LUIS “EL MATADOR” HERNÁNDEZ: La ASQUEROSA RAZÓN que ARRUINÓ SU CARRERA para SIEMPRE
El 29 de junio de 1998, en el estadio de France de París, Luis Hernández metió un gol contra Bélgica que la gente que lo vio en directo todavía describe con los ojos encendidos. Corrió casi 40 m con el balón, se sacó a dos defensas de encima con cambios de ritmo que ninguno anticipó.
Entró al área por la derecha, amagó al portero con el cuerpo y lo cruzó con la zurda al palo opuesto. Gol. México ganó ese partido. Era el Mundial de Francia. Era la tercera participación consecutiva de México en octavos de final y Luis Hernández, delantero 26 años, nacido en Guadalajara, era en ese momento el mejor jugador de México, el más peligroso, el que cuando recibía el balón de cara al arco rival hacía que 50,000 personas contuvieran la respiración porque sabían que algo podía pasar.
4 años después, ese mismo hombre estaba jugando en la segunda división de Honduras, 4 años. Eso es lo que vamos a contar hoy. La distancia entre París 1998 y Honduras 2002. lo que pasó en esos 4 años, lo que el fútbol mexicano le hizo a Luis Hernández cuando ya no le servía y lo que Luis Hernández se hizo a sí mismo con las decisiones que tomó cuando tenía el mundo en las manos y eligió soltarlo, porque esta historia tiene dos culpables, el sistema que lo usó y lo tiró y el hombre que cuando tuvo la oportunidad de construir algo sólido, eligió vivir el presente con una
intensidad que el futuro siempre iba a cobrar. Luis Roberto Hernández Castillo nació el 14 de agosto de 1971 en Guadalajara, Jalisco, la capital del fútbol mexicano. La ciudad que le dio al país a Chivas del Guadalajara, el equipo más popular de México, el que no ficha extranjeros y que lleva el orgullo regional como bandera desde hace más de un siglo.
Crecer en Guadalajara siendo bueno en el fútbol tiene una dimensión que en otras ciudades mexicanas no existe de la misma manera. El fútbol en Guadalajara es parte de la identidad de la ciudad de una manera que va más allá del deporte, que se mezcla con la música ranchera y con la charrería y con todas las cosas que Guadalajara lleva como marca de origen.
Ser bueno en el fútbol ahí, de verdad bueno, te pone en una categoría específica que el resto de la ciudad reconoce y respeta desde chico. Hernández era de verdad bueno desde chico, el tipo de delantero que los entrenadores de categorías juveniles reconocen en los primeros 5 minutos de verlo jugar con esa velocidad que no es solo física, sino también mental.
La capacidad de leer el espacio antes de que el espacio se abra, de anticipar el movimiento del defensor y ya estar en otro lado cuando el defensor llega donde pensaba que iba a estar. Debutó en el fútbol profesional mexicano con Chivas. el club de su ciudad, el de la pureza de sangre mexicana, el que tenía el escudo más reconocible del país.
Para un chavalo de Guadalajara, jugar con Chivas tenía un peso que los de afuera no siempre entienden del todo. Era el barrio jugando para el barrio. Era la ciudad representada por uno de los suyos. Su carrera en Chivas fue irregular de la manera en que son irregulares las carreras de los jóvenes con talento real, pero sin la consistencia que solo llega con los años o con una disciplina que no todos tienen a los 20.
tenía rachas donde era imposible de marcar y tenía rachas donde desaparecía de los partidos de maneras que sus entrenadores no terminaban de entender. Después de Chivas vinieron otros equipos, Puebla, León, el Necaxa, que en los años 90 era uno de los equipos más competitivos de México. Y fue en el Necaxa, donde Luis Hernández llegó al nivel que lo llevó a París.
El Necaxa de finales de los 90 era un equipo construido para ganar con jugadores de calidad, con un entrenador que sabía sacar lo mejor de sus piezas y con la infraestructura económica que en esa época el Necaxa tenía gracias a sus vínculos con la industria eléctrica del país.
Hernández encajó ahí de una manera que en sus equipos anteriores nunca había encajado del todo. encontró el ritmo, encontró los compañeros que lo entendían y encontró también la regularidad que en sus años anteriores había sido esquiva. Los goles llegaron muchos. El matador, que era el apodo que ya llevaba antes, pero que en el Necaxa se consolidó como el nombre con que México lo conocía, empezó a ser mencionado en la selección nacional con una frecuencia que hacía presagiar lo que vino.
Manuel la Puente era el técnico de la selección mexicana para el Mundial de Francia, 1998. Un hombre metódico con ideas claras sobre cómo quería que México jugara y con la convicción de que Luis Hernández era la pieza que su sistema necesitaba en la punta de ataque, la velocidad, la capacidad de retener el balón en situaciones de presión, el olfato de gol que se manifiesta en los jugadores que llegan al área con la serenidad del que sabe que ya estuvieron ahí antes y que saben qué hacer cuando el momento llega.
El Mundial de Francia fue lo que fue. México llegó a octavos, fue eliminado por Alemania en un partido que los mexicanos de cierta edad recuerdan con la frustración específica de los que estuvieron cerca de algo grande y no llegaron. Pero la actuación de Hernández en ese torneo fue la de alguien que había llegado al nivel más alto y que podía quedarse ahí. El gol a Bélgica.
La actuación general. El nombre que los comentaristas europeos empezaron a pronunciar con respeto. Luis Hernández salió del Mundial de Francia siendo el jugador mexicano más buscado del momento. Y ahí es donde la historia empieza a complicarse. Las ofertas llegaron europeas principalmente, equipos de segunda fila en las grandes ligas europeas que querían al delantero mexicano que había brillado en el mundial.
El Bayern Leverkusen de Alemania fue el que más sonó. Hubo negociaciones, hubo números que se pusieron sobre la mesa. Hernández eligió quedarse en México. Esa decisión vista desde fuera puede parecer una equivocación obvia. Europa era el siguiente paso lógico, era la validación definitiva, era la posibilidad de demostrar que el nivel del mundial no era un accidente, sino la medida real.
Pero la decisión de quedarse tuvo razones que iban más allá del fútbol. México en 1998 pagaba bien a sus mejores jugadores. El ambiente era conocido, la familia estaba ahí. Y había algo en el ambiente específico del fútbol mexicano, en las comodidades y en las certezas de lo conocido, que para alguien con la personalidad de Hernández tenía un peso que las oportunidades europeas no compensaban del todo.
Sus personas cercanas de esa época, los que lo conocían bien, dicen cuando se les pregunta que Hernández era un hombre del presente, que vivía el momento con una intensidad que a veces hacía difícil pensar en el futuro de la manera calculada que habría requerido la decisión de ir a Europa. Vivir el presente con esa intensidad tiene sus ventajas dentro del campo.
