Mateo se miraba en el espejo del pasillo con la misma intensidad con la que un desactivador de explosivos observa un cable rojo. No era para menos. Se estaba ajustando una camisa de lino azul claro que, según Lucía, le daba un aire respetable, aunque él sentía que le daba más bien un aire de sospechoso esperando a declarar ante la Audiencia Nacional. En la cocina, el ruido de los tacones de Lucía contra el suelo de gres marcaba un ritmo frenético, casi marcial. Ella estaba preparando una tortilla de patatas para llevar, porque ir a casa de su madre con las manos vacías era, en términos diplomáticos, una declaración de guerra total.
— ¿Crees que esta camisa dice “tengo un futuro prometedor” o más bien “por favor, no me preguntes por mi cuenta de ahorros”? —gritó Mateo desde el pasillo, forcejeando con el último botón.
Lucía asomó la cabeza por la puerta de la cocina, con el delantal puesto y una espumadera en la mano que blandía como si fuera un cetro real.
— Mateo, por favor, no empieces. Es solo una cena. Mi madre no es el Tribunal Supremo, aunque a veces lo parezca. Te pones de un tinto que no hay quien te aguante cada vez que vamos a su casa. Es una cena, tío, ni que te fueran a sacar las muelas sin anestesia.
— Una cena, dice —bufó Mateo, entrando finalmente en la cocina y esquivando un charco invisible de aceite—. La última vez que estuvimos allí, tu madre me preguntó cuánto gano exactamente después de impuestos. Y no lo hizo así, de pasada, mientras pasaba la sal. No, no. Dejó los cubiertos sobre el plato, se limpió la comisura de los labios con la servilleta de hilo y me clavó esos ojos de rayos X que tiene. Me sentí como en un interrogatorio de la Interpol, Lucía. Solo faltaba el flexo apuntándome a la cara y un poli malo haciendo ruiditos con un bolígrafo.
Lucía soltó una carcajada que a Mateo le pareció dolorosamente despreocupada. Ella siempre le quitaba hierro al asunto, claro, era su madre. Pero para él, doña Sagrario era una fuerza de la naturaleza, una entidad capaz de detectar una mentira o una debilidad financiera a kilómetros de distancia.
— Es curiosa, Mateo. Es de esa generación que piensa que el dinero y el trabajo son lo único que define a un hombre. Quiere saber que su hija no va a terminar viviendo debajo de un puente comiendo latas de atún de marca blanca. No es maldad, es interés antropológico.
— Interés antropológico, mis narices —replicó él, sentándose en la banqueta de la cocina—. Es una auditoría externa sin previo aviso. Y luego está lo otro. Lo de los niños. Que si “la casa es muy grande para dos”, que si “a vuestra edad yo ya tenía tres y un perro”. Lucía, me hizo un examen oral sin chuleta y casi me quedo en blanco en la pregunta de la descendencia.
Mateo recordaba aquel momento con una nitidez espantosa. Estaban a mitad del segundo plato —un cordero lechal que estaba delicioso, todo hay que decirlo— cuando Sagrario soltó la bomba. “¿Y para cuándo el heredero, Mateo? Que se os va a pasar el arroz y luego vienen los lamentos”. Lucía, en aquel momento, decidió que era el instante perfecto para ir a la cocina a por más agua, dejándolo solo ante el peligro.
— Es directa, vale, te lo concedo —dijo Lucía, dándole la vuelta a la tortilla con una destreza que siempre envidiaba—. Pero tú también eres un poco exagerado. Mi madre te aprecia. A su manera, pero te aprecia. El otro día me preguntó si seguías con aquel proyecto de la consultoría.
— ¿Ves? —Mateo señaló el aire con el dedo índice—. ¡Lo ve todo! Tiene un historial de mi vida profesional más actualizado que mi propio perfil de LinkedIn. No es que sea directa, Lucía, es que es una estratega militar. Analiza mis puntos débiles, busca las fisuras en mi defensa y luego ataca. Entrar en ese salón es como entrar en el foso de los leones, pero con alfombras de lana y olor a ambientador de lavanda.
Lucía apagó el fuego y dejó la tortilla reposar. Se acercó a él y le arregló el cuello de la camisa con una sonrisa tierna, de esas que a Mateo le hacían olvidar por un segundo que estaba a punto de enfrentarse a su némesis.
