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La Verdad sobre Verónica Castro y Luis Miguel: Un Anillo, una Mansión y 30 Años de SILENCIO

La Verdad sobre Verónica Castro y Luis Miguel: Un Anillo, una Mansión y 30 Años de SILENCIO

Sevilla. Semana  Santa de 1984. Una procesión avanza despacio por las calles del centro. Sirios encendidos, capirotes morados.  Un cristo de madera del siglo X balanceándose sobre los hombros de 15 hombres. Y entre el  público, en primera fila, dos personas que jamás deberían haberse cruzado.

 Un hombre de 62  años, casado, expresidente de México, con dos guardaespaldas formando un círculo discreto alrededor  de él y una mujer de 38, rubia, alta, con acento ligeramente extranjero, que había viajado a España por una gira  de trabajo y aquella tarde paseaba sola por el barrio de Santa Cruz. De pronto, entre el ruido  de las saetas y los aplausos del público, una voz grave atraviesa la multitud.

Sasha, ella se gira, busca y entonces lo ve. ¿Qué hace usted  aquí?, le pregunta él. ¿Qué hace usted aquí, señor?, le contesta ella. 3 segundos. Y a  partir de ese momento, la historia política de México y la vida personal de una de las estrellas más controvertidas del  cine mexicano de los años 70 no volverían a ser las mismas.

Si naciste viendo cine mexicano, si conoces la palabra los pinos como algo  más que un palacio, suscríbete. Esto va a poner del revés lo que creía saber sobre los presidentes de este país. Aquel hombre era José López  Portillo Pacheco, el presidente que en 1982 había llegado a llorar en cadena nacional jurando defender el peso como un perro.

El presidente que devaluó la moneda tres veces en 6 años, el que nacionalizó la banca de un plumazo, el que entregó la presidencia entre acusaciones  de corrupción y un país hundido económicamente. Y aquella mujer era  Alexandra Achimovic Popovic, hija de una varonesa yugoslava que había huído de los  nazis con apenas 13 años.

Nacida en la ciudad italiana de Bari en  1946. y conocida en todo México por su nombre artístico, Sasha Montenegro, la actriz que  en los años 70 y 80 llenó las salas de cine con películas que la familia  López Portillo jamás habría permitido proyectar en su palacio presidencial. Bellas de noche, las ficheras, muñecas de medianoche, cine de ficheras, el género más popular y más despreciado del México de aquella época.

 Y aquí está la pregunta que durante 40 años nadie en México se ha  atrevido a contestar del todo. ¿Cómo terminó la actriz más sensual del cine mexicano de los 70 al lado del expresidente más cuestionado de la historia moderna del  país? ¿Por qué Sasha Montenegro renunció a su carrera, a sus películas, a su libertad  para esconderse durante 20 años con un hombre que estaba casado, que tenía cuatro hijos y que  cargaba con uno de los gobiernos más impopulares en la memoria reciente de México? ¿Y por

qué cuando él murió en febrero de 2004 no le dejó absolutamente nada en herencia? Salvo una propiedad llamada, irónicamente la colina del  perro. Esta es la historia de un amor, pero también es la historia  de una traición y sobre todo es la historia de una mujer aristocrática venida desde el otro lado del mundo, que se convirtió contra todo pronóstico  en la viuda más despreciada de México.

 Hoy vamos a recorrer cada uno de los momentos clave. La voz que la llamó en Sevilla, los hijos secretos,  la esposa oficial que sabía todo y callaba. la  hermana del presidente que la odiaba con todas sus fuerzas. La boda discreta de 1995,  los juicios que llegaron después y la cama de hospital en la que ella, ya muy enferma, susurró su última frase sobre el hombre al que había amado durante dos décadas.

Lo que Televisa y los medios  mexicanos prefirieron callar empieza a contarse ahora.  Para entender lo que pasó esa tarde de Semana Santa en Sevilla, hay que entender primero quién era Sasha  Montenegro en 1984. tenía 38 años y aunque acababa de protagonizar la película más exitosa de su carrera,  Bellas de noche, lanzada en 1975 bajo la dirección de Miguel Marte, empezaba a sentir que el cine mexicano la estaba dejando atrás.