El jugador que no está pensando en el partido del martes cuando está jugando el partido del sábado, el que está completamente ahí en cada momento del juego, tiene una concentración que los más metódicos a veces no alcanzan. Esa intensidad del presente es parte de lo que producía los goles que producía.
Fuera del campo, esa misma intensidad del presente tenía costos. Las fiestas, el ambiente, las noches que se extendían hasta el amanecer, cuando el calendario de partidos dejaba espacio y a veces cuando no lo dejaba. Hernández era conocido en los círculos del fútbol mexicano por su vida social, por las fiestas, por la generosidad de alguien que cuando tiene dinero lo gasta con la misma decisión con que lo gana.
por las amistades que se construyen alrededor de alguien famoso y que no siempre son las amistades que convienen. Sus entrenadores en esos años hablaban de él de la misma manera. Gran talento, gran profesional dentro del campo, pero con una vida fuera del campo que a veces hacía que llegara a los entrenamientos. con un estado físico que no era el que necesitaba para rendir al nivel que podía rendir, el Necaxa seguía siendo su equipo, siguió ganando, siguió marcando, pero la regularidad que había tenido en la preparación para el mundial fue
siendo más difícil de mantener. Y después de Necaxa vinieron los siguientes movimientos: Santos Laguna, el América. equipos donde el nombre del matador todavía valía, donde los directivos apostaban por la estrella del mundial esperando recuperar algo de lo que Hernández había mostrado en Francia. A veces lo recuperaba.
Había rachas donde el jugador de París estaba de vuelta, donde la velocidad funcionaba y los goles llegaban y los aficionados se recordaban por qué lo habían querido tanto. Y después venían los periodos donde algo fallaba, donde el cuerpo no respondía igual o donde el entrenador perdía la paciencia con las ausencias o con el estado en que a veces llegaba a trabajar.
Sus entrenadores de esa época hablan de eso con una mezcla de admiración y frustración. que es específica de los que trabajaron con jugadores de talento excepcional, que no cumplieron del todo lo que prometían, que sabían lo que Hernández podía hacer cuando estaba bien y que también sabían lo que pasaba cuando no estaba bien. El fútbol mexicano tiene una manera específica de manejar a los jugadores con ese perfil.
Los usa mientras produce, les da oportunidades porque el nombre todavía vende entradas y todavía genera expectativa en el público. Y cuando el rendimiento cae por debajo de lo que el nombre cuesta, los libera con la misma lógica del negocio que los contrató. Hernández pasó por eso. Los equipos se fueron volviendo más pequeños, los contratos menos generosos, las oportunidades en la primera división mexicana más escasas y lo que en 1998 era el delantero más buscado del país, fue siendo año a año un nombre que evocaba nostalgia más que expectativa.
Honduras llegó en 2002 no como un paso estratégico, sino como la consecuencia natural de un proceso que había empezado 4 años antes, cuando las decisiones que tomó después del mundial fueron las que tomó. Para el aficionado que lo había visto en el estad de France meter ese gol a Bélgica, ver a Luis Hernández en la Segunda División de Honduras 4 años después era incomprensible de una manera que producía tristeza y rabia en partes iguales.
Tristeza por lo que se había perdido, rabia porque había algo en esa trayectoria que se sentía evitable, que si alguna de las decisiones tomadas en ese camino hubiera sido otra, el final no habría llegado tan pronto. Pero la rabia y la tristeza del aficionado no necesariamente corresponden con la experiencia del jugador.
Hernández vivió esos años de una manera que solo él sabe completamente, con las buenas noches que tuvo y con las malas noches que también tuvo. Con los goles que siguió metiendo en los equipos más pequeños y con los momentos donde el cuerpo le recordaba el precio de todo lo que había gastado, siguió jugando después de Honduras.
En México, en equipos de segunda y tercera división, en Panamá, en otros circuitos de Centroamérica, el cuerpo aguantó más de lo que los que lo conocían habrían esperado, porque los cuerpos de los futbolistas con buena genética tienen una resistencia que sorprende a veces, pero la carrera que podría haber tenido y la carrera que tuvo son dos cosas distintas.
Y la distancia entre las dos es la que hace que la historia de Luis Hernández sea una de esas historias que el fútbol mexicano guarda con esa mezcla de amor y de lamento que reserva para los que brillaron demasiado poco tiempo. Hay algo sobre su vida fuera del campo que la prensa deportiva de los años 2000 cubrió de manera intermitente y que forma parte de la historia completa.
Los problemas económicos que llegaron cuando los contratos grandes dejaron de llegar y el estilo de vida que había construido en los años de gloria ya no tenía el mismo sustento. Las situaciones personales que los medios cubrieron con esa mezcla de sensacionalismo y compasión que reservan para los exfutbolistas en dificultades.
Hernández pasó por todo eso y lo que dicen los que lo conocen de cerca es que lo pasó de la misma manera que había pasado todo lo demás en su vida, sin quejarse demasiado, con la disposición de alguien que sabe que las consecuencias de sus elecciones son suyas y que cargarlas es lo que corresponde. También dice algo sobre quién es el hombre que tomó decisiones que a ojos de mucha gente fueron equivocadas, que pagó los precios de esas decisiones y que no convirtió eso en una historia de victimización. que cuando le preguntaban
en las entrevistas de los años siguientes qué habría hecho diferente, respondía con honestidad que Europa quizás habría sido mejor para la carrera, que la disciplina fuera del campo habría tenido que ser diferente, sin excusas, sin culpar al sistema únicamente. Pero el sistema también tiene su parte.
El fútbol mexicano de finales de los 90 y principios de los 2000 no tenía los mecanismos de soporte que los jugadores con ese perfil necesitan. Los departamentos psicológicos, la atención a la vida fuera del campo, la comprensión de que el talento solo produce rendimiento sostenido cuando el entorno completo está alineado con eso.
Todo eso era incipiente o directamente ausente en la mayoría de los clubes mexicanos de esa época. Hernández era la responsabilidad del Necaxa, del Santos, del América, de los equipos que lo contrataron. tenían la obligación no solo de usar su talento, sino de crear las condiciones en que ese talento pudiera mantenerse.
Y esa obligación la cumplieron de manera parcial, poniendo el ojo en los rendimientos en los partidos y mirando hacia otro lado en lo que pasaba entre semana. La historia del matador tiene esas dos responsabilidades, la del jugador que tomó las decisiones que tomó y la del sistema que lo contrató sin construir el ambiente que necesitaba.
Las dos son reales. Las dos forman parte de por qué París, 1998 y Honduras 2002 están tan cerca en el tiempo y tan lejos en la narrativa. Hay una cosa más que quiero contarle sobre Luis Hernández y que tiene que ver con cómo lo recuerda la gente que lo vio jugar. El gol a Bélgica no envejece. Es uno de esos goles que cuando uno lo ve en las compilaciones del fútbol mexicano, décadas después, sigue siendo lo que fue la primera vez.
