El aire acondicionado del salón, un aparato con más años que la democracia y que emitía un zumbido similar al de un motor de aviación en pleno despegue, no daba abasto. En el centro de Madrid, a finales de junio, el asfalto no solo retiene el calor, sino que parece proyectarlo con saña contra las ventanas de los terceros exteriores. Elena y Javi estaban sentados a la mesa del comedor, una pieza de madera recuperada que habían comprado en un rastro de Malasaña con la ilusión de quien estrena una vida nueva, pero que ahora servía de campo de batalla para la logística del verano.
Frente a ellos, un ordenador portátil de última generación proyectaba una luz azulada y gélida sobre sus rostros, dándoles un aire de conspiradores en una película de espionaje de bajo presupuesto. Elena sostenía el ratón con la firmeza de un cirujano a punto de realizar una incisión delicada, mientras Javi, con una cerveza fría en la mano que dejaba un cerco de humedad sobre la mesa, observaba la pantalla con una mezcla de optimismo antropológico y terror financiero.
— Vamos a ver, Javi, mírame a los ojos —dijo Elena, dejando de hacer “scroll” en una página de alquileres vacacionales que prometía “encanto rústico” a cambio de tu alma y la mitad de tu sueldo de julio—. Llevamos tres años juntos. Hemos sobrevivido a una mudanza, a la pandemia encerrados en cuarenta metros cuadrados y a la cena de Navidad con tus padres donde tu madre insistió en que yo me parecía a una ex tuya que se llamaba Soraya. Creo que nos conocemos. Pero planear estas vacaciones está revelando facetas de tu personalidad que ni el mejor psicólogo de la Seguridad Social podría diagnosticar.
Javi dio un trago largo a su cerveza, sintiendo el frescor del lúpulo como un bálsamo ante la tormenta inminente.
— Elena, por favor, no seas dramática. Solo he dicho que pagar cuatrocientos euros por noche en un sitio donde te cobran hasta por el aire que respiras me parece un insulto a la inteligencia del trabajador medio. Estamos en España, el país con más costa por metro cuadrado de ego, y parece que si no nos arruinamos en agosto no hemos descansado.
— No es arruinarse, Javi. Es dignidad —replicó ella, señalando una pestaña de Booking donde un hotel de cuatro estrellas en la costa de Cádiz mostraba una piscina infinita que parecía fundirse con el Atlántico—. Yo quiero un hotel. Un hotel de verdad. Con sus sábanas blancas que huelen a limpio, su servicio de habitaciones y, sobre todo, su buffet de desayuno. Un desayuno donde pueda comer huevos revueltos, bacon, fruta pelada por otra persona y tres tipos de bollería industrial sin sentirme juzgada por Dios o por mi nutricionista. Eso es la felicidad. Eso son las vacaciones.
Javi dejó la copa sobre la mesa con un “cloc” seco que resonó en el silencio del salón, solo interrumpido por el rugido del aire acondicionado.
— El desayuno, claro. La trampa del buffet. Te levantas a las nueve y media con una resaca de sol, te vistes a toda prisa porque el buffet cierra a las diez, y te atiborras de comida mediocre solo porque ya la has pagado. Luego te pasas toda la mañana en la hamaca, hinchado como un pez globo, sin poder moverte hasta la hora de la siesta. Yo prefiero ahorrar, Elena. Prefiero pillar algo barato, un hostal con alma, una casa de esas de pueblo donde te despiertas con el gallo y te vas a la panadería de la esquina a por una barra de pan de verdad.
Elena cerró los ojos y respiró hondo, como si estuviera practicando una técnica de mindfulness que le habían enseñado en un curso de relajación para empleados estresados.
— Javi, cariño, “barato” en tu idioma significa dormir en una habitación que comparte tabique con una discoteca o, lo que es peor, con una familia de cinco que tiene un niño que toca el tambor a las siete de la mañana. Tú llamas “aventura” a dormir con humedad. A esas paredes donde el papel pintado se cae a trozos y el colchón tiene la forma de todos los huéspedes que han pasado por allí desde la Expo del 92. Yo ya no tengo edad para buscar la aventura en el moho de los baños compartidos.
Javi se incorporó en la silla, gesticulando con las manos de esa manera tan madrileña que implica que se está a punto de soltar una verdad universal.
— ¡Humedad! ¡Qué exagerada eres! La humedad es parte del encanto de la costa. Es el salitre, Elena. Es la esencia del mar. El año pasado, en aquella cabaña de Galicia, estuvimos de lujo. Sí, vale, la ducha tenía un poco de verdín en las juntas, pero ¿y las vistas? ¿Y el precio? Nos ahorramos lo suficiente como para cenar marisco todas las noches.
