Posted in

El rugido de las tripas y el olor a fritura

Parte 1: El rugido de las tripas y el olor a fritura

El ambiente de la cocina estaba completamente saturado por un vapor denso y aceitoso.

Era ese olor inconfundible de las patatas fritas de verdad, de las que se cortan a mano y se tuestan despacio.

Alberto retiró la sartén del fuego con un movimiento maestro, haciendo que el aceite remanente chisporrotease contra los azulejos.

Con una espumadera de metal gastada, fue rescatando las patatas agrias, doradas, crujientes por fuera và blandas por dentro.

Las depositó sobre un plato cubierto con tres capas de papel de cocina del Mercadona para absorber el exceso de grasa.

Al lado, sobre la tabla de madera de cortar, esperaba un filete de ternera de Ávila de casi trescientos gramos.

El filete ya había pasado por la plancha de hierro fundido, dejando esa costra marrón y salada que hace la boca agua.

Alberto se sentó a la mesa de formica con una sonrisa de absoluta satisfacción criminal en el rostro.

Clavó el tenedor en la carne, liberando un hilo de jugo rosado que se mezcló de inmediato con la sal gorda.

Al otro lado de la mesa, la realidad era radicalmente distinta, casi de otra dimensión planetaria.

Beatriz lo observaba fijamente, sentada con la espalda tan recta que parecía una estatua de mármol del Museo del Prado.

Delante de ella không había ningún plato, ni cubiertos, ni rastro de pan de barra de la tahona del barrio.

Solo había un vaso de cristal de tubo tallado, lleno hasta el borde con agua del grifo de Madrid y tres hielos industriales.

Los hielos flotaban perezosamente, chocando contra las paredes del cristal con un tintineo sutil que sonaba a condena.

Beatriz sostenía el vaso với las dos manos, como si intentara extraer del frío alguna caloría invisible para su organismo.

Alberto masticó el primer bocado de ternera, cerrando los ojos para saborear la gloria de la grasa animal bien cocinada.

—Llevas veinticuatro horas sin meterte nada sólido en la boca por el rollo ese del ayuno, Beatriz —soltó él tras tragar.

—Te va a dar un jamacuco un día de estos en mitad del pasillo và me va a tocar a mí llamar a la ambulancia.

Read More