La mañana de sábado en Madrid tiene un pulso propio, una mezcla de pereza acumulada y la urgencia por aprovechar el tiempo que solo los que viven en una gran ciudad logran entender. En el barrio de Chamberí, donde los edificios de fachada señorial conviven con cafeterías que intentan ser modernas pero mantienen el alma de bar de toda la vida, Marcos y Lucía habían encontrado su refugio. “La Central del Grano” era uno de esos sitios donde el olor a tostadas con tomate y aceite de oliva virgen extra flotaba en el aire como una promesa de paz doméstica.
Se habían sentado en la mesa del rincón, la que tenía un poco de cojera pero ofrecía las mejores vistas a la calle Fuencarral. Marcos, que siempre ha sido un hombre de rituales, estaba en pleno proceso de disección de su cruasán a la plancha, mientras Lucía revisaba distraídamente un documento en su iPad, alternando con sorbos cortos a su café con leche de avena. Todo parecía estar en un equilibrio perfecto, una estampa de felicidad de clase media-alta que solo se ve interrumpida por la tecnología.
El teléfono de Lucía, descansando boca arriba sobre el mármol de la mesa, vibró con esa insistencia mecánica que parece diseñada para atraer la mirada de cualquiera en un radio de tres kilómetros. Marcos, a pesar de sus intentos por ser el epítome de la confianza moderna, no pudo evitar que sus ojos se desviaran hacia la pantalla. Fue un segundo, un parpadeo, pero suficiente para captar el nombre: Nacho. Y lo que es peor, el mensaje iba acompañado de una hilera de emojis que, a ojos de un hombre que ha desayunado sospechas durante las últimas dos semanas, parecían una declaración de guerra.
— ¿Otro mensaje del curro a estas horas? —preguntó Marcos, intentando que su voz sonara casual, como quien pregunta por el pronóstico del tiempo y no por la integridad de su relación.
Lucía ni siquiera levantó la vista del iPad. Alargó la mano, deslizó el dedo por la pantalla del móvil para silenciarlo y volvió a su lectura.
— Es Nacho. Algo de la presentación del lunes. Ya sabes cómo es, se pone nervioso si no tiene todo cerrado antes del domingo por la noche.
— Ya —respondió Marcos, dejando el cuchillo sobre el plato con un tintineo que a él le pareció atronador—. Lo que no entiendo es por qué necesita mandarte un emoji de un cohete y una carita sonriente para hablar de un informe trimestral. No sé, me parece que ese pibe tiene un exceso de confianza comunicativa.
Lucía finalmente dejó el iPad y miró a Marcos. Tenía esa expresión de paciencia infinita que se reserva para los niños pequeños o para las parejas que están a punto de entrar en un barrizal del que no saben salir.
— Marcos, por favor. Es Nacho. Llevamos trabajando juntos tres años. Es un colega, nada más. Me habla normal, como habla todo el mundo hoy en día. ¿Ahora vamos a auditar el uso de los emojis?
— No me gusta cómo te habla tu compañero del curro —soltó Marcos, soltando por fin la bomba que llevaba cebando desde que vio a ese tal Nacho saludar a Lucía con un abrazo demasiado efusivo en la última cena de empresa—. No es que quiera auditar nada, es que hay cosas que se ven de lejos. Los celos no siempre son intuición, a veces son inseguridad con argumentos, y mis argumentos tienen forma de emoticonos innecesarios.
Lucía soltó una carcajada corta, de esas que no tienen nada de gracia y mucho de ironía.
— ¿Argumentos? Marcos, me habla normal. Es su forma de ser. Nacho es una persona positiva, usa colores, usa dibujos, es creativo… Trabaja en marketing, por Dios. Si no usara emojis, probablemente le despedirían por falta de entusiasmo.
— Demasiado normal con emojis —insistió Marcos, ignorando el sarcasmo—. Una cosa es poner un pulgar hacia arriba para decir que has recibido un archivo, y otra muy distinta es llenar la pantalla de fueguitos y estrellas. Los emojis no son una amenaza por sí mismos, lo sé. Pero son como el condimento de una comida: si echas demasiado, es porque quieres ocultar que la carne está pasada o porque quieres que el plato sea mucho más sugerente de lo que debería.
