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El estruendo de la gravedad y el dulce aroma del triunfo

Parte 1: El estruendo de la gravedad y el dulce aroma del triunfo

Decir “te lo dije” en pareja no ayuda, pero qué gusto da. Es un placer casi orgásmico, una descarga de endorfinas que recorre la columna vertebral y se instala en la comisura de los labios en forma de sonrisa cínica. No es un placer constructivo, desde luego. No repara muebles, no arregla humedades y, ciertamente, no fomenta la armonía conyugal. Pero en ese preciso instante en el que las leyes de la física le dan la razón a uno frente a la terquedad del otro, el universo parece alinearse y, por un segundo, el mundo es un lugar justo.

Eran las ocho y cuarto de la tarde de un jueves cualquiera en un piso del barrio de Chamberí. La cocina, ese santuario de la intendencia doméstica, estaba impregnada del aroma de un sofrito de cebolla que Bea preparaba con la parsimonia de quien domina los tiempos. Álvaro, por su parte, estaba en el otro extremo de la estancia, dándole los últimos toques a su “obra maestra”: una estantería de madera de pino, comprada en una gran superficie de bricolaje, que pretendía sostener toda la colección de botes de especias, legumbres en tarros de cristal de estilo vintage y una pesada cafetera italiana que pesaba más que la conciencia de un político en campaña.

El problema no era la estantería en sí. El problema era el método. Álvaro, que se autodefinía como un “manitas autodidacta” —término que Bea traducía internamente como “peligro público con acceso a un taladro”—, había decidido que los tacos de ocho milímetros que venían en la caja eran una exageración de la ingeniería alemana.

—Con unos de seis y un poco de maña, esto aguanta hasta un piano, Bea. No te rayes —había sentenciado él hacía apenas cuarenta y ocho horas, mientras ignoraba ostensiblemente el manual de instrucciones que yacía en el suelo, humillado y arrugado.

Bea, que conocía la resistencia del pladur de su casa como si fuera su propia piel, se había limitado a cruzar los brazos, levantar una ceja —un gesto que en ella era equivalente a una declaración de guerra— y soltar la advertencia profética:

—Álvaro, esos tacos van a ceder en cuanto pongas el primer bote de garbanzos. Estás avisado. Luego no quiero dramas.

—Que sí, mujer de poca fe. Confía en el proceso —respondió él con esa seguridad insultante que solo tienen los hombres cuando están a punto de cometer una chapuza épica.

Y el proceso, efectivamente, culminó. Culminó con un sonido seco, un crack que resonó en las paredes de la cocina como un disparo. Seguido de un silencio de milisegundos, ese silencio en el que la gravedad toma impulso, y luego el desastre: un estrépito metálico, el estallido de cristales contra el suelo de gres y el sordo golpe de la madera golpeando la encimera.

Bea no se movió. Siguió removiendo la cebolla con la cuchara de madera, con una calma que rozaba lo sobrenatural. Álvaro, por el contrario, se quedó petrificado, con un destornillador en la mano derecha y una expresión de estupefacción absoluta, mirando el hueco en la pared donde antes colgaba su orgullo. El pladur había escupido los tacos de seis milímetros como si fueran pepitas de sandía.

—Se ha roto la estantería —dijo Álvaro finalmente. Su voz era un susurro quebrado, una mezcla de derrota y negación.

Bea dejó la cuchara sobre el reposacucharas de cerámica. Se giró lentamente. Sus ojos recorrieron el estropicio: había pimentón de la Vera esparcido por todo el suelo, creando una especie de alfombra roja del desastre. Los granos de pimienta negra rodaban alegremente hacia debajo de la nevera, y el bote de lentejas se había convertido en un puzzle de mil piezas. La estantería yacía partida por la mitad, como un barco naufragado en un mar de baldosas.

—Vaya —dijo Bea. Solo eso. “Vaya”.

—¿Cómo que “vaya”? ¡Se ha caído todo! —exclamó Álvaro, recuperando el movimiento y empezando a gesticular de forma errática—. ¡Ha debido de ser un defecto de la madera! O el taco estaba mal fabricado, ¡te lo juro! Yo lo apreté al máximo.

Bea inhaló profundamente. Saboreó el aire cargado de polvo de yeso y cebolla frita. Era el momento. Las palabras se agolpaban en su garganta, dulces como la miel.

—Te dije que no la montaras así, Álvaro. Te lo dije hace dos días, te lo dije ayer cuando te vi colgar la cafetera, y te lo dije esta mañana antes de irme a trabajar.

Álvaro la miró con cara de pocos amigos. Se agachó para recoger la cafetera, que milagrosamente había sobrevivido al impacto, aunque ahora tenía un abollón que le daba un aire de veterana de guerra.

—No empieces, Bea. Por favor, no empieces ahora con el sermón. Bastante tengo con ver mi tarde de trabajo por los suelos.

—No empiezo, Álvaro. Termino —replicó ella, dando un paso hacia el centro del campo de batalla—. Termino una predicción. Es lo que tiene la ciencia, que no entiende de sentimientos. Yo no te estoy sermoneando, solo estoy constatando un hecho físico que tú decidiste ignorar en favor de tu intuición de “manitas de Chamberí”.

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