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El purgatorio del pasillo cuatro

Parte 1: El purgatorio del pasillo cuatro

El aire acondicionado del Mercadona de la calle Fuencarral funcionaba con una potencia que recordaba más a una expedición polar que a una mañana de sábado en Madrid. Sergio empujaba el carrito con la desidia de quien arrastra una condena de trabajos forzados, mientras una de las ruedas delanteras —la izquierda, concretamente— emitía un chirrido rítmico que parecía estar burlándose de su paciencia. A su lado, Nerea flotaba entre los estantes de la sección de productos ecológicos con una alegría que a Sergio le resultaba, en ese preciso instante, casi ofensiva.

Sergio no era un hombre tacaño por naturaleza, o al menos eso se decía a sí mismo cada vez que revisaba la aplicación de su banco. Se consideraba, más bien, un “estratega del ahorro”, un editor de contenidos que pasaba ocho horas al día creando guiones virales sobre dramas sociales y giros de guion inesperados para fanpages internacionales. Sabía perfectamente cómo vender una historia de traición o de justicia corporativa, pero le costaba horrores gestionar el drama doméstico de quién había pagado la última ración de bravas en la Plaza de Olavide.

— Nerea, ¿de verdad necesitamos tres tipos diferentes de humus? —preguntó Sergio, deteniendo el carrito frente a una pirámide de tarrinas de colores—. Tenemos el clásico, el de pimiento y ahora quieres el de aguacate. Si seguimos así, el carrito va a parecer un catálogo de la ONU de las legumbres.

Nerea se giró, sosteniendo la tarrina de humus de aguacate como si fuera una reliquia sagrada.

— Sergio, bicho, es que el de aguacate es edición limitada. Además, el domingo vienen tus amigos, esos que dicen que son “creadores de contenido” pero que solo saben comer a dos carrillos mientras analizan las métricas de TikTok. Hay que quedar bien. No querrás que Akemi piense que somos unos cutres, ¿no? —respondió ella con esa sonrisa que solía desarmar cualquier intento de austeridad.

Mencionar a Akemi, la prima de Sergio, era jugar sucio. Ella siempre había sido el referente de elegancia y buen gusto en la familia, y Nerea lo sabía. Sergio suspiró y dejó que la tarrina aterrizara en el carrito, junto a una bolsa de kale (que él sabía que terminaría pudriéndose en el cajón de las verduras) y una botella de vino de diez euros que Nerea había elegido “por la etiqueta tan mona que tiene”.

El supermercado estaba en ese punto de ebullición típico de las doce de la mañana. Madrileños de todas las edades se cruzaban en los pasillos con una coreografía caótica. Había señoras que custodiaban el estante de las ofertas con la ferocidad de un portero de discoteca, y parejas jóvenes que discutían sobre si el papel higiénico de tres capas era una necesidad básica o un lujo burgués. Sergio sentía que la tensión cómica en su propia relación estaba alcanzando un punto crítico. No era solo el humus; era la acumulación de pequeños gestos financieros que no terminaban de cuadrar.

Caminaron hacia la sección de carnicería. Sergio miraba los precios con la precisión de un halcón. En su cabeza, una calculadora invisible sumaba los euros con una velocidad alarmante. Sesenta, setenta, ochenta… La cifra subía y el ánimo de Sergio bajaba. Recordó el último guion que había editado sobre una pareja que rompía por una deuda de juego en Las Vegas. Aquello era ficción, claro, pero la sensación de desequilibrio en la balanza de pagos era peligrosamente real.

— ¿Sabes qué falta? —dijo Nerea, señalando el pasillo de los detergentes—. Esas cápsulas que huelen a flores de loto. Las que compramos la última vez.

— Las que cuestan el doble que la marca blanca —masculló Sergio, aunque la siguió.

Mientras caminaban, Sergio empezó a imaginar cómo titularía este momento si fuera uno de sus vídeos virales para “Mundo Viral”. “EL TRÁGICO FINAL DE UN BOLSILLO ENAMORADO”, o quizás algo más agresivo: “ELLA COMPRA COMO SI FUERA RICA Y ÉL PAGA COMO SI FUERA EL DUEÑO DEL BANCO DE ESPAÑA”. El humor local en Madrid a veces consiste en reírse de la precariedad compartida, pero cuando la cuenta del súper roza los tres dígitos, la risa suena un poco más metálica.

— Oye, Sergio —Nerea se detuvo frente a los suavizantes—, no pongas esa cara. El dinero va y viene. Lo importante es que estemos bien, ¿no? Mañana tengo una reunión para un proyecto de marketing B2B y seguro que sale adelante. Ya verás como nos recuperamos.

Sergio la miró. Nerea siempre vivía en el futuro, en el “ya verás”, en el próximo éxito que estaba a la vuelta de la esquina. Él, sin embargo, vivía en el presente de los tickets de caja y las notificaciones de cargo inmediato. El amor no paga la compra, pensó, pero la mala organización la encarece de una forma que empezaba a dolerle en el orgullo y en la tarjeta de débito.

Llegaron a la cola de la caja. Era una de esas colas que parecen no tener fin, donde la gente aprovecha para mirar los estantes de las golosinas y las pilas de oferta de última hora. Sergio miraba la cinta transportadora. Los productos de Nerea parecían multiplicarse: quesos artesanales, aceitunas rellenas de anchoa de Santoña, un champú con extracto de perla que él sospechaba que no hacía absolutamente nada más que oler bien.

— Esto va a ser un palo —susurró Sergio, ajustándose la mascarilla que todavía algunos conservaban por costumbre o por alergia al polen madrileño.

— No seas exagerado, Sergio. Es la compra de la semana. Además, hay cosas para la casa, no solo caprichos —replicó ella, sacando su móvil para revisar Instagram, ignorando por completo la danza de precios que estaba a punto de comenzar.

Sergio miró el perfil de Nerea. Ella siempre publicaba fotos de sus cenas, de sus salidas por Malasaña, de esa vida vibrante que él mismo ayudaba a construir con su trabajo de editor. En las redes, todo era perfecto. Los colores estaban saturados, las sonrisas eran perennes y nadie preguntaba quién había pagado la cuenta. Pero allí, frente a la cajera que pasaba los productos con la velocidad de un crupier de casino, la saturación de color la ponía la cara roja de Sergio.

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