— Nos ahorramos lo suficiente para cenar marisco, pero yo me desperté con una tortícolis que me duró hasta octubre por culpa de ese colchón de muelles que parecía una trampa para osos —contraatacó ella—. Aventura es seguir contigo después de ese plan, Javi. De verdad. Ese viaje a Galicia no fueron vacaciones, fue un ejercicio de supervivencia extrema digno de Bear Grylls, pero con olor a percebes y empanada.
La tensión en la mesa se podía cortar con el mismo cuchillo con el que Javi estaba pensando en abrirse otra cerveza. En tres años de relación habían descubierto muchas cosas el uno del otro: que él roncaba cuando bebía vino tinto, que ella odiaba que dejaran los calcetines hechos una bola debajo del sofá, y que ambos tenían una visión diametralmente opuesta de lo que significaba “descansar”.
Javi volvió a mirar el ordenador. Abrió una pestaña de un portal de alquileres de furgonetas camperizadas.
— Mira esto, Elena. Una California T6. Tiene de todo. Cocina, cama, nevera… Libertad total. Podemos dormir cada noche en una playa distinta. Sin horarios, sin recepcionistas estirados que te miran mal si subes con arena en las chanclas. Eso es vivir.
Elena miró la pantalla como si Javi le estuviera enseñando una foto de un nido de cucarachas.
— ¿Una furgoneta? ¿Me estás proponiendo pasar diez días de agosto metida en una caja metálica que se calienta a cuarenta grados al sol, haciendo nuestras necesidades en un poti-poti y lavándome el pelo con una alcachofa de ducha que funciona con el depósito del limpiaparabrisas? Javi, por favor. Tenemos treinta años, no somos dos mochileros que están de Interrail por Europa del Este. Yo quiero una ducha con presión. Quiero un espejo donde pueda verme la cara sin tener que contorsionarme. Quiero no tener que vaciar un depósito de aguas grises antes de irme a dormir.
— Eres una burguesa, Elena. Una burguesa del bienestar —rio Javi, aunque en el fondo sabía que estaba perdiendo la batalla—. Te has aburguesado tanto que has olvidado lo que es el contacto con la naturaleza.
— El contacto con la naturaleza está muy bien, pero la naturaleza también tiene mosquitos, calor asfixiante y arena en lugares donde la arena no debería estar nunca —sentenció ella—. En vacaciones hay que disfrutar, Javi. Para ahorrar ya tengo todo el resto del año, que me paso la vida comparando el precio de los aguacates en tres supermercados distintos. Agosto es el mes de la amnesia financiera. Es el mes de decir “sí a todo” y ya nos preocuparemos en septiembre cuando llegue la factura de la tarjeta.
— Esa es la filosofía que nos lleva al desastre, cariño —suspiró Javi—. “Disfrutar” no significa necesariamente gastar. Disfrutar es la libertad. Y no hay nada menos libre que un hotel con pulsera de “todo incluido” donde te tratan como a una res en un cebadero.
Elena volvió al ratón. Hizo clic en una pestaña que tenía guardada como “favoritos de emergencia”. Era un cortijo rehabilitado en el interior de Málaga, con vigas de madera, suelos de barro cocido y una terraza donde el desayuno se servía bajo una parra centenaria.
— Mira, ni para ti ni para mí. No es un hotel de cadena, pero tiene desayuno. Es bonito, tiene piscina y no tiene humedad —dijo ella con un tono de voz que buscaba el consenso pero que arrastraba una firmeza innegable—. Y cuesta un poco más de lo que tú querrías, pero mucho menos de lo que yo pagaría por no tener que dormir en una furgoneta contigo oliendo a pies y a protector solar caducado.
Javi se acercó a la pantalla. Examinó las fotos. El lugar era, objetivamente, una maravilla. Pero su cerebro, programado para la optimización de recursos y el ahorro preventivo, no podía evitar calcular cuántas cañas y raciones de calamares representaba la diferencia de precio.
— ¿Ciento ochenta la noche? —preguntó, con un hilo de voz—. Elena, por ese dinero en el pueblo de mi abuelo te compras media hectárea de olivos y te sobra para una mula.
— Pues vete con la mula al pueblo de tu abuelo, Javi —remató ella, cerrando el portátil de golpe—. Pero yo, este verano, o duermo en una cama con sábanas de trescientos hilos y desayuno huevos con bacon, o me quedo aquí en Madrid con el aire acondicionado puesto y te veo por Skype mientras tú te peleas con la humedad en tu “aventura” de bajo coste.
Javi miró la lata de cerveza vacía. Sabía que Elena hablaba en serio. Y sabía que, en el fondo, planear las vacaciones era el examen final de cada año de relación. Un examen donde se decidía no solo el destino, sino quién cedía, quién ganaba y cuánto peso tenía el confort frente a la cartera.
