Y aquí va la pregunta que parte esto en dos. ¿De qué se blinda un hombre que jura con la mano en el pecho? No deber absolutamente nada. ¿Para qué pide un escudo legal contra una extradición? alguien que asegura tener la conciencia completamente limpia. Un inocente no corre a buscar protección contra una corte. Un inocente la enfrenta de frente.
Ese amparo para muchísima gente que siguió el caso, no fue un trámite legal cualquiera. Una confesión sin firmar. Si usted llevaba años esperando ver acorralados a estos personajes, a los que se sentían por encima de todo el mundo solo porque traían uniforme escoltas y charola, suscríbase porque aquí vamos a ir contando uno por uno sin saltarmos a ninguno cómo se les va cerrando la puerta en la cara.
Y le decía que ese amparo al final del día no le sirvió absolutamente de nada porque el verdadero problema de Gerardo Mérida nunca estuvo en México, nunca estuvo en un juzgado de michoacán. No cierre este video porque lo que pasó el día que ese papel se le cayó de las manos es justo lo que le da un giro completo a todo lo que acaba de escuchar.
El amparo lo cubría en México, en el papel sobre la mesa de un juzgado, pero el verdadero problema de Gerardo Mérida estaba del otro lado de la frontera, en una corte del distrito sur de Nueva York, la misma maquinaria judicial de la que ningún capo, por más grande y poderoso que se sintiera, ha logrado salir bien librado nunca.
Y según lo que se ha ido filtrando de ese expediente, los fiscales estadounidenses no llegaron a este caso con sospechas vagas, ni con rumores de pasillo, ni con un se dice qué. Llegaron con un señalamiento muy concreto, con fechas anotadas, con cifras exactas y con un servicio muy específico que este hombre habría prestado a los chapitos a cambio de cada uno de esos sobres de dinero.
No era simplemente cerrar los ojos y voltear la cara, que ya sería gravísimo. Era algo mucho más activo, mucho más calculado, mucho más frío y mucho más grave de lo que la gente se imagina cuando escucha funcionario corrupto. Y aquí es donde esta historia deja de ser la de un funcionario más con las manos sucias y se convierte en otra cosa mucho más fea, mucho más oscura.
Porque lo que ese expediente sostiene que Gerardo Mérida le entregaba a los chapitos a cambio del dinero, el servicio exacto que prestaba teniendo todo el aparato del estado de Sinaloa en las manos, es precisamente la pieza que explica por qué Culiacán se volvió a un infierno a cielo abierto, por qué los operativos de la policía fracasaban una y otra vez como si estuvieran malditos y por qué al final de todo, hasta sus propios patrones, los que le pagaban, decidieron que ya no le servía ni vivo ni libre.
y que era mejor destruirlo. Todo ese rompecabezas tiene una sola pieza central y esa pieza está en el papel. Lo que ese expediente describe con fechas y con números es la verdadera razón por la que hoy los chapitos lo están destruyendo y está a punto de salir completa a la luz. Aquí está lo que ese expediente sostiene y conviene escucharlo despacio, frase por frase, porque cada renglón pesa como una piedra.
Según la acusación del distrito sur de Nueva York, Gerardo Mérida no se limitaba a hacerse de la vista gorda, que ya de por sí sería una vergüenza para un hombre con su cargo. El papel dice algo mucho más concreto y mucho más frío, que el secretario de seguridad le avisaba a los chapitos por anticipado cuándo y dónde iba a caer la policía, que le soplaba los operativos antes de que ocurrieran, que cuando se preparaba una redada contra un laboratorio de drogas, ellos ya lo sabían gracias a él y tenían tiempo de sobra para sacar la mercancía el equipo y a su gente antes
de que llegaran los agentes a tocar la puerta. Léalo de nuevo y deje que caiga. El hombre que mandaba toda la policía estatal estaría según el expediente trabajando para que esa misma policía nunca encontrara absolutamente nada. El zorro no solo cuidaba el gallinero, le abría la puerta y avisaba la hora. Y para que dimensione el tamaño real de esto, no se quede con la idea vaga de filtro información.
La Fiscalía estadounidense señala que alrededor de 2023 y 2024, Mérida habría alertado a los chapitos sobre al menos 10 redadas a laboratorios de drogas. 10. Y esas son nada más las que quedaron documentadas en el expediente, las que se pudieron probar. ¿Cuántas más hubo que nunca quedaron por escrito, eso no lo sabe nadie y probablemente no lo sepamos nunca.