 El género que la había hecho famosa, el llamado Cine de ficheras, estaba en plena decadencia. Eran películas que llenaban las salas de cine de provincia, comedias  picantes, con desnudos cortos, con números musicales improvisados, con humor de cantina y un toque romántico  que enamoraba a las masas populares.

Pero la clase media mexicana, los críticos serios, las grandes  productoras las consideraban basura. Sasha lo sabía y aún  así, durante toda la década de los 70 había aceptado papel tras papel. Había salido en más de 40 películas. Había trabajado  con Andrés García, con Jorge Rivero, con Lalo el Mimo, con Sasha Montenegro  como protagonista o como secundaria de lujo.

Y se había convertido,  según los críticos de la época, en la diva del cine de ficheras. Pero detrás de aquella  imagen pública había otra Sasha que casi nadie conocía. La verdadera  Sasha Montenegro era una mujer culta, leída, con educación europea. Hablaba  cuatro idiomas perfectamente.

Había crecido en una casa donde se discutía de política internacional, de filosofía, de arte clásico. Su  madre, una varonesa yugoslava de la familia Achimovic, había huído de los nazis con apenas 13 años. Su padre, un médico  italiano, había muerto cuando Sasha era todavía pequeña y la familia, perseguida por la guerra y luego por el comunismo de Tito, había terminado emigrando a México a finales de los años 50.

Alexandra, que pronto se haría llamar Sasha, había aprendido el español de las telenovelas y a los 16 años ya  estaba haciendo sus primeros papelitos en el cine mexicano, pero por dentro Sasha siempre se había sentido fuera de lugar. Una aristócrata yugoslava trabajando en comedias picantes de Acapulco.

 Una mujer con cuatro  idiomas vendiendo carteles de bikini para revistas masculinas. Una hija de varonesa firmando  autógrafos en los pasillos de los estudios Churubusco. En 1982,  cuando José López Portillo entregaba la presidencia entre lágrimas y promesas rotas, Sasha Montenegro  acababa de cumplir 36 años y empezaba a darse cuenta de que el cine mexicano  ya no la quería como antes.

 Las productoras le pedían personajes cada vez más jóvenes, cada vez más  ligeros. Los directores le ofrecían papeles secundarios y la prensa rosa empezaba a hablar de ella en pasado. Por eso, cuando en 1984 le ofrecieron viajar a España para una gira de trabajo,  aceptó sin pensarlo. Necesitaba alejarse de México.

  Necesitaba pensar qué hacer con el resto de su vida y necesitaba, sobre todo,  sentirse algo distinto de la diva del cine de ficheras. Y entonces ocurrió aquella tarde de Semana Santa, paseando sola por el centro de Sevilla,  una voz grave la llamó por su nombre desde el otro lado de la procesión.

Si crees que el amor no debería tener edad  ni clase social, suscríbete. Quiero que estemos juntos hasta el final de esta historia. Lo que ella  sintió en ese momento, según contaría años más tarde en una entrevista para el programa en compañía de no fue exactamente  un flechazo. “Yo no creo que eso haya sido amor a primera vista”, confesó la actriz.

 Lo que pasa es que el Señor era impactante. Impactante. Esa palabra impactante es probablemente la que mejor define lo que Sasha Montenegro sintió aquella tarde en Sevilla. No fue atracción física,  no fue deseo, fue algo más difícil de explicar. fue la sensación de estar delante de un hombre que había gobernado a un país entero, un hombre  que había manejado el poder absoluto, un hombre que a pesar de sus 62 años transmitía una autoridad que ninguno de los actores  con los que había trabajado tenía y esa

autoridad era exactamente lo que a Sasha le  faltaba en aquel momento. Pero antes de hablar de lo que pasó después de aquella tarde  en Sevilla, hay que entender también quién era José López Portillo en 1984.  Tenía 62 años y aunque  hacía solo 2 años que había salido de la presidencia de México, ya cargaba con un apellido que casi nadie en el país quería pronunciar.

