Si tu pareja cuenta todo en el grupo de amigas antes de hablar contigo, la relación tiene público. Y no un público cualquiera, no es como ir al teatro y que la gente aplauda o tosa en los intermedios; es un público con derecho a voto, con capacidad de veto y con una artillería pesada de archivos multimedia listos para ser usados en tu contra. Sergio lo sabía, pero una cosa es saberlo en teoría, como quien sabe que el sol es una bola de gas a millones de kilómetros, y otra muy distinta es sentir el calor abrasador de la crítica social en el salón de tu casa un martes a las nueve de la noche.
Estaban en el sofá. Ese sofá gris marengo que compraron en las rebajas de una gran superficie y que, según el vendedor, era “indestructible y a prueba de manchas”. Lo que el vendedor no mencionó es que no era a prueba de silencios incómodos. El silencio en aquel salón de cuarenta metros cuadrados en el barrio de Arganzuela era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de sierra. Marta estaba en un extremo, hecha un ovillo, con el móvil iluminándole la cara como si fuera un espectro moderno. Sergio, en el otro extremo, fingía mirar un documental sobre la migración del ñu, aunque en realidad no tenía ni idea de si los ñus iban hacia el norte o hacia el sur. Solo sabía que él se sentía como el ñu rezagado que está a punto de ser devorado por un cocodrilo llamado “Las Supernenas”.
“Las Supernenas” era el nombre del grupo de WhatsApp de Marta. Un comando de élite compuesto por Patri, Vanessa y La Lore. Tres mujeres que Sergio conocía perfectamente, con las que se había tomado cañas y a las que, en el fondo, apreciaba, pero que en momentos de crisis se transformaban en un tribunal de la Inquisición con suscripción a Spotify Premium.
De pronto, el móvil de Sergio, que descansaba sobre la mesa de centro —justo al lado de una mancha de café que él había prometido limpiar hace tres días—, vibró. Fue una vibración corta, seca, con ese sonido que tienen las notificaciones que traen veneno. Sergio lo miró de reojo. Era un mensaje de Vanessa.
—¿Tus amigas ya saben lo de nuestra discusión? —preguntó Sergio, sin apartar la vista de los ñus, aunque su tono de voz ya indicaba que la diplomacia había saltado por la ventana.
Marta no levantó la vista del móvil. Sus pulgares se movían a una velocidad que desafiaba las leyes de la física. Estaba tecleando con esa furia rítmica de quien está redactando un manifiesto o, peor aún, una cronología detallada de agravios.
—Necesitaba desahogarme, Sergio —respondió ella, con una calma que a él le pareció sospechosamente ensayada—. No es para tanto.
—¿Que no es para tanto? —Sergio cogió su móvil y lo desbloqueó. Lo que vio le hizo arquear una ceja hasta casi perderla en el nacimiento del pelo—. Vanessa me acaba de mandar un sticker.
—¿Y? Vanesa manda muchos stickers. Es su forma de comunicarse. Es una persona visual.
—Es un sticker de un gatito con los ojos llorosos, sosteniendo un cartel que dice “Tú sabrás lo que haces”. Un gatito triste, Marta. Una de tus mejores amigas ya me está mandando mensajes cifrados de reproche moral mientras estamos aquí sentados, a dos metros de distancia, sin habernos dicho ni “hola” desde que entramos por la puerta.
Marta soltó un suspiro dramático, de esos que en el teatro español del Siglo de Oro habrían durado tres actos. Bloqueó su teléfono y lo dejó sobre su regazo, pero manteniendo la mano encima, como quien protege una reliquia sagrada.
—Es apoyo emocional, Sergio. Es lo que hacen las amigas. Se cuentan las cosas, se apoyan, validan sus sentimientos. Se llama sororidad, búscalo en la RAE si tienes dudas.