Cada una de esas alertas significaba en la vida real que los químicos seguían cocinando veneno, que la droga seguía saliendo rumbo a la frontera, que los operadores del cártel volvían esa noche a dormir a su casa en lugar de a una celda. Cada operativo que fracasaba en Sinaloa, cada vez que la policía llegaba y encontraba el laboratorio vacío y todavía tibio, cada nota de se les escaparon por unos minutos empieza a tener otra explicación muy distinta cuando uno lee este papel.
No se les escapaban de milagro, se les escapaban porque alguien arriba, según la acusación les avisaba con tiempo. No se vaya, porque lo que ese dinero compraba y a quién se lo cobraban en la vida real es lo que de verdad le va a partir el corazón en esta historia. Pónganle rostro a eso, porque sin rostro es solo un dato más que entra por un oído y sale por el otro.
Cada laboratorio que no se desmanteló por culpa de un soplo, siguió produciendo veneno que terminó en las calles, en las venas de los muchachos, en familias destrozadas a este y al otro lado de la frontera. Y cada operativo filtrado fue un grupo de agentes mexicanos, policías de a pie, que sí cumplían con su deber, jugándose el pellejo para entrar a un sitio que ya estaba vacío, precisamente porque su propio jefe máximo.
El secretario de seguridad del estado, según el expediente ya había soplado. Imagínese lo que es eso. Póngase los medios de comunicación. Usted es policía raso. Le ordenan entrar a un laboratorio que puede estar lleno de gente armada. Arriesga la vida por un sueldo mínimo y resulta que su comandante en jefe ya le había avisado al cártel que usted iba en camino.
Esa es la traición de fondo y es doble. Traicionó al pueblo que pagaba su sueldo de funcionario y traicionó a sus propios elementos. a los que mandaba directo a una trampa que él mismo había destapado y el dinero le ponía precio exacto a cada una de esas traiciones. Más de $100,000 mensuales en efectivo, según la acusación durante 2023 y 2024.
No es una cifra suelta inflada para impresionar a nadie. El expediente la fija mes con mes como un sueldo paralelo. Saque usted mismo la cuenta de lo que eso suma a lo largo de todos los meses que estuvo en el cargo y va a entender por qué hablamos de millones de pesos entrando en billetes contados, en bolsas, en sobres que alguien le hacía llegar puntualmente.
Y mientras esos sobres llegaban sin fallar uno solo, una madre en Culiacán enterraba a un hijo alcanzado por una bala perdida que entró por la ventana. Un comerciante bajaba para siempre la cortina de un negocio levantado en 30 años. Un niño dejaba la escuela porque su colonia se convirtió en zona de guerra. El dinero del narco le compraba tranquilidad y lujo a un solo hombre y esa tranquilidad se pagaba sin que ellos lo supieran jamás con la vida y el dolor de gente que nunca escuchó su nombre.
Y si un hombre que cobró esa cantidad durante 2 años ya acorralado, decide hablar para salvarse, ¿hasta dónde llegan los nombres que se sabe de memoria? Por elementos de la guardia. Y aquí está la pieza que cierra el círculo y explica el título exacto de esta historia, el por qué de que los chapitos lo estén destruyendo a él.
Gerardo Mérida ya no está libre, ya no está protegido, porque alguien decidió que dejara de estarlo. Y ese alguien no es solo la justicia estadounidense. En el mundo del narco, un funcionario comprado sirve mientras es útil y mientras es discreto. El día que se vuelve un riesgo, un cabo suelto que sabe demasiado y que puede caer y hablar, deja de ser un activo y se convierte en un problema que conviene quitar de en medio cuanto antes.
Y un hombre que cobró más de $00,000 al mes durante dos años no sabe una cosita, sabe nombres completos, sabe fechas exactas, sabe rutas, sabe quién le entregaba el dinero en mano y sabe quién más estaba en esa misma lista de pago. Fiscal de la República, la licenciada, sin que nadie de su antiguo mundo mueva un dedo por él.
Esa es la verdadera razón detrás de él. Lo entregaron y lo que viene ahora explica por qué ese hombre hoy encerrado aterra a más gente en México que cuando estaba suelto y armado. Porque Gerardo Mérida no cayó solo. Y este es el dato que conviene grabarse a fuego antes de seguir. Es apenas uno de los 10 funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa que el Departamento de Justicia de Estados Unidos señaló en esta misma investigación.