— Está bien —murmuró Javi—. Vamos a mirar ese cortijo. Pero que sepas que si el zumo de naranja del desayuno es de bote, me voy a pasar todas las vacaciones recordándote que podríamos estar bebiendo zumo recién exprimido en una gasolinera de camino a mi furgoneta.
— Es un riesgo que estoy dispuesta a correr —sonrió Elena, abriendo de nuevo el ordenador—. Ahora, vamos a ver la disponibilidad, que me juego algo a que ya hemos tardado tanto en discutir que se lo han alquilado a una pareja de alemanes que no tienen crisis existenciales por el precio del buffet.
Parte 2: La guerra de las estrellas y el fantasma de los chiringuitos pasados
La sesión de planificación nocturna entró en su segunda hora. El cortijo de Málaga, por supuesto, ya no tenía disponibilidad para las fechas de agosto. “Lo sentimos, este alojamiento es muy popular”, decía el mensaje en rojo que brillaba en la pantalla como una mofa personal del algoritmo de Booking. Elena soltó un gruñido de frustración y se echó hacia atrás en la silla, mientras Javi, en un alarde de autocontrol heroico, evitó soltar el consabido “te lo dije”.
— Bueno, pues nada, a empezar de cero —suspiró Elena, frotándose las sienes—. Esto es lo que pasa cuando uno intenta ser democrático en este país. Al final, por querer contentar a todo el mundo, nos quedamos en Madrid viendo cómo las plantas del balcón se mueren de calor.
— No digas eso, mujer. Hay miles de sitios —intentó animarla Javi, aunque su dedo índice ya estaba buscando compulsivamente la pestaña de “Hostels con encanto” que Elena le había prohibido tocar bajo amenaza de exilio—. ¿Y si cambiamos de zona? Vámonos al norte. Asturias, Cantabria… Allí no hace tanto calor, se come de lujo y seguro que encontramos algo que no cueste un riñón.
Elena le lanzó una mirada que habría congelado el mismísimo Cantábrico en pleno temporal.
— ¿Al norte? ¿En agosto? Javi, ¿tú sabes lo que es el norte en agosto? Es Madrid con lluvia y un poco más de verde. Está todo hasta la bandera. Las playas parecen un concierto de los Rolling Stones y para comer un cachopo tienes que pedir cita previa antes de Semana Santa. Además, allí la humedad es “marca de la casa”. Me veo durmiendo otra vez en una habitación donde las toallas no se secan de un día para otro. No, gracias. Yo necesito sol, necesito sur y necesito… —hizo una pausa dramática— …necesito que alguien me traiga un gin-tonic a la hamaca.
— El gin-tonic de la hamaca, el nuevo derecho constitucional —rio Javi—. Mira, Elena, el problema es que tú buscas una película de anuncio de helados y la realidad de las vacaciones en España es mucho más… castiza. La realidad es la sombrilla que sale volando, el parking a tres kilómetros de la arena y el chiringuito donde te clavan veinte euros por una fritura de pescado que ha visto tiempos mejores. Por eso te digo que ahorrar es fundamental. Si ahorramos en el alojamiento, tenemos más “pasta” para el resto. ¿Qué prefieres? ¿Un hotel de lujo y comer bocadillos de chopped en la habitación, o un sitio barato y vivir como reyes en los restaurantes?
Elena lo miró fijamente, como si estuviera analizando una ecuación matemática compleja que Javi nunca llegaría a entender.
— Esa es la gran falacia de tu vida, Javi. La “falsa dicotomía del ahorro”. Nunca, repito, nunca hemos vivido como reyes después de ahorrar en el hotel. Lo que pasa es que dormimos mal en un sitio con humedad, me levanto de mal humor, y luego tú sigues mirando el precio de la carta en el restaurante porque “hay que compensar el gasto del viaje”. Al final, ni hotel bueno, ni cena de lujo. Nos quedamos en un término medio mediocre que me hace sentir que estoy trabajando fuera de casa en vez de estar de vacaciones.
Javi se quedó en silencio, dándose cuenta de que Elena le había hecho un “checkmate” psicológico en toda regla. Recordó aquel viaje a Almería de hace dos años. Habían alquilado un apartamento que en las fotos parecía el loft de una estrella de Hollywood en Nueva York, pero que resultó ser un bajo reconvertido que olía intensamente a tubería vieja. Javi se había pasado todo el viaje diciendo que “así podíamos ir a las calas escondidas”, pero la realidad fue que Elena acabó con una alergia al polvo de los sofás de skay y él se gastó lo ahorrado en una multa por aparcar donde no debía en San José.
