El sol de julio en los alrededores de Madrid no tiene piedad, es una entidad física que te golpea la nuca con la fuerza de un central de tercera división. En la finca “Los Olivos del Marqués”, el aire vibraba con ese calor seco que hace que los hombres se pregunten por qué demonios la etiqueta social exige traje de tres piezas en un país que en verano se convierte en una sucursal del Sahara. Roberto sentía una gota de sudor recorriéndole la espina dorsal, una trayectoria lenta y tortuosa que terminaba justo donde el cinturón empezaba a apretar más de la cuenta tras el banquete de la víspera.
Estaba allí, en el altar improvisado bajo una carpa blanca que prometía una sombra que en realidad era solo un invernadero de lujo, mirando a Clara. Clara estaba espectacular. Su vestido era una obra de ingeniería textil que probablemente costaba lo mismo que un coche de gama media, y su velo flotaba con una brisa inexistente, dándole un aire de divinidad que a Roberto le hacía sentir, más que nunca, que le había tocado la lotería sin haber comprado el décimo.
A su alrededor, la flor y nata de la burguesía madrileña y los parientes de pueblo que habían venido en autobús desde Extremadura compartían el mismo espacio, aunque no el mismo código de vestimenta. Los amigos de Roberto, capitaneados por Paco —el padrino y un hombre que ya olía a gin-tonic antes de que el cura dijera “buenos días”—, hacían apuestas discretas sobre cuánto duraría el sermón del padre Julián.
El padre Julián, un hombre que parecía haber sido tallado en la misma madera que los bancos de la iglesia de San Jerónimo el Real, carraspeó. El momento había llegado. El silencio se hizo tan denso que se podía oír el zumbido de una mosca que intentaba aterrizar en el tocado de plumas de Doña Angustias, la madre de Roberto, una mujer que llevaba el concepto de “suegra” a niveles que rozaban el género de terror gótico.
— Roberto —dijo el cura con una voz de barítono que retumbó en los altavoces—, ¿quieres recibir a Clara como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?
Roberto tragó saliva. Sus cuerdas vocales estaban más secas que un polvorón en agosto.
— Sí, quiero —soltó, con una contundencia que pretendía ocultar que le temblaban las rodillas.
Doña Angustias soltó un sollozo dramático en la primera fila, un ruido que sonó más a victoria militar que a emoción materna. El cura se giró hacia Clara.
— Clara, ¿quieres recibir a Roberto como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?
Clara no contestó de inmediato. Se quedó mirando a Roberto a los ojos con una intensidad que él interpretó como romanticismo puro, pero que en realidad tenía más de cálculo estructural. El silencio se prolongó un segundo más de lo reglamentario. Paco dejó de juguetear con la petaca en su bolsillo. Doña Angustias dejó de llorar en seco, como si alguien hubiera cerrado un grifo.
— Antes de decir “sí” —dijo Clara, con una voz clara y cristalina que llegó hasta la última fila de sillas de tijera—, quiero presentar a alguien.
Un murmullo recorrió la carpa como una ráfaga de viento entre los pinos. Roberto parpadeó, desconcertado. ¿A quién iba a presentar ahora? ¿A un primo lejano de Australia? ¿A un cantante de boleros para amenizar el momento?
— ¿Quién es, bicho? —susurró Roberto, usando el apodo cariñoso que compartían en la intimidad de su piso en Chamberí—. Que el cura se nos va a deshidratar y los canapés nos están esperando.
Clara no sonrió. Hizo un gesto hacia la parte trasera de la carpa. De entre los invitados, un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje gris marengo impecable, una corbata de seda con nudo Windsor perfecto y un maletín de cuero que gritaba “burocracia de alto nivel”, se levantó con una parsimonia que cortaba el aliento. El hombre caminó por el pasillo central con la seguridad de quien entra en una sala de juntas para ejecutar un despido masivo.
— Es mi abogado —sentenció Clara, clavándole la mirada a un Roberto que empezaba a ponerse del color del papel de fumar—. Don Eusebio de la Vega, del bufete De la Vega y Asociados.
Roberto sintió que el mundo se detenía. El padre Julián se ajustó las gafas de cerca, como si esperara encontrar en el misal una explicación litúrgica para la aparición de un letrado en mitad de un sacramento.
