez que Morales ganó por los detalles. La segunda fue una guerra. Desde el primer round, los dos fueron al frente, como si los dos hubieran decidido que ya habían tenido suficiente tiempo para estudiarse, que ya sabían todo lo que necesitaban saber del otro y que lo que quedaba era ir a resolverlo en el centro del ringan, fue una de las peleas más intensas que yo recuerdo haber visto en esa categoría. No la más técnica ni la más
elegante, pero sí la que más me hizo sentarme al borde de la silla en cada intercambio, porque cualquier golpe de cualquiera de los dos podía terminarla en cualquier momento. Barrera ganó por decisión mayoritaria. Dos jueces para Barrera, uno con empate. La discusión volvió a los bares y a los trabajos.
Los de Morales dijeron que había sido otro robo. Los de Barrera dijeron que había ganado claramente. Nadie convenció a nadie de nada. Porque en esas peleas cada quien ve lo Manchester. 18 de abril de 1998. Hay noches en el boxeo que uno no olvida aunque quiera. Usted sabe a cuáles me refiero.
Esas noches donde algo se rompe adentro del pecho y no es el corazón. Es algo más difícil de nombrar, algo que tiene que ver con lo que uno creyó posible y de repente ya no es posible. Esa noche en Manchester fue una de esas. El Manchester Evening News Arena tenía 12,000 personas, casi todas inglesas, casi todas ahí para lo mismo. Ver a Nasem Hamed destruir a un mexicano que, según ellos, no debería haber cruzado el Atlántico.
El ambiente era eso que uno siente cuando entra a una cancha de fútbol en tierra contraria, una hostilidad que no necesita palabras porque se respira, se mete por la nariz y le aprieta a uno el estómago desde que baja del autobús. Seem Hamed, 24 años, invicto en 35 peleas, campeón mundial, pluma de la WO, inglés de padres y gemeníes, criado en Sheffield.
Con esa boca enorme y esa arrogancia que los medios británicos habían convertido en espectáculo de exportación, Hamed llegaba al ring montado en Palanquín. Hacía piruetas sobre las cuerdas antes de que sonara la campana. le decía al rival con cámaras de por medio en qué round lo iba a noquear y lo noqueaba. Eso era lo peor, que tenía razón casi siempre.
El mexicano se llama Marco Antonio Barrera, también 24 años, campeón del mundo super pluma del CMB, un boxeador de verdad, de esos que usted y yo reconocemos, aunque no seamos expertos, de los que tienen algo en los ojos antes de subir al ring, que le dice a uno que ese hombre sabe exactamente qué va a hacer cuando suene la campana. Esa noche en Manchester Barrera cayó dos veces.
La segunda caída fue en el undécimo round. Fue de esas caídas que los comentaristas narran con la voz baja, casi en silencio, porque saben que están viendo a un hombre que ya dio todo lo que tenía y el cuerpo simplemente no le alcanzó para más. El árbitro Steve Smoger no lo dudó, paró la pelea. Hamed celebró con los brazos arriba, dando vueltas por el ring como si el lugar fuera suyo, que en ese momento lo era.
Los 12,000 ingleses festejaron como si hubieran ganado algo ellos. Los periodistas americanos y británicos escribieron al día siguiente que Barrera había terminado, que era un buen peleador, sí, pero que le había tocado el mejor del mundo en el peor momento, que quizás era hora de buscar peleas menos ambiciosas, que quizás era hora de una salida ordenada, una salida ordenada.
Yo quiero que usted se quede con esas dos palabras un momento, porque esas dos palabras le llegaron a Barrera y lo que hizo con ellas en los siguientes 3 años es exactamente de lo que vamos a hablar hoy. Marco Antonio Barrera nació el 17 de enero de 1974 en la ciudad de México. Creció en Tepito. Y antes de que usted haga ese gesto que hacen los que no son de ahí cuando escuchan Tepito, déjeme decirle que ese barrio le dio a Barrera cosas que ningún gimnasio del mundo le hubiera podido dar.
