Y entonces tomó una decisión que cambiaría todo. Abandonó a el amarillo, le dio la espalda a la organización y regresó a Guanajuato con la intención de construir algo propio, algo que fuera completamente suyo. De regreso en su estado natal, Rogel Figueroa identificó algo que en el ambiente criminal se llama una oportunidad de oro.
Existía en la zona del vajío una especie de triángulo oscuro del huachicol, una red de puntos estratégicos donde el combustible desaparecía de los ductos de Pemex y reaparecía mágicamente en el mercado negro, vendiéndose a precios más bajos que en las gasolineras legales. Celaya, Irapuato y Juventino Rosas se convirtieron en sus centros de operaciones.
Tres ciudades perfectamente ubicadas cerca de las líneas más importantes de la empresa petrolera estatal. Y el manual que aplicó para consolidarse fue exactamente el mismo que había aprendido de los setas. Corromper policías, reclutar militares desertores, amenazar a políticos locales, extorsionar empresarios y silenciar a cualquiera que se atreviera a hablar o a denunciar.
Con ese método construyó las bases de lo que se convertiría en el cártel Santa Rosa de Lima, un nombre tomado en honor a la comunidad donde había crecido su madre. Un nombre sencillo para una organización que con el tiempo se volvería mucho más peligrosa de lo que ese nombre sugería. Pero lo que vendría después de la desaparición de Rogel Figueroa cambiaría todo y el nombre que ocuparía su lugar dejaría una huella mucho más profunda y mucho más oscura.
Para 2016, Rochel Figueroa desapareció misteriosamente. Algunos sectores militares llegaron a creer que estaba muerto. Nadie lo sabe con certeza todavía. Pero lo que sí se sabe es que su desaparición dejó un vacío de poder enorme dentro del cártel Santa Rosa de Lima y que ese vacío fue ocupado rápidamente por alguien que llevaba años esperando su momento.
Alguien que había crecido en las mismas calles, que conocía el mismo territorio y que tenía una ambición mucho mayor que cualquiera que hubiera liderado el grupo antes. Ese hombre era José Antonio Yepez Ortiz, el marro. Jeppez Ortiz había crecido en Santa Rosa de Lima, vecino y contemporáneo de Rogel Figueroa.
Desde muy joven había comenzado su carrera delictiva de manera casi metódica, escalando peldaño a peldaño. Primero fueron los robos a negocios del barrio, después los robos a casas particulares y el robo de vehículos. Más adelante llegó la venta de drogas en pequeña escala y los asaltos a camiones de carga en las carreteras del estado.
Cada delito fue preparando al siguiente. Cada paso fue construyendo la reputación que necesitaba para acceder a algo más grande. Y ese algo más grande llegó cuando puso sus ojos en los cargamentos de combustible que salían de la refinería de Salamanca, la más grande e importante de la región. El negocio del huachicol dio a Jepes Ortiz lo que ningún otro crimen menor podía ofrecerle.
Escala industrial, la posibilidad de robar no cientos, sino miles y miles de litros de combustible al día, la posibilidad de venderlo a distribuidores, a pequeños negocios, a gasolineras informales y a particulares que preferían pagar menos, aunque supieran perfectamente que esa gasolina era robada. Y para proteger ese negocio, construyó una red de lealtades basada en dos elementos que siempre han funcionado en el mundo del crimen organizado, el miedo y el dinero.
Utilizó su arraigo profundo en la comunidad para reclutar gente joven que no tenía otras opciones. Pagaba bien, protegía a los suyos y era absolutamente implacable con quienes lo traicionaban o intentaban ponérsele enfrente. Y créeme, lo que descubrirás más adelante sobre cómo termina sufriendo ese mismo hombre dentro de una celda o quizás no sufriendo tanto como aparenta, es algo que te dejará sin palabras.
