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El sí, el no y el invitado del maletín

PARTE 1: El sí, el no y el invitado del maletín

El sol de julio en los alrededores de Madrid no tiene piedad, es una entidad física que te golpea la nuca con la fuerza de un central de tercera división. En la finca “Los Olivos del Marqués”, el aire vibraba con ese calor seco que hace que los hombres se pregunten por qué demonios la etiqueta social exige traje de tres piezas en un país que en verano se convierte en una sucursal del Sahara. Roberto sentía una gota de sudor recorriéndole la espina dorsal, una trayectoria lenta y tortuosa que terminaba justo donde el cinturón empezaba a apretar más de la cuenta tras el banquete de la víspera.

Estaba allí, en el altar improvisado bajo una carpa blanca que prometía una sombra que en realidad era solo un invernadero de lujo, mirando a Clara. Clara estaba espectacular. Su vestido era una obra de ingeniería textil que probablemente costaba lo mismo que un coche de gama media, y su velo flotaba con una brisa inexistente, dándole un aire de divinidad que a Roberto le hacía sentir, más que nunca, que le había tocado la lotería sin haber comprado el décimo.

A su alrededor, la flor y nata de la burguesía madrileña y los parientes de pueblo que habían venido en autobús desde Extremadura compartían el mismo espacio, aunque no el mismo código de vestimenta. Los amigos de Roberto, capitaneados por Paco —el padrino y un hombre que ya olía a gin-tonic antes de que el cura dijera “buenos días”—, hacían apuestas discretas sobre cuánto duraría el sermón del padre Julián.

El padre Julián, un hombre que parecía haber sido tallado en la misma madera que los bancos de la iglesia de San Jerónimo el Real, carraspeó. El momento había llegado. El silencio se hizo tan denso que se podía oír el zumbido de una mosca que intentaba aterrizar en el tocado de plumas de Doña Angustias, la madre de Roberto, una mujer que llevaba el concepto de “suegra” a niveles que rozaban el género de terror gótico.

— Roberto —dijo el cura con una voz de barítono que retumbó en los altavoces—, ¿quieres recibir a Clara como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Roberto tragó saliva. Sus cuerdas vocales estaban más secas que un polvorón en agosto.

— Sí, quiero —soltó, con una contundencia que pretendía ocultar que le temblaban las rodillas.

Doña Angustias soltó un sollozo dramático en la primera fila, un ruido que sonó más a victoria militar que a emoción materna. El cura se giró hacia Clara.

— Clara, ¿quieres recibir a Roberto como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Clara no contestó de inmediato. Se quedó mirando a Roberto a los ojos con una intensidad que él interpretó como romanticismo puro, pero que en realidad tenía más de cálculo estructural. El silencio se prolongó un segundo más de lo reglamentario. Paco dejó de juguetear con la petaca en su bolsillo. Doña Angustias dejó de llorar en seco, como si alguien hubiera cerrado un grifo.

— Antes de decir “sí” —dijo Clara, con una voz clara y cristalina que llegó hasta la última fila de sillas de tijera—, quiero presentar a alguien.

Un murmullo recorrió la carpa como una ráfaga de viento entre los pinos. Roberto parpadeó, desconcertado. ¿A quién iba a presentar ahora? ¿A un primo lejano de Australia? ¿A un cantante de boleros para amenizar el momento?

— ¿Quién es, bicho? —susurró Roberto, usando el apodo cariñoso que compartían en la intimidad de su piso en Chamberí—. Que el cura se nos va a deshidratar y los canapés nos están esperando.

Clara no sonrió. Hizo un gesto hacia la parte trasera de la carpa. De entre los invitados, un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje gris marengo impecable, una corbata de seda con nudo Windsor perfecto y un maletín de cuero que gritaba “burocracia de alto nivel”, se levantó con una parsimonia que cortaba el aliento. El hombre caminó por el pasillo central con la seguridad de quien entra en una sala de juntas para ejecutar un despido masivo.

— Es mi abogado —sentenció Clara, clavándole la mirada a un Roberto que empezaba a ponerse del color del papel de fumar—. Don Eusebio de la Vega, del bufete De la Vega y Asociados.

Roberto sintió que el mundo se detenía. El padre Julián se ajustó las gafas de cerca, como si esperara encontrar en el misal una explicación litúrgica para la aparición de un letrado en mitad de un sacramento.

— ¿Tu abogado? —balbuceó Roberto—. Clara, cariñito, que nos estamos casando, no estamos comprando un local comercial. ¿Qué hace aquí este señor con un maletín en mitad de la boda?

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