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El rojo de la venganza y el olor a fritanga pija

Parte 1: El rojo de la venganza y el olor a fritanga pija

El termómetro de la Puerta del Sol marcaba cuarenta y dos grados a la sombra, pero en la finca “Los Olivos del Marqués”, a las afueras de Madrid, el calor no era solo una cuestión meteorológica; era una bofetada de realidad que se te pegaba a las pestañas. Aquel era el típico escenario de boda madrileña de postín: césped tan verde que parecía pintado con spray, camareros con chalecos de terciopelo que sudaban gota gorda mientras sostenían bandejas de croquetas de boletus, y un despliegue de pamelas que más que sombreros parecían antenas parabólicas buscando señal de dignidad.

Elena bajó del taxi con la parsimonia de quien no tiene prisa por llegar al cielo porque ya sabe que el infierno es mucho más divertido. Se ajustó el vestido. Rojo. Un rojo tan intenso, tan “aquí estoy yo y que le den al protocolo”, que a su paso el aire parecía subir un par de grados más. No era el color para ir a la boda de tu exmarido. No era el color para ir a la boda de la mujer que, durante dos años, se había dedicado a enviarle mensajes anónimos diciéndole que su cama estaba demasiado fría. Pero Elena siempre había sido una mujer de principios: si vas a arruinar una fiesta, hazlo con estilo y que se vea desde la Estación Espacial Internacional.

— Gracias, joven —le dijo al taxista, un muchacho que la miraba con una mezcla de terror y admiración—. Quédese con el cambio y, si ve que sale humo del jardín en diez minutos, no llame a los bomberos. Es solo justicia poética.

Caminó por el sendero de grava con una seguridad que hacía que sus tacones de aguja sonaran como disparos de gracia. A lo lejos, bajo una carpa blanca que parecía el pulmón de un gigante, se oía el “Canon de Pachelbel”. Era el momento del cóctel. Ese limbo temporal donde la gente finge que le gusta el champán caliente y donde las tías abuelas critican el corte de los trajes mientras engullen tartaletas de salmón.

Elena se detuvo un momento para observar la fauna. Allí estaba la familia de Carlos. Su suegra, Doña Virtudes —cuyo nombre era el chiste más largo de la historia de la Comunidad de Madrid—, lucía un tocado que parecía un nido de cigüeña en pleno proceso de desahucio. Virtudes siempre la había odiado. La consideraba “demasiado leída” y “poco dada a las labores propias de su sexo”, que para Virtudes consistían básicamente en asentir con la cabeza y hacer croquetas de cocido sin rechistar.

Al ver a Elena entrar en el recinto, a Doña Virtudes se le cayó el canapé de hojaldre directamente sobre el escote de seda salvaje.

— ¡Virgen de la Paloma! —exclamó la mujer, atragantándose con un pistacho—. Pero… ¿qué hace esta mujer aquí? ¡Paco, llama a seguridad! ¡Que esta loca nos quema el banquete!

Elena ni siquiera pestañeó. Le dedicó a su exsuegra una sonrisa de esas que te hielan la sangre incluso en pleno julio madrileño y siguió avanzando hacia el centro del sarao. El murmullo se extendió por el jardín como un reguero de pólvora. “Es ella”. “¿La ex?”. “Vaya tela con el vestido”. “Si es que no tiene vergüenza”.

Elena buscó con la mirada al protagonista de la farsa. Carlos. Carlos estaba de pie junto a una fuente de piedra que escupía agua con menos entusiasmo que él. Llevaba un chaqué azul marino que le quedaba ligeramente estrecho en la zona de la cintura —las cenas de empresa con “la otra” pasan factura— y lucía ese bronceado de rayos UVA de última hora que te deja un tono naranja zanahoria poco favorecedor. A su lado estaba ella. Vanessa. La novia.

Vanessa era, en palabras de la mejor amiga de Elena, “un catálogo de Instagram con patas”. Llevaba un vestido de encaje tan apretado que era un milagro que pudiera realizar el intercambio gaseoso necesario para mantenerse con vida. Tenía esa mirada de triunfo de quien cree que ha ganado el primer premio de la lotería sin saber que el boleto tiene una errata y que Hacienda le está esperando en la esquina con una motosierra.

Elena se acercó a la barra, ignorando las miradas de los invitados que se apartaban como si ella fuera el mar Rojo y ellos unos israelitas con mucha prisa.

— Un gintonic, por favor —le dijo al camarero, un chico de unos veinte años que la miraba con los ojos como platos—. De esos que llevan más alcohol que ganas de vivir. Y no me pongas pepino, que esto no es una ensalada.

Con la copa en la mano, Elena se tomó un momento para disfrutar del ambiente. Carlos la había visto. Oh, sí. Lo supo porque su exmarido pasó de un tono naranja zanahoria a un gris ceniza industrial en menos de tres segundos. Soltó la mano de Vanessa como si la novia acabara de convertirse en una anguila eléctrica y empezó a caminar hacia Elena con la elegancia de un pingüino con reúma.

— Elena… —susurró Carlos cuando estuvo a un par de metros—. Elena, por favor. Dime que no vas a hacer lo que creo que vas a hacer.

— ¿Y qué crees que voy a hacer, Carlitos? —preguntó ella, dando un sorbo a su copa—. ¿Montar un número? ¿Gritar que eres un adúltero de tres al cuarto? ¿Recordarle a todo el mundo que hace seis meses me dijiste que te ibas a un congreso de logística en Cuenca y terminaste en un jacuzzi en Benidorm con esta muchacha?

— Baja la voz, por el amor de Dios —suplicó él, mirando de reojo a los invitados que se hacinaban cerca de ellos con la excusa de buscar más jamón—. Es mi boda, Elena. Un día sagrado.

— Sagrado. Ya. Como tus votos matrimoniales —ironizó ella—. No te preocupes, no he venido a montar un escándalo. No tengo el cuerpo para dramas de sobremesa de Antena 3. He venido a ser civilizada. A ser la exmarido moderna que Madrid espera de mí. He venido a saludar a la feliz pareja.

Vanessa, que no podía aguantar más el protagonismo compartido, se acercó con el paso firme de quien ha ensayado el desfile de la victoria durante meses. Sus tacones de plataforma se hundían en el césped, pero ella mantenía el mentón alto.

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