“Lo que pasó entre hermanos esa noche impactó a todos”
La noche del 10 de mayo comenzó como todas las noches del 10 de mayo en la colonia Valle de Santa Lucía, con el olor a carne asada escapándose por las rendijas de las ventanas, con el estruendo de la música ranchera reverberando en las paredes de block y en los techos de lámina, con las risas de mujeres que por un día al año se permitían ser el centro de todo.
en ese rincón del norponiente de Monterrey, donde las calles todavía guardan los nombres de generales revolucionarios, como si la historia tuviera miedo de irse del todo. El día de las madres no es un festejo que se haga a medias, es una celebración que se sangra entera, que se vive hasta que el cuerpo ya no puede más, que se prolonga más allá de la medianoche, porque ninguna familia quiere ser la primera en admitir que la noche terminó.
Mónica Yamilet González González tenía 25 años. Tenía 25 años y vivía en la calle Lucio Blanco, en esa esquina concreta donde la colonia todavía conserva la memoria de lo que fue antes de llamarse Valle de Santa Lucía, cuando todos la conocían como granja sanitaria y cuando los terrenos que ahora sostienen casas de interés social eran algo completamente distinto.
tenía 25 años y esa noche estaba en su casa, en la casa de su familia, rodeada de las personas que supuestamente constituyen el escudo más grueso contra el mundo. tenía 25 años y eso es todo lo que tenía porque a las 2 de la mañana del 11 de mayo de 2026, una bala le atravesó el cráneo y convirtió el festejo de su madre en el principio de un duelo que no iba a terminar pronto.
Para entender lo que le pasó a Mónica Yamilet, hay que entender primero el tipo de familia que existe en colonias como Valle de Santa Lucía, el tipo de dinámica que se instala en los hogares donde varias generaciones comparten el mismo predio, donde los conflictos nunca se resuelven del todo, sino que se van apilando como capas geológicas hasta que la presión acumulada hace estallar todo.
Son familias que no son malas ni buenas en el sentido simple del término. Son familias que funcionan con la lógica de la supervivencia, donde el afecto y la violencia a veces coexisten en el mismo espacio sin que nadie lo reconozca abiertamente. Son familias donde los hermanos se criaron juntos, pelearon juntos y cargaron juntos con las mismas carencias y los mismos resentimientos.
y donde el amor genuino puede convivir de manera perturbadora con una ira que nunca encontró la salida correcta. Mónica era la hermana, eso es lo que sabemos. Era la hermana en un núcleo familiar que esa noche se había reunido para celebrar a la mujer que los había traído al mundo a todos. Y hay algo profundamente irónico y doloroso en ese detalle, que ningún análisis criminológico puede aplanar por completo.
La noche en que una familia se reúne para honrar a su matriarca fue la misma noche en que uno de sus hijos mató a una de sus hijas. No hay forma de rodear esa realidad. No hay ningún eufemismo académico que la suavice. Un hermano mató a su hermana mientras festejaban a su madre. Ese es el hecho central. Y todo lo demás, todo el análisis de los factores de riesgo y las dinámicas psicosociales y las fallas institucionales no es más que el intento de darle sentido a algo que en su núcleo más duro no tiene ninguno.
Lo que sí se puede reconstruir con la información disponible y con la lógica de lo que ocurre en estas situaciones es la secuencia de eventos que llevaron al disparo. Las reuniones del día de las madres en este tipo de contextos urbanos tienen una geografía temporal muy específica. Comienzan por la tarde cuando las familias llegan con sus aportaciones, con los refrescos y las cervezas y el guisado que cada quien preparó.
se consolidan hacia la noche cuando la comida ya fue consumida y las conversaciones se profundizan o se enredan dependiendo de qué tan cargadas estén las historias que cada persona trae consigo y se complican después de la medianoche, cuando el alcohol ha hecho su trabajo, cuando las inhibiciones están bajas y los viejos rencores, esos que se guardan porque en familia no se dicen ciertas cosas, empiezan a filtrarse hacia la superficie.
La discusión que escucharon los vecinos de la calle Lucio Blanco no fue la primera discusión de esa noche, casi nunca lo es. Antes de los gritos que detonaron las llamadas de auxilio, antes de que la conversación se convirtiera en algo que la gente de afuera pudiera escuchar claramente, hubo seguramente un intercambio de palabras en voz baja, una mirada sostenida demasiado tiempo, una frase dicha con la intención de lastimar que encontró su blanco.