— Mira, vamos a hacer un trato. Si empieza con las preguntas del tercer grado, tú me haces una señal. Un guiño, un toque por debajo de la mesa, lo que sea. Y yo cambio de tema. Hablaré de la reforma del baño de la tía abuela Paquita o de cualquier chorrada de la tele. Pero intenta relajarte, que pareces un palo de escoba.
— No es tan fácil —suspiró él—. El problema no es solo lo que pregunta, sino cómo lo pregunta. Tiene esa forma de arquear la ceja izquierda que te hace dudar hasta de tu propio nombre. El otro día, cuando me preguntó lo del sueldo, casi le confieso que robé un chicle en primaria. Te juro que tiene un aura de jueza de paz que me descoloca por completo.
Se quedaron un momento en silencio, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de la cocina. Mateo se imaginaba ya sentado en la mesa de caoba de su suegra, rodeado de porcelana fina y cubiertos de plata que pesaban una tonelada. Cada vez que iba allí, sentía que estaba en una entrevista de trabajo que nunca terminaba. No importaba que llevaran tres años de relación, Sagrario seguía evaluándolo como si fuera un becario en periodo de prueba.
— ¿Y qué le vas a decir hoy si vuelve a la carga con lo de los niños? —preguntó Lucía con un brillo travieso en los ojos.
— Le voy a decir que estamos esperando a que el euríbor baje un par de puntos para que el bebé nazca con una hipoteca asumible —respondió Mateo, intentando ponerle humor al asunto—. O que estamos esperando a que descubran la fuente de la eterna juventud para que ella pueda hacer de canguro durante los próximos ochenta años sin cansarse.
Lucía le dio un palmetazo juguetón en el brazo.
— No seas cafre. Tú pórtate bien, come todo lo que te ponga en el plato —que ya sabes que si dejas algo se piensa que la estás llamando mala cocinera— y asiente con la cabeza. Es el secreto de la supervivencia en casa de los García-Sánchez. Asentir, sonreír y no dar datos específicos. Sé como un político en campaña, Mateo. Habla mucho pero no digas nada concreto.
— Eso es lo que intento, cariño, pero tu madre es experta en detectar el relleno. Si le suelto una respuesta vaga, me mira como si fuera un espécimen defectuoso. Una cena con la suegra puede ser más intensa que una entrevista de trabajo en la NASA, te lo digo yo. En la NASA al menos te dejan llevar casco.
Lucía guardó la tortilla en el portatartas y agarró el bolso.
— Venga, que llegamos tarde y la puntualidad es otra de sus asignaturas troncales. Si llegamos cinco minutos tarde, te pondrá un cero en “compromiso familiar” antes de que te quites el abrigo.
Mateo se levantó, se pasó las manos por los pantalones para quitarse unas arrugas inexistentes y respiró hondo. Salieron de casa y el aire fresco de la tarde madrileña le golpeó la cara. Mientras bajaban por el ascensor, Mateo no podía dejar de repasar mentalmente las posibles preguntas trampa. ¿Habría cambiado de táctica? ¿Le preguntaría ahora por sus planes de jubilación? ¿Por su árbol genealógico? Con Sagrario, nunca se sabía. Era una caja de sorpresas, todas ellas envueltas en papel de regalo de El Corte Inglés y con un lazo de exigencia máxima.
Parte 2: La travesía por el desierto urbano
El trayecto en coche hacia el barrio de Chamberí fue, para Mateo, lo más parecido a un paseo hacia el cadalso, pero con aire acondicionado y música de radiofórmula de fondo. Lucía conducía con esa calma exasperante de quien no tiene que dar explicaciones sobre su balance de situación personal. Él, en cambio, iba pegado a la ventanilla, viendo pasar los edificios de Madrid como si fueran las últimas imágenes de una vida en libertad.
— No me has dicho qué menú ha preparado —dijo Mateo, rompiendo el silencio tras diez minutos de intensa meditación sobre la posibilidad de fingir un desmayo repentino.
— Dijo algo de una merluza en salsa verde y unos entrantes ligeros. Ya sabes cómo es ella, “algo sencillito”, que luego resulta ser un banquete digno de una boda real en los años ochenta.
— Merluza en salsa verde —repitió Mateo para sí mismo—. Vale. Eso implica cubiertos de pescado. La última vez casi me denuncian por usar el tenedor de la carne para el rodaballo. Tu madre me miró como si hubiera profanado una tumba sagrada. Me falta clase, Lucía. Soy un plebeyo en un mundo de manteles de lino y servilleteros de plata.