— ¿Tu abogado? —balbuceó Roberto—. Clara, cariñito, que nos estamos casando, no estamos comprando un local comercial. ¿Qué hace aquí este señor con un maletín en mitad de la boda?
— Ha traído el acuerdo de separación de bienes —respondió ella, sin pestañear—. Y un anexo detallado sobre la titularidad del coche, el uso de la casa de la sierra y la custodia compartida del perro, por si las “alegrías” duran menos de lo que esperamos.
El murmullo de los invitados pasó de ser un susurro a ser un clamor popular. Doña Angustias se llevó la mano al pecho con un dramatismo que habría envidiado la mismísima Lola Herrera. Paco, por su parte, soltó una carcajada que fue rápidamente sofocada por un codazo de su mujer.
— Pero Clara… —Roberto intentó recuperar la compostura, aunque el nudo de la corbata ahora le parecía una soga de esparto—. Ya hablamos de esto. Dijimos que nos queríamos, que lo nuestro era para siempre. ¿Qué es este desplante delante de todo el mundo? Parece que me estás haciendo una inspección de Hacienda en lugar de darme el “sí, quiero”.
— No es un desplante, Roberto. Es logística —replicó ella, mientras Don Eusebio llegaba al pie del altar y abría el maletín con un “clac-clac” metálico que sonó como dos disparos en el silencio de la finca—. Llevamos tres años viviendo juntos y todavía no sé cuánto dinero tienes en la cuenta de ahorro ni por qué tu madre tiene una llave de nuestra casa que yo no le he dado. Si vamos a empezar esto, lo vamos a hacer con las cuentas claras y el chocolate espeso. O firmas el acuerdo de separación de bienes ahora mismo, o el único banquete que vas a ver hoy es el de los bocadillos de la gasolinera de camino a casa de tus padres.
Don Eusebio sacó un fajo de folios grapados, los puso sobre el atril del cura (ante la mirada atónita del padre Julián) y le tendió un bolígrafo Montblanc a Roberto.
— Es un contrato muy estándar, Don Roberto —dijo el abogado con una voz que recordaba a un contestador automático—. Cláusulas de protección de patrimonio preexistente, régimen de gastos compartidos proporcionales a la nómina y una penalización por infidelidad demostrada mediante pruebas periciales que le quitaría el hipo hasta a un obispo.
Roberto miró los papeles. Miró a los invitados. Miró a su madre, que estaba a punto de fingir un desmayo de categoría cinco. Y luego miró a Clara. Se dio cuenta de que la mujer de su vida era también la mujer más peligrosa que había conocido jamás. La tensión cómica estaba en su punto álgido: un novio sudoroso, una novia implacable, un cura en shock y un abogado que parecía estar disfrutando del momento más que de sus vacaciones en Sotogrande.
— ¿Y si no firmo? —preguntó Roberto con un hilo de voz.
— Pues entonces, Eusebio y yo nos vamos a tomar unas cañas a Madrid —respondió Clara con una media sonrisa—. Y tú te quedas aquí explicando a trescientos invitados por qué la boda se ha cancelado por un problema de “gestión de activos”. Tú eliges, Roberto: ¿amor con contrato o soltería con hipoteca?
PARTE 2: La rebelión de los canapés y el asedio de Doña Angustias
El silencio que siguió a la pregunta de Clara fue de esos que hacen época. No era un silencio de paz, sino el silencio que precede a la onda expansiva de una bomba de racimo. Roberto miraba el bolígrafo Montblanc que Don Eusebio sostenía con una elegancia insultante. El oro del plumín brillaba bajo la luz filtrada por la carpa, pareciendo un pequeño puñal dispuesto a desangrar su orgullo —y su cuenta corriente—.
— Esto es una encerrona, Clara. Una encerrona con luz y taquígrafos —masculló Roberto, intentando que su voz no llegara a los oídos de la tía abuela Paquita, que ya estaba usando su audífono como si fuera un radar de la OTAN—. Podríamos haber hecho esto en la oficina del notario, el martes pasado, entre un café y un cruasán. Pero no, tú has preferido el espectáculo. Has traído a este señor aquí, vestido de entierro, para hacerme un examen oral de derecho civil delante de mis amigos del pádel.