Para 2017, cuando se asumía definitivamente que Rogel Figueroa había desaparecido para siempre del mapa criminal, el marro tomó el control absoluto del cártel Santa Rosa de Lima. Su apodo, que en español hace referencia directa al martillo, no era casual ni decorativo. Era una advertencia. Servía para recordar a propios y extraños lo que le ocurría a quienes lo traicionaban o se le oponían.
Su símbolo era un triángulo del que sobresalían dos grandes martillos, una imagen que comenzó a aparecer pintada en bardas, en vehículos y en mensajes amenazantes por todo el estado de Guanajuato. Una firma inconfundible que anunciaba su presencia y su dominio sobre cada territorio que marcaba.
Con el cártel consolidado bajo su mando, el marro tomó una decisión estratégica que lo diferenciaría de casi todos los demás líderes criminales de su generación. Mientras otros grupos se disputaban el control del narcotráfico peleando por cocaína, heroína y metanfetaminas, él apostó por algo completamente diferente. Apostó por el petróleo.
Convirtió el robo de combustible en una industria criminal de escala enorme, con redes de distribución, con proveedores, con compradores establecidos y con una infraestructura que iba mucho más allá de simplemente hacer un agujero en un ducto de Pemex. Era un negocio complejo, sofisticado a su manera y extremadamente lucrativo.
Las ganancias que generó ese negocio le permitieron adquirir propiedades de lujo en diferentes zonas de Guanajuato. Ranchos enormes con albercas, caballerizas, jacuzis y todos los lujos que el dinero puede comprar cuando no hay límites legales que respeten. Se habla de fiestas interminables con botellas de whisky importado, de corridos mandados a componer en su honor, de reuniones multitudinarias los domingos en las que él aparecía como una especie de patrón benefactor que repartía dinero en fiestas patronales y compraba lealtades con gestos que para su comunidad
parecían generosos. Para mucha gente de la zona, el marro no era solo un criminal, era también alguien que daba trabajo, que repartía dinero y que en plena época de aumentos de combustible ordenados por el gobierno federal vendía gasolina más barata. Esa imagen popular lo volvió casi intocable dentro de su propio territorio, pero mientras más crecía a su poder, más se acercaba el momento en que todo se desmoronaría.
Y lo que ocurrió a continuación con el cártel Jalisco Nueva Generación cambió completamente la historia. El crecimiento explosivo del cártel Santa Rosa de Lima llegó inevitablemente a oídos de Nemesio o ceguera Cervantes, conocido como el Mencho, el líder del cártel Jalisco Nueva Generación. El CJNG es por volumen de operaciones, por capacidad armada y por presencia territorial una de las organizaciones criminales más poderosas, no solo de México, sino del mundo entero.
Y cuando el mencho pone los ojos en un territorio, las opciones para quien ya está ahí son básicamente dos, negociar o morir. El CJNG mandó a emisarios para sentarse con el marro y plantearle una propuesta que en el mundo del crimen organizado se considera relativamente razonable cuando la diferencia de poder es tan evidente.
El cártel Jalisco controlaría la mayor parte de las ganancias del negocio del combustible en Guanajuato y Santa Rosa de Lima recibiría una comisión por permitir sus operaciones en el estado. Para cualquier organización más pequeña, esa oferta habría sido muy difícil de rechazar.
Negarse a un acuerdo con el CJ equivale prácticamente a declarar la guerra contra uno de los grupos más armados y más peligrosos del hemisferio. Pero el marro la rechazó y no solo la rechazó, sino que lo hizo de la manera más brutal y más clara posible. ordenó que siguieran al enviado del CJNG después de la reunión y finalmente lo ejecutaron en el interior de una cafetería en Irapuato.
Con ese asesinato mandó un mensaje que retumbó en todo el bajo mundo criminal del país. No piensa negociar con nadie, no acepta imposiciones de ningún grupo y no le tiene miedo a nada ni a nadie, ni siquiera a los más poderosos. Ese gesto de desafío abierto le ganó un respeto enorme entre ciertos sectores del AMPA, pero también selló su destino.
