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El silencio de los corderos madrileños

Parte 1: El silencio de los corderos madrileños

El domingo en Madrid tiene un ritmo que no se parece a nada. Es ese momento de la semana donde la ciudad parece pedirte perdón por el caos de los otros seis días, envolviéndote en una luz dorada que rebota en las fachadas de granito y te invita a la desidia más absoluta. Sergio y Marta acababan de salir de una de esas tabernas de la calle Menorca donde el vermut se sirve con una aceituna gorda y el camarero te llama “jefe” aunque sea la primera vez que te ve la cara. Habían comido bien, quizá demasiado, y el peso de las croquetas de jamón y el secreto ibérico les dictaba una sola orden: buscar un banco en El Retiro y no moverse de allí hasta que el sol decidiera esconderse tras el edificio de Correos.

Caminaron por la acera que bordea el parque, esquivando a corredores con caras de profundo sufrimiento y a grupos de turistas que miraban el mapa con la misma perplejidad con la que un neandertal miraría un microondas. Al entrar por la puerta de Alcalá, el frescor de los castaños les dio una tregua. Sergio, que siempre ha sido un poco más “intensito”, buscaba un lugar apartado, lejos del estruendo de los tambores de la zona del estanque. Marta, en cambio, solo buscaba una sombra donde sus gafas de sol no tuvieran que trabajar horas extra.

Finalmente, encontraron un banco de hierro forjado, de esos verdes que parecen haber sido pintados por última vez en la época de Alfonso XII. Se sentaron con ese suspiro colectivo de quien acaba de subir una montaña, aunque solo fuera un ligero repecho de asfalto. Durante cinco minutos, el único sonido fue el crujir de las hojas secas bajo los pies de algún paseante y el trino de un pájaro que parecía estar discutiendo con otro por un trozo de barquillo.

Sergio miraba a Marta de reojo. Ella estaba allí, con la cabeza apoyada en el respaldo del banco, los ojos cerrados tras sus gafas de pasta y una media sonrisa que podía significar satisfacción plena o simplemente que estaba planeando la cena. Llevaban juntos tres años, cuatro meses y algunos días que Sergio contaba mentalmente cuando el insomnio le atacaba. Tres años de compartir facturas, de decidir quién sacaba la basura y de pelearse por el mando del televisor para acabar viendo un documental sobre ballenas que no le interesaba a ninguno de los dos.

— Marta —dijo Sergio de repente, con esa voz que las parejas identifican inmediatamente como el preludio de una conversación “de las de pensar”.

Marta no abrió los ojos. Solo movió un poco la cabeza, lo justo para indicar que seguía viva.

— Dime, Sergio. Y si es para preguntarme si me he dejado el gas encendido, la respuesta es no. Lo he comprobado tres veces antes de salir, como siempre.

— No es eso. Es que estaba pensando… —Sergio hizo una pausa dramática, buscando las palabras exactas, esas que no suelen aparecer cuando uno las necesita—. Llevamos todo el día fuera. Hemos ido al mercado, nos hemos tomado el vermut, hemos comido, estamos aquí en el parque… Ha sido un día redondo, ¿no crees?

— Un día estupendo, Sergio. Casi me da miedo que mañana sea lunes —respondió ella, sin perder la calma.

— Pues eso. Un día perfecto. Y sin embargo, en todo este tiempo, desde que nos hemos levantado hasta ahora que estamos aquí sentados viendo pasar a la gente… no me lo has dicho ni una sola vez.

Marta abrió un ojo. Solo uno. Un círculo marrón que lo observó con una mezcla de curiosidad y cansancio existencial.

— ¿Que no te he dicho el qué? ¿Que me duele un poco el dedo gordo del pie por culpa de estos zapatos? Porque sí que te lo he dicho, tres veces antes de las croquetas.

— No, Marta. No me refiero al pie. Me refiero a… ya sabes. A lo otro. A la frase. A las tres sílabas. Nunca me dices que me quieres.

El silencio que siguió a esa frase fue tan denso que casi se podía palpar. Un grupo de adolescentes pasó por delante del banco riéndose a gritos de alguna tontería de TikTok, pero para Sergio y Marta, el universo se había comprimido hasta quedar reducido a ese metro y medio de hierro verde. Marta se incorporó lentamente, se quitó las gafas de sol con una parsimonia que a Sergio le pareció insultante y se frotó el puente de la nariz.

— Sergio, por el amor de Dios. No empecemos otra vez con la sesión de psicoanálisis dominguera. Estamos en el parque, hace una tarde de gloria y tú quieres que nos pongamos a debatir sobre la lingüística del afecto. ¿De verdad es necesario?

— Para mí sí —replicó él, cruzándose de brazos—. Es que me parece alucinante. Te puedo decir diez cosas que has hecho hoy que demuestran que estás a gusto conmigo, pero las palabras… las palabras no salen. Es como si tuvieras un peaje en la garganta que te cobra un euro por cada “te quiero” y fueras un poco tacaña.

Marta soltó un suspiro que pareció venir de las profundidades del Mioceno. Miró hacia el Palacio de Cristal, que brillaba a lo lejos como un diamante olvidado en el bosque, y luego volvió la vista hacia Sergio. Su expresión no era de enfado, sino de esa paciencia infinita que tienen las madres cuando intentan explicarle a un niño por qué no puede comer arena de la playa.

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