— Vale, acepto que Almería fue un error logístico —admitió Javi—. Pero no todos los sitios baratos son así. Hay joyas escondidas, Elena. Lo que pasa es que hay que saber buscar. Hay que leer las críticas negativas. Si alguien dice “el dueño es un poco seco pero el sitio está limpio”, ese es nuestro lugar. Si dicen “el desayuno es espectacular pero la cama hace ruido”, ahí es donde tú te pones nerviosa.
— ¡Claro que me pongo nerviosa! La cama es el centro del universo durante diez días. Yo no voy a las vacaciones a “conocer gente”, Javi. No quiero socializar con el dueño de un hostal que me cuenta su vida mientras me sirve un café recalentado en una cocina que comparte con otras seis personas. Yo voy a desconectar de la humanidad. Y para desconectar de la humanidad necesito un entorno controlado. Un entorno donde el ruido de los demás sea un murmullo lejano amortiguado por paredes de calidad.
Javi suspiró y empezó a teclear “Hoteles con desayuno incluido sur de España” en el buscador. La lista que apareció era una sucesión de precios que harían palidecer al mismísimo Ministro de Hacienda.
— Mira esto, Elena. El “Gran Hotel Costa del Sol”. Piscina, spa, buffet libre, vistas al mar… Seiscientos cincuenta euros tres noches. ¡Seiscientos cincuenta! Eso es casi el alquiler de un mes en nuestro barrio. ¿De verdad quieres gastarte eso en tres días de almohadas ajenas?
Elena se acercó a la pantalla, entrecerrando los ojos para leer la letra pequeña.
— Incluye parking y acceso al spa —apuntó ella, con un tono que buscaba la justificación—. Además, tiene un 8,9 en valoración. Javi, mira las fotos del buffet. Tienen una estación de tortillas al momento. Te hacen la tortilla como tú quieras. Con cebolla, con pimiento, con queso… ¡Eso es el paraíso, Javi! Que un señor con gorro blanco te haga una tortilla mientras tú todavía no has procesado que te has despertado.
— Ese señor con gorro blanco no es San Pedro, Elena. Es un trabajador que está deseando que te termines la tortilla para poder limpiar la plancha —replicó Javi, desesperado—. Por seiscientos cincuenta euros, yo te hago la tortilla en casa todos los días del año, te pongo música de ambiente de selva tropical y te abanico con una rama de palmera de plástico. ¡Es una locura!
— No es una locura, es una inversión en nuestra salud mental —sentenció Elena—. Estamos todo el año trabajando como mulas en Madrid. Aguantando el metro, aguantando a los jefes, aguantando el ruido constante. ¿De verdad no nos merecemos tres días de que nos traten como si fuéramos importantes? ¿De verdad el ahorro tiene que ser la única brújula de nuestra vida?
Javi miró la pantalla y luego miró a Elena. Vio el cansancio en sus ojos, una sombra que el corrector no lograba ocultar del todo tras una jornada de diez horas en la oficina. Comprendió que para ella, el hotel no era un lujo vacío, sino una vía de escape, una forma de compensar el esfuerzo diario con un poco de pamperismo industrial. Para Javi, en cambio, el lujo era la libertad de no deber nada a nadie, de tener dinero en la cuenta para imprevistos y de sentir que no le estaban tomando el pelo con precios inflados por la temporada alta.
— Mira, hagamos una cosa —propuso Javi, bajando el tono y buscando un punto de encuentro—. Vamos a buscar un hotel, de acuerdo. Tú ganas. Pero busquemos uno que no sea una cadena internacional de esas que parecen aeropuertos. Busquemos un hotel boutique, algo pequeño, con encanto, que tenga ese desayuno que tanto te gusta pero que no nos obligue a pedir un crédito personal para pagar las cenas. Algo en el interior, quizá a veinte minutos de la playa. Así ahorramos un poco en la ubicación pero disfrutamos en el servicio.
Elena pareció considerar la oferta. El término “hotel boutique” siempre sonaba bien, como algo sofisticado pero exclusivo, alejado de las masas de turistas con calcetines y sandalias.
— ¿A veinte minutos de la playa? —preguntó ella, con sospecha—. ¿Veinte minutos de reloj o “veinte minutos” según el anuncio de la inmobiliaria que luego resultan ser tres cuartos de hora buscando aparcamiento y sudando como pollos?
— Veinte minutos reales, te lo prometo. He visto un pueblo cerca de Vejer de la Frontera que es una joya. Calles blancas, silencio, brisa de la sierra y hoteles de esos que tienen cuatro habitaciones y un patio andaluz donde el tiempo se detiene.
— Si el tiempo se detiene, que sea con un zumo de naranja natural —cedió Elena con una media sonrisa—. Vamos a ver qué encontramos por ahí. Pero te aviso, Javi: como vea una mota de humedad en el techo o el colchón tenga más años que mi abuela, te vas a dormir al coche. Y en Vejer hace mucho viento de levante para dormir en un coche.