Desde ese momento, el marro tenía al CJ como enemigo declarado y la guerra que siguió convirtió a Guanajuato en el estado más violento de todo México durante varios años consecutivos. Quédate porque más adelante vamos a hablar de algo todavía más perturbador, la acusación que lanzó Estados Unidos sobre lo que hace el marro hoy desde dentro de la cárcel y es mucho más oscuro de lo que imaginas.
La llegada del nuevo gobierno federal en 2018 cambió radicalmente el panorama para el cártel Santa Rosa de Lima. Las nuevas autoridades decidieron convertir el combate al robo de hidrocarburos en una prioridad nacional y en uno de los emblemas de su política de seguridad. El huachicol había alcanzado dimensiones verdaderamente alarmantes en todo el país, con pérdidas calculadas en decenas de miles de millones de pesos para Pemex y para el erario público.
Y el gobierno necesitaba resultados concretos y visibles. Eso significaba ir directamente contra el principal negocio del cártel Santa Rosa de Lima. Significaba ir directamente contra el marro. Él respondió al desafío gubernamental. de la única manera que conocía, con más violencia y con una provocación abierta que muy pocos criminales en la historia de México se habían atrevido a protagonizar.
Comenzaron a aparecer mensajes amenazantes firmados con su nombre y dirigidos directamente al presidente de la República. Se colocaron explosivos improvisados cerca de instalaciones estratégicas. Los grupos armados del cártel bloqueaban carreteras principales e incendiaban vehículos cada vez que los operativos federales intentaban avanzar.
El mensaje era absoluto. El marro no pensaba doblegarse ante nadie, ni siquiera ante el Estado. Las autoridades respondieron intensificando la presión de formas que él no había experimentado antes. Se realizaron cateos masivos en propiedades vinculadas al cártel. Se congelaron cuentas bancarias y se aseguraron empresas fachada que servían para lavar el dinero del huachicol.
Se arrestaron colaboradores importantes, operadores de confianza, gente que había estado al lado de Jep Ortiz desde el principio. El cerco se fue cerrando de manera lenta, pero completamente imparable. Y con cada golpe, la organización perdía algo que no podía recuperar fácilmente, dinero, personal de confianza y, sobre todo, la sensación de invulnerabilidad que había sido la base de su poder durante años.
Y recuerda, si te gusta descubrir cómo terminan realmente los criminales más temidos una vez que caen, suscríbete al canal. Uno de los golpes más importantes llegó cuando las autoridades catearon una propiedad vinculada a su suegra en Celaya. Lo que encontraron dentro de esa casa fue absolutamente determinante para el curso de los eventos.
dinero en efectivo, armas, drogas, teléfonos con conversaciones incriminatorias grabadas, documentos que detallaban las operaciones financieras del cártel y sobre todo fotografías recientes del propio El Marro junto a su familia tomadas días antes del operativo y una libreta, una pequeña libreta de apuntes en la que aparecían anotadas de puño y letra las direcciones de las casas de seguridad que él y Sus colaboradores más cercanos utilizaban regularmente para moverse sin ser detectados.
Con esa información en su poder, las autoridades comenzaron a detener a personas cada vez más cercanas al líder del cártel, su padre, su madre, una de sus hermanas, colaboradores directos de confianza que habían estado a su lado durante años. El círculo protector, que lo había mantenido intocable se fue reduciendo hasta que Jep Ortiz quedó prácticamente solo, sin la red humana, que era en realidad su principal escudo.
Fue en ese momento de desesperación máxima cuando ocurrió algo que nadie esperaba. El marro apareció en un video difundido en redes sociales. Estaba sentado frente a una cámara con la voz entrecortada y los ojos vidriosos y en un momento dado rompió a llorar abiertamente. Acusó al gobierno de perseguir a su familia como método de presión de usar a personas inocentes como escudo humano en su operativo de captura.