Lucía se cruzó de brazos, dejando que su café se enfriara. La tensión cómica del momento empezaba a derivar en ese tipo de discusión circular que en Madrid llamamos “una chapa monumental”.
— Los emojis no son una amenaza, Marcos. Son solo una forma de suavizar el tono escrito. Ya sabes que por WhatsApp todo parece más borde de lo que es. Si me pone un “gracias” a secas, parece que me está dando una orden. Si le pone una carita, parece que somos un equipo. Es lenguaje corporativo moderno, nada más. No te rayes.
— El guiño sí tiene antecedentes, Lucía —remató Marcos, señalando el teléfono que volvía a iluminarse—. He visto ese guiño antes. En la foto que subiste de la oficina el mes pasado, él te comentó con un guiño. Y en el grupo de WhatsApp del cumple de tu jefa, también. El guiño es el caballo de Troya de la seducción digital. Empieza como algo simpático y termina con una invitación a un “after-work” que dura hasta las tres de la mañana.
Marcos sentía que tenía la razón de su parte, pero al mismo tiempo era consciente de lo absurdo que sonaba todo. Estaba discutiendo sobre la semántica de un dibujo amarillo de dos milímetros en una cafetería de Chamberí. Pero así es el amor en los tiempos del Slack: una guerra de guerrillas donde el campo de batalla es una pantalla de cristal líquido y las balas son pequeñas caras con diferentes niveles de expresividad.
Lucía suspiró, buscó en su bolso y sacó un paquete de pañuelos, como si se estuviera preparando para un interrogatorio largo.
— Mira, Marcos. Te lo voy a decir una vez: confía en mí o no confíes, pero no me hagas elegir entre mi salud mental y los hábitos de mensajería de un consultor de treinta años que cree que el mundo se acaba si un PowerPoint no tiene las transiciones correctas. ¿De verdad crees que me voy a ir con Nacho porque me ponga una carita guiñando un ojo? ¿Tan poco me valoras? ¿O tan poco te valoras a ti mismo?
La pregunta quedó flotando en el aire, mezclándose con el ruido de la cafetera de brazo y el murmullo de una pareja de ancianos en la mesa de al lado que discutía sobre si el pan de hoy estaba más duro que el de ayer. Marcos se quedó callado, mirando el último trozo de su cruasán. Sabía que la respuesta a esa pregunta era el nudo gordiano de toda la cuestión. ¿Era intuición o era simplemente que el ego le escocía?
Parte 2: El fantasma de la fiesta de Navidad y la semántica del guiño
El café se había quedado frío, pero ninguno de los dos hacía ademán de pedir otro o de levantarse. En las discusiones de pareja, el primer round suele ser de tanteo, pero el segundo es donde salen los fantasmas del pasado a dar vueltas por la mesa. Y Marcos tenía un fantasma con nombre y apellidos, y una camisa de lino impecable que le quedaba insultantemente bien.
— No es que no confíe en ti —empezó Marcos, bajando el tono, tratando de sonar como un hombre razonable y no como un concursante de un reality de despecho—. Es que conozco el paño. ¿Te acuerdas de la fiesta de Navidad? La que hicieron en aquel local de Malasaña con las luces de neón y los cócteles con nombres de pecados capitales.
Lucía puso los ojos en blanco, pero Marcos no se detuvo.
— Estuvisteis media hora hablando en la barra. Solo vosotros dos. Y no me digas que hablabais del margen de beneficios del cuarto trimestre porque los dos os reíais como si os estuvieran contando los mejores chistes del mundo. Nacho no paraba de tocarte el brazo mientras hablaba. Es un “toca-brazos”, Lucía. Y los “toca-brazos” no lo hacen por compañerismo. Lo hacen para marcar territorio, para ver hasta dónde pueden llegar. Es una técnica de manual de seducción de los que se creen que están en una película de Woody Allen.
— ¡Pero si nos reíamos porque Alberto, el de contabilidad, se había caído intentando hacer el ‘moonwalk’! —se defendió Lucía, aunque con una sonrisa que delataba que el recuerdo, efectivamente, era divertido—. Estábamos en una fiesta, Marcos. Se bebe, se ríe, se celebra que el año se acaba y que no tenemos que vernos las caras durante diez días. Nacho es así con todo el mundo. Es un tío expansivo. Le toca el brazo a la jefa, le toca el brazo al mensajero y probablemente le toque el brazo hasta al busto de Cervantes si se lo cruza por la calle. No es especial conmigo.