Hubo el momento en que uno de los hermanos dijo algo que el otro no pudo ignorar. Hubo el punto de inflexión donde la reunión dejó de ser una celebración y se convirtió en el escenario de una confrontación que llevaba tiempo esperando su oportunidad. El hermano de Mónica Yamilet, cuyo nombre las autoridades manejaban con cautela mientras lo buscaban, tenía acceso a un arma de fuego.
Este detalle que en el reporte inicial aparece casi como un dato secundario, es en realidad la diferencia entre una riña y un homicidio. En el norponiente de Monterrey, en las colonias que se construyeron sobre los terrenos que alguna vez fueron la periferia y que ahora son parte orgánica de la mancha urbana, las armas de fuego circulan con una facilidad que tiene su propia historia y sus propias causas.
El flujo de armamento que sostienen las organizaciones criminales que operan en la región no se queda contenido en los círculos del crimen organizado. Se filtra, se derrama, termina en cajones de cocina y en closets de recámaras de familias que no tienen ningún vínculo formal con ningún cartel, pero que viven en el mismo ecosistema donde esas armas existen y se mueven.
que el hermano tuviera un arma, no lo convierte automáticamente en un criminal, lo convierte en alguien que esa noche, en medio de una riña que escaló más allá de lo que ninguna de las dos partes había calculado, tomó una decisión en una fracción de segundo que no tuvo retorno. sacó el arma, apuntó, disparó y el proyectil encontró el cráneo de Mónica Yamilet con una precisión que la física no negocia.
A corta distancia, un disparo de arma de fuego en la cabeza tiene consecuencias que la medicina moderna todavía no ha aprendido a revertir de manera consistente. La energía cinética que se transfiere al tejido cerebral en ese momento produce un daño que se mide no solo en el orificio de entrada, sino en la cavitación, en la onda de presión que destruye estructuras neuronales que se encuentran a varios centímetros del trayecto del proyectil.
La herida que describieron los primeros reportes como profunda en el área del cráneo no era una metáfora periodística, era la descripción técnicamente precisa de algo incompatible con la sobrevivencia. Los vecinos escucharon el disparo, escucharon los gritos, levantaron el teléfono y marcaron el número de emergencias, porque en Valle de Santa Lucía, a pesar de todo, la gente todavía llama cuando escucha algo que no debería estar ocurriendo.
Ese instinto comunitario, esa capacidad de respuesta que persiste incluso en zonas donde la violencia se ha normalizado hasta cierto punto, fue lo que puso en movimiento la maquinaria de los servicios de emergencia. Para médicos de Protección Civil y de la Cruz Roja Mexicana llegaron a la calle Lucio Blanco y encontraron a una joven de 25 años con una herida en el cráneo que ya lo decía todo sobre lo que iba a pasar.
Las maniobras de estabilización que se realizan en el lugar de un incidente como este son maniobras de contención, no de curación. son la forma en que los paramédicos compran tiempo, mantienen el cuerpo funcionando lo suficiente como para llegar al hospital donde los equipos especializados pueden intentar lo que la ambulancia no puede hacer.
El traslado al Hospital Universitario de la Universidad Autónoma de Nuevo León fue rápido porque en esto la geografía urbana jugó a favor. El hospital universitario no está lejos del sector norponiente y su servicio de urgencias está equipado para recibir exactamente este tipo de casos. Los casos de trauma cráneoencefálico severo causado por proyectil de arma de fuego que llegan en estado crítico y que ponen a prueba todo lo que la neurocirugía moderna puede ofrecer.
Lo que la neurocirugía moderna pudo ofrecer. En el caso de Mónica Yamilet no fue suficiente. Las horas que siguieron a su ingreso fueron horas de intervención médica desesperada, de monitores y de equipos que trabajaron sobre un cerebro que había recibido un impacto para el que no existe protocolo que garantice la sobrevivencia.
Las fuentes extraoficiales comenzaron a circular antes de que las autoridades emitieran ninguna declaración formal. Mónica Yamilet González González había muerto. Las autoridades, siguiendo el protocolo que dicta la prudencia forense y la integridad de la investigación mantuvieron una postura de cautela esperando la confirmación oficial antes de modificar la calificación del delito de homicidio en grado de tentativa a homicidio consumado.
Pero la comunidad lo sabía. Los vecinos de la calle Lucio Blanco ya lo sabían. La familia González, destrozada de maneras que difícilmente se pueden enumerar, ya lo sabía. El hermano huyó. Este es el segundo gran hecho que define la dimensión del crimen más allá del acto en sí. Después de disparar, después de que el cuerpo de su hermana cayó, el hombre que apretó el gatillo no se quedó.