— No te falta clase, te falta seguridad —rio ella, girando a la derecha en una calle abarrotada—. Mi madre solo quiere ver que te desenvuelves. Es como un examen de gimnasia rítmica, pero sentado y con una copa de vino en la mano. Lo que más le molesta no es que te equivoques de cubierto, sino que lo hagas con cara de pánico. Ella huele el miedo, Mateo. En cuanto nota que estás nervioso, es cuando saca la artillería pesada.
Mateo se hundió un poco más en el asiento.
— ¿Ves? Es lo que te digo. El examen oral sin chuleta. La otra vez, cuando me preguntó cuándo íbamos a formalizar lo nuestro, sentí que me estaban pidiendo el certificado de penales y las últimas tres nóminas compulsadas. Y tú allí, tan tranquila, comiendo ensaladilla rusa como si no estuvieran diseccionando mi futuro delante de tus narices.
— Es que yo ya conozco sus trucos, pesado. Sé que cuando pregunta por “formalizar”, lo que en realidad quiere saber es si me vas a llevar de viaje este verano o si nos vamos a quedar en el sofá viendo series. Ella traduce todo al lenguaje de la estabilidad. Para Sagrario, la vida es un Excel: si las celdas no cuadran, se pone nerviosa.
— Pues mi celda de “ingresos anuales” debe de estar en rojo brillante para ella —comentó Mateo con amargura cómica—. Porque siempre que sale el tema del trabajo, me lanza esas indirectas sobre “oportunidades de crecimiento” y “sectores con futuro”. Es como si tuviera un consultor de recursos humanos metido en la cabeza dándole consejos para mejorar mi perfil profesional.
Llegaron finalmente al barrio y la odisea de buscar aparcamiento no hizo sino aumentar la tensión. En Madrid, encontrar un hueco en Chamberí un viernes por la noche es más difícil que convencer a una suegra de que no necesitas un segundo plato de estofado. Mateo lo veía como una señal del destino.
— No hay sitio, Lucía. Es una señal. El universo no quiere que vayamos. Vámonos a casa, pedimos una pizza y le decimos que nos ha salido un imprevisto, una fuga de agua, una invasión de saltamontes, ¡cualquier cosa!
— Ni de coña. Hay un parking a dos manzanas. Vamos a dejarlo allí y vamos andando. Así te da el aire y se te oxigena el cerebro, que lo tienes lleno de paranoias.
Caminaron hacia el portal del edificio señorial donde vivía Sagrario. Las farolas de luz cálida bañaban la acera y Mateo sentía que cada paso pesaba cinco kilos. El edificio era de esos con portero físico de uniforme y una entrada de mármol que brillaba tanto que podías peinarte en ella. Al llegar al ascensor, un modelo antiguo con rejilla metálica, Mateo se miró en el espejo lateral. Estaba pálido.
— Lucía, en serio. Si me pregunta por el plan de pensiones, ¿qué le digo? ¿Le digo la verdad, que mi plan de pensiones es esperar a que me toque el Euromillón?
— Le dices que estás evaluando diferentes productos financieros con un perfil de riesgo moderado. Suena profesional, es vago y le encantará la palabra “perfil de riesgo”.
— Eres una genia del mal —admitió él mientras el ascensor se detenía con un suave traqueteo en el cuarto piso.
Salieron al rellano. La puerta de madera maciza, con el pomo de latón impecablemente pulido, parecía la entrada a una dimensión paralela donde el tiempo se detuvo en 1955. Mateo respiró hondo una última vez, se ajustó la camisa y miró a Lucía, que ya tenía el dedo puesto en el timbre.
— Recuerda —susurró Mateo—: el código es “estamos en ello”. Para todo. Los hijos, la casa, la boda, el ascenso… “Estamos en ello”.
— Que sí, pesado. Calla ya.
El timbre sonó. Fue un sonido largo, elegante, un “ding-dong” que parecía haber sido afinado por un luthier. Unos segundos después, se oyeron pasos amortiguados por una alfombra gruesa y el sonido de varias cerraduras girando. Mateo sintió que el estómago se le cerraba por completo. La puerta se abrió y allí estaba ella: Sagrario. Llevaba un collar de perlas, una blusa de seda impecable y una sonrisa que era mitad bienvenida cordial y mitad escaneo de seguridad de aeropuerto.