— El guiño sí es especial —insistió Marcos, volviendo a su obsesión central—. El guiño implica una complicidad que no se tiene con un mensajero. Es un “tú y yo sabemos algo que el resto no”. Es el código secreto de los que están tonteando bajo el radar. Tú dices que es normal, pero yo te digo que el guiño tiene antecedentes. ¿Te acuerdas de ese ex tuyo, el que trabajaba en la agencia de publicidad? Empezó igual. “Es un colega”, “es muy gracioso”, “me pone guiños en las fotos de Instagram”. Y luego resultó que el guiño era el preludio de una mudanza.
Lucía sintió que el agotamiento le pesaba en los hombros. Comparar a un compañero de trabajo actual con un ex de hace cinco años era el equivalente emocional a traer un tanque a una pelea de almohadas.
— Estás mezclando churras con merinas, Marcos. Lo que pasó con Javi no tiene nada que ver con Nacho. Para empezar, Javi era un idiota y yo era mucho más joven. Y para seguir, Nacho tiene novia. Una chica estupenda que es arquitecta y que, por cierto, usa más emojis que él. Los vi el otro día en una foto en Instagram, en una cala en Menorca, y parecían la mar de felices. ¿También me vas a decir que la novia es parte de su estrategia de distracción?
Marcos se quedó descolocado por un segundo. No sabía lo de la novia. En su cabeza, Nacho era un depredador solitario que acechaba en los pasillos de la oficina, armado con una sonrisa de diseño y una colección inagotable de emoticonos sugerentes. Pero el hecho de que tuviera novia no calmó del todo su inquietud. En Madrid, tener pareja a veces es solo un estado civil temporal que no impide el tonteo deportivo en las horas de oficina.
— Tener novia no quita que le gustes —murmuró Marcos, aunque con menos convicción—. Hay gente que necesita esa validación constante. Ese tonteo de baja intensidad que te hace el día más ameno entre reunión y reunión. Lo que me molesta es que tú le sigas el juego. Que te parezca “normal”. Porque cuando algo se vuelve normal, dejas de poner límites. Y los límites son necesarios, Lucía. Sobre todo con tíos que mandan cohetes y guiños un sábado a las diez de la mañana.
— Los límites los pongo yo, no tú —sentenció Lucía, recuperando su iPad y guardándolo en el bolso con un movimiento decidido—. Y los pongo cuando siento que alguien se pasa de la raya. Nacho no se ha pasado de ninguna raya. Me ayuda con el trabajo, me hace reír cuando el jefe se pone insoportable y es un buen compañero. Si tú no puedes ver eso porque estás demasiado ocupado analizando el historial de mis ex y la semántica de los guiños, el problema es tuyo, no mío.
Se levantaron de la mesa casi al mismo tiempo. Marcos pagó en la barra mientras Lucía esperaba fuera, mirando el escaparate de una librería con una expresión ausente. El sol de la mañana ya calentaba con fuerza y la calle Fuencarral estaba llena de gente con bolsas de compras y perros con correa extensible. Parecía un día perfecto para pasear, pero entre ellos se había instalado un muro de cristal, transparente pero infranqueable.
Caminaron hacia la Plaza de Olavide en silencio. Marcos sentía que había perdido la batalla de los argumentos, pero su intuición —o lo que él llamaba intuición— seguía gritándole que algo no encajaba. ¿Eran celos reales o era esa inseguridad crónica que le asaltaba cada vez que sentía que no tenía el control total de la narrativa?
Parte 3: El veredicto de la Plaza de Olavide y la inseguridad con argumentos
La Plaza de Olavide es el corazón social de Chamberí, un espacio circular lleno de terrazas donde las familias se mezclan con los jóvenes que estiran el aperitivo hasta que se convierte en cena. Sergio y Lucía se sentaron en un banco, lejos del bullicio de los bares, buscando un poco de aire fresco bajo la sombra de los árboles. La discusión del café no se había cerrado, simplemente había pasado a una fase de latencia, como un volcán que parece dormido pero sigue soltando un humo denso y preocupante.