Javi volvió a la carga con el teclado, sintiendo que por fin habían pasado de la fase de hostilidades a la de negociación diplomática. Sin embargo, en el fondo de su mente, el fantasma del ahorro seguía susurrándole que por ese precio podrían haber recorrido media Europa en una furgoneta. Pero miró a Elena, que ya estaba buscando fotos de “outfits para cenar en Vejer”, y decidió que, por esta vez, la paz matrimonial valía cada euro del buffet de desayuno.
Parte 3: El asalto a la “Joyita Escondida” y el dilema del aire acondicionado
Eran casi las doce de la noche. El zumbido del aire acondicionado del salón parecía haberse vuelto más agresivo, como si protestara por llevar tanto tiempo encendido. Elena y Javi seguían en la misma posición, aunque el nivel de cansancio físico empezaba a nublar su capacidad de discernimiento estético. Habían descartado ya doce “hoteles boutique” que resultaron ser casas de particulares con una mano de pintura y una cuenta de Instagram muy trabajada, pero con unos precios que harían palidecer a un jeque árabe.
— ¡Lo tengo! —exclamó Javi, casi dando un salto en la silla—. Mira esto, Elena. “Posada Real del Viento”. En un pueblo a quince minutos de Conil. Fotos de las habitaciones: techos altos, sábanas blancas, nada de moho a la vista. Y atención al dato: “Desayuno artesano incluido con productos de la zona”. Tienen hasta aceite de oliva propio.
Elena se acercó a la pantalla, escéptica pero esperanzada. El lugar tenía una puntuación de 9,2. Las fotos mostraban un patio interior con una fuente de mármol y macetas de geranios que parecían sacadas de un patio cordobés en pleno mayo.
— Nueve coma dos —leyó Elena en voz alta—. A ver, miremos las críticas de la gente. Siempre hay un amargado que le saca punta a todo. Eso es lo que me da la medida real del sitio.
Javi hizo clic en la sección de comentarios. Empezaron a leer con la concentración de quien estudia un contrato hipotecario.
— “Un remanso de paz, el desayuno de Carmen es de otro planeta. Volveremos” —leyó Javi—. “Las camas son nubes, dormimos como bebés. Diez sobre diez”.
— Espera, baja un poco más —dijo Elena, señalando un comentario de una tal “Mari Carmen P.”—. Aquí hay uno de cuatro estrellas: “El sitio es precioso, pero el aire acondicionado es de esos centrales y no se puede regular bien en la habitación. Pasamos un poco de calor la primera noche”.
Elena se quedó mirando la pantalla como si acabara de descubrir una mancha de sangre en una escena del crimen.
— ¿No se puede regular el aire acondicionado? —preguntó, con un tono que oscilaba entre la incredulidad y la tragedia—. Javi, en Cádiz en agosto, el aire acondicionado es una cuestión de vida o muerte. No es un extra, es un derecho humano básico. Si no puedo poner la habitación a dieciocho grados para dormir tapada con la colcha mientras fuera el mundo se derrite, no son vacaciones. Es una sauna con vistas.
— Elena, por Dios, Mari Carmen P. seguro que es de esas personas que si no tiene el aire dándole directamente en la frente no está contenta —intentó calmarla Javi—. Además, dice que solo pasaron calor la primera noche. Igual fue un fallo puntual. El resto de la gente no dice nada. Mira este: “Temperatura ideal en todo momento”.
— ¡Porque ese tío sería de Finlandia, Javi! —exclamó ella—. A un finlandés le pones a veinticinco grados y piensa que está en el Caribe. Yo soy de Madrid. Yo vivo en el asfalto. Yo necesito frío industrial para compensar el trauma del resto del año. El ahorro me está empezando a parecer otra vez una trampa. Seguro que el hotel es barato porque ahorran en electricidad a costa de los sudores de los clientes.
Javi cerró los ojos y se frotó la cara con las manos. La discusión estaba entrando en una fase de surrealismo climático que amenazaba con dar al traste con las tres horas de búsqueda.
— No es barato, Elena. Cuesta ciento cuarenta euros la noche. Eso no es barato en ningún código postal de este planeta. Y no están ahorrando en electricidad, es simplemente un edificio antiguo rehabilitado. Las paredes de piedra mantienen el frescor. Es arquitectura bioclimática, mujer. Lo que hacían nuestros abuelos antes de que inventaran los aparatos que consumen medio río Ebro cada hora.
