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La Verdad sobre Verónica Castro y Luis Miguel: Un Anillo, una Mansión y 30 Años de SILENCIO

La Verdad sobre Verónica Castro y Luis Miguel: Un Anillo, una Mansión y 30 Años de SILENCIO

Sevilla. Semana  Santa de 1984. Una procesión avanza despacio por las calles del centro. Sirios encendidos, capirotes morados.  Un cristo de madera del siglo X balanceándose sobre los hombros de 15 hombres. Y entre el  público, en primera fila, dos personas que jamás deberían haberse cruzado.

 Un hombre de 62  años, casado, expresidente de México, con dos guardaespaldas formando un círculo discreto alrededor  de él y una mujer de 38, rubia, alta, con acento ligeramente extranjero, que había viajado a España por una gira  de trabajo y aquella tarde paseaba sola por el barrio de Santa Cruz. De pronto, entre el ruido  de las saetas y los aplausos del público, una voz grave atraviesa la multitud.

Sasha, ella se gira, busca y entonces lo ve. ¿Qué hace usted  aquí?, le pregunta él. ¿Qué hace usted aquí, señor?, le contesta ella. 3 segundos. Y a  partir de ese momento, la historia política de México y la vida personal de una de las estrellas más controvertidas del  cine mexicano de los años 70 no volverían a ser las mismas.

Si naciste viendo cine mexicano, si conoces la palabra los pinos como algo  más que un palacio, suscríbete. Esto va a poner del revés lo que creía saber sobre los presidentes de este país. Aquel hombre era José López  Portillo Pacheco, el presidente que en 1982 había llegado a llorar en cadena nacional jurando defender el peso como un perro.

El presidente que devaluó la moneda tres veces en 6 años, el que nacionalizó la banca de un plumazo, el que entregó la presidencia entre acusaciones  de corrupción y un país hundido económicamente. Y aquella mujer era  Alexandra Achimovic Popovic, hija de una varonesa yugoslava que había huído de los  nazis con apenas 13 años.

Nacida en la ciudad italiana de Bari en  1946. y conocida en todo México por su nombre artístico, Sasha Montenegro, la actriz que  en los años 70 y 80 llenó las salas de cine con películas que la familia  López Portillo jamás habría permitido proyectar en su palacio presidencial. Bellas de noche, las ficheras, muñecas de medianoche, cine de ficheras, el género más popular y más despreciado del México de aquella época.

 Y aquí está la pregunta que durante 40 años nadie en México se ha  atrevido a contestar del todo. ¿Cómo terminó la actriz más sensual del cine mexicano de los 70 al lado del expresidente más cuestionado de la historia moderna del  país? ¿Por qué Sasha Montenegro renunció a su carrera, a sus películas, a su libertad  para esconderse durante 20 años con un hombre que estaba casado, que tenía cuatro hijos y que  cargaba con uno de los gobiernos más impopulares en la memoria reciente de México? ¿Y por

qué cuando él murió en febrero de 2004 no le dejó absolutamente nada en herencia? Salvo una propiedad llamada, irónicamente la colina del  perro. Esta es la historia de un amor, pero también es la historia  de una traición y sobre todo es la historia de una mujer aristocrática venida desde el otro lado del mundo, que se convirtió contra todo pronóstico  en la viuda más despreciada de México.

 Hoy vamos a recorrer cada uno de los momentos clave. La voz que la llamó en Sevilla, los hijos secretos,  la esposa oficial que sabía todo y callaba. la  hermana del presidente que la odiaba con todas sus fuerzas. La boda discreta de 1995,  los juicios que llegaron después y la cama de hospital en la que ella, ya muy enferma, susurró su última frase sobre el hombre al que había amado durante dos décadas.

Lo que Televisa y los medios  mexicanos prefirieron callar empieza a contarse ahora.  Para entender lo que pasó esa tarde de Semana Santa en Sevilla, hay que entender primero quién era Sasha  Montenegro en 1984. tenía 38 años y aunque acababa de protagonizar la película más exitosa de su carrera,  Bellas de noche, lanzada en 1975 bajo la dirección de Miguel Marte, empezaba a sentir que el cine mexicano la estaba dejando atrás.

 El género que la había hecho famosa, el llamado Cine de ficheras, estaba en plena decadencia. Eran películas que llenaban las salas de cine de provincia, comedias  picantes, con desnudos cortos, con números musicales improvisados, con humor de cantina y un toque romántico  que enamoraba a las masas populares.

Pero la clase media mexicana, los críticos serios, las grandes  productoras las consideraban basura. Sasha lo sabía y aún  así, durante toda la década de los 70 había aceptado papel tras papel. Había salido en más de 40 películas. Había trabajado  con Andrés García, con Jorge Rivero, con Lalo el Mimo, con Sasha Montenegro  como protagonista o como secundaria de lujo.

Y se había convertido,  según los críticos de la época, en la diva del cine de ficheras. Pero detrás de aquella  imagen pública había otra Sasha que casi nadie conocía. La verdadera  Sasha Montenegro era una mujer culta, leída, con educación europea. Hablaba  cuatro idiomas perfectamente.

Había crecido en una casa donde se discutía de política internacional, de filosofía, de arte clásico. Su  madre, una varonesa yugoslava de la familia Achimovic, había huído de los nazis con apenas 13 años. Su padre, un médico  italiano, había muerto cuando Sasha era todavía pequeña y la familia, perseguida por la guerra y luego por el comunismo de Tito, había terminado emigrando a México a finales de los años 50.

Alexandra, que pronto se haría llamar Sasha, había aprendido el español de las telenovelas y a los 16 años ya  estaba haciendo sus primeros papelitos en el cine mexicano, pero por dentro Sasha siempre se había sentido fuera de lugar. Una aristócrata yugoslava trabajando en comedias picantes de Acapulco.

 Una mujer con cuatro  idiomas vendiendo carteles de bikini para revistas masculinas. Una hija de varonesa firmando  autógrafos en los pasillos de los estudios Churubusco. En 1982,  cuando José López Portillo entregaba la presidencia entre lágrimas y promesas rotas, Sasha Montenegro  acababa de cumplir 36 años y empezaba a darse cuenta de que el cine mexicano  ya no la quería como antes.

 Las productoras le pedían personajes cada vez más jóvenes, cada vez más  ligeros. Los directores le ofrecían papeles secundarios y la prensa rosa empezaba a hablar de ella en pasado. Por eso, cuando en 1984 le ofrecieron viajar a España para una gira de trabajo,  aceptó sin pensarlo. Necesitaba alejarse de México.

  Necesitaba pensar qué hacer con el resto de su vida y necesitaba, sobre todo,  sentirse algo distinto de la diva del cine de ficheras. Y entonces ocurrió aquella tarde de Semana Santa, paseando sola por el centro de Sevilla,  una voz grave la llamó por su nombre desde el otro lado de la procesión.

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