—No, no es apoyo emocional —replicó Sergio, dejando su móvil de nuevo en la mesa como si quemara—. Es juicio popular con emojis. Es una retransmisión en directo. Estoy convencido de que ahora mismo Patri está analizando mi tono de voz cuando te he dicho lo de la lavadora, y La Lore estará buscando en Google “microagresiones domésticas” para ver si encajo en el perfil. Siento que vivo en una pecera, Marta. Una pecera donde el agua está llena de capturas de pantalla.
—Exageras. Eres un exagerado de manual. Siempre llevas todo al terreno de la conspiración —dijo Marta, aunque no pudo evitar que una pequeña notificación iluminara su pantalla de nuevo. Sergio juraría que vio el icono de un audio de tres minutos de Patri. Tres minutos. Eso no es un mensaje, es un podcast sobre su relación.
—¿Exagero? —Sergio se incorporó, abandonando la postura de ñu derrotado—. Hace veinte minutos estábamos discutiendo porque he comprado el detergente que no era, el que no tiene suavizante incorporado. Una discusión de pareja normal, de esas que se olvidan con un capítulo de una serie y un poco de hummus. Pero no. Tú has tenido que dar el parte de guerra. Has tenido que informar al Estado Mayor. Y ahora, mientras yo intento procesar por qué me importa tanto el olor a flores silvestres de mi ropa interior, tengo a tres tías en la nube decidiendo si soy un desconsiderado o un ignorante funcional.
Marta se puso en pie. Cuando Marta se ponía en pie en medio de una discusión, era el equivalente a que un portaaviones hiciera maniobras en el Estrecho.
—No es por el detergente, Sergio. ¡Nunca es por el detergente! Es por la falta de atención al detalle, es por la carga mental que yo tengo que soportar mientras tú vas por la vida como si el suavizante apareciera por generación espontánea en las fibras de tus camisetas. Y sí, se lo he dicho. Y sí, me han dicho que tengo razón. Porque la tengo.
—Claro que te han dicho que tienes razón. Son tus amigas. Si les dijeras que has decidido mudarte a Marte para cultivar patatas con tu propia orina, te dirían que “qué valiente eres, tía, persigue tus sueños”. No son objetivas. Son un eco, Marta. Un eco con stickers de gatitos y gifs de Belén Esteban diciendo “MA-TO”.
La tensión en el salón era casi eléctrica. Sergio sentía que el grupo de WhatsApp no era una aplicación en el móvil de su novia, sino un quinto elemento presente en la habitación, un ente invisible que tomaba notas y lanzaba miradas de desaprobación desde las esquinas.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —continuó Sergio, bajando el tono, entrando en esa fase de la discusión que es más peligrosa porque es la fase de la decepción—. Que antes de que nosotros podamos arreglarlo, antes de que podamos sentarnos y decir “oye, perdona, me he rayado con lo del detergente”, ya hay tres personas externas que tienen una opinión formada sobre mí. Mañana, cuando vea a Vanessa, me va a mirar con esa cara de lástima que le pone a los perros abandonados. Y todo porque tú no puedes guardar un secreto durante quince minutos.
—No es un secreto, es mi vida —sentenció Marta, volviendo a sentarse, pero esta vez un poco más cerca del centro del sofá—. Y en mi vida están ellas. Siempre han estado. Estuvieron antes que tú y probablemente estarán después si sigues poniéndote así por un maldito sticker.
Sergio se quedó callado. Miró la pantalla de su móvil. Otra notificación. Esta vez era un gif de un grupo de señoras aplaudiendo. No sabía quién lo enviaba ni por qué, pero sintió que, en algún lugar de la ciudad, el juicio popular acababa de emitir un veredicto.