Y esa lista no es un montón de nombres anónimos de relleno. Cada uno tiene cara, cargo y partido. Está Juan de Dios Gámes Mendil, alcalde de Culiacán, que pidió licencia al cargo. Está Damaso Castro Saavedra, vicefiscal de la Fiscalía Estatal, que también se apartó sin goce de sueldo. Está Marco Antonio Almanza Avilés, exjefe de la policía de investigación y el hombre que lo sucedió en ese puesto, Alberto Jorge Contreras Núñez.
Está Enrique Díaz Vega, exsecretario de finanzas, el que según se ha manejado se encargaba de mover el dinero. Está Enrique Inzun Cázares, senador de Morena por Sinaloa. Y rondando todo el expediente, el nombre del entonces gobernador, Rubén Rocha Moya, hoy con licencia en el cargo. Mérida es la primera ficha que cae de un tablero enorme y en esta clase de casos, las primeras fichas que se mueven suelen ser las que más cosas saben y aquí es donde a uno se le revuelve el estómago otra vez, porque hay que recordar quién puso
a este general en ese puesto y con qué discurso lo vendieron. Gerardo Mérida fue presentado como la gran apuesta del gobierno estatal de aquel momento para mejorar la seguridad en Sinaloa. Lo vendieron como el hombre fuerte, el general con carrera en inteligencia que venía desde Michoacán a poner orden donde nadie había podido.
Lo presentaron en cadena nacional como la solución, como la garantía y resultó, según la acusación que hoy está en la Corte, ser parte exacta del problema que juraba combatir. No fue un infiltrado que se coló por un descuido administrativo. Fue colocado en la cúspide misma de la seguridad del estado con todas las llaves del aparato policial en la mano y fue sostenido en ese cargo más de un año entero mientras Culiacán se incendiaba mes tras mes.
La pregunta incómoda, la que de verdad arde, no es solo que hizo él, es quién lo eligió, quién lo respaldó, quién lo mantuvo ahí y por qué nadie arriba quiso ver durante tantos meses lo que el expediente hoy describe con fechas. Édese conmigo porque esa pregunta apunta directo a personas que hoy preferirían que esta historia jamás se hubiera contado en voz alta.
Piense con calma en lo que significó todo esto para la gente común y corriente de Sinaloa, porque al final del día son ellos los que pagaron la cuenta completa hasta el último centavo. Durante más de un año, las familias de Culiacán, de Mazatlán, de los pueblos perdidos de la sierra vivieron creyendo que había un general serio, cuidándolas un hombre de honor al frente.
Pusieron su miedo, su esperanza y su poca confianza que les quedaba en un uniforme bien planchado. Salían a trabajar cada mañana pensando que alguien allá arriba estaba haciendo algo por ellos, que no estaban del todo solos. Y todo ese tiempo, según el expediente, el hombre en quien depositaron esa confianza estaría cobrándole al bando que les disparaba en las esquinas.
No hay cifra en el mundo que mida esa clase de traición. Los $100,000 mensuales no se los pagaron a ellos, se los cobraron a ellos y se los cobraron en muertos que no volvieron en negocios cerrados para siempre, en hijos que se fueron en noches enteras tirados en el piso de su propia casa, rezando para que pararan los balazos antes del amanecer.
Y el detalle que termina de retratar a este personaje de cuerpo entero es su última jugada antes de quedar acorralado. Cuando supo, porque lo supo, que Estados Unidos venía por él, no se entregó a la justicia mexicana para que lo investigaran y limpiar su nombre, que es exactamente lo que haría un hombre con la conciencia tranquila y nada que esconder.
Hizo todo lo contrario. Corrió a tramitar ese amparo en Morelia con el único fin de blindarse contra la extradición. Y cuando ese papel se le cayó de las manos y dejó de servirle, según las versiones que circulan, habría cruzado él mismo la frontera por la garita de Nogales desde Hermosillo rumbo a Arizona, sabiendo perfectamente que del otro lado lo estaban esperando con su nombre marcado en todos los puertos de entrada.