— Si lo hubiéramos hecho el martes, me habrías dado largas como siempre, Roberto —replicó Clara, ajustándose un guante de encaje con una calma que a él le resultaba desesperante—. “Sí, cariño, lo miramos luego”, “No te preocupes, bicho, que yo me fío de ti”. Pero luego te compras un patinete eléctrico de mil euros con la cuenta conjunta y se te olvida comentármelo. Hoy no hay “luego”. Hoy es el día de las verdades, y la mayor verdad es que tu concepto de “compartir” se parece mucho al de un pirata del Caribe.
Don Eusebio, que parecía haber nacido sin glándulas sudoríparas, carraspeó suavemente.
— El tiempo apremia, caballeros. La validez de los testigos y la reserva del catering están en juego —apuntó el abogado, señalando con el dedo la línea de puntos al final de la página treinta y cuatro del contrato—. Solo es una firma. Un pequeño garabato y pasamos a los langostinos.
Fue en ese momento cuando el sistema de contención de Doña Angustias colapsó por completo. La madre del novio se levantó de su asiento como si le hubieran puesto un resorte en las posaderas. Su tocado de plumas, una estructura que desafiaba las leyes de la física y el buen gusto, se tambaleó peligrosamente.
— ¡Esto es un ultraje! —gritó Doña Angustias, cruzando el altar como una acorazada de la marina real—. ¡Mi hijo es un santo! ¡Un profesional de la consultoría que se deja la piel en la Castellana! ¡Cómo te atreves, Clara, a tratarlo como a un delincuente juvenil! ¡Roberto, no firmes nada! ¡Ese papel es la esclavitud! ¡Esa mujer te quiere quitar hasta el orgullo de ser un García!
El padre Julián, viendo que la situación se le escapaba de las manos litúrgicas, intentó intervenir con la poca autoridad que le quedaba tras ver su atril convertido en una mesa de despacho.
— Señora, por favor, un poco de respeto al lugar sagrado… bueno, a la carpa sagrada —balbuceó el cura—. Estamos ante un sacramento, no ante una junta de acreedores.
— ¡Un sacramento dice! —replicó Angustias, señalando con su bolso de marca a Don Eusebio—. ¡Esto es una inspección de trabajo! ¡Roberto, vámonos ahora mismo! Tu padre tiene el coche en la puerta y todavía podemos llegar a tiempo de ver el final del partido. ¡No permitas que esta… esta gestora de activos te humille así!
Roberto miró a su madre, luego a Clara y finalmente a Paco, su padrino, buscando un apoyo moral que no llegaba. Paco, fiel a su estilo, estaba demasiado ocupado intentando grabar la escena con el móvil mientras le guiñaba un ojo a una de las damas de honor.
— Mamá, por favor, siéntate —dijo Roberto, sintiendo que el sudor ya no era solo por el calor, sino por la vergüenza más absoluta—. Que estamos dando un espectáculo que va a salir en todas las cenas de Navidad de aquí al siglo que viene.
— ¡Que se enteren todos! —continuó Angustias, que ya había entrado en trance dramático—. ¡Que sepan que esta mujer ha traído a un mercenario con maletín para robarte la herencia de tu abuelo, que en paz descanse, aunque solo fuera un juego de café de la Cartuja!
Clara se giró hacia su suegra con una sonrisa que habría helado el infierno.
— Doña Angustias —dijo Clara, con una dulzura venenosa—, si tanto le preocupa el patrimonio de su hijo, quizás debería explicarle a Roberto por qué ha estado usando la tarjeta que él le dio para las “emergencias” para pagarse un crucero por las islas griegas con sus amigas de la parroquia. Aparece en el anexo B del contrato, página cincuenta y dos. “Gastos no autorizados en concepto de ocio materno”.
El silencio volvió a caer sobre la carpa, pero esta vez con un peso diferente. Doña Angustias se quedó de piedra, con la boca abierta y las plumas de su tocado vibrando ligeramente. Roberto miró a su madre con una expresión que era una mezcla de incredulidad y decepción profunda.
— ¿El crucero de Mykonos? —preguntó Roberto—. ¿El que me dijiste que te había tocado en una rifa benéfica?
— ¡Era una rifa muy competitiva, hijo! —balbuceó ella, recuperando el tono pero perdiendo la fuerza—. ¡Y yo necesitaba aire puro para mis bronquios!
Don Eusebio, aprovechando el hueco táctico, volvió a tender el bolígrafo.