— ¡Hija mía! Qué alegría veros —dijo Sagrario, besando a Lucía en ambas mejillas—. Y Mateo… pero qué delgado estás, hijo. ¿Es que esta niña no te da de comer o es que el estrés de esa oficina te está consumiendo? Pasa, pasa, no os quedéis ahí fuera que entra corriente.
Mateo entró, sintiendo inmediatamente el olor a cera de muebles y a cocina de la buena.
— Buenas noches, Sagrario. Está usted estupenda —alcanzó a decir él, entregándole la tortilla de patatas como si fuera una ofrenda a una deidad antigua.
— Una tortilla… qué detalle. Aunque ya sabes que la mía sale un poco más jugosa porque le pongo el truco de la cebolla caramelizada, pero esta nos servirá para picar mientras se termina de hacer el pescado. Dejad los abrigos en el buró y pasad al salón. Mateo, tengo un vino de la Rioja que me han regalado y quiero que me digas qué te parece, que tú de estas cosas modernas de catas y tonterías seguro que entiendes.
“Cata de vino”, pensó Mateo. “Primera prueba del examen: conocimientos enológicos y capacidad de fingir sofisticación”. Miró a Lucía con cara de auxilio, pero ella ya se había ido hacia la cocina charlando alegremente con su madre sobre el precio del kilo de tomates. Mateo se quedó solo en el salón, rodeado de figuritas de Lladró que parecían vigilarlo con ojos de porcelana. La cena acababa de empezar y la tensión cómica ya estaba por las nubes.
Parte 3: El banquete de la verdad
El salón de Sagrario era un museo de la clase media-alta española que se resistía a morir. Había cuadros de paisajes al óleo con marcos dorados, una vitrina llena de copas que probablemente solo se usaban cuando venía el obispo, y un sofá de terciopelo verde que era tan cómodo como sentarse en un bloque de granito pulido. Mateo se sentó en una de las sillas del comedor, tratando de no hacer ruido, mientras observaba cómo Sagrario traía la botella de vino con una ceremonia casi litúrgica.
— A ver, Mateo —dijo ella, sirviendo un chorro generoso en una copa de cristal de Bohemia—. Pruébalo. Me han dicho que es una edición limitada. Tú que viajas tanto por trabajo, seguro que has probado cosas mejores, ¿no?
Mateo tomó la copa con manos temblorosas. El vino era rojo oscuro, casi negro. Lo hizo girar un poco, tratando de recordar algún video de YouTube que hubiera visto sobre catas.
— Tiene… —hizo una pausa dramática, buscando una palabra que sonara inteligente—… mucho cuerpo. Y notas de roble. Muy equilibrado, Sagrario. Excelente elección.
Sagrario arqueó la ceja. La ceja izquierda. La temida.
— ¿Notas de roble? Pero si es un vino joven, hijo. Apenas ha pasado por barrica. Igual es que tienes el paladar un poco saturado con tanto café de máquina de la oficina. Lucía me ha dicho que echáis muchas horas allí. ¿Vale la pena tanto sacrificio? Porque el otro día leí que a los jóvenes de ahora os hacen trabajar como esclavos por un sueldo que apenas da para el alquiler. ¿A ti te pagan las horas extra o te las dan en “experiencia y motivación”?
Y ahí estaba. El primer dardo. Directo al centro de la diana financiera. Lucía apareció en ese momento con una bandeja de canapés, salvándolo momentáneamente del naufragio.
— Mamá, no empieces con el trabajo, que venimos a relajarnos. Mateo lo está haciendo muy bien, le han dado más responsabilidades este trimestre.
— Más responsabilidades suele significar más dolor de cabeza y el mismo dinero —sentenció Sagrario, sentándose a la cabecera de la mesa—. Pero bueno, si estáis contentos… Yo solo digo que a su edad, el padre de Lucía ya era jefe de sección y teníamos la casa pagada a medias. Pero claro, eran otros tiempos, había valores, había… orden. Por cierto, Mateo, ¿cómo va lo de vuestro piso? ¿Seguís de alquiler o ya habéis mirado algo para comprar? Porque tirar el dinero cada mes en la cuenta de un desconocido me parece un pecado mortal.
Mateo bebió un sorbo largo de vino joven (que ahora le sabía a castigo) para ganar tiempo.
— Estamos… —empezó a decir, recordando el código—… estamos en ello, Sagrario. Evaluando el mercado. No queremos precipitarnos con las hipotecas actuales, que están un poco locas.