Por momentos parecía un hombre completamente derrotado y acabado. Por otros, sus palabras tenían el tono frío y calculado de alguien que todavía creía poder dar vuelta a la situación. La imagen de ese hombre temido llorando frente a una cámara recorrió México entero y generó reacciones de todo tipo, desde la burla hasta algo parecido a la compasión en algunos rincones de su comunidad.
Pero lo que vendría en aquella madrugada cambiaría todo, lo que ocurrió después de su captura es la parte de la historia que realmente te va a impactar, porque todavía falta hablar de la versión más oscura sobre la vida actual del marro. Finalmente, durante la madrugada del 2 de agosto de 2020, todo terminó, o al menos eso es lo que oficialmente se dijo.
Fuerzas federales equipadas con tecnología de vigilancia avanzada que incluía drones militares y cámaras térmicas capaces de detectar calor corporal en la oscuridad, cercaron un rancho ubicado precisamente en Santa Rosa de Lima, el mismo pueblo donde el marro había nacido, donde había crecido, donde había construido su imperio y donde, con cierta ironía oscura, creyó hasta el último momento que nadie podría alcanzarlo.
El marro dormía con una pistola debajo de la almohada cuando escuchó el sonido característico de los drones sobrevolando la propiedad. Según los relatos de quienes participaron en el operativo, ese sonido lo despertó segundos antes de que los agentes irrumpieran. Pero ya era completamente demasiado tarde. Los escoltas armados intentaron responder a tiros.
Fueron sometidos en cuestión de minutos. y el hombre que durante años había sido el señor indiscutido del vajío, el que había desafiado al gobierno federal y al cjng al mismo tiempo, el que había hecho llorar a familias enteras en Guanajuato, terminó en el suelo de tierra de ese rancho, descalzo, despeinado, con las manos esposadas detrás de la espalda.
Apenas días después de haber cumplido 40 años de edad, las imágenes de su detención se difundieron rápidamente. México entero vio al hombre temido, reducido a eso, a un detenido más, custodiado por agentes federales, sin glamour, sin poder, sin los hombres armados que siempre lo rodeaban. Y la narrativa oficial que siguió fue clara y contundente. El marro había caído.
El cártel Santa Rosa de Lima estaba decapitado. Una era de violencia en Guanajuato llegaba a su fin. Pero eso es solo la versión oficial, porque lo que descubrirás a continuación sobre cómo vive hoy dentro de esa celda y sobre lo que afirma Estados Unidos que ocurre en realidad es mucho más perturbador de lo que cualquiera imaginó.
Hoy, José Antonio Yepez Ortiz enfrenta una sentencia de 60 años de prisión, principalmente por el delito de secuestro agravado, 60 años. Una cifra que en términos prácticos equivale a una condena de por vida para un hombre que fue detenido cuando acababa de cumplir 40. Si cumpliera cada uno de esos años, saldría en libertad siendo un anciano de 100 años.
es una cifra pensada no solo como castigo, sino como garantía de que ese hombre no volvería a representar una amenaza para la sociedad. Al menos eso es lo que dice el papel. Pero más allá de los números, la pregunta que mucha gente se hace es más concreta y más visceral. ¿Cómo vive realmente el marro dentro de la cárcel? ¿Qué queda del hombre que controlaba ciudades enteras? ¿Qué tipo de existencia tiene hoy el señor del huachicol en el vajío? La respuesta tiene dos versiones.
La primera es la versión oficial, la que construye una imagen de un recluso aislado, vigilado y destruido. La segunda es la versión que proviene de Washington y antes de llegar a ella hay que conocer bien la primera para entender exactamente por qué la segunda resulta tan perturbadora. Según la versión oficial, el marro se encuentra recluido en uno de los penales de máxima seguridad del sistema penitenciario mexicano.