— Como ven, Don Roberto, la transparencia es el cimiento de cualquier unión duradera —dijo el abogado con una profesionalidad aterradora—. En este contrato también especificamos que las llaves de la vivienda conyugal serán cambiadas y que cualquier visita de ascendientes de primer grado deberá ser notificada con setenta y dos horas de antelación y por escrito. Es por su bien. Por la paz del hogar.
Roberto miró el contrato. Luego miró a Clara. Se dio cuenta de que ella no estaba haciendo esto para humillarle, sino para salvarle de sí mismo y de su propia familia. Clara era la única persona que se atrevía a ponerle límites a Doña Angustias y la única que se preocupaba lo suficiente por su futuro como para traer a un tiburón de los negocios a su propia boda.
— ¿De verdad pone lo de las setenta y dos horas? —preguntó Roberto, con una chispa de esperanza asomando por sus ojos.
— Con acuse de recibo y copia al abogado de la parte —confirmó Don Eusebio.
Roberto cogió el bolígrafo. Sus manos dejaron de temblar. Miró a los invitados, que estaban conteniendo el aliento. Miró a su madre, que estaba empezando a buscar una salida de emergencia real. Y luego miró a Clara, que le esperaba con el “sí” en la punta de la lengua, pero con el contrato en la mano.
— ¿Sabes qué, Clara? —dijo Roberto, apoyando el papel sobre el atril—. Tienes razón. Vaya si tienes razón.
Roberto firmó. Firmó con un trazo enérgico, casi violento, en todas y cada una de las páginas que Don Eusebio le iba pasando con la velocidad de un crupier de Las Vegas. Cada firma era una cadena que se rompía con su pasado de niño mimado y una puerta que se cerraba ante el crucero de Mykonos de su madre.
Cuando terminó la última página, Don Eusebio cerró el maletín con un golpe seco y triunfal.
— Todo en orden, señores. Felicidades —dijo el abogado, desapareciendo entre la multitud con la misma discreción con la que había aparecido—. Nos vemos en la revisión trimestral.
Clara le quitó el bolígrafo a Roberto, lo guardó en su propio escote y se volvió hacia el padre Julián, que parecía estar rezando un rosario mental para no perder el juicio.
— Ahora sí, padre —dijo Clara, radiante—. Podemos continuar. Roberto, te toca decirme lo de amarme y respetarme, pero recuerda que ahora los respetos se miden por el artículo cuatro, sección quinta del contrato que acabas de firmar.
Roberto sonrió, una sonrisa de verdad, de las de Madrid de toda la vida.
— Te quiero, Clara. Con contrato, sin herencias y con el Wi-Fi de tu madre bien lejos de nuestro router. ¿Dónde está ese anillo?
La carpa estalló en aplausos. Paco empezó a repartir puros y Doña Angustias se fue directa a la mesa de las bebidas, murmurando algo sobre que el próximo crucero se lo iba a pagar el abogado. Pero la boda no había terminado. En el Madrid de los enredos, cuando un abogado se va, normalmente es porque el perito está a punto de llegar.
PARTE 3: El banquete de las auditorías y el brindis del pánico
Tras el “sí, quiero” más burocrático de la historia de la Comunidad de Madrid, la comitiva se trasladó al jardín de la finca para el cóctel. El sol empezaba a dar un respiro, tiñendo el cielo de ese color naranja Velázquez que hace que todo parezca una escena de “La rendición de Breda”, aunque en este caso lo que se había rendido era la cuenta corriente de Roberto.
Clara caminaba entre los invitados con la elegancia de una reina que acaba de ganar una guerra civil sin mancharse el vestido. Aceptaba las felicitaciones con una sonrisa profesional, mientras Roberto, a su lado, se sentía como si le hubieran hecho una lobotomía financiera. Tenía la sensación de que, si se descuidaba y pedía un canapé de más, Don Eusebio aparecería de detrás de un seto para recordarle que el excedente de calorías no estaba presupuestado en el anexo de gastos de representación matrimonial.
— Oye, Clara —susurró Roberto, interceptando a una camarera que llevaba una bandeja de croquetas de boletus que olían a gloria bendita—. ¿No te has pasado un poco con lo de las setenta y dos horas para ver a mi madre? Que la mujer es una pesada, sí, pero es mi madre. Me va a llamar cada mañana llorando por Skype y voy a tener que pagarle el psicólogo además del crucero.