No cierre este video porque lo que ese cálculo frío esconde y la razón real por la que un hombre camina solo hacia donde sabe que lo van a esposar es justo lo que viene ahora. Y ahí está la pieza que lo amarra todo y le da sentido al título completo. Un hombre no camina por su propio pie hacia el lugar exacto donde sabe que lo van a detener, a menos que haya calculado en frío y sin ilusiones que quedarse en México era todavía más peligroso para él que entregarse del otro lado.
Quedarse significaba seguir al alcance de los que ya no lo necesitaban, de los que ya lo veían como un estorbo, de los que ahora lo querían destruido y callado. Cruzar significaba caer en manos de una corte de la que ningún capo ha salido bien librado. Sí, pero también significaba algo más, algo que para un hombre en su posición desesperada puede valer incluso más que la propia libertad.
ponerse a salvo de sus antiguos patrones y guardarse en el bolsillo una carta de negociación que solo él sabe cuánto vale. Esa carta tiene nombres, esa carta tiene fechas y esa carta es precisamente lo que hoy tiene a tanta gente en México mirando hacia el norte sin poder dormir. Lo que ese hombre acorralado puede decidir hacer con esa carta y a quiénes se va a llevar por delante si la juega es lo que vamos a ver enseguida.
Esto es lo que está pasando ahora mismo con Gerardo Mérida y conviene seguirlo paso a paso porque cada detalle pesa. El general ya no está en México, ya no lo protege ningún amparo de Michoacán, ya no se pasea con uniforme ni con escoltas, abriéndole el camino entre la gente. está dentro de una cárcel federal de Estados Unidos en el sistema de detención del distrito sur de Nueva York con un número de registro asignado como el de cualquier otro interno, esperando un proceso del que ningún capo, por más poderoso e intocable que se haya
sentido, ha logrado salir limpio jamás. El mismo aparato judicial que sentó en el banquillo a las leyendas más grandes del narcotráfico mexicano lo tiene ahora él, a un general que durante más de un año se creyó por encima de la ley, de la prensa y de la gente que lo mantenía con sus impuestos.
Compareció ante un juez en una audiencia que duró apenas un par de minutos. Escuchó los cargos en un idioma que no es el suyo, en un país que no le debe favores a nadie en México y se declaró no culpable. Pero declararse no culpable es solo el primer escalón de una escalera larguísima y lo que carga encima no se borra con un buen abogado ni con una buena llamada a un buen amigo, porque lo que tiene contra él no es un expediente menor ni un papeleo que se pueda enfriar con el tiempo, dejándolo pasar como antes.
Se le acusa de conspiración para la importación de narcóticos de posesión y de conspiración para poseer ametralladoras y artefactos destructivos. Son cargos federales de los más pesados que existen en el sistema estadounidense, de los que se reservan para piezas grandes y no para mandaderos. Y según lo que se ha informado de comprobarse esas acusaciones en juicio, este hombre podría enfrentar desde 40 años de prisión hasta cadena perpetua.
Léalo otra vez despacio y deje que la frase caiga hasta el fondo. Cadena perpetua. El general, que según el expediente cobraba más de $100,000 al mes, podría no volver a pisar una calle en libertad en lo que le quede de vida. Allá no hay charola, que lo cubra, no hay pensión militar que lo blinde, no hay compadre en un despacho que lo saque con una llamada o con una firma.
Allá su uniforme y sus medallas no valen nada. Y aquí es donde uno entiende por qu este hombre, encerrado y solo asusta hoy a mucha más gente que cuando estaba suelto, armado y armando. Piense con calma en lo que este hombre carga dentro de la cabeza ahora mismo, en esa celda, 2 años según la acusación, recibiendo sobres con dinero en efectivo del cártel, mes con mes sin fallar uno solo, 2 años sentado en la cúspide misma de la seguridad de un estado entero, viendo desde arriba el organigrama completo de la corrupción, por elementos de
quién entregaba esos sobres en mano, quién daba las órdenes desde más arriba quién más estaba en la misma nómina. ¿Qué nombres se repetían reunión tras reunión? ¿Hasta qué piso exacto subía la cadena de protección? Un hombre que estuvo en el centro mismo de esa maquinaria durante tanto tiempo no carga rumores ni sospechas, carga un mapa completo y detallado.
Y frente a la posibilidad muy real de morir de viejo en una prisión de máxima seguridad gringa, un hombre así tiene una sola moneda con la cual negociar para aliviar su condena. Una sola y muy valiosa, contar todo lo que sabe, con fechas y con apellidos completos. Por eso este general sentado quieto en una celda sin hacer nada vale para los fiscales más que 10 operativos juntos.