No llamó a nadie, no esperó a los paramédicos, salió de la casa en la calle Lucio Blanco y desapareció en el Monterrey de la madrugada, que tiene sus propios laberintos, sus propias redes de protección informal, sus propios lugares donde alguien puede esconderse mientras las autoridades movilizan sus recursos para localizarlo. La búsqueda se extendió por el sector norte de la ciudad.
Pero hasta el mediodía del 11 de mayo, cuando los reportes de la mañana hacían un corte de caja sobre lo ocurrido, no había confirmación de su captura. La huida es en sí misma un dato que la investigación criminal sabe leer. No es neutral. Un hombre que dispara accidentalmente, que no tenía intención de matar, que actuó en un momento de pánico y que inmediatamente se arrepiente de lo ocurrido, no necesariamente huye de la escena.
La huida sistemática, la desaparición calculada antes de que lleguen los servicios de emergencia sugiere una conciencia clara de lo que se hizo y de las consecuencias legales que eso acarrea. Sugiere premeditación en la fuga. aunque quizás no en el disparo. Sugiere que en el momento en que el hermano salió corriendo por esa puerta, ya sabía exactamente lo que había hecho y ya estaba ejecutando un plan de escape, aunque ese plan fuera tan simple como alejarse lo más posible antes de que la policía llegara. La escena del
crimen que encontraron los elementos de Fuerza Civil y los agentes de la Agencia Estatal de Investigaciones cuando acordonaron la vivienda era una escena cargada de evidencia. En las riñas familiares que terminan en homicidio, la escena del crimen tiene una característica particular que la distingue de otros tipos de escenas.
está contaminada por la presencia de múltiples personas que estuvieron ahí, que tocaron cosas, que se movieron por el espacio en el caos que sigue a una tragedia de esta magnitud. Los peritos que recolectaron los casquillos de bala, los que realizaron el peritaje balístico, los que tomaron muestras de sangre y fotografiaron los ángulos de impacto, trabajaron sobre una escena que ya había sido transitada por los paramédicos.
por los vecinos que entraron para ayudar, por los propios familiares que en el shock del momento no pensaron en preservar la integridad de las pruebas. Lo que los casquillos dicen es preciso. Indican el tipo de arma utilizada, el calibre y dependiendo de dónde quedaron pueden dar información sobre la posición del tirador en el momento del disparo.
Si el casquillo se encontró en el interior de la vivienda, eso confirma que el disparo se realizó dentro del domicilio, lo que refuerza la narrativa de la riña que escaló en el espacio íntimo del hogar. La trayectoria del proyectil reconstruida por los especialistas en balística puede indicar si la víctima estaba de pie o caída, si estaba frente al agresor o si recibió el disparo desde un ángulo que sugiere que no vio venir la agresión.
Cada uno de estos detalles técnicos se suma al expediente que el Ministerio Público utilizará para construir el caso contra el hermano cuando este sea capturado. La identificación del agresor como familiar directo, como hermano de la víctima tiene implicaciones legales específicas en el marco del Código Penal del Estado de Nuevo León.
La figura del homicidio por parentesco aplica directamente cuando el vínculo consanguíneo entre agresor y víctima puede ser demostrado, lo que en este caso no debería representar dificultades técnicas. La propia familia puede confirmar la relación. El acta de nacimiento de ambos hermanos existe en los registros civiles y los testimonios de los vecinos y familiares presentes durante la riña pueden establecer con claridad quién estaba en la casa y en qué calidad.
Las penas por homicidio por parentesco en Nuevo León oscilan entre 25 y 50 años de prisión, pero la calificación del delito puede variar dependiendo de lo que arroje la investigación sobre la existencia de antecedentes de violencia y sobre si las circunstancias del disparo configuran un feminicidio. Esta última posibilidad es la que más peso tiene desde la perspectiva de los derechos de la víctima y de las organizaciones que en Monterrey y en todo México trabajan para que los crímenes contra las mujeres no sean tratados simplemente como estadísticas
de violencia genérica. El feminicidio, tal como está tipificado en la legislación mexicana, requiere que el crimen esté motivado por razones de género, que exista una relación de poder desigual entre agresor y víctima, que haya indicios de violencia de género previa o que las circunstancias del crimen revelen una intención de dominar o castigar a la mujer por el hecho de ser mujer.