— “Evaluando el mercado”. Qué frase más moderna. Yo cuando quería una casa, iba al banco, pedía el dinero y me ponía a trabajar como una mula para devolverlo. Eso de evaluar suena a que os pasáis los domingos mirando Idealista y luego os vais de brunch a comer tostadas con aguacate de diez euros. Que esa es otra, Lucía, ¿cuánto os gastáis en salir a cenar fuera? Porque cada vez que te llamo estáis en un sitio diferente.
La cena progresó hacia el plato principal. La merluza en salsa verde llegó a la mesa con un aroma que habría hecho llorar de emoción a cualquier crítico gastronómico, pero Mateo solo podía pensar en no manchar el mantel. Cortaba el pescado con una precisión quirúrgica, consciente de que Sagrario vigilaba cada uno de sus movimientos.
— ¿Y qué tal tu madre, Mateo? —preguntó de pronto, cambiando de tercio con una agilidad pasmosa—. ¿Sigue con sus viajes del IMSERSO? El otro día la vi en una foto de Facebook en Benidorm con un sombrero de paja. Se la veía muy animada. ¿No le da por preguntarte cuándo la vas a hacer abuela? Porque a mí me tiene el tema en un sinvivir. El otro día soñé que tenía un nieto y que le poníamos de nombre Pelayo. ¿No os gusta Pelayo? Es un nombre con fuerza, un nombre de reconquista.
Mateo casi se atraganta con un guisante.
— Pelayo es… un nombre con mucha historia, desde luego —logró decir—. Pero como le decía antes, estamos en ello. No es algo que queramos forzar. Queremos estar seguros de que es el momento adecuado.
— El momento adecuado no existe —dijo Sagrario, limpiándose los labios con elegancia—. Si esperas al momento adecuado, terminas teniendo hijos a los cincuenta y te confunden con su abuelo en la puerta del colegio. Hay que lanzarse a la piscina, Mateo. ¿O es que te da miedo la responsabilidad? Porque un hijo no es como un informe de esos que haces tú, que si sale mal lo borras y empiezas de nuevo. Un hijo es para siempre.
Lucía intervino, tratando de desviar el misil.
— Mamá, déjalo ya. Que pareces un sargento de la Guardia Civil. Deja que el pobre Mateo coma tranquilo, que le estás haciendo un examen oral sin chuleta y ni siquiera hemos llegado al postre.
— No es un examen, hija, es una conversación —se defendió Sagrario con una sonrisa angelical que no engañaba a nadie—. Pero es que me preocupa el futuro. Veo a los jóvenes tan perdidos, tan llenos de dudas… Mateo, tú que eres un hombre de mundo, ¿no crees que a vuestra generación le falta un poco de empuje? Esa garra que teníamos nosotros para construir algo sólido.
Mateo dejó los cubiertos. Había llegado al límite de su resistencia pasiva. Miró a Sagrario a los ojos, con la valentía que solo da una copa de vino joven y la desesperación de quien ya no tiene nada que perder.
— Sinceramente, Sagrario, creo que nuestra generación tiene el mismo empuje, pero el viento sopla en contra. Antes, con un sueldo se mantenía una familia y se compraba un piso. Ahora, con dos sueldos, a veces solo nos llega para “evaluar el mercado” mientras comemos merluza en salsa verde con la mejor suegra de Madrid. Pero le aseguro que en cuanto Pelayo esté en camino, usted será la primera en saberlo, aunque solo sea para que nos ayude con la entrada de la guardería.
Hubo un silencio sepulcral en el comedor. Lucía se quedó petrificada, con el tenedor a medio camino. Sagrario parpadeó dos veces, procesando la respuesta. Mateo sintió que acababa de firmar su sentencia de destierro permanente. Sin embargo, de repente, Sagrario soltó una carcajada seca pero auténtica.
— ¡Vaya! Pues resulta que el muchacho tiene lengua después de todo. Pensaba que solo sabías asentir y decir frases de manual de autoayuda. Me gusta que te defiendas, Mateo. Eso significa que tienes sangre en las venas. Anda, acaba la merluza y tráeme la tortilla de la cocina, que vamos a ver si es verdad que está tan buena como dices.