— Mis abuelos pasaban un calor de mil demonios y por eso en cuanto pudieron se compraron un ventilador de aspas que cortaba el aire como si fuera mantequilla —replicó ella—. Yo no quiero arquitectura bioclimática, Javi. Yo quiero tecnología del siglo veintiuno. Quiero apretar un botón y que mi habitación se convierta en una sucursal del Ártico. “Aventura”, “arquitectura bioclimática”, “humedad con encanto”… ¿Te das cuenta de que todos tus argumentos para ahorrar implican que yo sufra físicamente de alguna manera?
Javi respiró hondo, tratando de no perder la calma. Sabía que este era el momento crítico. El momento donde la planificación de las vacaciones revela si la pareja está unida por el amor o simplemente por la falta de mejores opciones.
— Vale, olvidemos la Posada Real del Viento —dijo Javi, cerrando la pestaña con una violencia innecesaria—. Busquemos el hotel de cadena. El de seiscientos euros. El del aire acondicionado que te congela las pestañas. El del desayuno industrial donde el zumo de naranja sale de una máquina que parece un expendedor de gasolina. Si eso es lo que te hace feliz, lo pagamos. Pero luego no te quejes si no tenemos presupuesto para ir a ver las puestas de sol en el chiringuito más “cool” de Tarifa porque nos hemos gastado la pasta en el recibo de la luz del hotel.
Elena lo miró y, por primera vez en la noche, sintió una punzada de culpa. Vio a Javi, entregado a la causa de su bienestar pero con el alma herida por la derrota de sus principios de ahorro. Vio que él estaba dispuesto a sacrificar su tranquilidad financiera por sus “dieciocho grados industriales”.
— No seas así, Javi —dijo ella, suavizando el tono y poniéndole una mano en el brazo—. No quiero que lo pagues con rabia. Solo quiero que estemos bien. ¿De verdad crees que la arquitectura esa bioclimática funciona? ¿O me lo estás diciendo para convencerme de que el sitio es una ganga?
Javi se giró hacia ella, con una expresión de honestidad brutal.
— Te lo digo porque el sitio tiene un 9,2, Elena. Y porque Carmen, la dueña, contesta a todas las críticas con una educación exquisita. Mira lo que le dice a Mari Carmen P.: “Sentimos mucho el inconveniente, ese día hubo una ola de calor excepcional y el sistema tardó en estabilizarse, pero ya hemos instalado refuerzos individuales en cada habitación”. ¡Instalaron refuerzos, Elena! Eso es servicio al cliente. Eso es preocuparse. Un hotel de cadena te habría dicho que es lo que hay y te habrían dado un ventilador de plástico que solo mueve el aire caliente.
Elena volvió a leer la respuesta de Carmen. Había algo en la forma de escribir de la dueña del hotel que le transmitía confianza. Era una voz humana, no un mensaje automático generado por un departamento de relaciones públicas.
— “Refuerzos individuales”… —murmuró Elena—. Bueno, eso cambia un poco la cosa. Si hay refuerzos, hay esperanza. Y el patio ese con los geranios es verdad que es precioso. Imagínate desayunando ahí, Javi, sin el ruido del tráfico, con el sonido de la fuente…
— ¡Y con aceite de oliva del bueno! —añadió Javi, viendo que la brecha se abría de nuevo a su favor—. Imagínate ese pan de pueblo tostado, con su tomate restregado y su chorrito de aceite de la zona. Eso no tiene precio, Elena. Bueno, sí lo tiene, pero es un precio justo. En el hotel de cadena el pan es de ese de molde que parece goma espuma.
Elena se quedó mirando la foto de la fuente de mármol. El romanticismo logístico de Javi estaba empezando a calar en su armadura de burguesa del bienestar. Se dio cuenta de que, en realidad, lo que ella buscaba no era el lujo por el lujo, sino la paz. Y la paz, a veces, está más cerca de un patio con geranios que de un spa lleno de gente con gorro de ducha.
— Está bien —dijo Elena, rindiéndose definitivamente—. Vamos a reservar en la Posada de Carmen. Pero escúchame bien, Javi, y esto es un contrato vinculante: como pase calor la primera noche, te vas a comprar una bolsa de hielo a la gasolinera y me la vas a poner en los pies hasta que me quede dormida. Y no quiero ni una sola queja sobre el precio de los gin-tonics en Vejer.
— ¡Hecho! —exclamó Javi, haciendo clic en el botón de “Reservar ahora” antes de que Elena pudiera cambiar de opinión—. Bolsa de hielo lista y presupuesto para gin-tonics aprobado por el consejo de administración. ¡Nos vamos al sur, Elena!
Mientras el ordenador procesaba la reserva, un silencio dulce cayó sobre el salón. La tensión acumulada durante horas se disolvió en una sensación de alivio compartido. Habían sobrevivido a la planificación. Habían navegado entre el ahorro y el disfrute, entre la humedad y el aire acondicionado, y habían llegado a puerto. O al menos, a un patio andaluz con geranios.
