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Graciela Beltrán: De Ser “La Reina del Pueblo”… A DESTROZADA por Jenni Rivera

Graciela Beltrán: De Ser “La Reina del Pueblo”… A DESTROZADA por Jenni Rivera

El 9 de diciembre de 2012, una semana antes de que el avión de Jenny Rivera se estrellara en las montañas de Nuevo León, alguien tomó un teléfono en Michoacán y ejecutó la última jugada. No era un disparo, no era un escándalo público, era algo más silencioso, era borrar a una mujer de una cartelera una vez [música] más.

Y esa mujer que llevaba 18 años encajando ese tipo de golpes sin que nadie los viera, esa noche no dijo nada. Guardó silencio, como había aprendido a hacer durante casi dos décadas de un infierno que nadie a su alrededor podía explicar porque nadie a su alrededor se tomó la molestia de documentarlo. Su nombre es Graciela Beltrán.

 la llamaban la reina del pueblo. Y durante tres décadas fue exactamente eso, la [música] reina, la voz más poderosa del regional mexicano antes de que el sistema decidiera que no podía haber dos reinas en el mismo trono. Antes de que una industria [música] entera con sus disqueras y sus cadenas de televisión y sus estaciones de radio tomara la decisión colectiva de que el mercado solo tenía espacio para un mito y de que ese mito no iba a ser ella.

Esta no es la historia de una rivalidad entre dos cantantes. Esta es la historia de como una industria decide [música] quién existe y quién no, de cómo se borra a un artista sin que nadie le diga a su cara que la están borrando. De como el talento, los [música] premios, los discos de oro y las nominaciones al Grami dejan de ser suficientes cuando el sistema decide que tienes que desaparecer.

y de cómo esa desaparición no fue accidental, fue diseñada, fue pagada, fue ejecutada con una precisión que solo es posible cuando hay recursos económicos detrás, cuando hay personas con acceso a los mecanismos de distribución del poder en la industria del entretenimiento y cuando el sistema en su conjunto decide que es más conveniente mirar para otro lado.

 Hoy te voy a contar cuatro cosas que nadie te ha contado juntas. La primera, el momento exacto en que las grandes cadenas apagaron el micrófono de Graciela Beltrán sin darle una sola explicación. El Beto silencioso que no dejó huella de papel, pero que sus consecuencias se midieron en fechas canceladas, en radio que dejó de sonar, en carteleras [música] que dejaron de incluirla.

La segunda, la traición de un hombre que tenía en sus manos los contratos de Graciela desde que ella tenía 16 años. Un hombre que era al mismo tiempo su productor, su vínculo con la industria y el padre de sus peores enemigos. Un hombre que construyó su carrera y luego construyó la carrera de quienes la destruyeron con las mismas herramientas en la misma mesa.

 La tercera, [música] el pacto de silencio que enterró su nombre de los escenarios principales mientras la narrativa oficial reescribía la historia del regional mexicano [música] como si Graciela Beltrán hubiera sido siempre una nota al pie. como si los premios no hubieran existido, como si los cassets que habían puesto en [música] marcha toda una industria no los hubiera vendido ella primero.

 Y la cuarta, la verdad sobre lo que Graciela guarda hasta hoy, los récords de ventas, los documentos de contratos que nunca rindieron cuentas, la coincidencia que nadie ha querido nombrar en voz alta entre lo que ella reclamó durante años y lo que los propios hijos de Janny Rivara terminaron denunciando en una corte de los ángeles contra su [música] abuelo.

 Si te vas antes de llegar a la cuarta revelación, te vas a perder lo más importante. Graciela Beltrán nació en Costa Rica, [música] Sinaloa, el 29 de diciembre de 1971. Sinaloa es un estado que produce dos cosas con una eficiencia que el resto del mundo no ha logrado replicar. Músicos de viento que tocan desde que aprenden a caminar y voces que cargan el peso de la tierra desde la primera nota.

No es una metáfora, es una realidad física. La banda sinaloense con sus tamboras y sus trombones y sus clarinetes es uno de [música] los géneros más técnicamente complejos de la música popular latinoamericana [música] y los niños de Sinaloa crecen escuchándola en cada fiesta, en cada bautizo, en cada entierro.

Es el idioma del lugar. Y Graciela desde los 6 años ya hablaba ese idioma con una fluidez que dejaba a la gente quieta. Su [música] madre, Julia Beltrán entendió desde el principio que esa voz no debía quedarse en los patios del [música] barrio. Julia tomó la decisión que tomaron miles de familias mexicanas [música] en aquellos años, emigrar a Los Ángeles.

No huyeron [música] de nada dramático. huyeron hacia algo, hacia la posibilidad de que la niña que entretenía a los vecinos desde los 6 años pudiera convertirse [música] en la ciudad de las luminarias en algo más que una promesa del barrio. Los Ángeles de finales de los años 80 era el centro nervioso de la música regional mexicana [música] para el mercado de los inmigrantes.

No, en los grandes estudios de Hollywood, en las tiendas de abarrotes del este de [música] la ciudad, en las casetas de cassets de Huntington Park y Ball Hacks, en los bailes de los fines de semana en los que las familias sinaloenses, jalicienses, duranguenses se juntaban a escuchar las canciones de su tierra con la nostalgia [música] afinada de quien sabe que no va a volver pronto.

 Era un mercado gigantesco e invisibilizado. Los grandes medios anglosajones no lo veían, pero quienes vivían dentro de él sabían exactamente lo que valía. Y en ese mercado, una niña de 16 años con la voz de Graciela Beltrán no tardó en hacerse notar. A los 16 años, Graciela ya cantaba en eventos del circuito de los Ángeles de manera profesional, con [música] banda, con traje, con el peso de una interpretación que sonaba 10 años [música] mayor que ella.

No era aficionada, era artista. La diferencia entre las dos [música] cosas en ese circuito era medible. Una aficionada cantaba gratis en las fiestas del barrio. Una artista cobraba y Graciela cobraba. Fue en ese contexto donde se cruzó con don Pedro Rivera. Guarda este nombre. Don Pedro Rivera. Pedro Rivera llegó a California con las manos vacías y la determinación de quién no tiene plan B.

 Trabajó en [música] múltiples oficios. Aprendió a moverse en los márgenes del sueño americano con la inteligencia práctica de [música] quien no puede permitirse el lujo de los errores. No tenía formación musical. Su último grado de estudios había sido cuarto de primaria, pero tenía algo que no se aprende en ninguna escuela, un olfato [música] extraordinario para detectar que canciones iban a hacer llorar a los inmigrantes que añoraban su tierra.

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