— Roberto, bicho, el psicólogo de tu madre ya está contemplado en la cláusula de “gastos inevitables de mantenimiento familiar” —respondió Clara, cogiendo una croqueta y soplándole con delicadeza—. Pero el Skype es gratis. Y además, el contrato dice que las llamadas solo se atenderán en horario de oficina. Los fines de semana son para nosotros. Y para mi abogado, si hay alguna urgencia legal.
En ese momento, Paco se acercó a ellos tambaleándose un poco, con una copa de vino en una mano y una de esas brochetas de langostino que chorrean aceite en la otra.
— ¡Vaya jugada, Roberto! ¡Eres un crack! —exclamó Paco, dándole una palmada en la espalda que casi hace que Roberto se atragante con su propia saliva—. Firmar una separación de bienes en el altar… ¡Eso tiene más huevos que el caballo de Espartero! Yo si le hago eso a mi mujer, me hace la circuncisión con el cuchillo del jamón antes de decir “amén”.
— No ha sido idea mía, Paco. Ha sido una gestión de activos asistida —murmuró Roberto, mirando de reojo a Clara.
— Pues te digo una cosa —continuó Paco, bajando la voz y oliendo intensamente a reserva de la Rioja—, ten cuidado con Don Eusebio. Le he visto en la barra libre hablando con el primo de Clara, el que trabaja en la CNMV. Se estaban riendo mucho mientras miraban una carpeta que ponía “Plan de Pensiones de Roberto: Auditoría Forense”. Yo que tú, me guardaba un poco de tarta en los bolsillos, por si mañana te levantas y el banco te ha bloqueado hasta la tarjeta del abono transporte.
Roberto sintió un escalofrío. Miró hacia la barra libre y, efectivamente, allí estaba el abogado, compartiendo una copa de champán con Luis, el primo listo de Clara. Luis era el tipo de persona que en las reuniones familiares te preguntaba por el ratio de liquidez de tu matrimonio antes de pasarte la sal.
— ¿Auditoría forense de mi plan de pensiones? —balbuceó Roberto—. Pero si ahí solo tengo cuatro duros y una inversión en criptomonedas que hice en un momento de debilidad después de un after-work.
— Pues el abogado dice que las criptomonedas computan como “activos volátiles de riesgo compartido” —intervino Clara, que parecía tener un oído biónico para todo lo relacionado con el dinero—. Y según el contrato, cualquier pérdida superior al diez por ciento en inversiones especulativas deberá ser compensada con labores domésticas equivalentes a precio de mercado de empleada de hogar por horas. Así que, bicho, más vale que ese Bitcoin suba, o te veo planchando camisas hasta que cumplamos las bodas de plata.
Roberto se dejó caer en una silla de forja, derrotado. El banquete todavía no había empezado y ya sentía que era el empleado del mes de su propio matrimonio. La tensión cómica se palpaba en el ambiente: mientras los invitados disfrutaban de la comida, Roberto veía en cada bocado un débito en su balance personal.
Pero lo peor estaba por llegar. El momento de los brindis.
Doña Angustias, que había recuperado la verticalidad y el color gracias a tres martinis blancos y una ración doble de jamón de bellota, se subió al pequeño escenario donde la orquesta ya estaba afinando los instrumentos para el baile. Cogió el micrófono con una determinación que hizo temblar al técnico de sonido.
— ¡Atención todos! —gritó Doña Angustias, cuya voz, amplificada por los altavoces, sonó como el juicio final—. Quiero hacer un brindis por los recién casados. O mejor dicho, por los recién “auditados”.
Un silencio incómodo recorrió el jardín. Clara arqueó una ceja. Roberto cerró los ojos y empezó a contar hasta diez, sabiendo que su madre estaba a punto de soltar una carga de profundidad.
— Mi hijo Roberto —continuó Angustias, clavando la mirada en Clara— es un hombre generoso. Tan generoso que firma papeles que no entiende para contentar a una mujer que confunde el amor con una hoja de Excel. Pero quiero que sepáis una cosa, queridos invitados: en esta familia tenemos valores. Y el valor más grande es que, pase lo que pase, un García siempre tiene un as en la manga. O en el testamento.
Angustias sacó de su escote —ese lugar misterioso donde las madres españolas guardan desde el rosario hasta el recibo del seguro de decesos— un sobre de papel amarillento.