Parte 2: El concilio de las sombras digitales
Para entender la magnitud de la tragedia, hay que diseccionar el ecosistema de “Las Supernenas”. No era un grupo cualquiera; era una institución. Sergio recordaba perfectamente el día que Marta le presentó a las tres. Fue en una terraza de La Latina, entre cañas bien tiradas y platos de bravas que picaban más de lo anunciado. En aquel entonces, él pensó: “Qué chicas más majas, se nota que se quieren mucho”. Pobre iluso. Lo que él veía como una amistad sana era, en realidad, un sistema de inteligencia compartida comparable al Mossad, pero con más fotos de desayunos con aguacate.
Patri era la “teórica”. Había estudiado psicología, pero trabajaba en marketing, lo que la convertía en una combinación letal de analista de sentimientos y experta en manipulación de audiencias. Si Marta escribía “Sergio me ha contestado con un ‘ok'”, Patri era capaz de redactar un ensayo de mil palabras sobre el desapego afectivo en el hombre contemporáneo y cómo ese “ok” era, en realidad, una agresión pasiva heredada del patriarcado más rancio.
Vanessa, la del sticker del gatito, era la “emocional”. Ella no analizaba, ella sentía. Si Marta estaba triste, Vanessa estaba devastada. Si Marta estaba enfadada, Vanessa quería quemar contenedores. Era la que suministraba el combustible inflamable necesario para que cualquier chispa de discusión doméstica se convirtiera en un incendio forestal.
Y luego estaba La Lore. La Lore era la pragmática, la que siempre tenía un contacto para un abogado matrimonialista, un psicólogo de parejas o un cerrajero de urgencia. Era la que enviaba memes de “amiga date cuenta” en los momentos menos oportunos.
Sergio volvió a mirar a Marta, que ahora parecía más relajada, deslizándose por la pantalla del móvil con una sonrisa casi imperceptible. La “crisis del detergente” ya no era una crisis para ella; se había convertido en contenido.
—¿Me puedes decir qué están diciendo ahora? —preguntó Sergio, con una curiosidad masoquista que no pudo reprimir—. ¿Cuál es el último boletín oficial del Estado de nuestra relación?
Marta suspiró, pero esta vez sin dramatismo. Giró el móvil hacia él, aunque lo mantuvo a una distancia prudencial, no fuera a ser que Sergio leyera algo que no debía, como los apodos que seguramente le tenían puestos (él sospechaba que era “El Ñu” o “El Detergentes”).
—Patri dice que es normal que te sientas invadido, pero que deberías trabajar en tu seguridad personal —leyó Marta, con esa voz de locutora de radio que usa cuando quiere sonar objetiva—. Y Vanessa dice que lo del gatito no era un juicio, que es un sticker que compró ayer y que le parecía mono.
—¡Mentira! —saltó Sergio—. Ese gatito tiene una carga de profundidad de diez megatones. Y lo sabes. Lo que me molesta, Marta, es la asimetría de la información. Ellas lo saben todo de nosotros. Saben que ronco cuando bebo más de dos cervezas, saben que tengo una manía absurda con el orden de los calcetines y saben exactamente cuánto ganamos y cuánto gastamos en el alquiler. Yo, en cambio, de ellas solo sé lo que tú me cuentas, que suele ser la versión editada para que parezcan heroínas de una novela de Jane Austen.
—Eso no es verdad. Tú también tienes tu grupo con los del fútbol —replicó Marta, atacando donde sabía que dolía—. No me digas que no hablas de mí con Javi y con Nacho.
Sergio soltó una carcajada que sonó a decepción pura.
—¿Con Javi y con Nacho? Marta, por favor. El grupo del fútbol se llama “Los Troncos” y el noventa por ciento del contenido son fotos de lesiones, videos de goles fallidos y discusiones sobre si el fuera de juego del domingo era claro o no. Si alguna vez sale tu nombre es porque digo “tíos, no puedo ir a las cañas porque he quedado con Marta”, y ellos me contestan con un emoji de un pulgar arriba o, como mucho, un “pásalo bien”. No hay análisis, no hay stickers de gatitos tristes, no hay deconstrucción de tu personalidad. Para ellos, tú eres “la novia de Sergio” y eres sagrada. No eres un caso de estudio.