Tepito es un barrio donde el espacio hay que ganárselo desde chico, donde la economía informal lleva décadas siendo la única economía real para miles de familias, donde el código de la calle tiene más peso que cualquier otra institución. Los que crecen ahí aprenden cosas que los de afuera no aprenden. Que la dignidad se defiende con el cuerpo si hace falta.
Que la lealtad al barrio es sagrada y que cuando te caes te levantas, porque si no te levantas el barrio no te recuerda bien. Su padre Aurelio Barrera, había peleado box de aficionado. No llegó a profesional, pero conocía el deporte desde adentro. Conocía la diferencia entre un peleador que tiene algo y uno que solamente quiere tenerlo.
Cuando Marco empezó a asomarse al gimnasio que quedaba a dos cuadras de la casa con 8 años, Aurelio vio lo que tenía que ver. Manos rápidas, un equilibrio natural sobre los pies que en un niño de esa edad es rarísimo, y una concentración fría, de las que no se aprenden, de las que o tienes o no tienes.
Marco fue profesional a los 16 años. 16. Cuando la mayoría de los chavos de Tepito todavía están averiguando qué van a hacer con su vida, Barrera ya estaba cobrando por pelear y a los 19 años ganó su primer título mundial. El CMB de peso Super Pluma contra Daniel Zaragoza. Una pelea que los que la vieron en directo todavía recuerdan, porque fue de las que a uno le doblan las rodillas de la emoción, aunque esté sentado.
La velocidad de ese ascenso fue tan rápida que el mundo del boxeo americano tardó en entender lo que estaba viendo. Cuando los analistas de HBO y SPN empezaron a hablar de barrera con seriedad, él ya llevaba años siendo campeón. Ya había defendido el cinturón varias veces, ya era un peleador formado con criterio, con una manera de leer una pelea que muy poca gente tiene a los 22 años.
Pero había algo en esa carrera que crecía en paralelo con los títulos, algo que los que estaban cerca de barrera conocían, aunque no se hablara de ello públicamente. La vida fuera del ring de Marco Antonio Barrera tenía una irregularidad que eventualmente iba a pasarle la factura. Tepito no suelta a sus hijos así como así.
Las amistades del barrio siguen ahí cuando uno se vuelve campeón, los compromisos también. Y un chico de 19 años con dinero y fama en un ambiente como ese tiene que tener una estructura muy sólida para no perder el hilo. La estructura que Barrera tenía en esos años era su manager Luis Espota, que conocía el negocio y sabía llevar una carrera.
Pero entre pelea y pelea, cuando las cámaras no estaban y los campamentos terminaban, había cosas que Spota no podía controlar, porque ningún manager puede controlar todo. Llegó a la pelea con Jamed con el físico en buenas condiciones. Eso hay que decirlo. Barrera siempre se preparó físicamente con seriedad, pero hay una diferencia entre estar bien físicamente y estar bien del todo.
Y los que estuvieron en ese campamento de preparación saben que no todo estaba al 100%. cosas de la cabeza, del entorno, de decisiones que se tomaron fuera del gimnasio y que tienen manera de meterse adentro del ring, aunque uno no quiera. Hamed lo explotó. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era Nasem Hamed en 1998.
Y no solamente el boxeador, sino el fenómeno. El boxeo de los años 90 fue el boxeo de la televisión premium. HBO y Showtime convirtieron cada pelea grande en un evento de cultura popular. Don King seguía siendo el hombre que movía los hilos más gruesos. Y en ese ecosistema de espectáculo y dinero y narrativa construida por las televisoras, Hamed era el producto perfecto, fotogénico, bilingüe, provocador, con una habilidad real que hacía que sus fanfarronadas no fueran solamente teatro, tenía sustancia detrás
de la actuación. peleaba de una manera que los puristas del boxeo clásico no sabían cómo catalogar. La guardia caída, los brazos abajo, la cabeza adelante en una posición que cualquier entrenador ortodoxo le habría corregido desde el primer día. Y sin embargo, nadie lo noqueaba porque esa guardia rara y esa posición aparentemente descuidada eran exactamente eso, aparentes.