— ¿Sabes una cosa? —dijo Javi, cerrando el portátil y estirándose con un crujido de huesos—. Tenías razón. Planear vacaciones revela mucho de la relación. Yo he aprendido que eres capaz de sacrificar un buffet industrial por un patio con alma, siempre y cuando no sudes.
— Y yo he aprendido que tú eres capaz de pagar ciento cuarenta euros por noche siempre y cuando el aceite de oliva sea artesano —rio ella—. Somos un desastre, Javi. Un desastre con 9,2 de valoración.
— Vámonos a la cama, que mañana hay que trabajar para pagarle el aceite a Carmen —dijo Javi, apagando la luz del salón—. Y mañana, por favor, nada de mirar el Instagram de hoteles en Maldivas. Que nos conocemos.
Parte 4: El desembarco en el sur y la paradoja del viajero español
El viaje de Madrid hacia el sur fue una odisea de cinco horas a través de la estepa manchega, con el termómetro del coche marcando cuarenta y dos grados y Javi insistiendo en que el aire acondicionado en modo “eco” era más que suficiente para no deshidratarse. Elena, armada con un abanico de las fiestas de su pueblo y una mirada que prometía represalias si el sistema fallaba, se mantuvo en un silencio tenso hasta que divisaron las primeras casas blancas recortadas sobre el azul intenso del cielo gaditano.
Cuando finalmente llegaron a la “Posada Real del Viento”, el pueblo les recibió con ese silencio espeso de la siesta andaluza, donde hasta las moscas parecen estar de acuerdo en que moverse es un error táctico. Javi aparcó el coche en una callejuela que parecía diseñada para carros de mulas y no para un SUV moderno, sudando la gota gorda mientras Elena le daba indicaciones contradictorias desde fuera.
— ¡Que le vas a dar al retrovisor, Javi! ¡Tira para la derecha, que ahí cabe un portaaviones! —gritaba ella, mientras un vecino desde un balcón la observaba con la paciencia infinita de quien ha visto a mil madrileños morir en el intento de aparcar en su calle.
— ¡Que ya lo sé, Elena! ¡Que tiene sensores! —replicaba él, con la cara roja como un tomate—. Los sensores no dejan de pitar porque piensan que la pared es una amenaza personal. ¡En Madrid aparco en sitios más estrechos que este!
Tras diez minutos de maniobras dignas de un tetris avanzado, consiguieron entrar en la posada. Al cruzar el umbral del patio, el milagro ocurrió. El aire cambió. El calor asfixiante de la calle se transformó en una frescura natural, húmeda y balsámica. El sonido de la fuente de mármol era como una caricia para los oídos saturados por el ruido de la M-30.
Carmen, la dueña, apareció con una sonrisa que disipó de golpe todas las dudas de Elena. Era una mujer menuda, con los ojos brillantes y una jarra de limonada casera en la mano que, en ese momento, a Javi le pareció el Santo Grial.
— Bienvenidos, hijos. Venís con cara de haber peleado con el sol de Despeñaperros —dijo Carmen, sirviéndoles dos vasos llenos de hielo y menta—. Pasad, pasad al patio. Aquí el levante no entra y se está de gloria.
Elena bebió la limonada como si fuera el elixir de la eterna juventud. Miró a Javi y, por primera vez en tres meses, no hubo rastro de reproche en su mirada. El sitio era, efectivamente, una joya. Las vigas de madera, el suelo de barro frío bajo sus pies y el olor a jazmín creaban una atmósfera de paz que ningún hotel de cadena con seiscientas habitaciones podría replicar jamás.
— Subid a la habitación, que ya os he puesto el refresco ese que me pedisteis por correo —dijo Carmen con un guiño—. Veréis que se duerme como en el cielo.
La habitación era amplia, con una cama que parecía un altar al descanso y, lo más importante, un aparato de aire acondicionado que, aunque discreto, emitía un chorro de aire gélido que hizo que Elena soltara un suspiro de alivio casi místico.
— Diecinueve grados, Javi —murmuró ella, mirando el mando a distancia—. Carmen es una santa. Me retiro de todas mis críticas. El ahorro ha ganado, pero el disfrute ha empatado en el último minuto.
Javi se dejó caer en la cama, que efectivamente se sentía como una nube de algodón.
— ¿Ves? ¿Qué te dije? Confianza, Elena. Confianza en el algoritmo y en la sabiduría popular de Carmen. Ciento cuarenta euros bien invertidos. Ahora, confiesa: ¿preferirías estar en el hotel de cadena con el pasillo lleno de niños gritando y el buffet que huele a fritanga desde las ocho de la mañana?
Elena se tumbó a su lado, cerrando los ojos.
