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El ritual del café y la notificación de la discordia

Parte 1: El ritual del café y la notificación de la discordia

La mañana de sábado en Madrid tiene un pulso propio, una mezcla de pereza acumulada y la urgencia por aprovechar el tiempo que solo los que viven en una gran ciudad logran entender. En el barrio de Chamberí, donde los edificios de fachada señorial conviven con cafeterías que intentan ser modernas pero mantienen el alma de bar de toda la vida, Marcos y Lucía habían encontrado su refugio. “La Central del Grano” era uno de esos sitios donde el olor a tostadas con tomate y aceite de oliva virgen extra flotaba en el aire como una promesa de paz doméstica.

Se habían sentado en la mesa del rincón, la que tenía un poco de cojera pero ofrecía las mejores vistas a la calle Fuencarral. Marcos, que siempre ha sido un hombre de rituales, estaba en pleno proceso de disección de su cruasán a la plancha, mientras Lucía revisaba distraídamente un documento en su iPad, alternando con sorbos cortos a su café con leche de avena. Todo parecía estar en un equilibrio perfecto, una estampa de felicidad de clase media-alta que solo se ve interrumpida por la tecnología.

El teléfono de Lucía, descansando boca arriba sobre el mármol de la mesa, vibró con esa insistencia mecánica que parece diseñada para atraer la mirada de cualquiera en un radio de tres kilómetros. Marcos, a pesar de sus intentos por ser el epítome de la confianza moderna, no pudo evitar que sus ojos se desviaran hacia la pantalla. Fue un segundo, un parpadeo, pero suficiente para captar el nombre: Nacho. Y lo que es peor, el mensaje iba acompañado de una hilera de emojis que, a ojos de un hombre que ha desayunado sospechas durante las últimas dos semanas, parecían una declaración de guerra.

— ¿Otro mensaje del curro a estas horas? —preguntó Marcos, intentando que su voz sonara casual, como quien pregunta por el pronóstico del tiempo y no por la integridad de su relación.

Lucía ni siquiera levantó la vista del iPad. Alargó la mano, deslizó el dedo por la pantalla del móvil para silenciarlo y volvió a su lectura.

— Es Nacho. Algo de la presentación del lunes. Ya sabes cómo es, se pone nervioso si no tiene todo cerrado antes del domingo por la noche.

— Ya —respondió Marcos, dejando el cuchillo sobre el plato con un tintineo que a él le pareció atronador—. Lo que no entiendo es por qué necesita mandarte un emoji de un cohete y una carita sonriente para hablar de un informe trimestral. No sé, me parece que ese pibe tiene un exceso de confianza comunicativa.

Lucía finalmente dejó el iPad y miró a Marcos. Tenía esa expresión de paciencia infinita que se reserva para los niños pequeños o para las parejas que están a punto de entrar en un barrizal del que no saben salir.

— Marcos, por favor. Es Nacho. Llevamos trabajando juntos tres años. Es un colega, nada más. Me habla normal, como habla todo el mundo hoy en día. ¿Ahora vamos a auditar el uso de los emojis?

— No me gusta cómo te habla tu compañero del curro —soltó Marcos, soltando por fin la bomba que llevaba cebando desde que vio a ese tal Nacho saludar a Lucía con un abrazo demasiado efusivo en la última cena de empresa—. No es que quiera auditar nada, es que hay cosas que se ven de lejos. Los celos no siempre son intuición, a veces son inseguridad con argumentos, y mis argumentos tienen forma de emoticonos innecesarios.

Lucía soltó una carcajada corta, de esas que no tienen nada de gracia y mucho de ironía.

— ¿Argumentos? Marcos, me habla normal. Es su forma de ser. Nacho es una persona positiva, usa colores, usa dibujos, es creativo… Trabaja en marketing, por Dios. Si no usara emojis, probablemente le despedirían por falta de entusiasmo.

— Demasiado normal con emojis —insistió Marcos, ignorando el sarcasmo—. Una cosa es poner un pulgar hacia arriba para decir que has recibido un archivo, y otra muy distinta es llenar la pantalla de fueguitos y estrellas. Los emojis no son una amenaza por sí mismos, lo sé. Pero son como el condimento de una comida: si echas demasiado, es porque quieres ocultar que la carne está pasada o porque quieres que el plato sea mucho más sugerente de lo que debería.

Lucía se cruzó de brazos, dejando que su café se enfriara. La tensión cómica del momento empezaba a derivar en ese tipo de discusión circular que en Madrid llamamos “una chapa monumental”.

— Los emojis no son una amenaza, Marcos. Son solo una forma de suavizar el tono escrito. Ya sabes que por WhatsApp todo parece más borde de lo que es. Si me pone un “gracias” a secas, parece que me está dando una orden. Si le pone una carita, parece que somos un equipo. Es lenguaje corporativo moderno, nada más. No te rayes.

— El guiño sí tiene antecedentes, Lucía —remató Marcos, señalando el teléfono que volvía a iluminarse—. He visto ese guiño antes. En la foto que subiste de la oficina el mes pasado, él te comentó con un guiño. Y en el grupo de WhatsApp del cumple de tu jefa, también. El guiño es el caballo de Troya de la seducción digital. Empieza como algo simpático y termina con una invitación a un “after-work” que dura hasta las tres de la mañana.

Marcos sentía que tenía la razón de su parte, pero al mismo tiempo era consciente de lo absurdo que sonaba todo. Estaba discutiendo sobre la semántica de un dibujo amarillo de dos milímetros en una cafetería de Chamberí. Pero así es el amor en los tiempos del Slack: una guerra de guerrillas donde el campo de batalla es una pantalla de cristal líquido y las balas son pequeñas caras con diferentes niveles de expresividad.

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