La luz del sol de Madrid entraba por la persiana a medio bajar con una saña casi personal, proyectando rayas horizontales sobre la cara de Elena que parecían el código de barras de un lunes especialmente malo. Pero no era lunes. Era sábado, y lo que era mucho más grave: era su cumpleaños. Elena no era de esas personas que exigen una banda de música y fuegos artificiales al despertar, pero sí guardaba una mínima esperanza, un residuo de fe en la humanidad personificada en Marcos, su pareja desde hacía tres años, de que al menos el detalle principal no pareciera un objeto rescatado de un naufragio.
Al lado de la cama, Marcos respiraba con esa paz insultante de quien tiene la conciencia tranquila simplemente porque no tiene memoria. Elena se quedó mirándolo, analizando la curva de su ronquido. ¿Habría recordado el regalo? ¿Habría escuchado sus sutiles indirectas de los últimos seis meses sobre aquel reloj de diseño o, al menos, sobre un libro que no fuera de bolsillo? Un movimiento brusco al otro lado del colchón la sacó de sus pensamientos. Marcos abrió un ojo, luego el otro, y una sonrisa de pánico ensayado se dibujó en su rostro.
— ¡Felicidades, cariño! —exclamó él con una energía sospechosamente alta, de esas que se usan para camuflar un crimen o una resaca—. Treinta y dos castañas, ¿eh? Estás mejor que el primer día, te lo juro por mi suscripción al fútbol.
Elena se incorporó lentamente, apoyando la espalda en el cabecero de madera que siempre crujía en los momentos menos oportunos. Lo miró con esa ceja levantada que en España equivale a una citación judicial de la Audiencia Nacional.
— Treinta y un años, Marcos. Cumplo treinta y uno. Si vas a intentar ganarme por la mano con los cumplidos, al menos acierta con el censo —respondió ella, aunque con una media sonrisa que delataba que, a pesar de todo, le quería.
— Eso, treinta y uno, que los treinta y dos son los nuevos veinte, o algo así decía mi madre —se apresuró a decir él mientras saltaba de la cama con una agilidad que no mostraba desde que intentó pillar el último metro en Nochevieja—. Quédate ahí. No te muevas. Ni pestañees. El desayuno está en marcha y el plato fuerte… el plato fuerte te va a volar la peluca.
Elena escuchó el trote de Marcos por el pasillo. Oyó ruidos metálicos en la cocina, el fragor de la cafetera de cápsulas que siempre sonaba como si fuera a despegar hacia Marte y, finalmente, un silencio tenso. Marcos estaba buscando algo. Oculto entre los ruidos, Elena detectó el sonido inconfundible de una bolsa de plástico de esas que cobran a diez céntimos y que crujen con solo mirarlas. Su corazón, que esperaba algo envuelto en papel de seda, sufrió un pequeño microinfarto de decepción preventiva.
Cinco minutos después, Marcos reapareció. Entró en la habitación con una bandeja que cojeaba peligrosamente. Había un café con más espuma que líquido, un par de tostadas que habían pasado por el tostador el tiempo justo para quedar duras pero frías, y un paquete. Un paquete envuelto en papel de periódico. Concretamente, en la sección de clasificados del jueves pasado.
— No he tenido tiempo de comprar papel de regalo del de flores, ya sabes que la papelería de abajo ha cerrado por reformas y el chino de la esquina tiene una cola que llega hasta la M-30 —se justificó él, dejando la bandeja sobre las piernas de Elena mientras se frotaba las manos como un villano de dibujos animados—. Pero lo que cuenta es lo de dentro. Lo he elegido pensando en ti. En nosotros. En nuestra esencia.
Elena miró el bulto. Era cilíndrico. Pesado. Frío. Con una mano temblorosa, empezó a retirar el papel de periódico. Apareció un asa. Luego una base. Y finalmente, la gloria en toda su expresión de lo cutre. Una taza de cerámica blanca, de esas que tienen un peso específico capaz de hundir un portaaviones, con unas letras amarillas que chillaban en una tipografía que parecía diseñada por un becario con prisas.
— ¿Te gusta? —preguntó Marcos, con los ojos brillando de una ilusión que Elena no sabía si era real o un síntoma de falta de oxígeno.
Elena sostuvo el objeto entre sus manos. Lo giró lentamente. La frase “Sonríe, hoy es un día especial” la miraba de frente con una ironía sangrante.
— Es una taza, Marcos —dijo ella, con una voz tan plana que podría haberse usado como nivel de burbuja para colgar un cuadro.
— Pero no es solo una taza, Elena. Mira bien el mensaje. Pone “sonríe”. Es un recordatorio. Un mantra. Porque tú a veces te levantas un poco… ya sabes, con el modo huraño activado, y pensé que esto sería como un rayo de sol cada mañana. Una inyección de optimismo directamente en tu café.
Elena volvió a mirar la taza. Luego miró a Marcos. Luego miró la base de la taza, donde todavía quedaba un resto de pegamento de una etiqueta que alguien había arrancado con los dientes.
— La compraste en la gasolinera Repsol de la salida 17, ¿verdad? —disparó ella sin anestesia—. La que está al lado del túnel de lavado donde ayer fuiste a limpiar el coche porque decías que “tenía más arena que el desierto del Sáhara”.
Marcos se quedó petrificado. Su cara de “me han pillado con el carrito del helado” fue tan evidente que por un momento Elena pensó en sacarle una foto para usarla como prueba en el juicio del divorcio, si es que alguna vez se casaban.