  El sexenio de López Portillo, de 1976 a 1982 había sido  uno de los más controvertidos de la historia moderna de México. Había empezado con un descubrimiento glorioso, los grandes yacimientos petroleros de Cantarel, una riqueza que parecía infinita, un país que durante unos años creyó que iba  a convertirse en una potencia mundial y había terminado con la peor crisis económica  desde la revolución.

El peso devaluado tres veces, la deuda  externa disparada, la banca nacionalizada en una decisión sorpresa que dejó a miles  de empresarios al borde de la quiebra. Y un discurso final en septiembre de 1982,  donde el presidente había llorado en cadena nacional jurando defender el peso como un perro.

Esa frase, “Defender el peso como  un perro se le quedaría pegada para el resto de su vida”. Cuando salió  de la presidencia en diciembre de 1982, el pueblo [carraspeo] mexicano lo despreciaba abiertamente.  Le gritaban ladrón por las calles, le tiraban  tomates en los aeropuertos, le cantaban canciones burlándose de él y la prensa internacional  lo había rebautizado con un apodo cruel.

Jolopo, el acrónimo de su nombre, pero también la  onomatopella de algo grasoso, ridículo, vergonzoso. López Portillo durante toda  su vida había sido un hombre acostumbrado al poder, hijo de una familia acomodada  del Distrito Federal, abogado, profesor universitario, funcionario  público desde muy joven y sobre todo un hombre con una vida personal muy poco convencional para la clase política mexicana de los años 70.

Su biografía oficial incluía una infancia entre libros, una juventud entre viajes a Europa y una madurez marcada por las relaciones de poder. Conocía a todos los líderes latinoamericanos de su generación. Había cenado con los presidentes de Estados Unidos. Había gobernado un país con una economía petrolera en expansión brutal.

Pero por dentro,  José López Portillo, era también un hombre con una sensibilidad artística  que muy pocos políticos mexicanos tenían. Escribía poesía, pintaba, leía filosofía clásica, citaba a los autores grecolatinos  en sus discursos presidenciales y vivía rodeado de bibliotecas privadas que algunos visitantes describían como las más impresionantes del país.

 Estaba casado oficialmente con Carmen Romano Nolk, conocida popularmente  como la reina de las pirámides por el ostentoso estilo con el que había vivido durante el sexenio. Carmen era pianista profesional, mujer culta, religiosa y le había dado al expresidente cuatro hijos legítimos: José Ramón, Carmen Beatriz, Paulina y un cuarto que murió siendo niño.

  Pero el matrimonio entre López Portillo y Carmen Romano llevaba años desecho, no formalmente, pero sí emocionalmente. Durante el sexenio,  los rumores sobre infidelidades del presidente eran constantes. Modelos, actrices, periodistas,  secretarias. Su nombre aparecía vinculado en susurros y revistas de  chismes con casi cualquier mujer atractiva con la que se le veía coincidir.

  Pero Carmen Romano nunca se divorció, nunca habló, nunca abandonó el papel de primera dama. Aguantó hasta el  día en que su marido, ya expresidente, la mandó a vivir a una casa separada en el año 1983. sin papeles oficiales  de divorcio, sin escándalo público, pero también sin matrimonio  real.

 Y por eso, en 1984, cuando José López Portillo decidió viajar  a España, viajaba como un hombre formalmente casado, pero en la práctica completamente libre. Y en Sevilla, durante una procesión de Semana Santa, vio a una mujer rubia entre la  multitud. la reconoció enseguida porque como buena parte de los mexicanos de su generación, José  López Portillo había visto al menos una de las películas de Sasha Montenegro, aunque jamás lo habría admitido en público.

 Pronunció su nombre desde el  otro lado de la procesión y cuando ella se giró, algo  cambió para los dos, aunque ninguno de los dos lo sabía todavía. Esa misma tarde,  después de la procesión, José López Portillo y Sasha Montenegro caminaron juntos por las calles del barrio de Santa Cruz  hasta encontrar un pequeño restaurante.

Pidieron tapas, vino tinto y se quedaron hablando durante más de 3 horas. Él le  contó cómo había sido su salida de la presidencia, las traiciones de los que él consideraba sus amigos, la hostilidad  del pueblo mexicano, la crisis personal de un hombre que durante 6 años había sido todopoderoso y ahora vivía prácticamente exiliado en una propiedad rural fuera de la Ciudad de México.