—Pues eso es porque sois unos básicos —dijo Marta, recuperando su tono combativo—. No tenéis profundidad emocional. Os limitáis a existir en la superficie. Nosotras profundizamos. Nosotras limpiamos las heridas.
—No limpiáis las heridas, les echáis sal gorda —contestó Sergio—. Mira, el otro día, cuando tuvimos aquella movida por lo de ir a comer a casa de mi madre… antes de que yo llegara al postre, mi cuñada ya me había mandado un WhatsApp preguntándome si estaba bien. ¡Mi cuñada! ¿Cómo narices se enteró mi cuñada?
Marta se puso un poco roja, un tono carmesí que delataba que la filtración había sido de proporciones épicas.
—Bueno… es que Patri es muy amiga de tu cuñada, y estaban hablando de otra cosa, y salió el tema…
—”Salió el tema”. Como si fuera el tiempo o el precio de la gasolina. “Hola, qué tal, ¿sabes que Sergio y Marta están a punto de divorciarse porque él quiere llevar los tápers de su madre?” —Sergio se llevó las manos a la cabeza—. Es una red de espionaje, Marta. Es una tela de araña que lo envuelve todo. Siento que cada vez que abro la boca en esta casa, hay un micrófono oculto conectado directamente a los smartphones de media comunidad de Madrid.
Se hizo un silencio largo. El documental de los ñus había terminado y ahora empezaba uno sobre la construcción de pirámides. Sergio se quedó mirando cómo los esclavos arrastraban bloques de piedra gigantes. Se sentía identificado con ellos.
—¿Sabes qué es lo que pasa realmente? —dijo Marta, con una voz mucho más suave, casi vulnerable—. Que a veces, cuando discutimos, me siento muy sola. Me siento como si no tuviera herramientas para hacerme entender contigo. Y cuando lo pongo en el grupo, y ellas me dicen “tranquila, nos pasa a todas”, o “él es así, no te lo tomes como algo personal”, me siento menos bicho raro. No es que quiera exponerte, es que necesito saber que no estoy loca.
Sergio la miró. El enfado empezó a drenarse, dejando paso a esa comprensión un poco amarga que viene con la convivencia de largo recorrido.
—Marta, no estás loca. Solo somos dos personas intentando convivir sin matarnos por el orden de los cubiertos. Pero cuando metes a tres personas más en la cama, el colchón se queda pequeño. Yo no quiero ser el villano en la película de tus amigas. Quiero ser el coprotagonista en la nuestra. Y es muy difícil ser el bueno cuando el guion se escribe en una sala de chat a la que yo no tengo acceso.
Marta se acercó a él por el sofá. El espacio de seguridad de dos metros se redujo a unos pocos centímetros. Apoyó la cabeza en su hombro.
—A veces el guion es divertido —susurró ella—. Lore ha dicho que lo del detergente es porque tienes un trauma infantil con el olor a lavanda.
Sergio no pudo evitar sonreír, aunque fuera una sonrisa de derrota.
—Dile a La Lore que mi único trauma es que ella tenga mi número de teléfono.
—Ya se lo he dicho. Me ha contestado con un gif de un ninja desapareciendo en una nube de humo.
Sergio suspiró. Sabía que no iba a ganar esta batalla. El grupo de WhatsApp era una fuerza de la naturaleza, como la gravedad o el hecho de que siempre te toque la fila más lenta en el supermercado. Pero al menos, por un momento, el público se había quedado fuera del salón.
—Marta… —dijo Sergio, rodeándola con el brazo.
—¿Dime?
—Si ahora nos reconciliamos y nos damos un beso… ¿tienes que mandar un sticker de un corazón ardiendo o podemos dejarlo en secreto oficial de Estado durante al menos diez minutos?