Y por eso hay gente en México que aunque jamás lo diga frente a una cámara, hubiera preferido mil veces que nunca pusiera un pie del otro lado de esa frontera. Y esto es exactamente lo que el viejo sistema no entendió a tiempo o no quiso entender hasta que ya era demasiado tarde para todos ellos.
Durante décadas la fórmula fue siempre la misma, un mecanismo de relojería tamban bien aceitado que parecía eterno. El funcionario señalado renunciaba discretamente, se le perdía la pista a propósito, se le daba carpetazo al expediente y con el tiempo hasta reaparecía en otro cargo como si nunca hubiera pasado nada. En México lo cubrían, lo solapaban, le facilitaban un amparo, le dejaban siempre abierta una puerta de atrás para escapar.
Esa maquinaria de impunidad aguantó tanto tiempo en pie, precisamente porque era un círculo cerrado y cómodo. Los que tenían la obligación de investigar eran muchas veces los mismos que tenían cosas que esconder debajo de la alfombra. Pero esta vez la mano que cayó sobre Mérida no salió de ese círculo podrido y conocido.
Salió de afuera de una corte que no atiende llamadas de aquí, que no se arruga ante un apellido pesado, que no recibe instrucciones de ningún despacho mexicano, por que sea, y por primera vez en muchísimo tiempo el amparo, el contacto, la charola y el uniforme no sirvieron absolutamente para nada. No se vaya, porque lo que todo esto significa para los otros nueve nombres de esa lista es de lo más fuerte que va a escuchar en toda esta historia.
Y conviene decir una cosa con todas sus letras, despacio y sin rodeos, porque va a haber quien quiera torcer el relato para ensuciar a quien no le toca cargar este muerto. Que este general haya caído no es una mancha para la transformación ni para la actual administración. Es una mancha exclusiva para él, para quienes lo nombraron en su día y para quienes lo solaparon mientras tuvo el cargo en las manos.
La diferencia con el pasado es justamente esa y no es un detalle pequeño que se pueda pasar por alto. Hoy, desde la presidencia la postura ha sido clara y sin medias tintas. No hay protección, no hay tapadera, no hay el viejo abrazo cómplice entre el poder y el corrupto de siempre. La Unidad de Inteligencia Financiera entró a revisar el caso a fondo y según lo que se ha informado, las cuentas de este personaje quedaron congeladas.
No hubo el clásico aquí no pasó nada, no hubo el silencio institucional de costumbre, no hubo el cierre de filas automático para proteger al de adentro. Y esa, exactamente, esa es la línea gruesa que separa al país que era del país que se está construyendo a pulso, caso por caso, con expedientes como este sobre la mesa. Y hay que recordarlo con nombre y con memoria, sobre todo para esa señora que nos está viendo desde su cocina y que durante años vio con coraje guardado como a estos personajes nunca jamás les pasaba absolutamente nada. Antes un
general señalado de algo así se iba a su casa tan tranquilo con su pensión íntegra, con sus propiedades a salvo, con sus contactos intactos y a los pocos meses ya nadie en los noticieros se acordaba siquiera del tema. Antes el dinero del narco no compraba solo silencio en las calles a punta de plomo, compraba también silencio en las instituciones, en los juzgados, en las salas de prensa.
Antes la palabra de un hombre con charola y estrellas pesaba más, mucho más que el llanto de 100 familias juntas pidiendo justicia. Y hoy estamos viendo en tiempo real y no en una telenovela de las 9 como a uno de esos hombres se le cierran todas las puertas exactamente al mismo tiempo, sin amparo que lo salve, sin sistema que lo arrope, sin frontera donde esconderse, con las cuentas congeladas y con una corte extranjera leyéndole cargos que pueden dejarlo preso hasta su último día de vida.
Y la pregunta que de verdad incomoda no es qué le va a pasar a él, sino a quiénes se va a llevar por delante el día exacto en que decida abrir la boca. Pero que nadie se confunda pensando que esto ya terminó, que es el cierre de algo, porque la verdad es que apenas está empezando a moverse de verdad. Gerardo Mérida es solo el primero en caer físicamente, el primero en estar tras las rejas.