Ella le contó lo que había sido su vida, la huida de su madre yugoslava, el cine de ficheras,  los papeles que le ofrecían cada vez con menos brillo y la sensación de que  a los 38 años México empezaba a olvidarla. Aquella  primera cena duró hasta la madrugada, pero ninguno de los dos quiso seguir más allá.

López Portillo  le pidió su teléfono en México. Sasha se lo dio y se despidieron  en la puerta del restaurante con un beso en la mejilla, como dos viejos  conocidos que se habían reencontrado por casualidad, solo que jamás se habían  visto antes en su vida.

 Si has llegado hasta aquí es porque  te importa. Suscríbete antes de continuar. Cuando Sasha  Montenegro volvió a México, semanas después encontró un sobre esperándola en su casa  de Cuernavaca. Dentro una carta escrita a mano, larga con la caligrafía  firme de un hombre acostumbrado a firmar decretos presidenciales.

López Portillo  le pedía que se vieran a solas en su casa privada. Sasha aceptó y desde  ese momento, durante el siguiente año entero, los dos vivieron una relación que ningún periodista mexicano  consiguió documentar. Encuentros en propiedades aisladas, cenas privadas, llamadas  telefónicas a las 3 de la madrugada, cartas escritas a mano que ella guardaría hasta el día de su muerte.

Y en 1985 ocurrió lo que ninguno de los dos había planeado. Sasha Montenegro se quedó embarazada. La noticia, según contaría ella misma años más tarde, no fue recibida  con alegría inmediata por parte de él. López Portillo seguía estando formalmente casado con Carmen Romano. Sus hijos legítimos  eran ya adultos jóvenes que empezaban a tener vida propia y un escándalo público sobre un hijo ilegítimo con una actriz  del cine de ficheras.

podía destruir lo poco que le quedaba de prestigio  social al expresidente. Pero Sasha tomó una decisión, iba a tenerlo y si López Portillo  no quería formar parte de la vida de su hijo, ella lo criaría sola. López Portillo  le insistió, le pidió tiempo, le pidió discreción, le pidió sobre  todo que no hiciera pública la identidad del padre y Sasha aceptó.

A finales de 1985 nació Nabila López Portillo Achimovic, una niña rubia con los ojos claros de su madre y las facciones marcadas de su padre. Y dos años después, en 1987,  llegó el segundo hijo, Alejandro López Portillo Achimovic, dos hijos, dos secretos y una  mujer aristocrática que había decidido renunciar a su carrera de actriz para criar sola  a dos niños que apenas veían a su padre.

Porque Sasha Montenegro, a partir del nacimiento de Navila, prácticamente dejó de aceptar papeles importantes en el cine mexicano. Las  productoras le ofrecían trabajo, los directores la llamaban, pero ella  una y otra vez decía que no. Era una decisión consciente. Sabía que si volvía a aparecer en pantalla protagonizando una comedia  picante, los hijos que estaba criando sufrirían las burlas en la escuela.

Y sabía también que si crecían viendo a su madre en portadas  de revistas masculinas, la relación entre ellos jamás sería la misma.  Así que Sasha desapareció. Las películas que protagonizó después de 1985  se pueden contar con los dedos de una mano. La estrella del cine de ficheras, la diva de los carteles,  la mujer que había protagonizado Bellas de noche, ya no  existía.

En su lugar vivía en Cuernavaca una madre soltera con dos hijos rubios  y un secreto que apenas podía contar a sus amigas más cercanas. Mientras tanto, en México, Carmen Romano seguía siendo oficialmente la esposa  del expresidente. Vivía en una casa separada. Casi no se  hablaba con su marido, pero el matrimonio nunca se rompió formalmente.

Y Sasha Montenegro  durante casi 10 años vivió en lo que los franceses llaman menaje Cache. Una vida  escondida, una vida sin oficialización, una vida en la que cada visita pública de López  Portillo a Cuernavaca tenía que justificarse como viaje de trabajo. Pero los periodistas mexicanos  lo sabían.

