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El preludio del desastre y el aroma a trufa

Parte 1: El preludio del desastre y el aroma a trufa

El restaurante se llamaba “L’Olympe”, un nombre que Paco había elegido no porque supiera pronunciarlo, sino porque le habían dicho que allí los camareros llevaban guantes blancos y los precios hacían que a uno le temblara el pulso antes de pedir el postre. Estaba situado en una de esas calles del Barrio de Salamanca donde el asfalto parece más limpio que el salón de mucha gente y donde los coches aparcados valen más que la hipoteca de Paco por triplicado. Paco, que en realidad se llamaba Francisco pero que se hacía llamar “Frank” cuando cruzaba la frontera de la M-30 hacia el norte, se ajustó la americana. Era una americana de lino azul que le apretaba un poco en las axilas y que Merche, su mujer, le había comprado en las rebajas de El Corte Inglés con la intención de que pareciera un hombre de provecho en las bodas.

Frente a él estaba Vanessa. Vanessa tenía veinticinco años, una cuenta de Instagram dedicada al “lifestyle” que consistía básicamente en hacerse fotos en portales bonitos, y una capacidad asombrosa para pedir el vino más caro de la carta sin mirar siquiera el nombre. Paco la miraba con esa cara de cordero degollado que ponen los hombres de cincuenta años cuando creen que han engañado al destino y a la biología. Para él, estar allí era la culminación de un plan maestro que incluía tres meses de gimnasio a medio gas, un cambio de colonia por una que olía a sándalo y desesperación, y una red de mentiras sobre reuniones de logística que duraban hasta las dos de la mañana.

— De verdad, Frank, este sitio es ideal —dijo Vanessa, jugueteando con una copa de champán que costaba lo mismo que el menú del día del bar de debajo de la oficina de Paco—. Tiene una energía súper auténtica. Muy “old money”, ¿sabes lo que te quiero decir?

— Claro, pequeña, claro —respondió Paco, forzando una sonrisa que le hacía parecer que tenía un tic nervioso—. Yo siempre digo que en la vida hay que saber elegir los escenarios. La logística internacional es estresante, ya sabes, contenedores que van, barcos que vienen… Uno necesita un refugio como este para desconectar.

Paco no sabía nada de logística internacional. Trabajaba en una empresa de suministros de fontanería en Alcorcón, pero le había contado a Vanessa que era un alto ejecutivo de una multinacional de transportes. Su vida era un malabarismo constante entre los albaranes de grifos y las fantasías de yates en Ibiza que le vendía a la chica.

La cena había sido un despliegue de platos con nombres impronunciables. Habían comido carpaccio de algo que Paco juraría que era ternera pero que el camarero insistió en llamar “delicia de buey madurado en cámara de sal”, y unos raviolis de trufa negra que olían tan fuerte que Paco temía que se le quedara el aroma pegado en la piel y Merche lo detectara nada más cruzar el umbral de casa. Merche tenía un olfato para las irregularidades que ni un sabueso de la Guardia Civil.

— ¿Te apetece un digestivo, cariño? —preguntó Paco, sintiéndose el rey del mambo—. ¿Un gin-tonic de esos que preparan con botánicos y nitrógeno líquido?

— Ay, sí, Frank, eres un amor —contestó Vanessa, lanzándole un beso al aire mientras consultaba sus notificaciones—. Pero que la ginebra sea de esa japonesa, la que filtran con pétalos de cerezo. Es la única que no me da acidez.

Paco hizo una señal al camarero. Se llamaba Pepe, un hombre de unos sesenta años, con el pelo canoso perfectamente engominado y una expresión facial que sugería que había visto a más adúlteros que un abogado de divorcios en un lunes por la mañana. Pepe se acercó con esa elegancia cansina del que lleva cuarenta años aguantando a gente que pretende ser lo que no es.

— ¿Desean algo más los señores? —preguntó Pepe, mirando el reloj de imitación de Paco con una sutileza magistral.

— Tráiganos dos gin-tonics de la ginebra esa del cerezo, jefe —dijo Paco, intentando sonar mundano—. Y traiga también la cuenta, que se nos hace tarde para el… compromiso que tenemos después.

Paco le guiñó un ojo a Vanessa, quien ni siquiera levantó la vista del móvil. Pepe asintió con la cabeza, una inclinación tan leve que apenas fue perceptible, y se retiró. Paco sintió un ligero escalofrío. En su interior, una vocecita le decía que quizás se había pasado un poco con el despliegue. Llevaban tres botellas de vino, los platos principales, los entrantes y ahora los digestivos. Calculaba que la broma no bajaría de los cuatrocientos euros. Pero, ¿qué eran cuatrocientos euros para un “Frank” de la vida? Tenía su tarjeta de crédito Oro, esa que Merche y él compartían pero que él usaba “para emergencias”. Y para Paco, impresionar a Vanessa era la emergencia más absoluta de su existencia.

Diez minutos después, los gin-tonics llegaron envueltos en una nube de vapor frío. Vanessa se hizo tres fotos con la copa, moviendo el brazo para encontrar la luz adecuada mientras Paco esperaba con la billetera de cuero ya sobre la mesa, como un guerrero que desenvaina su espada antes de la batalla final. Pepe regresó con una carpeta de cuero negro que contenía la factura. Paco la abrió con la punta de los dedos. 485 euros. Sintió un pinchazo en el estómago, una acidez que no era de la ginebra japonesa, sino de la realidad económica de Alcorcón golpeando las puertas del Barrio de Salamanca.

— Muy bien, muy bien —murmuró Paco, metiendo la tarjeta en la carpeta—. Todo excelente, de verdad. Mis felicitaciones al chef. Ese buey estaba… hercúleo.

Pepe cogió la carpeta y se dirigió a la barra para traer el datáfono. Paco miró a Vanessa, que estaba ocupada eligiendo un filtro para la foto del cóctel. Se sintió poderoso. Se sentía como esos hombres que salen en las películas, los que pagan sin mirar y luego caminan hacia un coche deportivo mientras la música sube de volumen. El problema era que su coche era un monovolumen de siete plazas con restos de gusanitos en los asientos traseros, aparcado a tres manzanas para que Vanessa no lo viera.

Pepe volvió con el datáfono en la mano. El aparato parecía un objeto sagrado en aquel entorno de lujo. Paco cogió la tarjeta con un gesto de suficiencia y la deslizó por la ranura. Tecleó el PIN con rapidez, ocultando los números con la otra mano como si estuviera guardando el secreto de la fórmula de la Coca-Cola. En la pantalla del aparato apareció el mensaje de “Conectando…”. Luego “Autorizando…”. Paco mantuvo la respiración. Vanessa levantó la vista, esperando el ritual final para levantarse y marcharse.

De repente, un pitido agudo y seco rompió la atmósfera de “L’Olympe”. Un sonido metálico y antipático que no encajaba con el hilo musical de jazz suave que sonaba de fondo. En la pantalla del datáfono, en letras negras y despiadadas, apareció un mensaje corto: “OPERACIÓN DENEGADA”.

Paco parpadeó. Miró el aparato como si le hubiera hablado en arameo. Pepe, por su parte, mantuvo la misma cara de esfinge que había lucido durante toda la noche.

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