La carrera, los cambios de ritmo, el remate cruzado, un gol de clase mundial de los que muy pocos jugadores mexicanos han marcado en la historia de los mundiales. Y para los que lo vieron en directo, ese gol sigue siendo el símbolo de lo que Luis Hernández fue cuando fue lo mejor de sí mismo.
Un jugador que en el mejor momento de su mejor competición mostró que tenía la calidad para estar en el nivel más alto del fútbol mundial, que esa calidad no se sostuvo durante toda una carrera, que las circunstancias y las decisiones lo llevaron a otros lugares mucho antes de lo que debería haber llegado. Eso es la otra parte de la historia, la parte que hay que contar también para que el recuerdo sea honesto.
Luis Hernández, el matador, Guadalajara. Un gol en París que 50,000 personas vivieron de pie y una carrera que se fue demasiado pronto de los lugares donde su nombre pertenecía. Los dos son él. La historia completa necesita los dos. Si usted llegó hasta acá y quiere seguir con estas historias, el video anterior que publicamos es el del perro Aguayo, otro hombre cuya historia tiene más capas de las que los titulares mostraron.
Otra historia donde lo que pasó oficialmente y lo que pasó de verdad son cosas que hay que contar juntas. Se lo dejo en la pantalla. Antes de que se vaya, quiero contarle algo sobre el Mundial de Francia, 1998, que pone en contexto lo que fue Luis Hernández en ese torneo y que muy poca gente recuerda con la precisión que merece.
México llegó a ese mundial con un equipo que en papel tenía limitaciones claras. La generación de los grandes mundiales de 1986, la de Hugo Sánchez y Carlos Hermosillo y la magia del quinto partido ya era historia. El equipo de 1998 era diferente, más trabajador que brillante en algunos sectores, con jugadores competentes, pero sin el tipo de estrellas internacionales que México había tenido en su mejor época.
Luis Hernández era la excepción. En ese equipo de trabajadores y de hombres comprometidos con el sistema de la fuente, Hernández era el jugador que podía resolver una situación con talento individual cuando el colectivo no alcanzaba. Era la pieza que marcaba la diferencia en los momentos donde la diferencia se marca con calidad pura y no con esfuerzo organizado.
El partido contra Corea del Sur, el primero del grupo. México ganó 3 hasta un Hernández marcó dos goles. La manera en que marcó el segundo girando sobre su eje en el área chica con un defensor encima y metiendo el balón al fondo de la red con una precisión que en tiempo real parecía imposible.
Fue la imagen que confirmó para los analistas europeos que ese delantero mexicano valía la atención. El partido contra Bélgica vino después y el gol que ya describimos y la victoria que clasificó a México para octavos. contra Alemania en octavos, México perdió 2 hasta un en un partido donde Hernández marcó el gol mexicano.
Salió con la cabeza alta, salió como el mejor jugador de México en ese torneo. Salió con el tipo de actuación que en el fútbol europeo convierte a un jugador desconocido en alguien que todas las semanas encuentra su nombre en las crónicas deportivas. Lo que siguió a ese torneo es lo que ya contamos, las ofertas europeas que no se concretaron, la decisión de quedarse y el proceso gradual que llevó desde el estad Honduras en 4 años.
Pero hay algo en esa decisión de no irse a Europa que quiero analizar con más cuidado, porque creo que la narrativa fácil, la de que Hernández fue un irresponsable que no valoró la oportunidad, simplifica algo que era más complicado. El fútbol europeo de 1998 para un mexicano tenía costos que el análisis posterior tiende a ignorar.
El idioma, la cultura, el alejamiento de la familia en una época donde los vuelos baratos y las videollamadas no existían de la manera en que existen hoy. Un jugador mexicano que iba a Europa en 1998 se iba a un mundo completamente ajeno, sin la red de soporte que hoy los jugadores latinos tienen gracias a las décadas de emigración futbolística que abrieron esos caminos.
Hugo Sánchez había ido al Real Madrid en los años 80 y había sido extraordinario, pero Hugo Sánchez tenía un carácter específico, una determinación y una disciplina fuera del campo que le permitieron el 29 de junio de 1998 en el estadio de France de París, Luis Hernández metió un gol contra Bélgica que la gente que lo vio en directo todavía describe con los ojos encendidos.
Corrió casi 40 m con el balón, se sacó a dos defensas de encima con cambios de ritmo que ninguno anticipó. Entró al área por la derecha, amagó al portero con el cuerpo y lo cruzó con la zurda al palo opuesto. ¡Gol! México ganó ese partido. Era el Mundial de Francia. Era la tercera participación consecutiva de México en octavos de final.
Y Luis Hernández, delantero 26 años, nacido en Guadalajara, era en ese momento el mejor jugador de México, el más peligroso, el que cuando recibía el balón de cara al arco rival hacía que 50,000 personas contuvieran la respiración porque sabían que algo podía pasar. 4 años después, ese mismo hombre estaba jugando en la segunda división de Honduras, 4 años.
Eso es lo que vamos a contar hoy, la distancia entre París 1998 y Honduras 2002. lo que pasó en esos 4 años, lo que el fútbol mexicano le hizo a Luis Hernández cuando ya no le servía y lo que Luis Hernández se hizo a sí mismo con las decisiones que tomó cuando tenía el mundo en las manos y eligió soltarlo, porque esta historia tiene dos culpables, el sistema que lo usó y lo tiró y el hombre que cuando tuvo la oportunidad de construir algo sólido, eligió vivir el presente con una intensidad que el futuro siempre iba a
cobrar. Luis Roberto Hernández Castillo nació el 14 de agosto de 1971 en Guadalajara, Jalisco, la capital del fútbol mexicano. La ciudad que le dio al país a Chivas del Guadalajara, el equipo más popular de México, el que no ficha extranjeros y que lleva el orgullo regional como bandera desde hace más de un siglo.
Crecer en Guadalajara siendo bueno en el fútbol tiene una dimensión que en otras ciudades mexicanas no existe de la misma manera. El fútbol en Guadalajara es parte de la identidad de la ciudad de una manera que va más allá del deporte, que se mezcla con la música ranchera y con la charrería y con todas las cosas que Guadalajara lleva como marca de origen.
Ser bueno en el fútbol ahí, de verdad bueno, te pone en una categoría específica que el resto de la ciudad reconoce y respeta desde chico. Hernández era de verdad bueno desde chico, el tipo de delantero que los entrenadores de categorías juveniles reconocen en los primeros 5 minutos de verlo jugar con esa velocidad que no es solo física, sino también mental, la capacidad de leer el espacio antes de que el espacio se abra, de anticipar el movimiento del defensor y ya estar en otro lado cuando el defensor llega donde
pensaba que iba a estar. Debutó en el fútbol profesional mexicano con Chivas. el club de su ciudad, el de la pureza de sangre mexicana, el que tenía el escudo más reconocible del país. Para un chavalo de Guadalajara, jugar con Chivas tenía un peso que los de afuera no siempre entienden del todo. Era el barrio jugando para el barrio.