En esa investigación del Departamento de Justicia hay 10 nombres señalados y dos de ellos ya están materialmente en manos de Estados Unidos. No es una lista de policías de esquina ni de mandaderos. Ahí aparece un senador de Morena por Sinaloa, un exjefe de la policía de investigación de la fiscalía estatal y el hombre que lo sucedió, un vicefiscal que pidió licencia, un exsecretario de finanzas que según se ha manejado movía el dinero, un alcalde de Culiacán que también se apartó del cargo a toda prisa, rondando todo el expediente como
una sombra el nombre del propio gobernador con licencia, Rubén Rocha Moya. Mérida es la primera ficha que cae de un tablero que tiene muchas más fichas todavía paradas, esperando y en esta clase de casos, las primeras que se mueven suelen ser justamente las que más cosas saben y las que más tienen que perder si las dejan caer solas.
Y cada uno de esos nombres está hoy viviendo la misma noche larga, mirando hacia el norte, haciéndose en voz baja la misma pregunta que no los deja dormir. ¿Qué va a decir Mandoen de verdad? Porque un hombre que estuvo 2 años cobrando del cártel mientras dirigía la seguridad de un estado entero, no guarda secretos pequeños, ni sueltos ni inofensivos.
Guarda el mapa completo, ordenado, con nombres y con fechas marcadas. ¿Sabe quién avisaba a quién? ¿Quién recibía el dinero? ¿Quién ordenaba callar? ¿Quién firmaba los nombramientos clave? ¿Quién miraba hacia otro lado? ¿Y a cambio de qué exactamente? Y cada uno de esos señalados sabe perfectamente con un nudo en el estómago que el día que ese general acorralado se siente frente a un fiscal estadounidense y empiece a hablar para salvar su propio pellejo, su nombre puede ser el siguiente que salga de esa boca. Por eso, este caso no es la
historia de un solo hombre cayendo en desgracia. Es la primera grieta visible en una pared mucho más grande y mucho más alta. Y lo que se alcanza a ver a través de esa grieta es justo lo que explica por qué tantos hoy habrían preferido que esta historia siguiera enterrada para siempre. Y póngale rostro a todo esto antes de que termine, porque al final del día no se trata de expedientes, ni de cifras ni de organigramas en una pizarra.
Se trata de gente de carne y hueso, gente como usted, como su familia. Durante todo el tiempo que este general estuvo al frente de la seguridad de Sinaloa, hubo madres que enterraron a sus hijos antes de tiempo. Hubo familias enteras que abandonaron su casa de toda la vida con lo opuesto. Hubo comerciantes que perdieron el negocio, que levantaron en 30 años de sacrificio.
Hubo niños que aprendieron a tirarse al piso antes que a leer de corrido. Todas esas personas confiaron sin saberlo, sin imaginarlo siquiera, en un hombre que según la acusación estaba cobrándole al mismo bando que les disparaba en sus propias calles. No les robaron solo tranquilidad, les robaron años de vida que no vuelven, les robaron familiares que no regresaron nunca, les robaron la posibilidad simple y sagrada de salir a la calle sin sentir mielo.
y ningún y saludamos desde aquí a la fiscal general de la República, la licenciada, le va a devolver a esa madre el hijo que tuvo que meter en un cajón. Esa es la parte de esta historia que no cabe en ningún expediente y que sin embargo es la única que de verdad importa al final de todo. Y esa es la verdadera pregunta que se queda flotando esta noche en el aire, la que nadie en México se atreve a responder en voz alta y con un micrófono enfrente.
¿Quién más sabía exactamente lo que este general estaba haciendo durante más de un año entero con todo el aparato de seguridad de un estado completo entre las manos? Porque alguien lo eligió para ese puesto. Alguien lo respaldó y lo sostuvo en el cargo mientras Culiacán ardía mes tras mes sin parar. Y alguien en algún despacho silencioso hoy está rezando con todas sus fuerzas para que Gerardo Mérida, acorralado, prefiera quedarse callado para siempre.
Pero esto no termina con él, no se cierra aquí. Mérida es apenas el primero de una lista de 10 y el segundo ya está del otro lado de la frontera. Si usted quiere entender quién es ese segundo, quién más sigue parado en esa fila esperando su turno y hasta qué piso exacto sube esta cadena de protección, le dejo aquí mismo en pantalla el siguiente video donde seguimos jalando exactamente este mismo hilo sin soltarlo.
No se lo pierda porque lo que viene ahí termina de conectarlo todo de arriba a abajo.