Hamed tenía un sentido del espacio y una velocidad de reacción que hacían que los golpes que parecían que iban a conectar limpio llegaran rozando o no llegaran. Y cuando él golpeaba, pegaba fuerte con la derecha, sobre todo, que salía de ángulos que un boxeador ortodoxo nunca produciría. 35 peleas, 35 victorias, 31 por la vía del knockout.
Cuando Barrera aceptó la pelea, los promotores la vendieron como el mejor escenario posible para mostrar las cualidades de Hamed. Un rival de verdad, un campeón mundial legítimo, alguien cuya derrota significara algo. Eso decía todo sobre cómo veían al mexicano esa noche, el rival presentable, el que iba a hacer que la victoria de Hamed pareciera más importante que si se la hubieran dado contra alguien de segunda.
La pelea empezó. Y desde los primeros 30 segundos quedó claro que Hamed venía a imponer su ritmo, movilidad, distancia, golpes que salían de ángulos inesperados. Barrera respondía, conectaba también, pero los golpes de Hamed aterrizaban con más daño y con más frecuencia en esos primeros rounds.
El séptimo round trajo la primera caída. Barrera fue al piso, se levantó. El árbitro contó. Barrera asintió y siguió. Que Barrera se levante y siga. No sorprendió a nadie que lo conociera. Eso es lo que hacen los de Tepito. Pero el daño estaba ahí, visible para los que sabían mirarlo. Los movimientos un poco más lentos, las respuestas defensivas llegando medio tiempo tarde.
Ese medio tiempo que en el boxeo de alto nivel es suficiente para que te destruyan. El undécimo round, la segunda caída. El árbitro Steve Smogger mirando a Barrera con esa cara que ponen cuando ya tomaron la decisión, pero le están dando al peleador los últimos segundos para que muestre algo que justifique dejar la pelea continuar. Barrera intentó mostrar que podía seguir.
Smogger paró la pelea de todas formas. En México esa noche hubo silencio. Ese silencio particular que hay cuando cae alguien en quien uno creía, cuando la pantalla muestra algo que uno no quería ver. En los bares donde se había puesto la pelea, la gente se fue yendo poco a poco sin hacer mucho ruido. Los que se quedaron no tenían mucho que decir.
Los medios al día siguiente fueron unánimes y fueron rápidos. Los ingleses escribieron que Hamed había confirmado que era el mejor del mundo en su categoría. Los americanos coincidieron y uno, un columnista inglés, cuyos artículos de esa semana todavía se pueden leer en los archivos de internet, escribió que Barrera había mostrado corazón, pero no mucha cabeza al aceptar una pelea que no podía ganar y que quizás era el momento de considerar una salida ordenada del boxeo de élite. Una salida ordenada.
Barrera tenía 24 años. 24 años. campeón del mundo con más peleas profesionales encima que la mayoría de los peleadores que llegan a retirarse con honores. Y el mundo del boxeo ya lo estaba despidiendo, ya le estaba escribiendo el epitafio, ya estaba poniendo la lápida. Barrera volvió a la ciudad de México sin declaraciones.
Volvió a Tepito, a la casa, al barrio, a los lugares donde la gente lo conocía de antes de que fuera nadie y lo seguía tratando como siempre lo había tratado. Y algo en ese regreso, algo en ese contacto con lo concreto y lo familiar fue parte de lo que pasó después, porque lo que pasó después fue que Barrera fue al gimnasio y entrenó.