Estos centros no son como las cárceles comunes que la mayoría de personas imagina cuando piensa en prisión. Son instituciones construidas con un objetivo que va más allá de simplemente encerrar a alguien. están diseñadas para aislar de manera total, para cortar todo vínculo entre el recluso y el mundo exterior, para anular sistemáticamente cualquier posibilidad de que un criminal de alto perfil mantenga redes de poder, de comunicación o de influencia desde el interior.
son en teoría máquinas de neutralización, porque mientras algunos aseguran que vive completamente aislado y derrotado dentro de esa celda, otros con nombre y apellido institucional creen que sigue dando órdenes desde dentro de prisión y eso es lo más perturbador de todo. La celda donde supuestamente vive el marro es pequeña, brutalmente pequeña para alguien que durante años vivió rodeado de espacios abiertos, de ranchos enormes, de horizontes sin límites.
Las paredes son de concreto gris, el techo es de concreto gris, el suelo es de concreto gris, no hay ventanas que den directamente al exterior. La luz es artificial controlada desde afuera y permanece encendida durante muchas horas del día, creando una especie de limbo temporal en el que resulta genuinamente difícil distinguir si es de día o de noche.
La cama es una plataforma de concreto sobre la que descansa un colchón delgado, lo mínimo necesario para amortiguar la dureza de la superficie. No hay almohada de plumas, no hay sábanas de hilo egipcio, no hay nada, absolutamente nada que recuerde la vida que tuvo. El espacio total de la celda es de unos pocos metros cuadrados, suficiente para contener una cama de concreto, un sanitario básico y quizás una pequeña superficie para apoyar las manos.
No más que eso, para un hombre que vivía en ranchos con albercas, caballerizas y jardines, ese espacio representa una reducción de escala que resulta casi imposible de asimilar psicológicamente. El cuerpo está ahí, la mente tarda mucho más tiempo en aceptarlo, pero lo que descubrirás sobre su rutina diaria, sobre cómo transcurren realmente las horas dentro de ese lugar, es todavía más duro de lo que estás imaginando.
La rutina de el marro, si es que realmente vive bajo el protocolo que establece el reglamento de los penales de máxima seguridad, comienza antes del amanecer. El despertar no es algo que dependa de su voluntad ni de sus ganas. Es un protocolo externo que no consulta con el interno si descansó bien o si preferiría dormir un rato más.
Cada movimiento dentro del penal está regulado de manera estricta. ¿A qué hora se levanta? ¿Cuándo puede salir al patio? ¿Cuánto tiempo puede permanecer fuera de la celda? ¿Cuándo come? ¿Cuándo se apaga la luz? El hombre que durante años fue el que dictaba las reglas para todos a su alrededor, vive ahora completamente sometido a las reglas de otros.
Y para alguien con el perfil psicológico de el marro, para alguien cuya identidad entera estaba construida sobre el control absoluto, eso representa una de las formas más profundas de humillación. que existe. Las comidas son sencillas hasta el límite de lo monótono. El menú de un penal de máxima seguridad no tiene ningún punto en común con los festines de carne asada, mariscos frescos y whisky importado que el marro celebraba en sus ranchos.
Frijoles, arroz, alguna proteína básica, agua. El menú se repite semana tras semana con variaciones mínimas que apenas justifican llamarlo cambio. No hay nada que se coma por placer o por disfrute, se come para seguir viviendo. Y esa sencillez brutal y repetitiva, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, durante ya más de 5 años, actúa sobre la psicología humana como una forma de erosión silenciosa que va desgastando la identidad de adentro hacia afuera.
El tiempo que no transcurre en la celda es igualmente controlado. El patio al que acceden los internos de máxima seguridad es pequeño, está rodeado de muros altos y no tiene nada que ver con la libertad de movimiento. La interacción con otros reclusos está limitada y supervisada permanentemente. No hay posibilidad de construir relaciones de confianza prolongadas porque el sistema está diseñado precisamente para impedirlo.