Ella se rió y, por fin, dejó el móvil en la mesa, boca abajo.
—Diez minutos —aceptó ella—. Pero no me pidas ni un segundo más, que Vanessa está muy preocupada y si no contesto va a pensar que me has secuestrado.
Parte 3: La reconstrucción del crimen (en formato chat)
El beso duró exactamente lo que Marta había prometido: un respiro de paz antes de que la tecnología reclamara su tributo. En cuanto se separaron, ella estiró la mano hacia el móvil con una agilidad de reptil. Sergio la observó con una mezcla de fascinación y resignación. Era como ver a un adicto buscando su dosis, pero en este caso, la dosis eran los “jajajas” y los “tía, qué fuerte” de sus confidentes.
—Ya está —dijo Marta, tecleando a toda prisa—. “Falsa alarma, chicas. El Ñu ha recapacitado. Estamos en fase de desescalada”.
—¿”El Ñu”? —Sergio se atragantó con su propia saliva—. ¿De verdad me llamáis “El Ñu”?
Marta le lanzó una mirada pícara, de esas que significan “te he contado demasiado, pero ahora ya no hay marcha atrás”.
—Es un nombre clave, Sergio. Por seguridad nacional. Patri dice que todos los hombres en los grupos de WhatsApp tienen nombres de animales. Javi es “El Mapache” porque siempre tiene ojeras y Nacho es “El Golden Retriever” porque siempre está pidiendo atención. Tú eres “El Ñu” porque eres testarudo, vas siempre en manada con tus amigos y, bueno… porque a veces pareces un poco despistado ante los peligros evidentes.
Sergio se hundió un poco más en el sofá. Ser comparado con un herbívoro de la sabana africana no era exactamente lo que tenía en mente para su imagen de marca personal, pero al menos no era un mapache.
—Genial. Pues dile a las Supernenas que “El Ñu” tiene una pregunta para el consejo de sabias.
—Dime, yo transmito.
—¿Está bien contar los problemas de pareja a los amigos? O sea, realmente, ¿dónde está el límite? ¿Hay algún tipo de convención de Ginebra para los grupos de WhatsApp o es territorio comanche donde todo vale, desde las fotos de mis calzoncillos con agujeros hasta nuestras discusiones sobre el presupuesto del mes?
Marta se puso seria. Se tomó un momento para reflexionar, algo inusual en ella, que solía disparar antes de preguntar.
—Mira, Sergio, hay una diferencia entre “chismorrear” y “procesar”. Para nosotras, el grupo es una extensión de nuestra propia mente. Cuando te cuento algo a ti, a veces me siento juzgada o siento que tengo que cuidar mis palabras para no herirte. En el grupo, puedo soltar la bestia. Puedo decir “Sergio es un imbécil porque no ha puesto el lavavajillas” sin que eso signifique que realmente pienso que eres un imbécil de forma permanente. Es una válvula de escape. Si no tuviera eso, probablemente te lo diría todo a la cara de una forma mucho más agresiva y acabaríamos mucho peor.
—Entiendo lo de la válvula de escape —concedió Sergio—, pero el problema es que la válvula de escape tiene memoria. Yo perdono y olvido. Tú perdonas y olvidas. Pero el grupo… el grupo guarda el historial. El grupo archiva mis errores. Para Vanessa, yo siempre seré el tío que se olvidó de vuestro aniversario de los tres meses en 2022, aunque después te haya regalado un viaje a Roma y me haya portado como un caballero andante. Para ellas, el error es eterno porque está escrito.
Marta asintió lentamente. Aquel punto era difícil de rebatir. Los chats de WhatsApp son como los yacimientos arqueológicos: si escarbas lo suficiente, siempre encuentras una vasija rota de hace tres mil años que alguien olvidó limpiar.