Las personas que estuvieron cerca de él en esos meses siguientes hablan de un barrera diferente al que habían conocido antes de Manchester. Más silencioso dentro del gimnasio, con una concentración que no siempre había estado presente de manera tan consistente. Llegaba primero y se iba último.
trabajaba la bolsa con ese ritmo metódico que tienen los que están pensando mientras golpean, que no están descargando rabia, sino construyendo algo, organizando información, buscando respuestas a preguntas que no se hacen en voz alta. Entendió algo después de Manchester que antes no había entendido del todo, que el talento que tenía y lo tenía llega hasta cierto punto si uno no pone todo lo demás.
El talento le había alcanzado para ganar el título mundial a los 19. Le había alcanzado para defender el cinturón varias veces. Le había alcanzado para ser considerado uno de los mejores de su categoría en el mundo. Pero para vencer a Nasim Hamed hacía falta algo más que talento. Hacía falta que el 100% del talento estuviera disponible durante las 12 semanas del campamento, sin interrupciones, sin ruido, sin las cosas de afuera.
metiéndose adentro y eso en la pelea de Manchester no había estado. Esa conclusión tan simple escrita así le tomó a barrera varios meses de trabajo silencioso para llegar a ella y cuando llegó cambió la manera en que preparó cada pelea después de esa. Antes de que llegara la revancha con Hamed, sin embargo, llegó algo que en términos de historia del boxeo mexicano fue igual de importante. Llegó Eric Morales.
Eric Morales era de Tijuana y Tijuana en los años 90 era una ciudad con una energía muy particular. Esa energía fronteriza donde los mundos se rozan y todo tiene una velocidad y una intensidad que las ciudades del interior no tienen. Morales había crecido con el boxeo como parte natural de la vida, como crecen los chicos en las ciudades, donde el deporte es la salida más visible y más real para los que no tienen otra puerta.
era campeón mundial también del peso pluma del CMB y tenía un estilo que era prácticamente el negativo fotográfico del estilo de barrera, donde barrera era explosión y potencia, golpes que terminan la pelea si conectan limpio, morales era precisión y resistencia, el tipo de peleador que gana rounds con golpes que no se ven bien desde las gradas, pero que el rival siente acumularse round a round hasta que en el décimo ya no sabe dónde está parado.
dos mexicanos, dos campeones mundiales, dos estilos que se contradecían punto por punto y dos ciudades, el Distrito Federal y Tijuana, que en términos de identidad son mundos tan distintos que cualquier rivalidad entre representantes de ambas tiene una carga extra que va más allá de los dos peleadores. La primera pelea fue en febrero del año 2000, el MGM Grand Garden Arena en Las Vegas, una pelea que se pactó como unificación de títulos y que resultó ser una de las más disputadas que el boxeo mexicano había producido en muchos años.
12 rounds, donde los dos hombres se estudiaron, se midieron, se golpearon con una intensidad que fue subiendo a lo largo de la noche hasta que en los últimos rounds las gradas del MGM estaban de pie. Morales ganó por decisión dividida. México se dividió con la decisión. ¿Qué es lo que pasa cuando dos jueces dicen una cosa y el tercero dice otra? Y cualquiera de las dos versiones tiene argumentos para defenderse.
Los que eran del Distrito Federal pusieron el grito en el cielo. Los de Baja California celebraron. La discusión en los bares y en los trabajos duró semanas y hay gente que todavía la da por no resuelta. Segunda derrota de barrera y esta vez frente a un mexicano, lo cual tiene una carga emocional diferente a perder contra un inglés.
Perder contra Hamed era perder contra el mejor del mundo en territorio extranjero. Perder contra Morales era algo más complicado, más cercano, más difícil de procesar. Había boxeadores que después de dos derrotas así habrían buscado acomodo, peleas más manejables, rivales que no pusieran en riesgo lo que quedaba del récord.
El boxeo tiene esa opción siempre disponible y muchos la toman porque es razonable tomarla. Un hombre puede vivir bien de ser excampeón del mundo si elige bien a sus rivales. Barrera no tomó esa opción. Lo que hizo fue buscar la revancha con Hamed y prepararse para esa revancha de una manera diferente a todo lo que había hecho antes.
