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El peso atómico del silencio

Parte 1: El peso atómico del silencio

Aquella tarde en Madrid no era una tarde cualquiera; era de esas en las que el asfalto parece retener el mal humor de tres millones de personas y el aire acondicionado del salón emitía un zumbido que, de repente, se había vuelto ensordecedor. Alberto miraba a Carmen. Carmen no miraba a nada, o quizás lo miraba todo con una intensidad microscópica, fija en una mota de polvo inexistente sobre el brazo del sofá. El ambiente estaba tan cargado que si alguien hubiera encendido una cerilla, probablemente habrían salido volando los dos hacia la Puerta de Alcalá.

Alberto, que tenía esa capacidad tan masculina y a la vez tan suicida de no saber cuándo cerrar la boca, decidió que era el momento perfecto para realizar la pregunta que ha causado más divorcios en la historia de la humanidad. Una pregunta que es, en esencia, un billete de solo ida hacia el abismo.

¿Estás enfadada? —soltó él, tratando de que su voz sonara casual, como quien pregunta si queda leche desnatada en la nevera.

Carmen ni siquiera pestañeó. Se limitó a recolocarse un mechón de pelo detrás de la oreja con una parsimonia que a Alberto le recordó a las pelis de terror, cuando el asesino se afila el cuchillo rítmicamente. Finalmente, ella exhaló un suspiro que recorrió todo el pasillo, dio la vuelta por la cocina y regresó al salón convertido en un frente polar.

No pasa nada —dijo ella.

PUM. Ahí estaba. Las tres palabras mágicas. El conjuro de invisibilidad emocional que, paradójicamente, hace que todo sea dolorosamente visible. Alberto sintió un escalofrío. Llevaban juntos cinco años y ya sabía que el “no pasa nada” de Carmen no era una ausencia de conflicto, sino una declaración de guerra fría en toda regla.

Esa frase pesa ocho kilos, Carmen —replicó Alberto, dejando el mando del televisor sobre la mesa con una suavidad exagerada, como si fuera a detonar—. Es que lo noto en el aire. Ha bajado la presión atmosférica tres puntos desde que has abierto la boca. Si de verdad no pasara nada, habrías dicho “pues no” o “qué pesado eres”, pero ese “no pasa nada” ha venido con un manual de instrucciones en alemán que no entiendo.

Carmen giró la cabeza lentamente. Fue un movimiento de cuello digno de la niña del exorcista, pero con más estilo, más madrileño. Sus ojos se clavaron en los de Alberto con la precisión de un francotirador de élite que lleva tres días sin dormir.

Tú sabrás —sentenció ella, volviendo a su lectura de una revista de decoración que, Alberto estaba seguro, no estaba leyendo en absoluto porque llevaba diez minutos en la misma página de “Cómo organizar tu despensa con botes de cristal”.

Ah, perfecto —Alberto se levantó y empezó a caminar por el salón, gesticulando con las manos como si estuviera en un monólogo del Club de la Comedia, pero sin las risas de fondo—. Examen sorpresa emocional. Magnífico. Me encanta que la comunicación en esta casa se base ahora en la telepatía y el descifrado de códigos de guerra. “¿Tú sabrás?”. ¿Qué se supone que sé yo? ¿Que me he olvidado de sacar la basura? ¿Que he hecho un comentario desafortunado sobre tu tía Paqui? ¿O que he respirado de una forma que te ha resultado ofensiva para el ecosistema del salón?

Empieza por pensar, Alberto. Solo te pido eso: que pienses —respondió Carmen, cerrando la revista con un golpe seco que sonó como un disparo en la habitación—. Porque si tengo que explicarte por qué estoy como estoy, entonces ya no sirve de nada que te lo explique. Es como si me tienes que pedir que te quiera. No se pide, nace. Pues el darte cuenta de las cosas, también debería nacerte.

Alberto se llevó las manos a la cabeza. Se sentía como si estuviera intentando desactivar una bomba nuclear siguiendo un tutorial de YouTube grabado en coreano. Miró hacia el techo buscando una respuesta divina, pero solo encontró la lámpara de IKEA que Carmen le obligó a montar el mes pasado y que todavía estaba un poco torcida, un detalle que, ahora que lo pensaba, quizá también era parte del problema.

—Mira, Carmen, vamos a ser razonables —intentó él, adoptando su tono de “hombre mediador” que suele ser gasolina para el fuego—. He tenido un día de perros en la oficina. El jefe me ha dado la brasa con el informe de ventas, el metro venía que parecía una lata de sardinas en escabeche y lo único que quería era llegar a casa y estar tranquilo contigo. Si he hecho algo que te ha molestado, dímelo. No me hagas jugar al Cluedo sentimental. No soy Sherlock Holmes, soy un tío que tiene hambre y que probablemente ha metido la pata sin querer.

Carmen se puso de pie. Se estiró la camiseta con un gesto regio y le dedicó una sonrisa que no era una sonrisa, sino una advertencia sanitaria.

—¿Un día de perros? Qué curioso —dijo ella, caminando hacia la cocina con un paso firme que hacía retumbar el parqué—. Porque yo también he tenido un día de perros. Pero claro, mis días de perros son secundarios en esta narrativa, ¿verdad? El “no pasa nada” no es solo por hoy, Alberto. Es por el cúmulo de “no pasas nada” que llevas ignorando sistemáticamente desde el martes. ¿Te suena de algo el martes?

Alberto se quedó petrificado en medio del salón. El martes. Retrocedió mentalmente por su calendario personal. El martes fue el partido de Champions. El martes fue el día que pidió pizza. El martes fue… ¿qué pasó el martes? Su cerebro trabajaba a mil revoluciones, descartando opciones. ¿Aniversario? No, es en octubre. ¿Cumpleaños? No, ya pasó. ¿Cita con el dentista?

—¿El martes…? —repitió él, con la voz un poco quebrada—. ¿Qué tiene de especial el martes, aparte de que el Madrid ganó sufriendo?

Carmen asomó la cabeza por la puerta de la cocina, con un trapo de cocina en la mano que agitaba como si fuera un látigo.

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