Posted in

El fondo de emergencia secreto (Cuenta ‘B’)

Parte 1: El fondo de emergencia secreto (Cuenta ‘B’)

El dormitorio principal de aquel piso en Moratalaz guardaba un silencio sepulcral, solo roto por el zumbido lejano del tráfico de la M-30.

Alberto se encontraba de rodillas sobre la alfombra de pelo largo, una reliquia de las rebajas de verano que ya había visto tiempos mejores.

Su postura recordaba a la de un buscador de oro en pleno ritual de profanación, o a la de un devoto rezando a una deidad de látex y muelles.

Con el brazo derecho hundido hasta el codo entre el colchón Flex y el somier de láminas, su mano buscaba a ciegas un punto exacto.

Sostenía entre los dedos entumecidos una cartera de piel vieja, de esas que huelen a cuero rancio y a pesetas olvidadas.

Dentro de esa cartera no había documentos de identidad, ni tarjetas de fidelidad del supermercado, ni fotos de la comunión de sus sobrinos.

Había algo mucho más sagrado y peligroso: cuatro billetes de cincuenta euros, nuevos, crujientes, de un color verde esperanza que casi dolía a la vista.

Ese era su imperio clandestino.

Su fondo de maniobra para imprevistos que el estado del bienestar matrimonial no alcanzaba a cubrir.

Alberto respiraba con dificultad, controlando el ritmo cardíaco para que el más mínimo crujido de la madera no lo delatara ante el mundo exterior.

Un sudor fino y frío le resbalaba por la nuca, humedeciendo el cuello de su camiseta de propaganda de una marca de pintura.

Justo cuando sus dedos rozaron la esquina del sobre de plástico donde pretendía camuflar el botín, el pomo de la puerta del dormitorio giró con un chasquido metálico.

Fue un sonido seco, definitivo, como el disparo de salida en una carrera de cien metros lisos.

El corazón de Alberto dio un vuelco digno de una atracción de feria de tercera categoría.

La puerta se abrió de par en par con una parsimonia aterradora.

Nuria entró en la habitación sosteniendo una cesta de la colada vacía apoyada contra la cadera izquierda.

Llevaba unas pinzas de la ropa de color fucsia sujetas al pelo, a modo de diadema improvisada de una guerrera doméstica.

Su mirada, entrenada en mil batallas de inspección ocular, se clavó instantáneamente en la extraña contorsión de su marido.

Read More