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LUIS “EL MATADOR” HERNÁNDEZ: La ASQUEROSA RAZÓN que ARRUINÓ SU CARRERA para SIEMPRE

LUIS “EL MATADOR” HERNÁNDEZ: La ASQUEROSA RAZÓN que ARRUINÓ SU CARRERA para SIEMPRE

El 29 de junio de 1998, en el estadio de France de París, Luis Hernández metió un gol contra Bélgica que la gente que lo vio en directo todavía describe con los ojos encendidos. Corrió casi 40 m con el balón, se sacó a dos defensas de encima con cambios de ritmo que ninguno anticipó.

 Entró al área por la derecha, amagó al portero con el cuerpo y lo cruzó con la zurda al palo opuesto. Gol. México ganó ese partido. Era el Mundial de Francia. Era la tercera participación consecutiva de México en octavos de final y Luis Hernández, delantero 26 años, nacido en Guadalajara, era en ese momento el mejor jugador de México, el más peligroso, el que cuando recibía el balón de cara al arco rival hacía que 50,000 personas contuvieran la respiración porque sabían que algo podía pasar.

 4 años después, ese mismo hombre estaba jugando en la segunda división de Honduras, 4 años. Eso es lo que vamos a contar hoy. La distancia entre París 1998 y Honduras 2002. lo que pasó en esos 4 años, lo que el fútbol mexicano le hizo a Luis Hernández cuando ya no le servía y lo que Luis Hernández se hizo a sí mismo con las decisiones que tomó cuando tenía el mundo en las manos y eligió soltarlo, porque esta historia tiene dos culpables, el sistema que lo usó y lo tiró y el hombre que cuando tuvo la oportunidad de construir algo sólido, eligió vivir el presente con una

intensidad que el futuro siempre iba a cobrar. Luis Roberto Hernández Castillo nació el 14 de agosto de 1971 en Guadalajara, Jalisco, la capital del fútbol mexicano. La ciudad que le dio al país a Chivas del Guadalajara, el equipo más popular de México, el que no ficha extranjeros y que lleva el orgullo regional como bandera desde hace más de un siglo.

 Crecer en Guadalajara siendo bueno en el fútbol tiene una dimensión que en otras ciudades mexicanas no existe de la misma manera. El fútbol en Guadalajara es parte de la identidad de la ciudad de una manera que va más allá del deporte, que se mezcla con la música ranchera y con la charrería y con todas las cosas que Guadalajara lleva como marca de origen.

Ser bueno en el fútbol ahí, de verdad bueno, te pone en una categoría específica que el resto de la ciudad reconoce y respeta desde chico. Hernández era de verdad bueno desde chico, el tipo de delantero que los entrenadores de categorías juveniles reconocen en los primeros 5 minutos de verlo jugar con esa velocidad que no es solo física, sino también mental.

 La capacidad de leer el espacio antes de que el espacio se abra, de anticipar el movimiento del defensor y ya estar en otro lado cuando el defensor llega donde pensaba que iba a estar. Debutó en el fútbol profesional mexicano con Chivas. el club de su ciudad, el de la pureza de sangre mexicana, el que tenía el escudo más reconocible del país.

 Para un chavalo de Guadalajara, jugar con Chivas tenía un peso que los de afuera no siempre entienden del todo. Era el barrio jugando para el barrio. Era la ciudad representada por uno de los suyos. Su carrera en Chivas fue irregular de la manera en que son irregulares las carreras de los jóvenes con talento real, pero sin la consistencia que solo llega con los años o con una disciplina que no todos tienen a los 20.

 tenía rachas donde era imposible de marcar y tenía rachas donde desaparecía de los partidos de maneras que sus entrenadores no terminaban de entender. Después de Chivas vinieron otros equipos, Puebla, León, el Necaxa, que en los años 90 era uno de los equipos más competitivos de México. Y fue en el Necaxa, donde Luis Hernández llegó al nivel que lo llevó a París.

 El Necaxa de finales de los 90 era un equipo construido para ganar con jugadores de calidad, con un entrenador que sabía sacar lo mejor de sus piezas y con la infraestructura económica que en esa época el Necaxa tenía gracias a sus vínculos con la industria eléctrica del país.

 Hernández encajó ahí de una manera que en sus equipos anteriores nunca había encajado del todo. encontró el ritmo, encontró los compañeros que lo entendían y encontró también la regularidad que en sus años anteriores había sido esquiva. Los goles llegaron muchos. El matador, que era el apodo que ya llevaba antes, pero que en el Necaxa se consolidó como el nombre con que México lo conocía, empezó a ser mencionado en la selección nacional con una frecuencia que hacía presagiar lo que vino.

 Manuel la Puente era el técnico de la selección mexicana para el Mundial de Francia, 1998. Un hombre metódico con ideas claras sobre cómo quería que México jugara y con la convicción de que Luis Hernández era la pieza que su sistema necesitaba en la punta de ataque, la velocidad, la capacidad de retener el balón en situaciones de presión, el olfato de gol que se manifiesta en los jugadores que llegan al área con la serenidad del que sabe que ya estuvieron ahí antes y que saben qué hacer cuando el momento llega.

El Mundial de Francia fue lo que fue. México llegó a octavos, fue eliminado por Alemania en un partido que los mexicanos de cierta edad recuerdan con la frustración específica de los que estuvieron cerca de algo grande y no llegaron. Pero la actuación de Hernández en ese torneo fue la de alguien que había llegado al nivel más alto y que podía quedarse ahí. El gol a Bélgica.

 La actuación general. El nombre que los comentaristas europeos empezaron a pronunciar con respeto. Luis Hernández salió del Mundial de Francia siendo el jugador mexicano más buscado del momento. Y ahí es donde la historia empieza a complicarse. Las ofertas llegaron europeas principalmente, equipos de segunda fila en las grandes ligas europeas que querían al delantero mexicano que había brillado en el mundial.

 El Bayern Leverkusen de Alemania fue el que más sonó. Hubo negociaciones, hubo números que se pusieron sobre la mesa. Hernández eligió quedarse en México. Esa decisión vista desde fuera puede parecer una equivocación obvia. Europa era el siguiente paso lógico, era la validación definitiva, era la posibilidad de demostrar que el nivel del mundial no era un accidente, sino la medida real.

Pero la decisión de quedarse tuvo razones que iban más allá del fútbol. México en 1998 pagaba bien a sus mejores jugadores. El ambiente era conocido, la familia estaba ahí. Y había algo en el ambiente específico del fútbol mexicano, en las comodidades y en las certezas de lo conocido, que para alguien con la personalidad de Hernández tenía un peso que las oportunidades europeas no compensaban del todo.

 Sus personas cercanas de esa época, los que lo conocían bien, dicen cuando se les pregunta que Hernández era un hombre del presente, que vivía el momento con una intensidad que a veces hacía difícil pensar en el futuro de la manera calculada que habría requerido la decisión de ir a Europa. Vivir el presente con esa intensidad tiene sus ventajas dentro del campo.

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