— ¿Sabes qué es lo que más me jode de todo esto? —dijo Marcos, rompiendo el silencio mientras observaba a un niño intentar cazar una paloma sin éxito—. Que me haces sentir como si fuera un loco. Un cavernícola que no entiende cómo funcionan las relaciones modernas. Pero yo veo cómo se miran las parejas en este barrio. Veo el tonteo en las oficinas, lo veo en el gimnasio, lo veo en todas partes. Madrid es una ciudad diseñada para el pecado, Lucía. Todo el mundo está a una cerveza de distancia de cometer una estupidez.
Lucía suspiró y se apoyó en el respaldo del banco, mirando hacia el cielo azul intenso de la capital.
— Madrid es una ciudad diseñada para vivir, Marcos. Si ves pecado en todas partes, es porque lo llevas dentro. Estás proyectando tus propios miedos en un pobre tipo que lo único que ha hecho es ser simpático conmigo. Lo que tú llamas “intuición” es, en el noventa por ciento de los casos, inseguridad con argumentos. Te montas una película, buscas pruebas que encajen en tu guion (como los emojis o los abrazos de cinco segundos) y luego te indignas por una ficción que tú mismo has creado.
— Inseguridad con argumentos… —repitió Marcos, saboreando la frase con amargura—. Pues quizá tengas razón. Quizá sea inseguro. Pero, ¿quién no lo es? Vivimos en un mundo donde todo es efímero. Hoy somos la pareja perfecta y mañana eres “la ex de Marcos” y estás celebrando el éxito de una campaña con Nacho en un bar de copas. La inseguridad no sale de la nada, Lucía. Sale de observar la realidad. Y la realidad es que ese tío tiene interés en ti. Se le nota en la forma en que te busca en las fotos, en cómo te escribe fuera de horario… Eso no es compañerismo, es acecho de baja intensidad.
Lucía se giró hacia él y le cogió la mano. Fue un gesto tierno, pero Marcos sintió que era un gesto de despedida, o al menos de tregua forzada.
— Escúchame bien. Si Nacho tuviera interés en mí, yo sería la primera en saberlo. Las mujeres tenemos un radar para eso mucho más afinado que el vuestro. Y si tuviera interés, yo sabría cómo pararle los pies, porque te quiero a ti y porque no me interesa complicarme la vida con dramas de oficina. Pero lo que no voy a hacer es dejar de ser yo misma, o dejar de tener una buena relación con mis colegas, para que tú te sientas más seguro. La seguridad no te la puedo dar yo con mi comportamiento, te la tienes que dar tú con tu confianza.
— Es que es difícil confiar cuando el entorno es tan… volátil —murmuró Marcos, aunque sentía que sus defensas se estaban desmoronando ante la lógica aplastante de Lucía—. Me da rabia que él tenga ese acceso a ti que yo no tengo durante ocho horas al día. Compartís bromas que yo no entiendo, anécdotas que yo no he vivido… Siento que él conoce una parte de ti que a mí se me escapa. Y eso, supongo, es lo que me vuelve loco.
— ¡Pero eso es el trabajo, Marcos! —exclamó Lucía, casi riendo por lo absurdo de la confesión—. Todos tenemos una vida paralela en el curro. Tú también tienes a tus compañeras, a tus jefas… Seguro que también tenéis vuestros códigos y vuestras bromas. Y yo no te monto un pollo cada vez que recibes un mensaje de tu equipo. ¿Por qué lo mío es sospechoso y lo tuyo es profesional?
— Porque mis compañeras no me mandan guiños ni cohetes —remató Marcos, volviendo a su puerto seguro, al único argumento sólido que creía tener—. No sé, quizá sea una chorrada, pero para mí las formas importan. Y las formas de Nacho son… mejorables.
Se quedaron un rato en silencio, viendo cómo la luz de la tarde empezaba a cambiar, volviéndose más dorada y suave. El debate sobre la intuición y la inseguridad seguía abierto, pero al menos habían logrado ponerle palabras. En Madrid, las cosas se solucionan hablando, o al menos se intentan solucionar antes de que el sol se ponga y llegue la hora de la siguiente caña.
— Hagamos un trato —propuso Lucía, apretándole la mano—. Yo intentaré ser más consciente de cómo me afectan esos mensajes y quizá le diga a Nacho, de forma sutil, que no hace falta tanto entusiasmo digital los sábados por la mañana. Pero tú tienes que trabajar en ese radar tuyo, porque está detectando amenazas donde solo hay ruido de fondo. ¿Trato hecho?
