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HARFUCH REABRE el caso PACO STANLEY… el Nombre que Susurró Antes de Morir

HARFUCH REABRE el caso PACO STANLEY… el Nombre que Susurró Antes de Morir

Paco Stanley estaba sentado en el asiento de copiloto. Cierra los ojos un segundo. El cuero del asiento todavía está caliente del estacionamiento. 14 hor42 minut. El sol de junio entra por el parabrisas blindado [música] y le golpea la frente. Por el espejo retrovisor ve una camioneta Cherokee gris que se está estacionando atrás.

 No le presta atención. Nadie le presta atención a una camioneta. prende el encendedor, la llama amarilla aparece, acerca el cigarro y entonces, por el rabillo del ojo derecho ve una sombra acercándose a la ventana abierta. gira la cabeza apenas una décima de segundo. El primer disparo le entra por la 100 izquierda, no por la derecha, porque al girar la cabeza expuso el otro lado.

Paco Stanley muere antes de saber que está muriendo. El cigarro sigue encendido en su mano. Afuera, los hombres terminan de descargar. Nueve disparos más. El cuerpo de Paco se sacude con cada bala, pero ya no siente nada. El chóer en el coche de atrás muere también. Jorge Hill en el asiento del copiloto intenta arrastrarse.

 2 minutos después, Mario Bezares sale del baño, camina hacia el Lincoln, se detiene a 3 m. Mira, no corre, no grita, [música] no llama a nadie. Mira esa imagen. Mario Bezar parado a 3 m del Lincoln, sin moverse mirando. Es la imagen que 26 años después todavía no encuentra explicación. Y es la imagen con la que Harfuch acaba de empezar a desempolvar el archivo [música] que Samuel del Villar nunca quiso entregar.

Y hoy descubrirás aquello que nadie nunca se atrevió a contar. La cadena de oro que cuelga del cuello de Paco Stanley sigue brillando en el asiento ensangrentado del Lincoln. Es una cadena gruesa [música] de oro amarillo con un cristo pequeño en el centro, apenas del tamaño de una uña. [música] El tipo de joya que en el norte de México se regala para los grandes momentos.

La primera comunión, la quinceañera, el primer contrato que vale, [música] la de Paco se la puso su madre. Un martes de enero de 1976, el mismo día que firmó su primer contrato formal con Televisa, un papel de 13 semanas, horario de la tarde, programa de variedades de esos que llenan el tiempo muerto entre telenovelas y que nadie recuerda 10 años después.

 Su madre no entendía exactamente qué había firmado su hijo. No importaba. Entendía que era importante y le colgó la cadena en el lobby de las oficinas de Televisa en Avenida Chapultepeclaban de algo que no era miedo, sino emoción mal contenida. “Para que no te pierdas, mi hijo”, dijo. Como si el oro pudiera ser ancla, como si el oro supiera de qué proteger. Paco se ríó. Le dijo que sí.

que no se perdía. 23 años después, [música] en el asiento de cuero del Lincoln, la cadena sigue ahí intacta, brillando igual que el primer día, porque el oro no sabe nada de lo que acaba de ocurrir en este estacionamiento. El oro simplemente es. Francisco Stanley Albaitero llegó al mundo en los años 40 en el norte de México, en una familia que no tenía nada que ver con el espectáculo ni con el dinero grande.

 Su padre trabajaba en el comercio, su madre administraba la casa, el gasto, los silencios. No había miseria, pero tampoco había margen. Era una de esas familias de clase trabajadora del norte, que aprende pronto que el lujo es para otra gente y que lo que hay que hacer es trabajar. Crecer en el norte de México en los años 50 significaba crecer con una escala de valores muy específica, el trabajo antes que el descanso, la palabra dada como contrato, la vergüenza como mecanismo de control social más efectivo que cualquier ley. Y la idea de que quien

hace reír a los demás tiene un don que la gente del norte no siempre sabe nombrar, pero que reconoce de inmediato como valioso. Paco lo tenía desde que tenía memoria, no de gritar, no de llamar la atención, de llenarlo, de hacer que la gente mirara, sin entender exactamente por qué miraba, de generar esa especie de gravedad social que en el espectáculo vale más que la voz, más que la cara, más que el talento técnico.

Paco lo tenía desde que tenía memoria. Comenzó en radio, cuando la radio todavía era el centro de la casa en muchos hogares mexicanos. Cuando la gente organizaba las tardes alrededor del aparato en la sala y la voz del locutor entraba en la cocina, en el cuarto, en los sueños de los niños que se dormían escuchándola.

 En ese mundo Paco encontró algo que el salón de clases nunca le había dado. Un público que se quedaba, que volvía, que preguntaba a sus conocidos si habían escuchado lo que había dicho ese cuate de la frecuencia. La radio le enseñó algo que la televisión después confirmaría, que la gente no escucha la voz, escucha lo que hay detrás de la voz, escucha la energía, la intención, el grado de honestidad o de artificio, y que cuando eso que hay detrás es genuino, el público lo siente a través de cualquier medio, a través de

cualquier formato, a través de cualquier distancia. Paco Stanley era genuino cuando quería serlo, que no es siempre. Pero era suficientemente seguido como para que la gente lo percibiera como una constante. De la radio a la televisión hubo un paso que para muchos fue tropiezo y para él fue natural, casi inevitable.

La pantalla le quedó bien, no porque fuera el más guapo de su generación, que no lo era, ni el más educado, que tampoco era su fuerte, sino porque la cámara captaba algo que los focos no podían apagar, una energía de vecindad, de cantina, de cumpleaños de barrio, algo que el televidente mexicano de los años 60 y 70 reconocía de inmediato como suyo, como de alguien que podría ser el tío que cuenta chistes en las posadas, el cuate que nunca nunca falta en las reuniones.

 El que hace que todo parezca más fácil de lo que es. Eso era Paco Stanley. No un actor, no un intelectual, no una figura con discurso, un hombre que sabía exactamente cómo hacer sentir cómoda a la gente que lo miraba. Y en la televisión mexicana, eso vende, eso siempre vende. Había algo más, algo que pocos de los que escribieron sobre él después de muerto se tomaron el trabajo de analizar en serio.

 Paco Stanley sabía exactamente hasta dónde podía llegar sin romperse. sabía que el albur funciona cuando hay una sonrisa de por medio, que la burla duele cuando apunta personal y entretiene cuando apunta al poder, que el ridículo puede ser arma o escudo, dependiendo de quién lo usa y contra quién. Ese conocimiento no es intuitivo.

Es experiencia acumulada en miles de horas frente a un micrófono y después frente a una cámara. Es el aprendizaje lento y silencioso de alguien que entiende que el público mexicano tiene memoria larga para las traiciones, pero también tiene capacidad infinita de perdonar cuando siente que el que habla es de los suyos.

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