En los centros de máxima seguridad, el aislamiento no es solo físico, es social, es comunicativo, es intelectual, es total en todas las dimensiones que importan para un ser humano. Y lo más perturbador es que existe una acusación internacional con nombre institucional y peso oficial que afirma que la cárcel no logró detener realmente a el marro y eso cambia todo.
régimen de comunicación al que está supuestamente sometido. El marro es extremadamente restrictivo. Las llamadas telefónicas cuando las hay son breves, monitoreadas en tiempo real y grabadas en su totalidad. Las visitas de familiares están sometidas a protocolos de seguridad rigurosos, revisiones exhaustivas de personas y objetos, conversaciones en entornos completamente controlados, sin posibilidad de pasar materiales físicos sin inspección.
No hay susurros que puedan escapar del sistema sin ser detectados. No hay mensajes que puedan pasar sin ser interceptados. Así funciona, al menos en teoría, un penal de máxima seguridad mexicano. Así debería funcionar. El impacto psicológico de vivir en ese entorno durante meses y ahora ya durante más de 5 años es algo que los especialistas en psicología penitenciaria describen como devastador de manera sistemática y progresiva.
Los expertos hablan de un proceso de deterioro gradual que afecta a todos los reclusos sometidos a aislamiento prolongado, independientemente de cuán duros o cuán fuertes hayan sido fuera de la celda. La privación de estimulación sensorial variada, la ausencia de relaciones humanas normales y espontáneas, la sensación aplastante de que el tiempo se detiene mientras el mundo exterior sigue moviéndose sin ti.
Todo eso actúa sobre la mente como un proceso lento, pero absolutamente implacable. El hombre que entró a ese penal hace más de 5 años no puede ser exactamente el mismo hombre que vive hoy dentro de esa celda. Algo se ha roto, algo se ha perdido. La pregunta es exactamente qué se habla de que el marro ha envejecido de manera notable desde su captura, que la vida dentro del penal ha cambiado su aspecto físico de una forma que va mucho más allá del simple paso del tiempo, que el brillo que tenían sus ojos en los videos amenazantes de los
años anteriores a su detención ya no es el mismo que el peso específico y aplastante de 60 años de condena de una vida entera que se ha cerrado definitivamente sobre sí misma se nota de maneras que van más allá de lo visible. Se dice que hay días en que prácticamente no habla, que el silencio dentro de esa celda es de un tipo diferente al silencio de afuera.
Es un silencio que tiene textura y peso propio, pero ahora viene la parte que lo cambia todo, la parte que convierte esta historia de caída y castigo en algo mucho más oscuro, mucho más inquietante y mucho más difícil de resolver, porque hay una versión completamente diferente sobre lo que está pasando realmente con el marro dentro de esa prisión.
A finales de 2025, el gobierno de los Estados Unidos hizo algo que rompió completamente la narrativa oficial que México había construido durante 5 años alrededor de la captura del marro. El Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, apón a través de su oficina de control de activos extranjeros, la OFAC, que es el organismo encargado de identificar, sancionar y neutralizar financieramente a organizaciones criminales y terroristas, consideradas una amenaza para la seguridad nacional estadounidense. emitió un comunicado
oficial en el que sancionó formalmente al cártel Santa Rosa de Lima y en ese comunicado dijo algo que nadie esperaba escuchar 5 años después de la captura de su líder. dijo que el marro seguía activo, que José Antonio Yepez Ortiz, con condena de 60 años en una cárcel mexicana de máxima seguridad, continuaba enviando instrucciones a miembros de su organización criminal, que seguía manteniendo influencia real y operativa sobre el cártel Santa Rosa de Lima desde el interior de la prisión y que lo hacía utilizando como intermediarios a sus
propios abogados y a miembros de su familia. Eso es lo que dijo de manera oficial y con firma institucional el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Para entender el peso de lo que esto significa, hay que tener claro qué es la OFAC y por qué sus comunicados no son simples especulaciones.