 Los empresarios lo sabían, los políticos lo sabían y sobre todo la familia legítima de López  Portillo lo sabía, especialmente una persona, Margarita López Portillo, la hermana del expresidente y la  mujer que según testimonios de gente cercana a la familia jamás le perdonó a Sasha Montenegro lo que estaba haciendo con su hermano.

Margarita era  5 años mayor que José, funcionaria pública, directora durante años de radio, televisión y cinematografía de México  durante el sexenio de su hermano. Una mujer de clase media alta, católica, conservadora, profundamente protectora del apellido familiar. Durante  el sexenio de su hermano, Margarita había acumulado un poder paralelo muy considerable.

Manejaba a su antojo  la producción cinematográfica nacional. Decidía qué películas se subvencionaban y cuáles no. Controlaba parte importante  del aparato cultural del país y, sobre todo, había desarrollado una red de contactos en los medios  mexicanos que después le sería extremadamente útil.

Y Sasha  Montenegro representaba para Margarita todo lo que el apellido López Portillo no  debía mezclarse jamás. una actriz de películas con desnudos, una mujer divorciada, una extranjera, una mujer 24  años más joven que su hermano y sobre todo una mujer que estaba teniendo  hijos con un hombre que seguía legalmente casado con Carmen Romano.

Las  palabras exactas que Margarita habría dicho sobre Sasha, según fuentes cercanas a la familia  citadas por periodistas como Gustavo Adolfo Infante, eran extremadamente duras. Esa mujer no entrará jamás a esta familia. Mi hermano está siendo manipulado. Esos hijos no son hijos del apellido López Portillo.

Frases que Margarita habría repetido durante años a quien quisiera escucharla. En los círculos políticos de Los Pinos, en las cenas familiares, en las llamadas telefónicas con los abogados de la familia y sobre todo en las redacciones de  las revistas de espectáculos mexicanos.

 donde Margarita tenía amigos personales desde los  años 70 y mientras Margarita hacía campaña privada contra Sasha, Carmen Romano hacía exactamente lo contrario. Carmen Romano callaba, aguantaba. Vivía en su casa separada, dedicada a la música  clásica y a la fe católica. Y aunque sabía perfectamente todo lo que  estaba pasando entre su marido y la actriz, decidió que el silencio era la mejor estrategia.

por orgullo,  por dignidad y quizás por una cuestión todavía más práctica. Mientras Carmen Romano siguiera siendo legalmente la esposa de José López Portillo, todos los bienes patrimoniales del expresidente, las propiedades, las cuentas bancarias, las inversiones seguían perteneciendo al matrimonio oficial y por tanto en caso de fallecimiento a sus hijos legítimos.

Sasha Montenegro y sus hijos no tendrían absolutamente nada. Y eso, según gente cercana  a Carmen Romano, era exactamente lo que ella quería. Pero entonces, en mayo de 1989, ocurrió algo que cambiaría todo el equilibrio. Carmen Romano murió.  Tenía solo 54 años. Llevaba meses enferma de cáncer de pulmón.

 Y aunque José López Portillo la visitó en sus últimas semanas, las versiones sobre lo que pasó entre ellos  en aquellas visitas son contradictorias. Hay quienes dicen  que Carmen le perdonó. Hay quienes dicen que le pidió que jamás se casara con Sasha Montenegro. Hay quienes  dicen incluso que Carmen le hizo prometer en su lecho de muerte que los hijos legítimos serían siempre prioritarios  sobre cualquier otro hijo natural.

Lo único que se sabe con certeza es que tras la muerte  de Carmen Romano, José López Portillo pasó por uno de los periodos más oscuros de  su vida. Tardó casi 6 años en volver a hablar de matrimonio con Sasha. 6 años en los que Margarita López  Portillo aprovechó para reforzar su control sobre la familia.

6 años en los que los hijos legítimos de López Portillo  empezaron a tomar las riendas del patrimonio familiar. 6 años en los  que Sasha Montenegro, en su casa de Cuernavaca, criaba sola a Nabila y a Alejandro,  esperando una decisión que tardaba en llegar hasta que finalmente en 1995 ocurrió.