Era la ciudad representada por uno de los suyos. Su carrera en Chivas fue irregular de la manera en que son irregulares las carreras de los jóvenes con talento real, pero sin la consistencia que solo llega con los años o con una disciplina que no todos tienen a los 20. tenía rachas donde era imposible de marcar y tenía rachas donde desaparecía de los partidos de maneras que sus entrenadores no terminaban de entender.
Después de Chivas vinieron otros equipos, Puebla, León, el Necaxa, que en los años 90 era uno de los equipos más competitivos de México. Y fue en el Necaxa, donde Luis Hernández llegó al nivel que lo llevó a París. El Necaxa de finales de los 90 era un equipo construido para ganar, con jugadores de calidad, con un entrenador que sabía sacar lo mejor de sus piezas y con la infraestructura económica que en esa época el Necaxa tenía gracias a sus vínculos con la industria eléctrica del país, Hernández encajó ahí de una manera que en sus equipos anteriores nunca
había encajado del todo. encontró el ritmo, encontró los compañeros que lo entendían y encontró también la regularidad que en sus años anteriores había sido esquiva. Los goles llegaron muchos. El matador, que era el apodo que ya llevaba antes, pero que en el Necaxa se consolidó como el nombre con que México lo conocía, empezó a ser mencionado en la selección nacional con una frecuencia que hacía presagiar lo que vino.
Manuel la Puente era el técnico de la selección mexicana para el Mundial de Francia, 1998. Un hombre metódico con ideas claras sobre cómo quería que México jugara y con la convicción de que Luis Hernández era la pieza que su sistema necesitaba en la punta de ataque, la velocidad, la capacidad de retener el balón en situaciones de presión, el olfato de gol que se manifiesta en los jugadores que llegan al área con la serenidad del que sabe que ya estuvieron ahí antes y que saben qué hacer cuando el momento llega.
El Mundial de Francia fue lo que fue. México llegó a octavos, fue eliminado por Alemania en un partido que los mexicanos de cierta edad recuerdan con la frustración específica de los que estuvieron cerca de algo grande y no llegaron. Pero la actuación de Hernández en ese torneo fue la de alguien que había llegado al nivel más alto y que podía quedarse ahí. El gol a Bélgica.
La actuación general. El nombre que los comentaristas europeos empezaron a pronunciar con respeto. Luis Hernández salió del Mundial de Francia siendo el jugador mexicano más buscado del momento. Y ahí es donde la historia empieza a complicarse. Las ofertas llegaron europeas principalmente, equipos de segunda fila en las grandes ligas europeas que querían al delantero mexicano que había brillado en el mundial.
El Bayern Leverkusen de Alemania fue el que más sonó. Hubo negociaciones, hubo números que se pusieron sobre la mesa. Hernández eligió quedarse en México. Esa decisión vista desde fuera, puede parecer una equivocación obvia. Europa era el siguiente paso lógico, era la validación definitiva, era la posibilidad de demostrar que el nivel del mundial no era un accidente, sino la medida real de lo que era capaz.
Pero la decisión de quedarse tuvo razones que iban más allá del fútbol. México en 1998 pagaba bien a sus mejores jugadores. El ambiente era conocido, la familia estaba ahí y había algo en el ambiente específico del fútbol mexicano, en las comodidades y en las certezas de lo conocido, que para alguien con la personalidad de Hernández tenía un peso que las oportunidades europeas no compensaban del todo.
Sus personas cercanas de esa época, los que lo conocían bien, dicen cuando se les pregunta que Hernández era un hombre del presente, que vivía el momento con una intensidad que a veces hacía difícil pensar en el futuro de la manera calculada que habría requerido la decisión de ir a Europa. Vivir el presente con esa intensidad tiene sus ventajas dentro del campo.
El jugador que no está pensando en el partido del martes cuando está jugando el partido del sábado, el que está completamente ahí en cada momento del juego, tiene una concentración que los más metódicos a veces no alcanzan. Esa intensidad del presente es parte de lo que producía los goles que producía.
Fuera del campo, esa misma intensidad del presente tenía costos. Las fiestas, el ambiente, las noches que se extendían hasta el amanecer, cuando el calendario de partidos dejaba espacio y a veces cuando no lo dejaba. Hernández era conocido en los círculos del fútbol mexicano por su vida social, por las fiestas, por la generosidad de alguien que cuando tiene dinero lo gasta con la misma decisión con que lo gana.
por las amistades que se construyen alrededor de alguien famoso y que no siempre son las amistades que convienen. Sus entrenadores en esos años hablaban de él de la misma manera. Gran talento, gran profesional dentro del campo, pero con una vida fuera del campo que a veces hacía que llegara a los entrenamientos. Con un estado físico que no era el que necesitaba para rendir al nivel que podía rendir, el Necaxa seguía siendo su equipo, siguió ganando, siguió marcando, pero la regularidad que había tenido en la preparación para el mundial fue
siendo más difícil de mantener. Y después de Necaxa vinieron los siguientes movimientos: Santos Laguna, el América. Equipos donde el nombre del matador todavía valía, donde los directivos apostaban por la estrella del mundial esperando recuperar algo de lo que Hernández había mostrado en Francia. A veces lo recuperaba.
Había rachas donde el jugador de París estaba de vuelta, donde la velocidad funcionaba y los goles llegaban y los aficionados se recordaban por qué lo habían querido tanto. Y después venían los periodos donde algo fallaba, donde el cuerpo no respondía igual o donde el entrenador perdía la paciencia con las ausencias o con el estado en que a veces llegaba a trabajar.
Sus entrenadores de esa época hablan de eso con una mezcla de admiración y frustración. que es específica de los que trabajaron con jugadores de talento excepcional, que no cumplieron del todo lo que prometían, que sabían lo que Hernández podía hacer cuando estaba bien y que también sabían lo que pasaba cuando no estaba bien. El fútbol mexicano tiene una manera específica de manejar a los jugadores con ese perfil.
Los usa mientras produce, les da oportunidades porque el nombre todavía vende entradas y todavía genera expectativa en el público. Y cuando el rendimiento cae por debajo de lo que el nombre cuesta, los libera con la misma lógica del negocio que los contrató. Hernández pasó por eso. Los equipos se fueron volviendo más pequeños, los contratos menos generosos, las oportunidades en la primera división mexicana más escasas y lo que en 1998 era el delantero más buscado del país, fue siendo año a año un nombre que evocaba nostalgia más que expectativa.
Honduras llegó en 2002 no como un paso estratégico, sino como la consecuencia natural de un proceso que había empezado 4 años antes, cuando las decisiones que tomó después del Mundial fueron las que tomó. Para el aficionado que lo había visto en el estad de France meter ese gol a Bélgica, ver a Luis Hernández en la Segunda División de Honduras 4 años después era incomprensible de una manera que producía tristeza y rabia en partes iguales.