Marcos asintió lentamente. No era una victoria total, pero era lo más parecido a un acuerdo de paz que iba a conseguir ese sábado.
— Trato hecho. Pero como me entere de que el cohete tiene un significado oculto relacionado con una escapada de fin de semana, te juro que me presento en tu oficina con un ramo de flores y una pancarta que diga “Marcos es el jefe aquí”.
Lucía soltó una carcajada de verdad, de las que se oyen en toda la plaza.
— ¡Serás ridículo! —rio ella, abrazándolo—. Venga, vamos a buscar un sitio para tomar un vermú, que me ha entrado hambre con tanta discusión existencial. Y por favor, apaga el móvil. No quiero ver ni un solo emoji en las próximas tres horas.
Caminaron hacia la calle de Santa Engracia, mezclándose con el bullicio madrileño. Marcos se sentía un poco más ligero, aunque una pequeña parte de su cerebro seguía analizando la posibilidad de que el guiño fuera, efectivamente, una señal de ataque. Pero decidió ignorarla. Al menos por hoy, la intuición iba a perder la batalla contra la seguridad. O al menos, contra la necesidad de disfrutar de un sábado perfecto en Chamberí con la mujer que, a pesar de los guiños ajenos, seguía eligiendo desayunar con él cada mañana.
Parte 4: El veredicto final y el misterio del cohete revelado
La tarde en Chamberí se deslizó hacia esa hora mágica en la que el cielo de Madrid se tiñe de un naranja casi irreal, un espectáculo que los madrileños llaman “el velázquez” y que te hace olvidar, por unos minutos, el tráfico y las facturas. Marcos y Lucía estaban sentados en una terraza de la calle Ponzano, que a esa hora ya empezaba a llenarse de gente lista para el “tardeo”. Habían compartido una ración de ensaladilla rusa y unas croquetas de boletus que estaban para ponerles un piso en la Castellana. La paz parecía haber vuelto a su pequeño universo de dos.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Justo cuando Lucía estaba contando una anécdota sobre su tía de Cuenca, su teléfono volvió a vibrar. Esta vez no fue un mensaje corto, fue una llamada. Lucía miró la pantalla, dudó un segundo y luego miró a Marcos.
— Es Nacho —dijo ella, con una voz que intentaba ser neutral pero que delataba un ligero nerviosismo—. Debe de ser algo urgente. ¿Te importa si lo cojo?
Marcos sintió que el nudo en el estómago volvía con una fuerza renovada. “Urgente”, pensó. “Seguro que es un código para decir que me echa de menos”. Pero decidió jugar al hombre moderno y comprensivo.
— Coge, coge. No vaya a ser que la oficina se esté quemando y nosotros aquí comiendo croquetas.
Lucía aceptó la llamada y puso el manos libres, quizá para demostrarle a Marcos que no tenía nada que ocultar. La voz de Nacho inundó la mesa, sonando con un entusiasmo que traspasaba la cobertura.
— ¡Lucía! Siento molestarte en sábado, de verdad, pero es que tengo que contártelo ya o exploto. ¡Ha pasado! ¡El cliente ha aceptado la propuesta del cohete!
Marcos arqueó las cejas. ¿La propuesta del cohete?
— ¡¿En serio?! —exclamó Lucía, con una alegría genuina—. ¡Nacho, es increíble! ¡Después de tres meses peleando con ellos!
— ¡Sí! —continuó Nacho, casi gritando—. Les ha flipado la metáfora del crecimiento exponencial. Por eso te mandé el emoji antes, pero no me contestaste y no aguantaba más. Oye, pásame luego el contacto del proveedor de las gráficas, que quiero dejarle un mensaje para el lunes a primera hora. ¡Somos unos cracks! Bueno, te dejo disfrutar del finde. ¡Chao!
Lucía colgó y miró a Marcos con una expresión de triunfo absoluto, mezclada con una pizca de “te lo dije”.
— ¿Lo has oído? —preguntó ella, con una sonrisa que llegaba hasta las orejas—. La propuesta del cohete. Era una campaña publicitaria para una startup de logística. Estábamos pendientes de que el cliente diera el visto bueno. El emoji del cohete… era literalmente el concepto de la campaña.