—Es verdad que a veces son un poco rencorosas por delegación —admitió ella—. El otro día Vanessa dijo que “los hombres no cambian, solo se camuflan”, y puso un gif de un camaleón. Pero eso es porque ella tuvo una mala racha con aquel chico del gimnasio, ya sabes, el que resultó tener otra familia en Albacete.
—¡Ahí está! —exclamó Sergio, señalándola con el dedo—. ¡Ese es el peligro! Mezcláis vuestras movidas. Mis fallos con el detergente se mezclan con el trauma de Albacete de Vanessa y con la teoría del patriarcado de Patri. Al final, no estás hablando de nosotros, estás hablando de un Frankenstein emocional hecho con trozos de todos los exnovios y todas las decepciones del grupo. Y yo soy el que paga la cuenta.
Marta suspiró y empezó a escribir de nuevo. Sergio se puso tenso.
—¿Qué haces ahora?
—Les estoy planteando tu pregunta. “El Ñu quiere saber si está bien que os cuente nuestras cosas. Se siente juzgado”.
—¡No les digas que he preguntado eso! —Sergio intentó quitarle el móvil, pero Marta fue más rápida y se lo escondió detrás de la espalda—. Ahora van a pensar que soy un inseguro y un controlador. Van a mandar el sticker del FBI.
—Tarde. Ya lo he enviado. —Marta sonrió con malicia—. Y mira… Patri está escribiendo. Vanessa está escribiendo. La Lore está escribiendo. Se ha liado.
El móvil de Marta empezó a emitir una serie de sonidos de notificación rápidos, como una ametralladora de baja intensidad. Ping. Ping. Ping. Ping.
—Patri dice: “Dile a Sergio que la transparencia es la base de la salud mental colectiva. Si no hay secretos, no hay poder. El grupo es una democracia líquida” —leyó Marta, tratando de no reírse—. Vanessa dice: “Pobrecito, mándale un beso de mi parte, pero dile que si no quiere que contemos las cosas, que no nos dé motivos”. Y La Lore… La Lore ha mandado un enlace a un artículo titulado ‘Cómo gestionar a una pareja con ansiedad social ante los grupos de amigas’.
Sergio cerró los ojos y se echó hacia atrás, dejando que la cabeza colgara por el respaldo del sofá. El techo de su salón, con su gotelé blanco y aburrido, le pareció el único sitio donde no había opiniones ajenas.
—Me rindo —susurró—. No se puede luchar contra el algoritmo de la amistad femenina. Es superior a mis fuerzas. Soy un hombre de otra época, Marta. Una época donde si discutías con tu mujer, te ibas a dar un paseo, te fumabas un cigarro y el único que sabía que eras un patán era el perro del vecino.
—El perro del vecino no te daba consejos útiles, Sergio. Solo te miraba con cara de querer que le tiraras la pelota. Nosotras nos damos soluciones.
—Soluciones que pasan por analizar mi psique como si fuera un episodio de ‘Mindhunter’ —replicó él—. Mira, me parece bien que os apoyéis. De verdad. Pero me gustaría que hubiera un “círculo de confianza”. Cosas que son solo nuestras. ¿Existe eso? ¿Hay algo que no haya pasado por el filtro de las Supernenas?
Marta se quedó callada unos segundos. Sus ojos se suavizaron y dejó el móvil a un lado, esta vez con cuidado. Se acercó a él y le cogió la mano.
—Hay muchas cosas que no cuento, Sergio. Muchas.
—¿Ah, sí? Dime una.
—No cuento lo mucho que me reí el otro día cuando intentaste montar el mueble de la entrada y acabaste hablando con los tornillos como si fueran tus hijos —dijo ella con una sonrisa tierna—. Tampoco cuento que sé que lloraste un poquito con el final de aquella película de Pixar, aunque dijiste que era alergia al polvo. Y no cuento lo que me dijiste al oído anoche antes de dormirte.
Sergio sintió un pequeño alivio, una grieta de luz en el muro de WhatsApp.