José López Portillo,  a los 73 años decidió casarse con Sasha Montenegro. Pero ya era tarde, mucho más tarde de lo que ninguno  de los dos había imaginado. La boda fue discreta, casi secreta, una ceremonia civil en una propiedad privada. Pocos  invitados, ningún miembro de la prensa y sobre todo ningún hijo legítimo de López Portillo  asistió.

 Ni José Ramón, ni Carmen Beatriz, ni Paulina. Tampoco asistió Margarita. La hermana del expresidente había mandado un mensaje claro a través de sus abogados. Si su hermano se casaba con esa mujer, ella rompería  públicamente con él. Y José López Portillo, por primera vez en su vida, decidió ignorar a su hermana.

 se casó  con Sasha Montenegro, pero el precio de aquella decisión fue altísimo. Margarita cumplió  su amenaza, rompió relaciones con su hermano y empezó junto con los hijos  legítimos del expresidente una guerra silenciosa que duraría hasta  el último día de la vida de José López Portillo.

Una guerra patrimonial. Porque mientras la familia legítima  aceptaba que Sasha era ahora oficialmente la esposa del expresidente,  ninguno de ellos estaba dispuesto a perder un solo peso de la herencia que les  correspondía y los abogados empezaron a moverse. En los años  siguientes a la boda, José López Portillo fue lentamente perdiendo el  control de su patrimonio.

Sus hijos legítimos, asesorados por equipos legales  pagados con dinero familiar, fueron traspasando propiedades a fide y comisos, vendiendo  terrenos, cerrando empresas que llevaban su apellido y dejando al expresidente cada vez más con apenas el control de su vida cotidiana. Las maniobras  eran sofisticadas.

Los abogados de la familia legítima conocían perfectamente la legislación patrimonial mexicana. sabían cómo crear estructuras corporativas que protegieran los bienes del  expresidente sin que él mismo se diera cuenta de que estaba perdiendo el control. Y sobre todo, sabían cómo justificar legalmente cada movimiento como una decisión libre del propio López Portillo.

 Sasha lo veía todo, pero no podía hacer nada. Cualquier intento de su parte por proteger los intereses económicos de su marido era interpretado por  la familia legítima como una maniobra para apropiarse de la herencia. Y los medios mexicanos  durante esos años alimentaron esa narrativa. Sasha Montenegro fue retratada por la  prensa rosa una y otra vez como La Casa Fortunas, la actriz de cine de  ficheras que se había metido en la cama del expresidente por interés.

 la extranjera  que estaba robándole la herencia a los verdaderos hijos. Esa narrativa  caló profundo en el imaginario colectivo mexicano y aunque Sasha la negaba en cada entrevista, las pruebas que se iban acumulando parecían reforzarla por la edad, por la diferencia de clase social, por el cine de ficheras, por todo lo que ella representaba para una clase media mexicana profundamente conservadora.

Porque  José López Portillo, ya casado oficialmente, decidió hacer algo que sorprendió a propios y a extraños. Reconoció legalmente a Nabila y a Alejandro como sus hijos. Les puso el apellido  López Portillo y los incluyó oficialmente en el testamento. Eso para la familia legítima fue  una declaración de guerra.

Si Nabila y Alejandro tenían apellido López Portillo, podían reclamar derechos hereditarios  al mismo nivel que los hijos legítimos. Es decir, los hijos  de Carmen Romano tendrían que compartir la herencia con los dos hijos de Sasha y el patrimonio, ya muy reducido por  las maniobras anteriores, se dividiría en seis partes en lugar de cuatro.

A  los hijos legítimos no les gustó y a Margarita López Portillo todavía. Pero el expresidente,  a esas alturas de su vida, ya no estaba dispuesto a ceder. Llevaba más de 10 años viviendo con Sasha Montenegro.  Había criado a Nabila y a Alejandro como propios. Y aunque entendía que la familia legítima nunca aceptaría a su segunda  esposa, quería al menos asegurarse de que sus dos hijos naturales tuvieran un futuro digno.

 O al menos  eso es lo que él pensaba en 1995. Porque lo que  José López Portillo no sabía era que su salud estaba a punto de deteriorarse  de forma irreversible y que su hermana Margarita iba a aprovechar ese deterioro  físico para dar el último golpe definitivo contra Sasha Montenegro y sus dos hijos.