Marcos sintió que se encogía en la silla. Se sintió pequeño, ridículo y un poco más tonto que hace cinco minutos. Toda su teoría de la seducción digital, su análisis semántico de los emoticonos y su historial de celos retrospectivos se acababan de estrellar contra la realidad de una startup de logística y una metáfora de crecimiento empresarial.
— Vale —murmuró Marcos, escondiendo la cara tras su copa de cerveza—. Me rindo. El cohete era un cohete de verdad. Y yo soy un idiota de verdad.
Lucía soltó una carcajada y le dio un beso rápido en la mejilla.
— No eres un idiota, Marcos. Eres un hombre que me quiere y que a veces se raya un poco de más. Pero ya has visto: los celos casi siempre son inseguridad con argumentos… y a veces esos argumentos son tan absurdos como un emoji de un cohete.
— ¿Y el guiño? —preguntó Marcos, recuperando un poco de su orgullo herido—. ¿También hay una campaña del guiño?
— El guiño —rio Lucía— es porque Nacho tiene un tic nervioso cuando se pone contento. Me lo dijo el otro día. Cada vez que dice algo que le entusiasma, guiña el ojo izquierdo sin querer. Es una tontería de la que nos reímos en la oficina. Por eso me lo puso en el mensaje.
Marcos se quedó en silencio, procesando la información. Un tic nervioso. Una campaña de logística. Un consultor de marketing con exceso de entusiasmo. Todo encajaba, pero no de la forma que él había imaginado. Madrid seguía siendo una ciudad diseñada para el pecado, quizá, pero también era una ciudad donde la gente trabajaba demasiado y usaba emojis para no volverse loca entre reunión y reunión.
— ¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —dijo Marcos, levantando su copa para brindar—. Que ahora que sé que Nacho solo quiere lanzar cohetes al mercado, puedo empezar a disfrutar de este sábado sin sentir que tengo un competidor en la sombra. Me has ganado, Lucía. La intuición ha perdido por goleada contra la realidad.
— Lo importante no es quién gane, bicho —respondió ella, chocando su copa con la de él—. Lo importante es que sepamos distinguir entre lo que pasa en nuestra cabeza y lo que pasa en la vida real. Y en la vida real, estoy aquí contigo, comiendo croquetas y viendo atardecer en Chamberí. ¿Hay algo mejor que eso?
— Nada —admitió Marcos, sintiéndose por fin en paz—. Absolutamente nada. Bueno, quizá que las croquetas fueran gratis, pero eso ya sería pedir demasiado.
Caminaron de vuelta a casa bajo la luz de las farolas, abrazados y riéndose de lo absurdo de la mañana. Marcos sacó su móvil y, por primera vez en el día, escribió un mensaje. No fue a Nacho, ni a nadie del trabajo. Fue un mensaje para Lucía, aunque la tuviera al lado.
“Te quiero”, decía el texto. Y al final, le puso un emoji de un corazón rojo y, después de dudar un segundo, añadió un guiño.
Lucía sintió la vibración en su bolso, leyó el mensaje y le miró con ojos brillantes.
— ¿Un guiño, Marcos? ¿En serio? —rio ella.
— Es un guiño con antecedentes —respondió él, guiñándole un ojo de verdad—. Significa que tú y yo sabemos algo que el resto no. Que a pesar de los cohetes, de los clientes y de las inseguridades, este sábado ha sido perfecto.
El veredicto final estaba claro: los celos pueden ser intuición o pueden ser inseguridad, pero al final del día, lo único que importa es que la persona que tienes al lado siga eligiendo desayunar, comer y cenar contigo, con o sin emojis de por medio. Madrid seguía vibrando a su alrededor, una ciudad llena de historias y de secretos, pero para Marcos y Lucía, el único secreto que importaba era el que compartían bajo las luces de Chamberí.
Y así, entre risas y promesas de no volver a rayarse por una carita amarilla, llegaron a su portal. La discusión había terminado, la paz se había restablecido y, lo más importante, Marcos ya no tenía miedo a los cohetes. Al fin y al cabo, él ya tenía su propio viaje espacial asegurado cada vez que miraba a Lucía a los ojos.
¿Los celos son intuición o inseguridad? Quizá un poco de ambas, pero con un buen plato de croquetas y un poco de honestidad, hasta el cohete más amenazante termina siendo solo una metáfora de algo mucho más bonito.