— Clara, hija mía —dijo Angustias con una sonrisa que era puro veneno—, tú has traído a tu abogado. Pero yo he traído mi propia sorpresa. Este es el testamento ológrafo de mi difunto marido, el padre de Roberto. Y fíjate qué casualidad: hay una cláusula secreta que dice que cualquier propiedad familiar que sea sometida a un acuerdo de separación de bienes sin el consentimiento expreso de la matriarca —osea, yo—, pasará automáticamente a ser gestionada por una fundación benéfica para la protección de los bronquios de las viudas de Chamberí.
El estallido de asombro de los invitados fue ensordecedor. Don Eusebio dejó su copa en la barra y salió disparado hacia el escenario, mientras Luis, el primo de la CNMV, empezaba a teclear frenéticamente en su móvil. Roberto miró a su madre, luego a Clara y se dio cuenta de que su boda se había transformado en un cruce entre una película de abogados de los años noventa y un capítulo de “Herederos”.
— ¡Eso no puede ser legal! —gritó Clara, perdiendo por primera vez la compostura y dando un paso hacia el escenario—. ¡Ese testamento es papel mojado!
— ¡Pruébalo ante el Tribunal Supremo, guapa! —replicó Angustias, agitando el sobre como si fuera la bandera de la victoria—. Mientras tanto, la casa de la sierra y el juego de café de la Cartuja están bajo mi jurisdicción bronquial. ¡Camarero, traiga otra ronda! ¡Esto lo paga la fundación!
La fiesta se convirtió en un caos organizado. Abogados corriendo, primos analizando leyes sucesorias, una suegra triunfante y un novio que, por primera vez en toda la tarde, empezó a reírse a carcajadas. Roberto se levantó, cogió una botella de champán entera de una mesa y le dio un trago largo.
— ¿De qué te ríes, idiota? —le gritó Clara, que estaba intentando arrebatarle el sobre a su suegra—. ¡Que nos hemos quedado sin casa de la sierra!
— Me río, Clara —dijo Roberto, limpiándose la espuma de la boca con el dorso de la mano—, de que por fin somos iguales. Tú tienes tu contrato, mi madre tiene su testamento imaginario y yo… yo tengo la mayor borrachera de mi vida y una ganas locas de ver cómo termina este Social Drama. ¡Que empiece el baile! ¡Y que Don Eusebio saque a bailar a mi madre, que al final son tal para cual!
La orquesta, ajena al desastre jurídico, empezó a tocar “Paquito el Chocolatero”. Era el inicio del fin, o quizás el principio de una convivencia que prometía ser, como mínimo, muy bien documentada legalmente. Pero el giro final todavía estaba oculto tras el velo de la novia.
PARTE 4: El veredicto del amanecer y la última cláusula
La fiesta en “Los Olivos del Marqués” terminó de la única forma en que puede terminar una boda madrileña con abogados y testamentos de por medio: con el sol asomando por la sierra, los tacones en la mano y una sensación de resaca colectiva que ni el mejor Ibuprofeno del mundo podía mitigar. A las seis de la mañana, el jardín era un campo de batalla de restos de confeti, copas vacías y Don Eusebio dormido en un sofá de mimbre con el maletín usado como almohada.
Doña Angustias había sido evacuada por su marido tres horas antes, tras intentar convencer al DJ de que pusiera himnos gregorianos para “elevar el tono moral de la fundación”. El sobre del testamento ológrafo resultó ser, tras una inspección rápida de Luis el de la CNMV, una carta de una antigua caja de ahorros reclamando el pago de una cubertería de acero inoxidable de 1994. No había fundación, ni bronquios protegidos, solo el farol más grande de la historia de Chamberí.
Roberto y Clara estaban sentados en el borde de la piscina, con los pies a remojo y la luna de miel a solo unas horas de distancia. El silencio era, por fin, real. No había gritos, ni cláusulas, ni suegras. Solo el sonido del agua y el lejano murmullo de los camiones de la limpieza recogiendo el percal.
— Vaya tela, Clara —dijo Roberto, que ya había recuperado la sobriedad a base de beber agua con gas y sustos—. Llevo diez horas casado y siento que he envejecido una legislatura entera. ¿De verdad era necesario el despliegue de Don Eusebio? Casi me da un parraque cuando le vi salir con el maletín. Pensaba que ibas a confesar que eras una agente doble o que tenías una familia secreta en Cuenca.
Clara se apoyó en su hombro, dejando que el velo, ahora un poco sucio de césped, flotara en el agua.