No todos los crímenes donde el agresor es hombre y la víctima es mujer son feminicidios en el sentido técnico legal del término, pero todos merecen ser investigados con esa hipótesis sobre la mesa hasta que la evidencia la descarte. En el caso de Mónica Yamilet, la pregunta que los investigadores de la Agencia Estatal de Investigaciones necesitan responder no es solamente qué pasó esa noche, sino qué ha venido pasando en esa casa durante años.
Las tragedias de esta magnitud raramente emergenal, tienen episodios previos que fueron minimizados o que nunca llegaron a la denuncia formal, porque en el ámbito familiar existe una presión enorme para mantener los conflictos adentro, para no lavar los trapos sucios en público, para proteger al agresor de consecuencias que la propia familia percibe como una amenaza. a su cohesión.
Las entrevistas que los agentes ministeriales realizaron con los testigos presentes esa noche son cruciales precisamente porque pueden revelar ese historial. Si ya hubo peleas físicas anteriores, si ya hubo amenazas, si ya hubo ocasiones en que Mónica Yamilet fue agredida por el mismo hermano y nadie lo reportó.
La ausencia de antecedentes policiales en un caso no significa la ausencia de violencia previa, significa simplemente que la violencia previa no llegó a la institución policial. En colonias como Valle de Santa Lucía, la denuncia formal de violencia intrafamiliar sigue siendo un acto que requiere una valentía considerable porque implica poner en movimiento un sistema judicial que la comunidad no siempre percibe como aliado y porque las consecuencias de denunciar a un familiar pueden ser vividas como una traición que deja a quien denuncia
en una posición más vulnerable, no Este silencio estructural es uno de los mecanismos que permiten que la violencia doméstica escale hasta alcanzar su punto más letal. Mientras la ciudad procesaba la noticia de lo ocurrido en la calle Lucio Blanco, el mismo 11 de mayo el aparato de seguridad del estado estaba desplegado en múltiples frentes que ilustran la complejidad del panorama criminal de Nuevo León.
En San Pedro Garza García, en el corazón del municipio más rico del país, las fuerzas federales ejecutaban cateos contra una célula delictiva vinculada al huachicol y al cartel del noroeste. En Apodaca, los investigadores avanzaban en el caso de Ángela Michelle, una joven de 23 años hallada sin vida en la colonia Lomas de la Paz.
En el centro de Monterrey, la detención de un hombre apodado el elotero por asesinar a su esposa con un machete cerraba otro capítulo de violencia doméstica que en cualquier otra circunstancia habría dominado el ciclo noticioso. Esta saturación de violencia tiene un efecto que los expertos en seguridad y en salud pública llevan años documentando.
produce un embotamiento colectivo, una especie de anestesia social ante eventos que individualmente son devastadores, pero que en su acumulación se convierten en algo parecido al ruido de fondo. Las instituciones de seguridad trabajan bajo una presión que redistribuye los recursos y la atención. Cuando hay operativos contra el crimen organizado de gran envergadura ocurriendo simultáneamente con homicidios domésticos y con feminicidios en distintos municipios del área metropolitana, la priorización inevitable de casos significa que
algunos reciben menos atención de la que merecerían. La búsqueda del hermano de Mónica Yamilet compite por recursos de investigación con docenas de otros casos abiertos, con decenas de otros fugitivos buscados, con una estructura judicial que opera siempre al límite de su capacidad. Hay algo que ocurre en el ámbito de la percepción comunitaria después de una tragedia como esta que merece ser nombrado con cuidado.
vecinos de la calle Lucio Blanco que escucharon los gritos, que llamaron a los servicios de emergencia, que vieron llegar a los paramédicos y a los policías, que siguieron desde sus ventanas el acordonamiento de la vivienda y el trabajo de los peritos. Esos vecinos también son víctimas de lo que ocurrió esa noche, no en el sentido legal del término, pero sí en el sentido psicológico y comunitario.
El trauma no se distribuye solo entre quienes están directamente involucrados en un evento violento. se irradia hacia afuera, hacia los testigos, hacia los que escucharon sin ver, hacia los que llegaron justo después y encontraron las huellas del horror, sin haber visto el horror mismo. La colonia Valle de Santa Lucía despertó el 11 de mayo sabiendo que en una de sus casas, en la noche del festejo más familiar del año, una joven de 25 años había recibido un disparo de manos de su propio hermano.