Tristeza por lo que se había perdido, rabia porque había algo en esa trayectoria que se sentía evitable, que si alguna de las decisiones tomadas en ese camino hubiera sido otra, el final no habría llegado tan pronto. Pero la rabia y la tristeza del aficionado no necesariamente corresponden con la experiencia del jugador.
Hernández vivió esos años de una manera que solo él sabe completamente, con las buenas noches que tuvo y con las malas noches que también tuvo. Con los goles que siguió metiendo en los equipos más pequeños y con los momentos donde el cuerpo le recordaba el precio de todo lo que había gastado, siguió jugando después de Honduras.
En México, en equipos de segunda y tercera división, en Panamá, en otros circuitos de Centroamérica, el cuerpo aguantó más de lo que los que lo conocían habrían esperado, porque los cuerpos de los futbolistas con buena genética tienen una resistencia que sorprende a veces. Pero la carrera que podría haber tenido y la carrera que tuvo son dos cosas distintas.
Y la distancia entre las dos es la que hace que la historia de Luis Hernández sea una de esas historias que el fútbol mexicano guarda con esa mezcla de amor y de lamento que reserva para los que brillaron demasiado poco tiempo. Hay algo sobre su vida fuera del campo que la prensa deportiva de los años 2000 cubrió de manera intermitente y que forma parte de la historia completa.
Los problemas económicos que llegaron cuando los contratos grandes dejaron de llegar y el estilo de vida que había construido en los años de gloria ya no tenía el mismo sustento. Las situaciones personales que los medios cubrieron con esa mezcla de sensacionalismo y compasión que reservan para los exfutbolistas en dificultades.
Hernández pasó por todo eso y lo que dicen los que lo conocen de cerca es que lo pasó de la misma manera que había pasado todo lo demás en su vida, sin quejarse demasiado, con la disposición de alguien que sabe que las consecuencias de sus elecciones son suyas y que cargarlas es lo que corresponde. Eso también dice algo sobre quién es el hombre que tomó decisiones que a ojos de mucha gente fueron equivocadas, que pagó los precios de esas decisiones y que no convirtió eso en una historia de victimización, que cuando le preguntaban en las
entrevistas de los años siguientes qué habría hecho diferente, respondía con honestidad que Europa quizás habría sido mejor para la carrera, que la disciplina fuera del campo habría tenido que ser diferente, sin excusas, sin culpar al sistema única. Pero el sistema también tiene su parte. El fútbol mexicano de finales de los 90 y principios de los 2000 no tenía los mecanismos de soporte que los jugadores con ese perfil necesitan.
Los departamentos psicológicos, la atención a la vida fuera del campo, la comprensión de que el talento solo produce rendimiento sostenido cuando el entorno completo está alineado con eso. Todo eso era incipiente o directamente ausente en la mayoría de los clubes mexicanos de esa época. Hernández era la responsabilidad del Necaxa, del Santos, del América, de los equipos que lo contrataron.
tenían la obligación no solo de usar su talento, sino de crear las condiciones en que ese talento pudiera mantenerse. Y esa obligación la cumplieron de manera parcial, poniendo el ojo en los rendimientos en los partidos y mirando hacia otro lado en lo que pasaba entre semana. La historia del matador tiene esas dos responsabilidades, la del jugador que tomó las decisiones que tomó y la del sistema que lo contrató sin construir el ambiente que necesitaba. Las dos son reales.
Las dos forman parte de por qué París, 1998 y Honduras 2002 están tan cerca en el tiempo y tan lejos en la narrativa. Hay una cosa más que quiero contarle sobre Luis Hernández y que tiene que ver con cómo lo recuerda la gente que lo vio jugar. El gol a Bélgica no envejece. Es uno de esos goles que cuando uno lo ve en las compilaciones del fútbol mexicano, décadas después, sigue siendo lo que fue la primera vez.
La carrera, los cambios de ritmo, el remate cruzado, un gol de clase mundial de los que muy pocos jugadores mexicanos han marcado en la historia de los mundiales. Y para los que lo vieron en directo, ese gol sigue siendo el símbolo de lo que Luis Hernández fue cuando fue lo mejor de sí mismo.
Un jugador que en el mejor momento de su mejor competición mostró que tenía la calidad para estar en el nivel más alto del fútbol mundial, que esa calidad no se sostuvo durante toda una carrera, que las circunstancias y las decisiones lo llevaron a otros lugares mucho antes de lo que debería haber llegado. Eso es la otra parte de la historia, la parte que hay que contar también para que el recuerdo sea honesto.
Luis Hernández, el matador, Guadalajara. Un gol en París que 50,000 personas vivieron de pie y una carrera que se fue demasiado pronto de los lugares donde su nombre pertenecía. Los dos son él. La historia completa necesita los dos. Si usted llegó hasta acá y quiere seguir con estas historias, el video anterior que publicamos es el del perro Aguayo, otro hombre cuya historia tiene más capas de las que los titulares mostraron.
Otra historia donde lo que pasó oficialmente y lo que pasó de verdad son cosas que hay que contar juntas. Se lo dejo en la pantalla. Antes de que se vaya, quiero contarle algo sobre el Mundial de Francia, 1998, que pone en contexto lo que fue Luis Hernández en ese torneo y que muy poca gente recuerda con la precisión que merece.
México llegó a ese mundial con un equipo que en papel tenía limitaciones claras. La generación de los grandes mundiales de 1986, la de Hugo Sánchez y Carlos Hermosillo, y la magia del quinto partido ya era historia. El equipo de 1998 era diferente, más trabajador que brillante en algunos sectores, con jugadores competentes, pero sin el tipo de estrellas internacionales que México había tenido en su mejor época.
Luis Hernández era la excepción. En ese equipo de trabajadores y de hombres comprometidos con el sistema de la fuente, Hernández era el jugador que podía resolver una situación con talento individual cuando el colectivo no alcanzaba. Era la pieza que marcaba la diferencia en los momentos donde la diferencia se marca con calidad pura y no con esfuerzo organizado.
El partido contra Corea del Sur, el primero del grupo. México ganó 3 hasta un Hernández marcó dos goles. La manera en que marcó el segundo girando sobre su eje en el área chica con un defensor encima y metiendo el balón al fondo de la red con una precisión que en tiempo real parecía imposible.
Fue la imagen que confirmó para los analistas europeos que ese delantero mexicano valía la atención. El partido contra Bélgica vino después y el gol que ya describimos y la victoria que clasificó a México para octavos. Contra Alemania en octavos, México perdió 2 hasta un en un partido donde Hernández marcó el gol mexicano.