—¿Eso no ha salido en el grupo? ¿Ni siquiera con un emoji de carita sonriente?
—Ni un punto. Eso es territorio sagrado. Lo juro por el bolso de Prada que todavía no tengo pero que pienso comprarme algún día.
Sergio apretó su mano. Se sentía un poco mejor, aunque sabía que mañana, cuando bajara a comprar el pan y se cruzara con Vanessa, ella seguiría viendo en él al “Ñu del detergente”. Pero supuso que era el precio a pagar por vivir en el siglo XXI. La intimidad ya no era un cuarto cerrado; era un jardín con vallas bajas donde los vecinos de la red siempre podían asomarse a ver qué flores estaban creciendo.
—Vale —dijo Sergio—. Acepto el trato. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—La próxima vez que discutamos, antes de escribir al grupo, dame cinco minutos de ventaja. Cinco minutos para intentar ser el hombre perfecto que tus amigas creen que no existo.
Marta se rió y lo besó en la mejilla.
—Trato hecho, Ñu. Pero date prisa, porque el dedo de Patri siempre está en el gatillo.
Parte 4: El veredicto final y la redención del detergente
La noche avanzaba y la calma parecía haberse instalado definitivamente en el salón de Arganzuela. Sergio y Marta habían decidido cenar algo rápido, unos restos de pizza de la noche anterior y un poco de ensalada que, por suerte, no requería ningún tipo de detergente ni suavizante para ser preparada. El televisor estaba apagado, y solo el zumbido lejano del tráfico madrileño rompía la paz.
Sin embargo, Sergio no podía quitarse de la cabeza la pregunta que él mismo había lanzado al aire. ¿Está bien contar los problemas de pareja a los amigos? Era una pregunta que iba más allá de su relación con Marta; era una cuestión generacional. Se imaginó a sus padres. Su padre, un hombre de pocas palabras y mucha paciencia, jamás habría ido a contarle a sus amigos del dominó que su madre le había regañado por no recoger la mesa. Y su madre, aunque hablaba más, guardaba las discusiones domésticas como un tesoro de guerra privado.
—Oye, Marta —dijo Sergio, mientras recogía los platos de la cena—, ¿tú crees que vuestro grupo de WhatsApp es un síntoma de que somos una pareja moderna o de que somos una pareja que no sabe comunicarse entre sí?
Marta, que estaba guardando la pizza sobrante en un táper (uno que, por supuesto, no tenía tapa a juego), se detuvo y lo miró con curiosidad.
—¿Todavía estás con eso? Pensaba que habíamos pasado página.
—Es que me he quedado pensando en lo que ha dicho Patri de la “democracia líquida”. Me suena a excusa barata para no tener privacidad. ¿No crees que al meter a tanta gente en nuestras crisis, las hacemos más grandes de lo que son? Es como poner un altavoz en un susurro. El susurro se convierte en un grito, y el grito asusta a todo el mundo.
Marta se apoyó en la encimera de la cocina, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Mira, Sergio, voy a serte sincera. A veces sí, a veces el grupo hace que una tontería parezca el fin del mundo. Si yo digo “Sergio está insoportable”, y Vanessa contesta “todos son iguales” y La Lore pone un meme de un hombre en llamas, de repente me siento como una víctima de una tragedia griega en lugar de una mujer enfadada por un lavavajillas. Se retroalimenta. El drama llama al drama.
—¡Exacto! —Sergio dejó los platos en el fregadero y se acercó a ella—. Eso es lo que intento decirte. Al final, tu percepción de mí no es solo tuya. Está contaminada por las experiencias traumáticas de Vanessa, por las teorías de Patri y por el cinismo de La Lore. Es como si yo intentara ver el color de una pared a través de tres cristales de colores diferentes. Nunca voy a ver el color real.
Marta asintió, reconociendo la lógica de Sergio.