  Un golpe del que la actriz tardaría años en recuperarse. A principios de los 2000,  José López Portillo empezaba a tener problemas serios de salud. Tenía casi 80 años. La memoria  empezaba a fallarle. Las piernas no le respondían como antes. Necesitaba ayuda para tareas básicas  y, sobre todo, su capacidad de tomar decisiones legales y financieras importantes estaba  claramente deteriorada.

 Y en ese momento, según gente que vivió de cerca esos años, Margarita López Portillo empezó a maniobrar. Sus abogados convencieron al expresidente  ya muy debilitado, de que Sasha Montenegro le estaba robando la herencia, que sus hijos  legítimos estaban siendo despojados, que el apellido López Portillo estaba siendo manchado  y le pusieron delante un documento, una solicitud de  divorcio.

 En el año 2003, José López Portillo firmó esa solicitud y los abogados  de la familia legítima iniciaron formalmente el proceso de divorcio  contra Sasha Montenegro. Sasha quedó destrozada después  de casi 20 años a su lado, después de criar sola a sus dos hijos durante la primera década, después de aguantar  el desprecio de Margarita, la hostilidad de los hijos legítimos, las narrativas de la  prensa rosa que la pintaban como casa fortunas, ahora su propio marido le pedía el divorcio. Sasha

 contrató a sus propios abogados y la batalla legal empezó. Los abogados  de Sasha argumentaron que José López Portillo no estaba en plena capacidad mental cuando firmó la solicitud  de divorcio, que había sido manipulado por su hermana, que el documento debía considerarse nulo.

 Presentaron  testimonios médicos, informes psiquiátricos, declaraciones de personas que habían visto al expresidente en sus últimas semanas y que coincidían en lo mismo. López Portillo, en el momento de firmar aquel papel, ya no era capaz de tomar decisiones complejas. Confundía nombres. Olvidaba conversaciones recientes.

 A veces no reconocía a sus propios hijos. Los abogados de la familia legítima argumentaron exactamente lo contrario. Presentaron médicos que decían que el expresidente estaba perfectamente lúcido. Citaron testigos que  aseguraban haberlo visto firmar documentos con plena conciencia de lo que hacía y acusaron  a Sasha Montenegro una vez más de querer manipular a un anciano enfermo para quedarse con la fortuna familiar.

 Los medios mexicanos durante esos meses no hablaron de otra cosa. La actriz  contra la familia presidencial, la extranjera contra la hermana del expresidente, la casa fortuna, según unos,  contra la víctima del manipuleo, según otros. Y mientras los jueces se reunían, mientras los expedientes se acumulaban, mientras la prensa mexicana volvía a hablar de la Casa Fortunas Yugoslava, José López Portillo, en su casa de Cuernavaca se moría lentamente hasta que llegó el día 17 de febrero de

  1. José López Portillo Pacheco, expresidente de  México, murió en su casa a los 83 años. oficialmente  de complicaciones derivadas de una neumonía, pero el proceso de divorcio seguía  abierto y aquí ocurrió algo que casi nadie en México sabe. Los jueces, después de revisar el expediente completo, decidieron que el divorcio era nulo, que José López  Portillo no había estado en condiciones mentales para tomar esa decisión y que por lo tanto Sasha  Montenegro seguía siendo legalmente su esposa en el

momento de su muerte. Sasha ganó el juicio después de muerto, pero la victoria  fue agridulce porque mientras los tribunales le reconocían el estatus de viuda legítima, el patrimonio que su marido había acumulado  durante toda su vida ya estaba prácticamente vacío. Las propiedades habían sido traspasadas a fideicomisos  controlados por los hijos legítimos.

Las cuentas bancarias importantes habían sido cerradas o repartidas años antes.  Las empresas con el apellido López Portillo habían sido  vendidas o reorganizadas. Y a Sasha Montenegro, después de 20  años al lado del expresidente le quedó únicamente una propiedad, la colina del perro.