Ese conocimiento no se borra fácilmente. La madre de Mónica Yamilet es la figura que el análisis criminológico tiende a dejar en el margen, porque los marcos conceptuales no tienen una categoría suficientemente precisa para contener su posición. Es la mujer que esa noche fue celebrada y que esa misma noche perdió a su hija. Es la mujer que tiene dos hijos en esta historia, uno muerto por la violencia de otro y uno que es el autor de esa muerte.
es la mujer cuyo duelo no puede ser simple, no puede ser lineal, no puede seguir los patrones que la psicología del duelo describe en sus manuales, porque su dolor está atravesado por la traición, por la culpa, por la rabia, por el amor que no desaparece automáticamente, aunque su objeto haya hecho algo imperdonable. La madre de Mónica Yamilet es la víctima invisible de este caso, la que no aparece en los reportes policiales con ese nombre, pero cuya vida quedó rota en dos durante la madrugada del 11 de mayo de 2026. El festejo del día de las
madres en México tiene un peso cultural que va más allá de lo que la fecha representa en otros países. Es un día de gratitud casi religiosa, de reparación simbólica de deudas afectivas que durante el resto del año se dejan acumular, de reafirmación de los vínculos familiares como el territorio más seguro que existe en un mundo que a menudo se siente hostil.
Para las familias de colonias como Valle de Santa Lucía, donde los recursos son limitados y donde el tejido social ha sido golpeado por décadas de marginalidad económica y exposición a la violencia, el 10 de mayo es uno de los pocos momentos del año en que la familia entera puede justificarse estando reunida, celebrando, siendo un núcleo que se sostiene a sí mismo.
La paradoja de la proximidad familiar, ese fenómeno que los criminólogos estudian con cada vez más atención, dice que las reuniones prolongadas en espacios cerrados con personas con quienes existen conflictos no resueltos y la presencia de alcohol como desinhibidor crean las condiciones perfectas para que emerja lo que normalmente permanece contenido.
No es que la familia sea peligrosa por definición, es que la familia, en ciertas condiciones materiales y emocionales específicas puede convertirse en el escenario donde los conflictos más profundos finalmente encuentran la salida que no encontraron durante todo el año. El día de las madres, paradójicamente, es uno de los días con mayor incidencia de violencia doméstica en México.
No porque las familias mexicanas sean especialmente violentas, sino porque es uno de los días con mayor concentración de los factores que hacen escalar los conflictos. El arma de fuego es el elemento que convierte una pelea en una muerte. Sin el arma, lo que ocurrió en la calle Lucio Blanco podría haber sido una pelea con golpes, con gritos, con la intervención eventual de los vecinos o de la propia familia para separarlos.
Con el arma, el resultado fue irreversible y el acceso a esa arma no fue un accidente geográfico ni una casualidad estadística. en el norponiente de Monterrey, en una zona donde el flujo de armamento proveniente de las redes del crimen organizado regional crea una disponibilidad que trasciende a los propios grupos criminales, que se filtra hacia la vida doméstica, de maneras que a veces ni siquiera las familias que tienen esas armas en casa comprenden completamente.
El acceso a un arma de fuego para un hombre joven no es algo extraordinario, es algo que ocurre, que está ahí, que en la mayoría de las noches no produce ninguna consecuencia visible porque la riña termina a gritos y el arma se queda en el cajón o en el closet, pero en las noches en que la riña escala más allá del punto de control, en las noches en que alguien la saca, el resultado es el que fue en la noche del 10 de mayo.
La investigación que la Agencia Estatal de Investigaciones tiene que construir para llevar este caso a juicio es una investigación que tiene que trabajar con varias capas simultáneamente. La primera es la capa técnica, los casquillos, el análisis balístico, las huellas, las muestras biológicas, la reconstrucción del trayecto del proyectil.
La segunda es la capa testimonial, los vecinos que escucharon, los familiares que estaban presentes, los paramédicos que llegaron primero, el personal médico del hospital universitario que recibió a Mónica Yamilet en estado crítico. La tercera es la capa histórica, los antecedentes de violencia en ese domicilio, las peleas anteriores, los episodios que quizás fueron minimizados o no denunciados, los patrones que pueden revelar si esto fue un estallido único o el clímax de una escalada que llevaba tiempo ocurriendo.
La cuarta capa, la más delicada, es la capa de género, la determinación de si las circunstancias de la muerte de Mónica Yamilet configuran un feminicidio o si el delito debe ser clasificado de otra manera. Decisión que tiene implicaciones no solo para las penas aplicables, sino para el mensaje que el sistema judicial envía a la sociedad sobre cómo trata los crímenes contra las mujeres.