—Tienes razón en eso. Pero también hay otra cara de la moneda. A veces, cuando estoy muy enfadada contigo y les cuento lo que ha pasado, ellas también me dicen: “Marta, te estás pasando”. Patri me ha dicho más de una vez que soy demasiado exigente, y La Lore suele recordarme que tú, a pesar de tus despistes, eres el tío que me trajo sopa cuando tuve la gripe y que me aguanta mis locuras con el orden. A veces, el grupo me pone los pies en la tierra. Me dan una perspectiva que yo, en medio del enfado, no soy capaz de ver.
Sergio se quedó sorprendido. Eso no se lo esperaba. Siempre había imaginado al grupo como un nido de víboras conspirando para destruir su reputación, nunca como un órgano regulador de la cordura de Marta.
—¿De verdad te dicen eso? —preguntó él, con un hilo de esperanza.
—De verdad. No siempre eres el malo de la película en el chat de las Supernenas. A veces yo soy la antagonista y ellas son las que me obligan a pedirte perdón o a bajar el tono. El grupo es como un espejo, Sergio. A veces el espejo te devuelve una imagen fea de ti misma, y eso también ayuda a mejorar.
Sergio suspiró, sintiendo que una gran carga de paranoia se desvanecía de sus hombros. Quizás no vivía en una pecera llena de tiburones, sino en un ecosistema un poco más complejo y, de alguna manera, equilibrado.
—Vale —dijo él, sonriendo—. Entonces… ¿puedo dejar de sentirme como un criminal de guerra cada vez que veo que tienes un audio pendiente de Patri?
—Puedes —respondió ella, acercándose para darle un beso corto en la nariz—. Pero no te relajes demasiado. Mañana es el cumpleaños de Vanessa y ha dicho que quiere ir a ese sitio de hamburguesas que a ti no te gusta porque “la música está demasiado alta y el pan es muy dulce”.
Sergio puso los ojos en blanco.
—¿Ves? ¡Ya lo sabe! Ya sabe lo que opino de las hamburgueserías hipster. Mi reputación como viejo gruñón de treinta y cinco años está sellada.
—Es parte de tu encanto, Ñu.
Se rieron y volvieron al salón. Sergio cogió su móvil una última vez antes de irse a dormir. No tenía notificaciones de Vanessa, ni de Patri, ni de La Lore. Solo un mensaje en el grupo de “Los Troncos”.
“¿Alguien para el pádel el jueves? Javi dice que no puede porque tiene lío con ‘La Mapache'”.
Sergio sonrió y escribió: “Contad conmigo. El Ñu está disponible”.
Marta lo miró desde el umbral del dormitorio, con el pijama puesto y el móvil en la mano, probablemente enviando el último “buenas noches” al consejo de sabias.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
—Nada, solo aceptando mi papel en este ecosistema digital —respondió él—. Oye, Marta… una última cosa.
—Dime.
—¿Está bien contar los problemas de pareja a los amigos?
Marta se quedó pensativa un segundo, mirando la pantalla iluminada de su teléfono y luego a Sergio.
—Creo que está bien siempre y cuando no olvides que el único que puede resolver el problema está fuera del grupo. Los amigos son para desahogarse, pero la pareja es para entenderse. Si el grupo sustituye a la conversación, entonces estamos perdidos. Pero si el grupo ayuda a que la conversación sea mejor… entonces supongo que un sticker de un gatito triste no le hace daño a nadie.
Sergio asintió, satisfecho con la respuesta. Apagó la luz del salón y siguió a Marta al dormitorio. Sabía que mañana el mundo seguiría girando, que los ñus seguirían migrando y que “Las Supernenas” seguirían analizando cada uno de sus movimientos. Pero mientras la puerta del dormitorio se cerrara y el mundo exterior —digital o físico— se quedara fuera, todo estaría bien.
Pregunta final: ¿Está bien contar los problemas de pareja a tus amigos?