— Confieso que este sitio tiene algo que el dinero no compra: silencio. Y el silencio, Javi, es el verdadero lujo de nuestra generación. Para ahorrar ya tendremos septiembre, pero ahora… ahora solo quiero que no me hables de presupuestos durante los próximos diez días.
La mañana siguiente trajo la prueba definitiva: el desayuno. Se sentaron en el patio, bajo la parra que filtraba la luz del sol dándole un tono verde esmeralda a todo el entorno. Carmen apareció con una cesta de pan recién horneado, un cuenco de tomates triturados con ajo y sal, y una botella de aceite de oliva que tenía el color del oro líquido.
— Este aceite es de los olivos de mi hermano —dijo Carmen, orgullosa—. Y el queso es de la sierra de Grazalema. Comed, comed, que para pasar hambre ya está el invierno.
Javi miró a Elena. Ella estaba untando el aceite en el pan con una reverencia casi religiosa. Dio el primer bocado y su cara se transformó.
— Javi… —dijo ella, con los ojos cerrados—. Este pan. Este aceite. Esto… esto le da mil vueltas a cualquier estación de tortillas al momento. Esto es la verdad, Javi. Lo otro era solo decorado.
— ¡Aha! ¡Victoria! —rio Javi, triunfante—. El ahorro nos ha traído al paraíso, Elena. Hemos disfrutado de la esencia, no de la apariencia. ¿Ves cómo se puede tener todo? Se puede ahorrar en el concepto y disfrutar en la ejecución.
Elena terminó su café, un café de verdad, hecho en cafetera italiana y con un aroma que despertaba hasta las neuras más dormidas.
— Vale, acepto la derrota. En vacaciones hay que disfrutar, pero disfrutar de lo que importa. A veces pensamos que disfrutar es gastar mucho, y a veces es solo encontrar a una mujer llamada Carmen que sabe tratar el pan con respeto. Pero no te acostumbres, Javi. El año que viene igual me vuelve a dar el ataque de burguesía y te pido un crucero por el Caribe.
— El año que viene ya veremos —suspiró Javi, recostándose en la silla—. Por ahora, quédate con esta imagen: tú, yo, los geranios y ni una sola factura en el horizonte.
La planificación de las vacaciones, ese ejercicio de riesgo extremo para cualquier pareja, había terminado con éxito. Habían descubierto que, tras tres años de relación, todavía eran capaces de sorprenderse, de ceder y de encontrar un terreno común entre el miedo a la humedad y el terror a la bancarrota.
Mientras Javi pagaba la última ronda de gin-tonics en un chiringuito de la playa de El Palmar, viendo cómo el sol se hundía en el mar con una parsimonia insultante, se dio cuenta de que la pregunta final —”¿en vacaciones hay que ahorrar o disfrutar?”— no tenía una respuesta única. La clave estaba en la propia planificación, en ese tira y afloja nocturno frente a la pantalla del ordenador que, al final, no era más que un entrenamiento para la vida misma.
— Oye, Javi —dijo Elena, apoyando la cabeza en su hombro mientras la brisa del mar les despeinaba—. El año que viene… ¿qué tal si miramos lo de la furgoneta camperizada?
Javi casi se atraganta con el gin-tonic. Miró a Elena, buscando el rastro de la broma en su cara, pero ella hablaba en serio. O al menos, lo parecía bajo los efectos del atardecer gaditano.
— ¿La furgoneta? ¿La caja metálica sin aire acondicionado y con el poti-poti? —preguntó Javi, incrédulo.
— Bueno… —rio ella—, me has convencido de que la aventura tiene su punto. Y si podemos ahorrar en el alquiler de la furgo, igual nos llega para cenar en ese restaurante de tres estrellas Michelin que hay en el puerto. Es cuestión de organizarse, ¿no?
Javi soltó una carcajada que se perdió en el rugido de las olas.
— Elena, eres el ser más contradictorio que he conocido en mi vida. Y por eso, precisamente, es por lo que sigo contigo después de tres años y de este plan de vacaciones. El año que viene ya veremos. Por ahora, disfruta de este momento, que el aceite de Carmen nos espera mañana y eso sí que es una inversión garantizada.
Las vacaciones habían revelado la verdad: no importaba tanto el hotel o el hostal, el buffet o el pan con aceite. Lo que importaba era que, tras tres años, seguían siendo capaces de discutir por una pestaña de Booking y terminar riéndose frente al mar. Y eso, en los tiempos que corren, es la mayor aventura de todas.
¿En vacaciones hay que ahorrar o disfrutar? La respuesta es sí. Ahorrar en las tonterías para poder disfrutar de las verdades. Y, sobre todo, no olvidarse nunca de llevar una chaqueta, que por la noche en Cádiz siempre refresca un poco y el levante no perdona ni a los que tienen un 9,2 de valoración.