La oficina de control de activos extranjeros es uno de los organismos de inteligencia financiera más importantes y mejor informados del mundo. Cuando la OFAC sanciona a una organización o señala a un individuo, lo hace respaldada por un trabajo de inteligencia extenso, por análisis financieros detallados, por información de múltiples fuentes y por un proceso legal que exige evidencia real y documentada.
No es una acusación periodística, no es un rumor de inteligencia filtrado de manera informal, es una posición oficial del gobierno más poderoso del mundo con todas las consecuencias legales e institucionales que eso implica. Y lo más perturbador de todo es que esta acusación no solo señala que el marro sigue activo, va mucho más lejos.
Y cuando escuches el siguiente detalle, entenderás por qué esta historia cambia completamente de dimensión. Porque el Departamento del Tesoro no se limitó a decir que el marro enviaba mensajes desde prisión. También aseguró que desde el interior de la cárcel habría ayudado activamente a mantener alianzas criminales con otros grupos del narcotráfico mexicano, incluyendo contactos directos con el cártel del Golfo.
Eso es de una gravedad extraordinaria. Significa que si la información del gobierno estadounidense es correcta, el marro no estaría simplemente manteniendo viva su propia organización desde adentro. Estaría activamente tejiendo relaciones entre diferentes grupos del crimen organizado, funcionando como un nodo de conexión en una red mucho más amplia que su propio cártel.
Un preso que hace política criminal internacional desde una celda de concreto gris. El comunicado también señaló que el cártel Santa Rosa de Lima continúa obteniendo dinero principalmente del robo de combustible, el huachicol, que fue el negocio original de la organización y que estas redes siguen afectando no solo a México, sino al mercado energético regional en un sentido más amplio.
Para Washington, el mensaje es claro. La captura del marro no desmanteló realmente el grupo, simplemente lo debilitó, redujo su capacidad. Pero las estructuras siguen ahí, siguen operando y siguen siendo una amenaza activa que merece atención internacional. Y entonces surge la pregunta que nadie en México parece querer responder con claridad.
¿Qué tan controladas están realmente esas cárceles de máxima seguridad cuando el que está adentro es un capo con dinero, con redes y con gente dispuesta a corromper a quien sea necesario? Porque esta no sería la primera vez que algo así ocurre. La historia del crimen organizado en México está llena de casos documentados en los que líderes criminales encarcelados continuaron dirigiendo sus organizaciones desde prisión mediante la corrupción sistemática de custodios, abogados, personal administrativo y funcionarios penitenciarios. No es una teoría
conspirativa, es un patrón que se ha repetido con suficiente frecuencia como para que las propias autoridades mexicanas lo reconozcan como un problema estructural del sistema penitenciario, un sistema que enfrenta limitaciones de recursos, de personal, de tecnología y, sobre todo, de voluntad política para resolver el problema de raíz.
La reacción del gobierno mexicano ante las acusaciones del Departamento del Tesoro fue significativa no tanto por lo que dijo, sino por la manera en que lo dijo. Cuando la presidenta Claudia Shane Baum recibió preguntas sobre el comunicado de la OFAC y sobre la afirmación de que el marro seguía operando desde prisión, su respuesta fue cuidadosa y deliberadamente ambigua.
dijo que si existían actividades ilícitas desde prisión, eso correspondía investigarlo a las autoridades de seguridad mexicanas, una respuesta que en la práctica no confirmaba nada, pero tampoco negaba nada de manera categórica. El gobierno mexicano optó por una postura de prudencia extrema. señaló que las investigaciones y sanciones financieras contra el cártel Santa Rosa de Lima ya existían desde años anteriores a la acusación estadounidense y evitó entrar en un choque directo con Washington sobre si el marro sigue o no enviando
instrucciones desde la cárcel. No hubo un desmentido oficial contundente. No hubo una respuesta que dijera esto es falso. Aquí está la evidencia de que ese hombre está completamente aislado y sin ninguna capacidad de comunicación. Esa respuesta, que hubiera sido la más tranquilizadora, nunca llegó. Y ese silencio, esa ausencia de una negación clara y documentada, es en sí mismo uno de los elementos más perturbadores de toda esta historia.