El cambio más importante que hizo entre el año 2000 y la pelea de abril de 2001 fue en la cabeza, aunque los efectos se vieran en el cuerpo. Incorporó a su equipo personas que le decían lo que había que decirle, aunque no fuera lo que él quería escuchar. Alejó del campamento a los que no aportaban nada útil, aunque llevaran años cerca de él.
durmió más, comió mejor, llegó al campamento sin el exceso de peso que había cargado en preparaciones anteriores. Escrito así suena a lista de buenos propósitos de año nuevo, pero en el boxeo, cuando uno lleva 12 semanas cumpliendo esas cosas sin excepción, la diferencia en el ring es enorme. La diferencia entre el Barrera que cayó en Manchester y el que entró al MGM Grandes noche de abril de 2001 no era de talento, era de disponibilidad.
Cuánto de ese talento estaba presente de manera sostenida, sin interrupciones a lo largo de toda la preparación. En 1998 había estado presente a ratos. En 2001 estaba presente todo el tiempo. Las Vegas. 7 de abril de 2001, el MGM Grand Garden Arena otra vez. Hamed entró al ring de la misma manera de siempre, con la música estruendosa, con las luces, con la actuación completa que sus fans habían venido a ver y que él nunca cancelaba porque era parte de quién era.
Los ingleses que habían viajado desde Sheffield y desde Londres llenaban un sector de las gradas y hacían ruido suficiente para que se escucharan. Pero las gradas del MGM esa noche eran en su mayoría otra cosa. El público mexicano había llegado desde Los Ángeles, desde San Diego, desde Fénix, desde Chicago, desde todas las ciudades donde hay comunidades mexicanas grandes que siguen el boxeo con esa intensidad que los que no son de ahí no siempre comprenden.
Llegaron con banderas, con camisetas. Con esa convicción que tienen los aficionados mexicanos, cuando van a ver a uno de los suyos que saben que puede ganar, que merecen que gane, que han esperado demasiado tiempo para verlo ganar, Barrera entró al ring sin música estruendosa. Caminó con esa concentración que los que lo conocían reconocían de inmediato como señal de que algo estaba diferente.
Los que habían estado en el campamento de preparación sabían lo que había detrás de esa cara. 12 semanas de trabajo sin interrupciones. 12 semanas donde cada decisión dentro y fuera del gimnasio estuvo orientada a una sola cosa. La campana del primer round sonó y en los primeros 30 segundos cualquier aficionado que supiera mirar una pelea pudo ver que lo de Manchester no iba a repetirse.
Barrera fue al cuerpo desde el primer intercambio. Golpes cortos, bien dirigidos, que aterrizaban en las costillas de Hamed con una precisión que tiene un efecto que no se aprecia en el segundo round, pero que en el octavo convierte las piernas del rival en algo que ya no responde igual. El trabajo al cuerpo es el trabajo más honesto que hay en el boxeo.
No tiene glamour, no aparece en los highlights, pero es el que gana peleas largas porque el daño se acumula de manera silenciosa y cuando se hace visible ya es demasiado tarde para revertirlo. Hamed intentó su movilidad de los primeros rounds. Intentó los ángulos raros, la guardia caída, los fintos que habían confundido a 35 rivales antes.
intentó la provocación verbal que siempre le había funcionado para sacar a los rivales de su concentración. Barrera no le contestó. Cuando Hamed lo provocaba, Barrera miraba al cuerpo del inglés, buscaba el ángulo del siguiente golpe y golpeaba. Round a round, la pelea fue cambiando de temperatura. Hamed, que en los primeros asaltos había tenido su movilidad intacta, empezó a moverse con un poco menos de fluidez.