Salió con la cabeza alta, salió como el mejor jugador de México en ese torneo. Salió con el tipo de actuación que en el fútbol europeo convierte a un jugador desconocido en alguien que todas las semanas encuentra su nombre en las crónicas deportivas. Lo que siguió a ese torneo es lo que ya contamos, las ofertas europeas que no se concretaron, la decisión de quedarse y el proceso gradual que llevó desde el estad Honduras en 4 años.
Pero hay algo en esa decisión de no irse a Europa que quiero analizar con más cuidado porque creo que la narrativa fácil, la de que Hernández fue un irresponsable que no valoró la oportunidad, simplifica algo que era más complicado. El fútbol europeo de 1998 para un mexicano tenía costos que el análisis posterior tiende a ignorar.
El idioma, la cultura, el alejamiento de la familia en una época donde los vuelos baratos y las videollamadas no existían de la manera en que existen hoy. Un jugador mexicano que iba a Europa en 1998 se iba a un mundo completamente ajeno, sin la red de soporte que hoy los jugadores latinos tienen gracias a las décadas de emigración futbolística que abrieron esos caminos.
Hugo Sánchez había ido al Real Madrid en los años 80 y había sido extraordinario, pero Hugo Sánchez tenía un carácter específico, una determinación y una disciplina fuera del campo que le permitieron adaptarse a Madrid de una manera que no todos los jugadores pueden replicar. Hernández sabía quién era, sabía sus fortalezas y probablemente intuía sus debilidades.
Y la decisión de quedarse en México, aunque desde afuera parece obvia como equivocación, puede haberse basado en un autoconocimiento real, en la comprensión de que el ambiente europeo, la disciplina que requería, la distancia de todo lo conocido era un riesgo para alguien con su perfil que podía salir mal, que quedarse también salió mal, que la carrera en México después del mundial tampoco produjo lo que prometía.
Eso no significa necesariamente que irse a Europa habría sido mejor. Puede haber sido peor. Un Hernández en el Bayern Leverkusen, sin el ambiente conocido, sin la familia cerca, sin el idioma, puede haber desaparecido más rápido y con menos dignidad que el Hernández, que siguió en México con los altibajos que tuvo.
Eso no se puede saber, pero hay que tenerlo en cuenta cuando se juzga la decisión. Lo que sí se puede saber es lo que pasó. Y lo que pasó fue que Hernández en México también tuvo sus problemas, que la disciplina fuera del campo no fue la que su talento requería, que las decisiones sobre cómo vivir los años de gloria tuvieron consecuencias que aceleraron el declive.
Eso es responsabilidad suya completamente. Un adulto de 27 años, con los recursos económicos que tenía en 1998 y con el acceso a la información que necesitaba para tomar mejores decisiones, tenía la posibilidad de elegir diferente y eligió lo que eligió. Hay una cosa sobre el fútbol mexicano de esa época que también forma parte de la historia y que el análisis de Hernández no puede omitir.
Los clubes mexicanos de finales de los 90 tenían una cultura de tolerancia hacia el comportamiento extrafutbolístico de sus estrellas, que en los clubes europeos no existía de la misma manera. Si un jugador entregaba rendimiento en los partidos, lo que hacía de lunes a viernes era en gran medida asunto suyo. Los directivos cerraban los ojos.
Los entrenadores se quejaban en privado, pero seguían poniendo al jugador en el 11, porque el rendimiento cuando estaba bien justificaba la tolerancia. Esa cultura de tolerancia, que en cierta medida es la del fútbol latinoamericano en general, no ayudó a Hernández. le dio la comodidad de seguir siendo el centro de atención sin las consecuencias inmediatas que habrían forzado un cambio más temprano.
Los equipos europeos, con sus departamentos médicos y sus análisis de rendimiento más rigurosos, habrían identificado el problema antes y habrían forzado una conversación que en México tardó demasiado en llegar. Eso también es responsabilidad del sistema, no de la misma manera que la responsabilidad individual de Hernández, pero sí de una manera que hay que nombrar para que la historia sea completa.
El fútbol mexicano usó a Luis Hernández mientras pudo usarlo. Cobró lo que pudo cobrar de su nombre y de su talento, y cuando ya no le servía, lo dejó ir con la misma lógica del negocio que lo había traído. Eso no es lo mismo que decir que fue culpa del sistema que la carrera de Hernández tomara el camino que tomó, pero sí es decir que el sistema no hizo lo que podría haber hecho para que ese camino fuera diferente.
Las dos cosas coexisten, la responsabilidad individual y la responsabilidad del sistema. Y la historia honesta de Luis Hernández necesita las dos. Quiero hablarle de algo que ocurrió con Hernández después de que su carrera profesional terminó. que dice mucho sobre el tipo de hombre que es. Hernández no desapareció del fútbol mexicano cuando dejó de jugar.
Se involucró en el fútbol de base, en el trabajo con jóvenes, en los espacios donde el nombre y la experiencia de alguien que jugó un mundial tienen valor para los chicos que están empezando. Eso requiere una disposición específica que no todos los exjadores tienen. La humildad de sentarse con un chaval de 15 años y enseñarle algo sobre cómo moverse en el área, sobre cómo anticipar al defensa, sobre las cosas técnicas que se aprenden con los años.
y que él aprendió de la manera más cara posible. También apareció en análisis deportivos en los medios que cubrían el fútbol mexicano con perspectiva histórica. Su nombre en esos contextos evocaba siempre lo mismo. El gol a Bélgica, París 1998, lo que fue. Y Hernández respondía a esas evocaciones con la misma claridad de antes, con el orgullo de lo que fue real y sin el amargo de lo que pudo haber sido.
Los aficionados mexicanos de esa generación, los que tienen entre 40 y 50 años hoy y que lo vieron jugar en directo, guardan a Hernández de una manera que va más allá del registro histórico. Lo guardan en ese lugar específico donde se guardan las cosas que uno vivió en carne propia y que forman parte de quién uno es. El mundial de 1998 fue para muchos de ellos la primera gran experiencia futbolística.
tenían 10, 12, 15 años. Y ese gol de Hernández contra Bélgica fue una de esas imágenes que se meten en la memoria de una manera que no tiene lógica racional, que 20 años después uno puede cerrar los ojos y verla como si estuviera pasando ahora mismo. Eso no se puede comprar. Eso es lo que queda cuando el jugador ya no está en el campo y los contratos y los equipos y los sueldos son historia.
Luis Hernández metió ese gol. Eso es suyo para siempre. La carrera que podría haber tenido no llegó a ser lo que pudo haber sido y eso también es parte de quién fue. Pero el momento de París, la velocidad y el remate y el delirio de los que lo vieron, eso no se lo quita a nadie. El matador, el gol que 50,000 personas en el estade de France vivieron de pie y la historia de lo que pasó después.
Las dos juntas son quién fue Luis Roberto Hernández Castillo. Eso es lo que había que contar completo y sin simplificar. El video del perro Aguayo está en la pantalla. Otra historia mexicana que tiene más capas de las que parecen a primera vista. Se lo dejo ahí. Quiero contarle algo sobre el equipo específico en el que Hernández encontró su mejor versión, el Necaxa de finales de los 90.