Parte 4: El desenlace del café y las últimas estocadas
El postre fue un arroz con leche casero, con una costra de azúcar quemado que crujía bajo la cuchara como si fuera cristal fino. Mateo sentía que el ambiente se había relajado un poco tras su pequeña rebelión, pero sabía que con Sagrario la guardia no se podía bajar nunca. El café llegó en tacitas de porcelana tan pequeñas que Mateo temía romperlas solo con mirarlas.
— Bueno —dijo Sagrario, removiendo su café con una cucharilla de plata—, ya hemos hablado de dinero, de casas y de niños. Ahora cuéntame algo que no sea “evaluar el mercado”. ¿Qué tal tus aficiones, Mateo? Lucía dice que te has apuntado a un gimnasio de esos donde os pegáis palizas con cuerdas y ruedas de camión. ¿Cross-qué?
— Crossfit, Sagrario —respondió él, más relajado—. Es intenso, pero ayuda a soltar el estrés de la oficina.
— Ya… mover ruedas de camión para soltar estrés. En mis tiempos, el estrés se soltaba limpiando los cristales o dando un paseo por el Retiro. Pero bueno, si te hace feliz… Mientras no te rompas nada, porque con lo que cuesta un fisioterapeuta hoy en día, casi sale más a cuenta comprarse un camión entero. Por cierto, ¿tienes seguro médico privado o te fías de la Seguridad Social? Porque con las listas de espera que hay, como te pase algo grave, nos dan las uvas.
Lucía puso los ojos en blanco y se levantó para recoger los platos.
— Mamá, de verdad, eres increíble. ¿Ahora vas a auditarle también el historial clínico?
— Es precaución, hija. Solo precaución. Un hombre precavido vale por dos, y Mateo parece que vale por uno y medio, así que hay que compensar.
La velada fue llegando a su fin entre anécdotas de la infancia de Lucía y pequeñas puyas sobre la decoración del piso de la pareja, que según Sagrario era “un poco minimalista”, que en su idioma significaba “parece que os han robado los muebles”. Cuando finalmente se levantaron para irse, Mateo sintió un alivio inmenso, como si acabara de terminar una maratón por el desierto.
En la puerta, Sagrario le dio a Mateo un abrazo sorprendente, firme y breve.
— No te lo tomes a mal, hijo. Es que me gusta saber con quién se junta mi hija. Y tú, aunque eres un poco callado y te vistes como un profesor de primaria en su día libre, parece que tienes buen fondo. La próxima vez tráeme esa tortilla tú mismo y no dejes que Lucía le ponga tanta sal, que se nota que la mano se le va un poco.
— Lo tendré en cuenta, Sagrario. Un placer, como siempre —dijo Mateo, logrando una sonrisa casi natural.
Bajaron en el ascensor en silencio. Al salir a la calle y sentir el aire fresco de la noche de Madrid, Mateo se desabrochó el primer botón de la camisa y soltó un suspiro que pareció durar un minuto entero.
— ¿Ves? —dijo Lucía, agarrándole del brazo mientras caminaban hacia el coche—. No ha sido para tanto. Hasta le has caído bien al final con lo de Pelayo.
— Ha sido una batalla épica, Lucía. Me ha preguntado por el sueldo, por el piso, por los hijos, por la salud y hasta por mi paladar. He pasado por todas las fases de una auditoría fiscal y una revisión médica en menos de tres horas. Tu madre es una fuerza de la naturaleza. Si la pusieran a negociar la deuda pública, en dos semanas nos deben dinero a nosotros.
Lucía se rió y le dio un beso en la mejilla.
— Bueno, ya ha pasado. Hasta dentro de un mes no nos toca volver. Tienes treinta días para prepararte la siguiente convocatoria del examen oral.
— Treinta días… —murmuró Mateo mientras abría la puerta del coche—. Creo que me voy a apuntar a un curso de finanzas avanzadas y a leerme el diccionario de nombres de bebé de la A a la Z. Por si acaso.
Mientras se alejaban por las calles de Chamberí, Mateo miró por el retrovisor hacia el edificio de su suegra. La luz del cuarto piso seguía encendida. Sabía que Sagrario probablemente estaba ya repasando mentalmente la cena, anotando sus respuestas en algún rincón de su memoria implacable, lista para la próxima vez.
Porque una cena con la suegra nunca es solo una cena. Es un control de calidad, una prueba de resistencia y, sobre todo, una de las mayores fuentes de humor involuntario que la vida puede ofrecer.
¿Qué preguntas de la suegra son demasiado? Para Mateo, la respuesta era clara: todas las que no podías responder con un simple “estamos en ello”.