Entonces, volvemos a la pregunta con la que empezó este video. Las dos versiones. Por un lado está la imagen oficial, un hombre aislado, encerrado en una celda de concreto, sometido a vigilancia extrema, viviendo una rutina miserable y monótona, deteriorándose física y psicológicamente con cada año que pasa.
Un hombre al que la cárcel está destruyendo lentamente, día a día, hora a hora. Por otro lado está la versión del departamento del tesoro de los Estados Unidos. Un criminal que sigue teniendo influencia, que sigue enviando instrucciones, que sigue tejiendo alianzas desde dentro, que utiliza a sus abogados y a su propia familia como correa de transmisión para mantener vivo su poder.
Las dos versiones no pueden ser completamente ciertas al mismo tiempo o al menos no en la misma medida. Y sin embargo, la realidad del crimen organizado en México es tan compleja y tan llena de contradicciones que quizás la respuesta más honesta sea que ambas contienen algo de verdad, que el marro puede estar sufriendo el peso aplastante del encierro y al mismo tiempo conservar algún hilo de influencia en el mundo exterior, que la cárcel puede estar destruyéndolo lentamente y que eso no sea incompatible con que todavía existan
estructuras activas a su alrededor que conservan algo de vida propia. Lo que sí es seguro es que la acusación de Estados Unidos deja una pregunta enorme sobre la mesa. Si uno de los penales de máxima seguridad de México no fue suficiente para cortar completamente la capacidad de mando de un capo como el marro, ¿qué dice eso sobre el sistema carcelario en general? ¿Qué dice sobre la corrupción que lo atraviesa? ¿Y qué dice sobre todos los demás líderes criminales que están actualmente en esas mismas cárceles y sobre cuántos de ellos
también siguen operando desde adentro sin que nadie lo diga oficialmente? Son preguntas incómodas, son preguntas para las que México no tiene todavía respuestas públicas y satisfactorias. Y mientras esas respuestas no lleguen, la historia del marro permanece abierta, no como la historia de un hombre que cayó y terminó, sino como la historia de un hombre que cayó, que sigue ahí adentro y cuyo poder real nadie puede confirmar ni desmentir con certeza absoluta.
José Antonio Yepez Ortiz lleva más de 5 años preso, 5 años que para él, si realmente vive bajo el régimen de aislamiento que establece el protocolo oficial, deben sentirse como décadas y le quedan 55 más de condena, medio siglo en el que el mundo seguirá girando afuera mientras él permanece dentro de esas paredes de concreto gris, en esa rutina implacable, con el peso de todo lo que hizo y de todo lo que perdió.
o quizás, según Washington, con algo que todavía no ha perdido del todo. Esa es la historia del marro. No es una historia de redención, no es una historia con final limpio ni con moraleja sencilla. Es la historia de un hombre que construyó su poder sobre la violencia y el miedo, que lo perdió todo en una madrugada y que 5 años después todavía genera preguntas que nadie es capaz de responder con total claridad.
Preguntas sobre el poder, sobre la impunidad, sobre la corrupción y sobre los límites reales de la justicia en un país que lleva décadas luchando contra un crimen organizado que parece capaz de adaptarse a cualquier circunstancia, incluso al interior de sus propias cárceles. Si esta historia te impactó, si quieres seguir conociendo cómo terminan realmente los criminales más peligrosos y qué ocurre con ellos una vez que caen, no te vayas sin suscribirte al canal.
Aquí seguimos trayéndote los relatos más crudos, más reales y más impactantes del crimen organizado en México y en el mundo. Hasta el próximo video.