La captura del hermano es el paso que puede ocurrir en horas o en meses. Los fugitivos que huyen después de cometer un crimen doméstico en una ciudad como Monterrey tienen opciones. pueden refugiarse con familiares o conocidos en otros municipios del área metropolitana o en poblaciones más pequeñas del estado.
Pueden cruzar hacia otros estados, pueden intentar perderse en la ciudad misma, aprovechando que conocen el territorio. La red de protección informal, que a veces se activa en estos casos, donde parientes o amigos dan refugio al fugitivo por lealtad o por miedo, es uno de los obstáculos más difíciles de superar para los investigadores, porque opera por fuera de los canales formales que las autoridades pueden monitorear directamente.
Lo que Mónica Yamilet González González merece, lo que su madre merece, lo que la colonia Valle de Santa Lucía merece, es que ese paso ocurra, que el sistema de justicia, con toda la presión que tiene sobre sí mismo, con todos los casos que compiten por sus recursos y su atención, encuentre al hombre que apretó el gatillo y lo ponga frente a un tribunal, que pueda decirle a la familia y a la comunidad que Lo ocurrido en la calle Lucio Blanco en la madrugada del 11 de mayo no quedó sin consecuencias.
La impunidad en casos como este no es solo la impunidad de un caso, es el mensaje sistémico de que la vida de una mujer de 25 años en el norponiente de Monterrey no vale suficiente como para garantizar que quien la quitó pague por ello. Ese mensaje es el que alimenta la desesperanza.
Ese mensaje es el que hace que la siguiente reunión familiar en la siguiente colonia con el siguiente hermano que tiene acceso a un arma y la próxima disputa que escala más allá del control termine exactamente de la misma manera, no porque la violencia sea inevitable, sino porque cuando la justicia llega tarde o no llega, la violencia pierde la única consecuencia que podría actuar como elemento disuasorio en la mente.
de quien tiene el arma en la mano y está a punto de tomar una decisión que no tiene vuelta atrás. Mónica Yamilet González. González tenía 25 años. Vivía en Valle de Santa Lucía. murió en la madrugada del 11 de mayo de 2026 en el hospital universitario al que llegó con una herida en el cráneo que la medicina no pudo reparar después de un disparo que su hermano le hizo durante el festejo del día de las madres.
Era joven y vivía en su barrio y pertenecía a una familia que esa noche celebraba y que después de esa noche tendrá que aprender a vivir con lo que ocurrió. Era una mujer en una ciudad que no siempre protege a sus mujeres. Era una hija cuya madre celebraba el día de las madres cuando la perdió. Las calles del norponiente de Monterrey amanecieron el 11 de mayo con el sol que sale igual todos los días, sin distinción entre los días ordinarios y los días en que algo se rompe de manera irreparable.
Los vecinos de la calle Lucio Blanco salieron a sus actividades con el peso de lo que habían escuchado durante la noche, con los acordonamientos policiales todavía frescos en la memoria, con las preguntas que nadie puede responder completamente sobre cómo es posible que una familia llegue hasta ese punto.
La ciudad continuó, como siempre, continúa, con sus operativos y sus investigaciones y sus festejos y sus tragedias simultáneas. Porque una ciudad de este tamaño y de esta complejidad no se detiene nunca. No puede permitirse el lujo del silencio total, aunque una de sus hijas haya muerto durante la noche. Lo que sí puede la ciudad, lo que sí puede el Estado, lo que sí puede el sistema de justicia, es hacer que lo ocurrido en la calle Lucio Blanco no quede en el olvido administrativo.
la carpeta de investigación no se acumule en un escritorio esperando recursos que no llegan. Que las órdenes de aprensión se ejecuten urgencia que merece un caso donde el agresor ya fue identificado y donde la evidencia del crimen está documentada. que cuando el hermano de Mónica Yamilet González González sea finalmente puesto frente a un juez, la clasificación del delito refleje la gravedad real de lo que hizo y el mensaje que el sistema de justicia quiere enviar sobre el valor de una vida como la demónica que vale todo, que pesa
todo, que su ausencia deja un hueco en Valle de Santa Lucía, que ninguna sentencia va a llenar completamente. Pero que la justicia, aunque llegue tarde y aunque sea imperfecta, es todavía el único mecanismo que la sociedad tiene para decirle a sus muertos que no los olvidamos y que quien los mató no puede simplemente caminar hacia el horizonte como si nada hubiera ocurrido en la noche del 10 de mayo, cuando el festejo se convirtió en duelo y cuando una madre celebraba mientras perdía a su hija.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.