Porque ese equipo tiene una historia propia que ayuda a entender por qué Hernández llegó a donde llegó y también por qué después le fue tan difícil mantener ese nivel. El Necaxa de 1995 a 1999 fue uno de los equipos más competitivos que el fútbol mexicano había tenido en décadas. Ganó tres campeonatos de liga en 4 años.
Fue campeón de la Copa Libertadores. Llegó a la final del Mundial de Clubes en el año 2000. Era un equipo que compitió contra los mejores de América del Sur con resultados que sorprendieron al continente. El entrenador de esa era fue Manuel La Puente, el mismo que después llevó a la selección al Mundial de Francia. La Puente tenía una manera de organizar al equipo que maximizaba lo que cada jugador tenía.
Para Hernández, eso significó por primera vez en su carrera. un sistema donde sus características específicas eran centrales en el plan de juego, donde el equipo se construía en parte para darle los espacios que necesitaba para hacer daño. Los compañeros de Hernández en ese Necan jugadores que lo entendían, que cuando tenían el balón miraban dónde estaba el matador antes de decidir qué hacer, que sabían que si la pelota llegaba a los pies de Hernández en la posición correcta, el gol tenía una probabilidad real.
Esa complicidad, ese entendimiento con los compañeros es algo que tarda tiempo en construirse y que cuando se construye produce el tipo de fútbol que hace que los estadios se llenen. El Necaxa de esa época llenaba el estadio Victoria de Aguascaliente y llenaba la parte del Azteca que le correspondía cuando jugaba de visitante.
Cuando Hernández se fue del Necaxa, cuando la carrera lo llevó a Santos, al América, a los equipos siguientes, tuvo que construir esas complicidades desde cero en cada lugar. Y eso a veces se da y a veces no. Depende de los compañeros, del sistema del entrenador, de la disposición del jugador, de adaptarse a lo nuevo en lugar de esperar que lo nuevo se adapte a él.
En algunos de esos equipos la complicidad se construyó parcialmente. Hubo rachas buenas, hubo goles que recordaban al Hernández del Necaxa y de la selección, pero la continuidad de la mejor versión de sí mismo, esa regularidad que había tenido en el Necaxa, nunca volvió de la misma manera. Hay algo que también influyó y que raramente se menciona, la lesión.
Hernández tuvo una lesión de rodilla importante en los años posteriores al mundial, que lo mantuvo fuera durante meses y que cuando volvió había dejado secuelas en la velocidad que era su arma principal. La velocidad de los 40 m del gol a Bélgica requiere una rodilla que funcione perfectamente y una rodilla que fue operada y rehabilitada, aunque el jugador vuelva a rendir, raramente vuelve a ser exactamente la misma.
Los que lo vieron jugar antes y después de la lesión notan la diferencia. Antes los cambios de ritmo eran explosivos, imprevisibles, del tipo que hace que los defensas queden parados porque no anticiparon la aceleración. Después de la lesión seguía siendo rápido, pero la explosividad del primer paso ya no era la misma.
Y en el fútbol de alto nivel, ese primer paso es la diferencia entre crear el espacio y no crearlo. Eso tampoco está en la narrativa habitual de Hernández, la lesión como factor, como la primera grieta en algo que después se fue abriendo de maneras que tenían varias causas al mismo tiempo. Hay algo que quiero señalar sobre la selección mexicana y su relación con Hernández, que también forma parte de la historia.
Después del mundial de 1998, los siguientes técnicos de la selección mexicana tuvieron una relación complicada con Hernández. Algunos lo convocaron, otros no. Las razones que daban en público eran siempre relacionadas con el rendimiento o con la forma física. Las razones que se decían en privado a veces incluían también referencias a lo que pasaba fuera del campo.
Eso es lo que hace que la historia de la selección mexicana y Hernández sea incómoda. El mejor jugador del mundial de 1998 nunca volvió a ser tan central en la selección como lo había sido en ese torneo. siguió siendo convocado en algunos periodos, pero la continuidad que habría correspondido a alguien con esa actuación en un mundial no se produjo.
Los técnicos que tomaron esas decisiones tenían sus razones y parte de esas razones estaban en lo que veían en los entrenamientos de la selección y en las conversaciones con los entrenadores de los clubes. Cuando un jugador llega a una concentración de selección en condiciones que no son las óptimas, los técnicos lo notan y si pasa varias veces, la paciencia se acaba.
Hernández tuvo esa experiencia, la de ver cómo el lugar en la selección que había ganado en París fue siendo más pequeño con cada convocatoria, la de sentir que el crédito que había construido en el verano de 1998 se iba gastando por las razones que se iba gastando. Eso también es parte de lo que el fútbol mexicano le hizo, porque un sistema de selección más sofisticado, con el soporte adecuado para sus jugadores, con la comprensión de que el talento como el de Hernández requiere cuidado y no solo exigencia, podría haber manejado esa situación de manera
diferente. Podría haber construido un ambiente donde el problema se abordara directamente en lugar de simplemente dejar de convocar. El fútbol mexicano de esa época no tenía esas herramientas y Hernández pagó parte del precio de esa ausencia. Quiero hablarle de algo que pasó en el año 2002, cuando Hernández ya estaba en Honduras, que circuló en algunos medios mexicanos y que ilustra con una crudeza específica la distancia entre lo que fue y lo que estaba haciendo.
Un periodista deportivo mexicano viajó a Honduras para hacer un reportaje sobre Hernández. Quería ver con sus propios ojos cómo estaba el hombre que 4 años antes había marcado ese gol en París. Lo que describió en el reportaje fue a un Hernández, que seguía siendo reconocible como el jugador que había sido, que dentro del campo, incluso en la segunda división hondureña, tenía gestos técnicos que los otros jugadores no tenían, que cuando recibía el balón en buena posición todavía hacía cosas que recordaban al matador del Necaxa, pero también
describió las condiciones, el estadio pequeño, los vestuarios sin las comodidades básicas que en México eran estándar. El ambiente de un fútbol de segunda categoría en un país que no era el suyo, rodeado de jugadores que en su mayoría no habían escuchado hablar de él o que lo conocían solo de oídas. Hernández, en ese contexto era una figura fuera de lugar de una manera que el periodista describió con una tristeza que sus lectores mexicanos sintieron.
La tristeza específica de ver algo que debería estar en otro lugar. Pero hay que tener cuidado con esa tristeza, porque proyectar sobre Hernández el sufrimiento que el aficionado siente al verlo en Honduras no es necesariamente describir la experiencia real de Hernández. El aficionado siente tristeza porque sabe lo que Hernández fue y ve dónde está.
