Posted in

La Tortilla de la Discordia

PARTE 1: La Tortilla de la Discordia

El sábado por la tarde en Madrid tiene un color especial, sobre todo cuando el sol empieza a caer tras los tejados de zinc de Chamberí y entra por la ventana de una cocina que ha visto mejores tiempos, pero que conserva ese encanto de las reformas hechas con más ilusión que presupuesto. Clara estaba en pleno proceso litúrgico: la elaboración de la tortilla de patatas perfecta. Para ella, esto no era solo cocina; era una declaración de principios. Las patatas, de esas que sueltan la cantidad justa de almidón, chisporroteaban en el aceite de oliva virgen extra con un ritmo hipnótico. El aroma, esa mezcla embriagadora de cebolla caramelizándose lentamente y aceite caliente, inundaba el piso, un tercero exterior donde el ruido del tráfico de la calle Sagasta llegaba amortiguado, como un murmullo lejano de una ciudad que nunca sabe cuándo callarse.

Clara era una mujer de detalles. Tenía el pelo recogido en un moño improvisado con un lápiz de madera, y sus manos, expertas en mil batallas domésticas, manejaban la espumadera con una destreza casi marcial. Roberto, su marido, estaba en el salón, supuestamente “poniendo orden” en unos papeles de la oficina, aunque Clara sospechaba que estaba más pendiente de los resultados de la jornada de liga que de las facturas de la consultoría.

— Roberto, ¿has comprado el pan de cristal en el sitio que te dije? —gritó Clara por encima del siseo de la sartén—. Que si me haces una tortilla de este calibre y me la tengo que comer con pan de molde industrial, pido el divorcio por lo penal, te lo aviso.

— ¡Sí, pesada! ¡Lo tengo aquí en la encimera! —respondió Roberto desde el salón, con ese tono de voz que los maridos españoles han perfeccionado durante siglos para indicar que están haciendo algo muy importante cuando en realidad solo están existiendo.

El móvil de Roberto, un dispositivo que él trataba con más mimos que a sus propias plantas de la terraza, descansaba inocentemente sobre la barra de granito que separaba la cocina del resto de la casa. Fue entonces cuando ocurrió. Una vibración corta, un zumbido seco sobre la piedra, seguido de ese destello azulado que hoy en día es el preludio de tantas tragedias y alegrías. Clara, que justo en ese momento se disponía a batir los huevos con la energía de quien se prepara para una maratón, bajó la vista por puro instinto.

La notificación estaba ahí, brillante, impúdica. Un mensaje de WhatsApp. El remitente: “Mi amor”.

Clara sintió un pinchazo frío en la base de la nuca. Al principio, su cerebro, acostumbrado a la rutina de una relación de diez años, intentó buscar una explicación lógica. “Igual soy yo y no me acuerdo de haberle escrito”, pensó. Pero no. Su móvil estaba en el dormitorio, cargándose. Y lo más inquietante: el mensaje que acompañaba al nombre no era precisamente un “compra leche” o un “te quiero, bicho”.

El mensaje decía: “¿Has mirado ya lo de las escrituras? Están en el cajón de doble fondo, ¿no? Avísame si necesitas que pase yo. Besitos, mi amor.”

Clara dejó de batir los huevos. El silencio en la cocina se volvió tan denso que casi se podía cortar con el cuchillo cebollero. El aceite seguía chisporroteando, pero ahora el sonido le parecía el rugido de una tormenta inminente. Dejó el bol sobre la encimera con una parsimonia aterradora. Sus ojos no se apartaban de la pantalla, que se apagó tras unos segundos, dejando su reflejo pálido sobre el cristal negro del dispositivo.

“Escrituras”, repitió mentalmente. “Cajón de doble fondo”. “Besitos, mi amor”.

Vaya tela. Ni en los guiones más truculentos de esas series que Roberto decía que eran “demasiado intensas” se veía una jugada tan sucia. Clara respiró hondo. No era de las que montaba un espectáculo a la primera de cambio, pero si algo le sobraba era ingenio para la ironía punzante, ese deporte nacional que en Madrid se practica con la misma pasión que el tapeo.

— Cariño… —dijo Clara, con una voz tan dulce que habría hecho que un diabético se lo pensara dos veces antes de entrar en la habitación.

— ¿Qué pasa, Clara? ¿Se ha quemado la cebolla? —respondió Roberto, apareciendo por la puerta del salón con una sonrisa despreocupada y esa cara de “no he roto un plato en mi vida” que tanto le gustaba usar.

Clara no se movió. Señaló el móvil con la espumadera, como si fuera una prueba biológica altamente peligrosa hallada en un laboratorio clandestino.

— Te ha escrito “mi amor”… pero fíjate qué cosas tiene la tecnología, que me he dado cuenta de que no soy yo —soltó ella, clavándole una mirada que habría fundido el motor de un coche de carreras en tres segundos.

Roberto se detuvo en seco. Su sonrisa se congeló, transformándose en una mueca que intentaba ser de desconcierto pero que olía a pánico desde tres manzanas de distancia. Sus ojos viajaron del móvil a Clara y de Clara al móvil, buscando desesperadamente una salida de emergencia que no existía en una cocina de ocho metros cuadrados.

— ¿”Mi amor”? Ah… eso… —balbuceó, dando un paso hacia el teléfono con la agilidad de un pingüino en una pista de hielo—. No es lo que parece, Clara. De verdad. Es… es una tontería.

Read More