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Las tareas de casa no son ayuda

Parte 1: Las tareas de casa no son ayuda

Marta metió la llave en la cerradura con la precisión cansada de un cirujano tras una guardia de veinticuatro horas.

El metal chirrió ligeramente, quejándose por la falta de un aceite que nadie en esa casa se iba a molestar en comprar.

Arrastró los pies por el pasillo estrecho del piso de Aluche, sintiendo cada baldosa fría a través de las suelas desgastadas de sus zapatos de trabajo.

El olor a aceite refrito y a perejil rancio la recibió antes de que pudiera siquiera soltar el bolso sobre el recibidor.

Era un aroma espeso, de esos que se te meten en el pelo y te recuerdan que la vida doméstica tiene su propia factura oculta.

Marta soltó un suspiro largo, un hilo de aire que arrastraba las diez horas reglamentarias de su jornada en la tienda de telefonía del centro comercial.

Dejó las llaves sobre la bandeja de plástico translúcido, provocando un tintineo sutil que fue devorado de inmediato por un ruido mucho más estridente.

Desde el fondo del pasillo, en la penumbra del salón, emergía el parpadeo azulado de la televisión y el rugido de un motor virtual a revoluciones inhumanas.

Sergio estaba completamente integrado en el sofá, con las piernas estiradas sobre la mesa de centro y los pulgares ejecutando una coreografía frenética sobre los mandos de la PlayStation.

Llevaba puestos los cascos con micrófono integrado, de esos con luces led que parpadeaban en un color verde fosforito bastante ridículo para un hombre de treinta y cinco años.

—¡Entra por la derecha, tío, que te está comiendo la tostada! —gritó Sergio a la pantalla, sin percatarse de la presencia de su mujer.

Marta se quedó estática en el umbral de la cocina, con el abrigo todavía puesto y la bufanda asfixiándole el cuello.

La escena que se extendía ante sus ojos era digna de un yacimiento arqueológico del desastre cotidiano.

La encimera de granito gris apenas se intuía debajo de una cordillera de platos sucios, vasos con cercos de leche refrita y tres sartenes cubiertas por una capa de grasa amarillenta.

Un cartón de leche vacío yacía de lado junto al fregadero, goteando la última gota sobre un tique de la compra arrugado.

El cubo de la basura, saturado desde la noche anterior, mostraba un equilibrio físico milagroso con un envase de plástico de cruasanes coronando la cima.

Marta sintió un pinchazo agudo justo detrás de las cejas, el aviso inequívoco de una migraña que venía pisando fuerte.

Se quitó la bufanda con un movimiento violento, como si se liberara de una soga invisible, y la tiró sobre una de las sillas de la cocina.

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