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El timbre del juicio final

PARTE 1: El timbre del juicio final

La mañana en Madrid había amanecido con ese gris plomizo que te quita las ganas de ser productiva y te empuja irremediablemente a considerar el pijama como uniforme oficial de trabajo. Marta, sentada frente a una montaña de papeles que olían a burocracia rancia y a café de cápsula recalentado, intentaba descifrar por qué la caldera de su piso en Chamberí había decidido declararse en huelga de hambre justo el lunes más frío de marzo. Marta no era una mujer que se asustara fácilmente; ser editora de contenidos virales para fanpages de dramas sociales te curte la piel. Se pasaba el día puliendo guiones sobre traiciones, herencias envenenadas y giros de guion que harían palidecer a los guionistas de las tardes de los domingos. Su vida, sin embargo, solía ser insultantemente plana, o al menos eso creía ella hasta las diez y cuarto de esa mañana.

El timbre sonó. No fue un toque discreto, de esos que piden permiso para existir. Fue un ataque frontal, rítmico y persistente, como si el cartero de Amazon hubiera decidido que su entrega era cuestión de seguridad nacional.

— ¡Ya voy, ya voy! ¡Que no se va a escapar el paquete! —refunfuñó Marta, tropezando con una de las zapatillas de estar por casa que Roberto, su flamante y a veces ausente marido, solía dejar en mitad del pasillo como si fueran obstáculos en una pista de entrenamiento militar.

Marta abrió la puerta con la intención de soltarle un sermón sobre la paciencia al repartidor, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Al otro lado del umbral no había un chico con chaleco reflectante y prisa por terminar la ruta. Había una mujer.

La desconocida tendría unos veinticinco años, quizá veintiocho si contaba con que el maquillaje, aplicado con la precisión de un cirujano plástico, ocultaba algunas ojeras de insomnio. Llevaba una gabardina de color camel que gritaba “diseño caro” y un bolso que probablemente costaba lo mismo que el alquiler de Marta de los últimos tres meses. Su pelo, de un rubio tan perfecto que parecía retocado con Photoshop en tiempo real, caía sobre sus hombros con una elegancia que contrastaba violentamente con el moño mal hecho de Marta y su camiseta con una mancha de tomate frito de la cena de anoche.

Se quedaron mirando en silencio durante lo que parecieron dos legislaturas completas. Marta analizó el entorno. El rellano olía a un perfume floral, de esos que dejan rastro y te persiguen hasta el ascensor.

— ¿Sí? —preguntó Marta, recuperando finalmente el habla y arqueando una ceja con ese escepticismo tan madrileño que dice “no me vendas nada que no tengo el cuerpo para fiestas”.

La mujer no pestañeó. Se ajustó el bolso al hombro y clavó sus ojos —unos ojos de un azul tan frío que Marta sintió que la calefacción rota era el menor de sus problemas— en la cara de la editora.

— ¿Tú eres su mujer? —soltó la desconocida. La voz era dulce, pero tenía un filo metálico que cortaba el aire de la mañana.

Marta sintió un pinchazo en el estómago, ese presentimiento de que el “Social Drama” que solía editar en su pantalla acababa de saltar la valla y se había instalado en el felpudo de su casa. Sin embargo, su instinto de supervivencia y su sentido del humor, ese que siempre la salvaba de los desastres, se activaron de inmediato.

— Sí. La misma que viste y calza… bueno, la que viste esta camiseta vieja y calza zapatillas de conejo —respondió Marta con una calma que la sorprendió hasta a ella misma—. ¿Y tú quién eres? ¿La de la revisión del gas? Porque te aviso que la caldera está más muerta que la carrera de un concursante de reality tras tres meses de la final.

La mujer no se rió. Al contrario, se irguió un poco más, ganando esos centímetros de superioridad moral que suelen tener las personas que creen que tienen la verdad absoluta de su parte.

— Soy la mujer a la que prometió dejarte —dijo, soltando la bomba con una naturalidad pasmosa, como quien pide un café con leche de avena en una terraza de la calle Fuencarral.

Marta se quedó petrificada. El silencio del rellano fue interrumpido por el ladrido lejano de un perro y el sonido del ascensor bajando. Su cerebro de editora empezó a procesar la frase. “Prometió dejarte”. Clásico. De manual. El bicho de Roberto, ese consultor de marketing que siempre llegaba a casa hablando de métricas y “engagement”, había estado haciendo su propia campaña publicitaria fuera de casa.

Pero Marta, en lugar de echarse a llorar, de gritar o de arrancarle ese rubio platino de la cabeza, sintió algo muy distinto: alivio. Un alivio inmenso, pesado y liberador.

— ¡No me digas! —exclamó Marta, abriendo la puerta de par en par con un entusiasmo que dejó a la otra mujer totalmente descolocada—. ¡Pero qué alegría me das! Pasa, pasa, por favor. No te quedes ahí fuera, que hace un frío de justicia y en este edificio la corriente de aire es el deporte nacional.

La desconocida, cuyo nombre Marta todavía no sabía pero a la que ya visualizaba como un ángel de la guarda con gabardina de marca, parpadeó varias veces, confundida. No era la reacción que esperaba. Se suponía que debía haber gritos, lágrimas, quizá un bofetón de esos que hacen época. No una invitación cordial a pasar al salón.

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