— No era por el dinero, Roberto. De verdad. Era por el respeto. Necesitaba saber que eras capaz de elegirme a mí por encima del caos de tu madre y de tu propia desorganización. Si no hubieras firmado ese papel, hoy estaríamos durmiendo en camas separadas. Al firmar, me demostraste que estás dispuesto a jugar con mis reglas. Y mis reglas son sencillas: transparencia total y nada de Mykonos pagados con nuestra cuenta de ahorro.
— Ya, pero lo de las setenta y dos horas para ver a mi madre… —suspiró Roberto—. Eso va a ser difícil de ejecutar. Sabes que es capaz de presentarse disfrazada de repartidor de Amazon solo para ver si hemos hecho la cama.
— Pues el contrato dice que el repartidor deberá identificarse con el DNI original —rio Clara, dándole un beso en la mejilla—. Pero bueno, quizás podamos negociar una cláusula de “amnistía navideña” si te portas bien este trimestre.
Roberto la miró y, a pesar de todo el drama, del abogado y de la humillación pública, se dio cuenta de que no querría estar con ninguna otra mujer. La seguridad que le daba Clara, aunque fuera una seguridad blindada legalmente, era lo que él necesitaba para no terminar siendo un títere en manos de Doña Angustias.
— Oye —dijo Roberto de repente—, ¿qué ha pasado con Don Eusebio? ¿Le hemos pagado ya o va por comisión sobre los langostinos que se ha comido?
— Eusebio es un viejo amigo de mi padre —confesó Clara con un brillo travieso en los ojos—. Lo del maletín y los treinta folios era, en su mayoría, teatro. El acuerdo real de separación de bienes tiene solo tres páginas y lo firmamos ante notario el mes pasado, como personas normales. Lo de hoy… lo de hoy era el “gran final” para que tu madre entendiera que en esta casa mando yo.
Roberto se quedó boquiabierto. La procesión de firmas, la Montblanc, el estrés de la página treinta y cuatro… ¡todo había sido una puesta en escena!
— ¡¿Me estás diciendo que me has hecho sudar la gota gorda delante de todo Madrid por puro espectáculo?! —exclamó Roberto, aunque sin rastro de enfado.
— Se llama “gestión de expectativas”, bicho —respondió ella, levantándose y ofreciéndole la mano—. Ahora tu madre me tiene un miedo que roza el pánico místico, y tú sabes que no te puedes pasar ni un milímetro con las criptomonedas. Es un “win-win” de manual.
Roberto se levantó, sacudiéndose el pantalón del traje. Miró hacia el sofá donde Don Eusebio empezaba a desperezarse.
— ¿Y lo de la auditoría forense de mi plan de pensiones? ¿Eso también era mentira?
— Eso no —dijo Clara, empezando a caminar hacia el hotel de la finca—. Eso es real. Don Eusebio empieza el lunes a las nueve. No querrás que nos vayamos de viaje a Japón sin saber si podemos permitirnos el sushi de primera calidad, ¿verdad?
Roberto soltó una carcajada que resonó en todo el valle. Se dio cuenta de que su vida a partir de ahora no iba a ser aburrida. Iba a ser una sucesión de auditorías, contratos y giros de guion, pero siempre con Clara al mando, lo cual era mucho mejor que cualquier plan de pensiones.
Caminaron hacia la habitación de nupcias, de la mano, mientras el abogado se ajustaba la corbata y buscaba un taxi para volver a Madrid. En el fondo, la pregunta final que todos se hacían en la boda —”¿El abogado en el altar es amor o es miedo?”— tenía una respuesta muy sencilla para Roberto: era el precio de la libertad.
¿Irse también puede ser una forma de amor propio? No, en este caso, quedarse y firmar fue el mayor acto de amor propio que Roberto había hecho jamás. Porque a veces, para ser feliz, necesitas que alguien te ponga el contrato delante y te obligue a elegir entre el pasado y el futuro.
Y así, entre acuerdos de bienes, suegras dramáticas y abogados que no sudan, comenzó el matrimonio de Roberto y Clara. Un matrimonio que, según el artículo primero del anexo adicional, prometía ser el más divertido, caótico y legalmente impecable de todo el barrio de Chamberí.
Al final, como decía el padre Julián mientras recogía sus cosas: “Dios los cría, y el Código Civil los junta”. Y en Madrid, eso es lo más parecido a un final feliz que se puede encontrar.