Los golpes al cuerpo de barrera estaban cobrando lo que tenían que cobrar y los golpes de barrera a la cabeza que en la primera pelea llegaban sin el poder suficiente para cambiar el rumbo, esta vez llegaban con toda la preparación detrás. En el décimo round, Hamed estaba perdiendo la pelea en todos los cartones, no por mucho en algunos, pero perdiendo.
Y lo que se veía en su cara era algo que en 35 peleas profesionales no había aparecido, la cara de un hombre que está tratando de sobrevivir en lugar de ganar. El undécimo round trajo el momento que el público mexicano llevaba 3 años esperando. Barrera conectó una combinación al cuerpo, dos golpes cortos a las costillas y cuando Hamed bajó los codos para protegerse, le mandó una derecha a la cabeza que lo dobló sobre las cuerdas.
Hamed no cayó, pero se dobló. se quedó inclinado sobre las sogas durante un momento que pareció más largo de lo que fue con la cara de alguien que está esperando que el mundo deje de girar. Esa imagen. El tipo que llegaba en palanquín y hacía piruetas y le decía a sus rivales en qué round los iba a noquear, ese tipo doblado sobre las cuerdas del MGM Grand con 50,000 personas mexicanas en las gradas rugiendo, esa imagen valió por todo lo que había pasado en Manchester.
La pelea fue a los 12 rounds. Barrera ganó por decisión unánime. Los tres jueces coincidieron. No hubo discusión posible y las gradas del MGM Garden Arena explotaron de una manera que los que estuvieron ahí dicen que no habían visto antes en una pelea de box. Hombres que habían visto la pelea de Manchester 3 años antes y se habían ido a dormir con esa imagen de barrera en el piso.
Esos mismos hombres estaban de pie gritando con los ojos húmedos. familias enteras que habían viajado horas para estar ahí, chicos que habían visto la primera pelea de niños y que esa noche tenían 15, 16 años y ya entendían lo que significaba lo que estaban viendo. Al día siguiente, Nasim Hamed dio una conferencia de prensa diferente a todas las anteriores, sin el show, sin la actuación.
dijo que Barrera había sido el mejor rival que había enfrentado, que la preparación había sido difícil, que había llegado en condiciones que no eran las ideales. Nada de eso era mentira. El equipo de Hamed reconoció después, en privado, primero y luego públicamente que la preparación había tenido problemas, que no había llegado en su mejor momento.
Pero hay algo en esa conferencia de prensa que dice mucho sobre cómo el mundo del boxeo trata de manera diferente a unos y a otros. Cuando Barrera perdió en Manchester, nadie habló de sus condiciones de preparación, nadie ofreció contexto. El epitafio fue inmediato y sin matices. Cuando Hamed perdió con barrera, el mundo del boxeo encontró rápidamente las razones por las que la derrota tenía explicación.
Hamed peleó una vez más en 2002 contra Manuel Calvo. Ganó y después de esa pelea se retiró. Tenía 28 años. Estaba en la cima de su popularidad comercial. podría haber seguido peleando varios años más. No lo hizo. La derrota con Barrera lo retiró. Eso no hay manera de decirlo de otra forma. Hamed se fue del boxeo profesional a los 28 años y nunca volvió.
La única derrota de su carrera fue contra Marco Antonio Barrera y esa derrota fue suficiente para que decidiera que ya no quería seguir. Lo que eso dice sobre Barrera lo puede calcular usted solo. La victoria sobre Hamed devolvió a Barrera al lugar donde el mundo del boxeo lo había sacado 3 años antes. campeón respetado con una narrativa de regreso que los medios americanos cubrieron con entusiasmo porque a los americanos les gustan los regresos, es parte de su mitología nacional.
El hombre que cayó y volvió, Barrera cumplía eso a la perfección, pero todavía estaba Morales. La primera pelea había quedado inconclusa en términos emocionales, una decisión dividida que la mitad de México rechazó. Morales seguía siendo campeón. seguía ganando, seguía siendo