Hernández puede haber experimentado ese periodo de maneras más complicadas y más propias. Lo que sus compañeros de Honduras de esa época recuerdan es a un profesional, a alguien que llegaba a entrenar, que intentaba enseñar con el ejemplo que dentro del campo seguía siendo el mejor jugador del equipo con diferencia.
Un hombre que había llegado a ese lugar por el camino que había llegado, que lo sabía y que seguía haciendo lo que sabía hacer porque era lo que sabía hacer. Eso también es digno. A su manera, los aficionados mexicanos queremos que las historias de los ídolos terminen de cierta manera, con el reconocimiento, con el retiro en la cima, con la despedida que corresponde a lo que fueron.
Y cuando eso no pasa, cuando la historia termina en Honduras en lugar de en el Azteca, sentimos que algo se le debe al personaje, pero el personaje es un hombre y los hombres tienen sus caminos propios, que no siempre corresponden con los finales, que los que los aman. quieren para ellos. Luis Hernández terminó su carrera de la manera en que la terminó, con los goles que marcó y con los que no marcó, con las noches de Gloria y con las noches de Honduras, con París, 1998, que sigue siendo lo que es y con todo lo que vino después. La historia completa necesita
todo eso junto, las dos cosas al mismo tiempo. Y esa es la única manera honesta de contarla. El video del perro Aguayo está en la pantalla, se lo dejo ahí. Hay una parte de la historia de Luis Hernández que tiene que ver con el dinero y que raramente se cuenta con la claridad que merece. Porque hablar de dinero y de cómo lo gastó un jugador famoso siempre tiene el riesgo de sonar a juicio, moralista.
Pero sin esa parte la historia queda incompleta. Los contratos de Hernández en el Necaxa y en los equipos que vinieron inmediatamente después del mundial eran los contratos más grandes que el fútbol mexicano pagaba en esa época. Sumas que para los estándares del fútbol europeo eran menores, pero que en el contexto del fútbol mexicano de 1998 representaban más dinero del que la mayoría de los mexicanos veía en toda una vida de trabajo.
Ese dinero llegó en un periodo muy corto. De los 23 a los 27 años, Hernández pasó de ganar lo que gana un jugador de primera división regular a ganar lo que gana la estrella del momento después de un mundial. El salto fue rápido y los mecanismos de administración financiera que permiten que ese dinero construya algo sólido para el futuro raramente se desarrollan a la misma velocidad que el dinero llega.
Los jugadores mexicanos de esa generación, en su mayoría, no tenían asesores financieros serios. Tenían managers que se ocupaban de los contratos y en algunos casos del marketing, pero el tipo de asesoría que convierte el dinero del presente en seguridad del futuro, eso era un lujo de los equipos europeos grandes que en el fútbol mexicano de los 90 prácticamente no existía.
Hernández tomó sus propias decisiones con ese dinero, la vida que construyó con él, las personas que había alrededor. Y cuando los contratos grandes dejaron de llegar, el estilo de vida que había construido no tenía la base financiera que lo sostuviera. Eso no es una historia única, es la historia de decenas de futbolistas mexicanos de esa generación que ganaron mucho en poco tiempo y que cuando el fútbol ya no pagaba lo mismo, se encontraron en situaciones que no habían anticipado.
El sistema del fútbol mexicano les dio esos contratos y se benefició de ellos durante los años buenos, pero no construyó los mecanismos de educación financiera que habrían permitido que esos jugadores tomaran mejores decisiones con ese dinero. Eso también es responsabilidad del sistema, no igual que la responsabilidad individual de Hernández, pero sí una responsabilidad real que hay que nombrar.
En el fútbol europeo de los clubes grandes existe una cultura de soporte que incluye la asesoría financiera. Los jugadores que llegan a esos clubes tienen a disposición personas que les explican cómo administrar los contratos, cómo planificar el futuro, cómo construir algo que dure más que la carrera. Ese soporte existe porque los clubes grandes descubrieron hace décadas que los jugadores con problemas financieros son jugadores distraídos que rinden menos.
En el fútbol mexicano, ese entendimiento llegó mucho más tarde y Hernández fue parte de la generación que pagó el precio de esa llegada tardía. Quiero añadir algo sobre lo que fue Hernández como miembro de la selección mexicana, porque eso también forma parte de la historia completa y raramente se cuenta con suficiente detalle.
Hernández no fue solo el gol a Bélgica, fue parte de una generación de jugadores que llevó a la selección mexicana a un periodo de relativa consistencia internacional en la segunda mitad de los 90, un periodo donde México llegó a octavos en tres mundiales seguidos, donde la selección tenía una identidad y un sistema de juego que el público reconocía y con el que se identificaba.
Esa generación incluía a otros jugadores que el tiempo también ha tratado de manera desigual. Cuautemoc Blanco, que es el más famoso de todos y cuya historia tiene sus propios capítulos complicados. Alberto García Aspe, El cerebro del equipo, Ricardo Peláez, que después tuvo su propia vida complicada en el mundo del fútbol mexicano, Ramón Ramírez, que es quizás el nombre más olvidado de todos y que en su momento fue tan importante como cualquier otro.
Hernández era la punta de esa generación, el que marcaba los goles, el que cuando la pelota llegaba en el momento correcto hacía lo que los demás no podían hacer. Y en el contexto de esa selección, con los compañeros que tuvo y con el sistema que la fuente construyó, produjo lo que produjo, que esa generación no llegó más lejos, que el octavo de final fue el techo repetido.
Es una de las preguntas del fútbol mexicano que los aficionados de esa época todavía se hacen. Si con otro técnico, con otro sistema, con otra gestión de los momentos clave, esa generación podría haber llegado más allá, la respuesta nunca se sabrá. Pero la pregunta sigue siendo legítima. Lo que sí se sabe es que Hernández fue el mejor de esa generación en el mundial de 1998.
El más completo, el más peligroso, el que cuando tenía el balón hacía que el rival se preocupara de verdad. Eso también es parte de quién fue la pieza central de la mejor actuación de la selección mexicana en décadas. Hay una última cosa que quiero contarles sobre cómo el tiempo ha tratado la memoria de Luis Hernández en el fútbol mexicano.
Los torneos de leyendas que el fútbol mexicano organiza periódicamente, donde los exjugadores de cierta edad vuelven a la cancha en eventos donde el objetivo es más la nostalgia que la competencia, Hernández ha participado en algunos de ellos y lo que los aficionados que asisten a esos eventos describen es consistente.
Cuando Luis Hernández toca el balón, incluso con 50 años, algo pasa en las gradas, un reconocimiento, un recuerdo que se activa de manera casi automática. La misma gente que fue a ese evento por nostalgia genérica, que iba a ver a varios jugadores de su infancia, se detiene cuando el balón llega a los pies de Hernández, porque el cuerpo recuerda lo que ese nombre significaba.
Eso es el legado real de un jugador que décadas después de que la carrera terminó, el nombre siga activando algo en la memoria de los que lo vieron. Luis Hernández lo tiene a pesar de todo.