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EL SUDOR, EL INCIENSO Y LA SOMBRA DE DOÑA CONCHA

PARTE 1: EL SUDOR, EL INCIENSO Y LA SOMBRA DE DOÑA CONCHA

El Tanatorio de la M-30 en pleno mes de julio no es un lugar para los débiles de espíritu, ni para los que tienen tendencia a la transpiración excesiva. El aire acondicionado, ese invento que debería ser un derecho constitucional en Madrid, parecía haber decidido tomarse el día libre en la Sala 14, justo donde reposaba Doña Concha, envuelta en un sudario de seda que, según comentaba por lo bajini su sobrina Paquita, “le hacía unas bolsas fatales en la cadera, incluso estando tiesa”.

Manolo, el hijo único y abnegado —o al menos eso decía él cuando alguien le miraba—, se pasaba un pañuelo de tela por la nuca con la desesperación de quien intenta secar el océano con una servilleta de bar. El nudo de su corbata negra, comprada a última hora en un bazar chino porque no encontraba la buena, le estaba estrangulando el poco juicio que le quedaba tras tres días de velatorio, cafés de máquina que sabían a ácido de batería y pésames de gente que no había visto a su madre en los últimos veinte años.

A su lado, Pilar, su esposa desde hacía quince años, mantenía una rectitud que rozaba lo castrense. Pilar no sudaba. Pilar se “humedecía con elegancia”, o eso decía ella mientras se abanicaba con una furia que generaba pequeñas corrientes de aire capaces de tumbar las coronas de flores más baratas. Llevaba unas gafas de sol tan grandes que parecían dos pantallas de cine, ocultando una mirada que Manolo conocía perfectamente: la mirada de quien está contando los minutos para que el abogado abra el sobre y se acabe el teatro.

— Joder, Manolo, afloja un poco el nudo, que te vas a poner morado y vamos a tener que alquilar dos cajas por el precio de una —susurró Pilar, sin dejar de mirar al frente, donde el ataúd de Doña Concha parecía burlarse de todos ellos con su brillo de caoba barnizada.

— Es por el respeto, Pilar. Que mi madre era una mujer de orden. No puedo ir al entierro como si viniera de un after en Chueca —respondió Manolo con voz pastosa.

— Tu madre era una mujer que te habría dado un guantazo por llevar esa corbata tan mal anudada, no me vengas con milongas. Además, mira a tu primo Alberto. Ha venido en bermudas y polo, y ahí lo tienes, zampándose los sándwiches de rodilla como si no hubiera un mañana. Que parece que ha venido a un buffet libre en vez de a despedir a su tía.

Manolo miró de reojo a Alberto, un tipo que vivía de las rentas y de una supuesta invalidez por un dolor de espalda que solo aparecía cuando había que trabajar. Alberto estaba, efectivamente, junto a la mesa del catering, metiéndose tres sándwiches de crema de queso en la boca mientras le guiñaba un ojo a una de las empleadas del tanatorio.

— Alberto es un impresentable, Pilar. Pero él no es el heredero universal. Yo sí. O eso espero —añadió Manolo, bajando aún más la voz y mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie le oía.

— Eso esperamos todos, Manolito. Porque como la vieja le haya dejado el piso de Chamberí a la congregación de las Hermanitas de la Caridad Perdida, te juro que me hago atea antes de salir por la puerta. Quince años, Manolo. Quince años aguantando sus críticas a mi guiso de lentejas, sus “accidentes” con la lejía en mis camisas de seda y sus llamadas a las tres de la mañana porque creía que el espíritu de tu padre estaba moviendo las cacerolas. Quince años de servicio militar doméstico que se tienen que pagar hoy mismo.

Manolo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Sabía que Pilar tenía razón. Su madre, Doña Concha, no había sido lo que se dice una suegra de anuncio. Era más bien una versión castiza de Cruella de Vil con un rosario en la mano y una lengua que cortaba más que un cuchillo jamonero.

La ceremonia fue rápida. El cura, un hombre que parecía tener mucha prisa por llegar al partido del Real Madrid, despachó el responso con una velocidad de subastador de pescado. Hubo los típicos llantos de compromiso, el sonido de los tacones sobre el mármol y ese silencio incómodo que queda cuando el coche fúnebre arranca y todo el mundo empieza a pensar en lo mismo: el testamento.

— Venga, al coche —ordenó Pilar, cerrando el abanico con un golpe seco que sonó como un disparo—. Tenemos cita con Don Senén a las doce. Y tú sabes que a los notarios no les gusta esperar, que cobran por minuto como si fueran líneas de tarot.

El trayecto hacia la notaría, situada en una calle señorial cerca de la Castellana, fue un ejercicio de tensión silenciosa. Manolo conducía el coche familiar —un monovolumen que olía a galletas rancias y a ambientador de pino barato— mientras Pilar revisaba su maquillaje en el espejo de cortesía.

— ¿Crees que habrá alguna sorpresa? —preguntó Manolo, intentando romper el hielo mientras evitaba un autobús de la EMT que casi se lo lleva por delante.

— Con tu madre, Manolo, la única sorpresa sería que no hubiera sorpresa. Esa mujer disfrutaba más de un conflicto familiar que de un chocolate con porros en San Ginés. Solo espero que Don Senén tenga el aire acondicionado a tope, porque como tengamos que escuchar el reparto de bienes a treinta y ocho grados, me lío a bolsazos con quien sea.

Aparcar en Madrid un lunes por la mañana es más difícil que encontrar un político honesto, pero Manolo, movido por la ansiedad de los euros, logró meter el coche en un hueco donde apenas cabía una bicicleta. Caminaron hacia el portal señorial, un edificio con portero de uniforme que los miró con esa mezcla de superioridad y aburrimiento que solo tienen los porteros del barrio de Salamanca.

— Notaría de Don Senén —dijo Manolo, intentando sonar importante.

— Tercero derecha. Suban por el ascensor de madera, por favor. El de servicio es para los repartidores —respondió el portero, sin levantar la vista de su periódico.

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