  Una mansión rural en las afueras de la ciudad de México. Hermosa, sí. Valiosa, sí. Pero apenas una fracción de lo que un expresidente mexicano normalmente deja al morir.  el nombre de la propiedad, la colina del perro se convertiría con los años en una metáfora  brutal de toda esta historia, porque José López Portillo había prometido en 1982 defender el peso  como un perro y al final de su vida lo único que pudo  dejarle a la mujer que lo había amado durante dos décadas fue una colina con el nombre del animal de aquella

promesa rota.  Después de la muerte de José López Portillo, Sasha Montenegro vivió otros 20 años. 20 años en silencio relativo,  apartada de la prensa, apartada de las cámaras, dedicada únicamente a sus dos hijos, Nabila y Alejandro, que ya eran adultos  jóvenes. Sus apariciones públicas durante esos años fueron escasas.

 una entrevista  aquí, una alfombra roja allá, una visita ocasional a un programa de televisión donde le preguntaban siempre lo mismo. ¿Cómo recuerda usted a José López  Portillo? Y Sasha respondía siempre con la misma elegancia. Fue el amor de mi vida y no me arrepiento de ni un  solo día. Lo decía sin amargura, sin reproche, sin victimismo, aunque la gente cercana  sabía que por dentro Sasha sí cargaba con muchos resentimientos hacia Margarita, sobre todo, hacia los hijos legítimos, hacia los abogados que

habían maniobrado  para dejarla sin herencia y hacia la prensa mexicana que durante  décadas la había pintado como casa fortunas. Pero Sasha tenía algo que nadie podía quitarle, a sus dos hijos, Nabila y Alejandro  López Portillo Achimovic, que crecieron, estudiaron  carreras, formaron sus propias vidas y mantuvieron siempre una relación cercanísima con su madre.

Sasha  Montenegro siguió viviendo en la colina del perro hasta los últimos años de su vida y aunque la prensa intentó muchas veces sacarla del retiro,  ella casi siempre se negaba hasta que en 2023 le diagnosticaron un  cáncer de pulmón muy agresivo. Tenía 77 años.

 El cáncer avanzó rápido y al cáncer se le sumó en los últimos  meses un derrame cerebral que terminó por dejarla casi sin voz. El 14 de febrero de 2024, día de San Valentín en México, Sasha Montenegro murió en una habitación de hospital de la Ciudad de México. Tenía 78 años y a su lado estaban sus dos hijos. La noticia, según contaron periodistas  que cubrieron sus últimos días, sorprendió incluso a su propia familia legítima.

Margarita López Portillo  había muerto algunos años antes y los hijos legítimos del expresidente, ya entrados en años, no enviaron  representación al funeral. Sasha Montenegro fue enterrada con un vestido blanco, sin lápida ostentosa,  sin discursos políticos, sin homenajes oficiales. Apenas un puñado de amigos del cine mexicano, sus dos hijos y una pequeña multitud de fans que recordaban bellas de noche, como si todavía fuera 1975.

Y aquí termina la historia, no con respuestas, con preguntas. ¿Qué hace una mujer cuando el amor de su vida es el expresidente  más despreciado del país? ¿Qué hace una madre cuando sabe que el apellido  que le dio a sus hijos jamás los protegerá del rencor de la familia legítima? ¿Y cuánto vale la dignidad cuando es lo  único que queda al final? Alexandra Achimovic Popovic nunca quiso ser actriz.

  Quería ser pianista clásica como su madre yugoslava. Quería  estudiar idiomas. Quería vivir entre la cultura europea de la que la habían sacado siendo niña, pero la vida la llevó a México  y México la convirtió en Sasha Montenegro, la diva del cine de ficheras, la vedet más codiciada de los años 70  y contra todo pronóstico en la viuda del expresidente más controvertido de la historia moderna.

 Esta  fue la historia de vidas prestadas, la historia de un amor que el poder  político mexicano nunca permitió que existiera en paz. Y la historia de una colina con nombre  de perro que pasó a ser el último regalo de un presidente a la mujer que lo  amó durante 20 años. Si te gustó esta historia, suscríbete al canal, activa  la campanita para no perderte el próximo episodio y déjanos en los comentarios, ¿tú crees que Sasha Montenegro fue  víctima de la familia López Portillo o fue, como decían sus

detractores, una casa fortunas que se aprovechó de un anciano? Te leemos abajo. 

 

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