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La anatomía de la siesta falsa y el incidente de los garbanzos

La anatomía de la siesta falsa y el incidente de los garbanzos

El reloj del microondas parpadea en un rojo fluorescente.

Son las cuatro y doce minutos de la tarde.

Esa hora crítica en España donde el aire pesa y la gravedad te empuja hacia el sofá.

Javi está de pie en el centro del salón.

Lleva puesto un pantalón de chándal gris y una camiseta básica que ha conocido tiempos mejores.

Mira el chaise longue con la intensidad de un depredador estudiando a su presa.

En su mente, está a punto de ejecutar una maniobra de alta precisión psicológica.

La famosa, la mítica, la inalcanzable “siesta de veinte minutos”.

Una mentira tan antigua como la península ibérica.

Todos sabemos que nadie duerme veinte minutos.

Veinte minutos es lo que tardas en encontrar una postura en la que el cojín no te hunda las cervicales.

Pero Javi se miente a sí mismo con una convicción admirable.

Se acerca al sofá.

Coge el cojín beige, el que tiene un pequeño desgarro en la esquina.

Lo ahueca con dos golpes secos.

Perfecto.

Se tumba lentamente, estirando las piernas hasta que sus calcetines rozan el reposabrazos.

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