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Lupita D’Alessio: La DROGARON el Día de su Boda… y Perdió a sus Hijos

Lupita D’Alessio: La DROGARON el Día de su Boda… y Perdió a sus Hijos

La noche de la boda estaba la alianza sobre la mesa. El champán servido. El fotógrafo esperando para la última foto antes de que los novios se fueran. Lupita de Alessio acababa de prometer amor eterno frente a un altar. El hombre que le había prometido un futuro nuevo, el hombre que iba a devolverle su carrera, el hombre que iba a salvarla de todo lo que la había destruido, le puso algo en la mano.

 No era una alianza, no era una flor, no era un brindis, era cocaína. esa misma noche, mientras el vestido de novia todavía estaba puesto, mientras los invitados todavía festejaban afuera, mientras México la imaginaba feliz por primera vez en años, esa noche empezaron 23 años de adicción que casi la matan. Ese hombre murió en 2005 sin que nadie lo investigara, sin una sola pregunta, sin un solo cargo.

 Hoy vas a saber lo que realmente pasó en esa casa. Lo que el juez firmó sin entender lo que estaba haciendo, lo que sus propios hijos confesaron en televisión nacional y la noche en que Lupita de Alesio tuvo una jeringa lista para inyectarse heroína y lo que vio en una pantalla que la detuvo. Hay tres cosas que los demás no te contaron sobre la historia real de Lupita de Alesio.

 Primera, las seis palabras exactas que tardó 67 años en pronunciar las dijo en 2021, sentada frente a un periodista. y cambian todo lo que creía saber sobre su infancia. Seis palabras que cargó durante décadas como quien carga una piedra que no puede soltar. Segunda, el documento que le quitó a sus hijos.

 Lo que ese papel no podía ver y lo que pasó 10 años después, cuando sus hijos tocaron su puerta un día sin avisar y le dijeron que habían elegido volver con ella. Tercera, la noche en que su hijo mayor convulsionó en el piso de su casa. Y lo que Lupita de Alessio hizo tres años después, sola en una habitación con una jeringa en la mano y los ojos cerrados.

Te aviso cuando llegue cada una, pero antes necesitas entender cómo llegó hasta ahí, porque esta historia no empieza con la fama, no empieza con los discos de oro ni con los estadios llenos, empieza con una niña en Tijuana a quien le enseñaron a sonreír mientras le dolía todo. Empieza mucho antes de que México supiera su nombre.

Guadalupe Contreras Rivas nació el 9 de enero de 1954 en Tijuana, Baja California. Su padre se llamaba Alfonso Dalesio, ponchó para todos. Era músico, tenía una orquesta. Tocaba en eventos, en fiestas, en cantinas, en donde le pagaran y tenía planes muy concretos para su hija. No es solo que fuera un padre estricto, es que miraba a Lupita y veía algo que otros padres no ven en sus hijos.

 No veía a una niña que necesitaba protección. veía un activo, una inversión, un instrumento que con el entrenamiento correcto podía generar ingresos constantes y confiables. Y decidió que esa niña iba a cantar aunque no quisiera, aunque estuviera cansada, aunque llorara, aunque prefiriera cualquier otra cosa. Lupita cantó por primera vez en público a los 5 años, no porque lo hubiera pedido, no porque soñara con un escenario.

Su padre la subió al escenario, la vistió, la peinó, la paró frente a un micrófono más grande que ella y le dijo que cantara. Y ella cantó porque cuando su padre decía algo, no había forma de decir no, no había alternativa, no había negociación, solo había obediencia o consecuencias. Lo que vino después no fue una infancia, fue un entrenamiento.

Un entrenamiento para hacer un producto, un entrenamiento para generar dinero, un entrenamiento para aguantar sin quejarse. Ensayos que duraban horas mientras otras niñas de Tijuana jugaban en la calle, corrían, tenían amigas, tenían tiempo libre. presentaciones en bares y cantinas cuando debería estar durmiendo.

 Humo de cigarro llenando sus pulmones de niña mientras hombres borrachos la miraban cantar canciones de amor que no entendía del todo. Y al final de la noche, su padre contando los billetes al fondo de la sala antes de guardarlos en su bolsillo. Guarda este detalle. Poncho no estaba criando a una hija, estaba construyendo un producto y los productos no tienen días malos ni sentimientos que estorben.

 Cuando Lupita desafinaba, había regaños. Cuando no obedecía, había golpes. Cuando lloraba, había silencio. Porque las niñas que lloran no sirven para el escenario. Y las niñas que se quejan no generan dinero. Y las niñas como Lupita tenían que funcionar sin fallas. Sin quejas, sin importar cómo se sintieran por dentro.

 Lupita aprendió rápido. Aprendió que su valor dependía de su voz, que el cariño de su padre estaba condicionado a cuánto dinero pudiera generar esa noche, que equivocarse tenía consecuencias físicas. Los niños normales aprenden a andar en bicicleta y a hacer amigos. Lupita aprendió a sonreír en el escenario, aunque estuviera llorando por dentro.

Aprendió que el show debe continuar. Esa frase se le grabó en el cuerpo desde antes de saber leer. La perseguiría toda su vida. Había algo más en esa casa que Lupita tardó años en procesar del todo. En su bioserie Hoy Voy a cambiar, producida por Televisa en 2017, Lupita reveló algo que mucha gente desconoce.

Mi papá llegó a golpear a mi mamá. En el piso yo la vi tirada. La niña que cantaba canciones de amor en los escenarios veía a su madre sangrando en el piso de su casa. Veía al hombre que la obligaba a cantar, al mismo hombre que supuestamente la amaba, golpeando a la mujer que debería haberla protegido. Y no podía hacer nada.

 Solo mirar, solo callar, solo esperar a que terminara y al día siguiente subir al escenario y cantar como si nada hubiera pasado, porque el show debía continuar. Esa fue la primera lección que nadie le enseñó con palabras, pero que aprendió en el cuerpo, que el dolor de las mujeres no se muestra, se canta. Y había otro secreto en esa casa, algo que Lupita no descubrió hasta años después, algo que cambiaría para siempre la manera en que entendía su propia historia.

Poncho tenía otra familia, otra mujer, otros hijos, otra vida completa que existía en paralelo a la que Lupita conocía, el hombre que exigía perfección de ella, el hombre que la golpeaba cuando no cumplía, el hombre que se quedaba con cada peso que ella generaba cantando en cantinas de Tijuana. Ese hombre mantenía dos familias con el dinero que su hija producía y Lupita no lo sabía.

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