— ¿En la gasolinera? ¿Yo? Por favor, Elena, me ofendes. ¿Cómo puedes pensar que el regalo de tu vida, el detalle que marca tu entrada en la década de los treinta… y uno, lo iba a comprar entre un bote de anticongelante y una bolsa de torreznos? —intentó defenderse, pero su voz subió dos octavas, señal inequívoca de culpabilidad extrema.
— Marcos, tiene una mancha de grasa de motor en el asa —señaló ella, levantando la taza con dos dedos como si fuera una prueba biológica peligrosa—. Y si no me equivoco, el “sonríe” está un poco torcido hacia la izquierda. Es una taza de emergencia. Es el equivalente material a un “lo siento, me he olvidado y he pillado lo primero que había al lado del mostrador de los chicles”.
— Tenía sentimiento, te lo prometo —insistió él, sentándose en el borde de la cama y tratando de poner cara de perrito abandonado en la Castellana—. Vi la taza y pensé en ti. Me dije: “Marcos, esa taza define a Elena. Es sólida, es práctica y tiene un mensaje positivo”. El hecho de que estuviera al lado de las latas de aceite de oliva virgen extra de oferta es puramente circunstancial. Es una coincidencia cósmica.
— Tenía ticket de emergencia, Marcos —sentenció ella, rebuscando entre las tostadas frías hasta que encontró un papelito arrugado que se había caído del paquete—. Mira. “Repsol. 07:45 AM. Café con leche, donut de chocolate y… Regalo Hogar Mod. A: 4,95 euros”. Te has gastado menos en mi cumpleaños que en el desayuno de un martes cualquiera.
La tensión en la habitación empezó a subir de temperatura, y no precisamente por el café de Marcos, que ya estaba a temperatura ambiente de morgue.
Parte 2: La arqueología del desastre y el museo de los horrores
Marcos miró el ticket con la misma cara con la que un sospechoso mira sus propias huellas dactilares en el arma del crimen. El silencio que siguió fue denso, de esos que en España se cortan con un cuchillo de jamonero bien afilado. Elena no soltaba la taza. La sostenía como si fuera un trofeo de guerra, o quizá como un proyectil que estaba evaluando lanzar contra la pared de pladur.
— A ver, Elena, escúchame bien —empezó Marcos, gesticulando con las manos como si estuviera intentando explicar el fuera de juego en una final de Champions—. El ticket no define la intención. El ticket es solo un papel. Lo que importa es el proceso cognitivo que me llevó a elegir esa taza específica entre todas las demás opciones de la gasolinera. Había ambientadores con olor a pino, había juegos de dados de peluche para el retrovisor, ¡había incluso una linterna de tres cabezales! Pero yo elegí la taza. ¿Por qué? Porque el café es nuestro momento. Es cuando planeamos el día, cuando nos quejamos del jefe, cuando decidimos si pedimos pizza o sushi. La taza es el contenedor de nuestros sueños.
— El contenedor de tus excusas, querrás decir —replicó Elena, dejando la taza sobre la bandeja con un “cloc” seco que hizo que la poca espuma del café se estremeciera—. Marcos, llevamos tres años. El primer año me regalaste aquel collar que me dio una alergia que me puso el cuello como un pimiento morrón porque lo compraste en un puesto de la feria de San Isidro. El segundo año, una suscripción a una revista de pesca deportiva porque “así podíamos ir juntos al pantano”, sabiendo que yo odio los mosquitos y que lo más cerca que quiero estar de un pez es en una pescadería del Mercado de San Miguel. Y ahora, esto. Una taza de gasolinera que pone “sonríe” cuando lo que me apetece es morderte un ojo.
— ¡El collar tenía un diseño étnico muy auténtico! —protestó él, aunque sabía que estaba perdiendo terreno por momentos—. Y lo de la revista de pesca fue un error logístico, la web se quedó colgada y me enviaron la de pesca en vez de la de viajes de lujo, te lo juré por lo más sagrado. Pero esta taza… esta taza tiene un alma. Es cerámica reforzada. Si se nos cae al suelo, probablemente rompa la baldosa antes de romperse ella. Es un símbolo de la resistencia de nuestro amor.
Elena se echó a reír, una risa sarcástica que retumbó en las paredes del dormitorio.
— ¿Resistencia? Marcos, el “sonríe” se está borrando solo de que lo mire. Si la meto en el lavavajillas dos veces, se va a quedar en una taza blanca triste y anónima, igual que tus ganas de esforzarte un poquito. No se trata del dinero, tío. Se trata de que hoy es mi cumpleaños, me he despertado esperando que al menos hubieras recordado aquel pendiente que vi en el escaparate de la calle Fuencarral, o que te hubieras currado una cena en aquel sitio de Malasaña que te dije hace un mes. Pero no. Has esperado a que se encendiera la luz de la reserva del coche para acordarte de que tenías una novia que cumple años.
Marcos suspiró hondo. Sabía que Elena tenía razón, pero su orgullo masculino, ese que se forja en las barras de los bares y se alimenta de la negación absoluta, no le permitía rendirse tan fácilmente.
— Es que tú lo ves todo desde un prisma materialista —dijo él, tratando de darle un giro filosófico al asunto—. Estamos en una sociedad que nos empuja al consumo desenfrenado. ¿Qué es un pendiente de oro sino un trozo de metal que explota a los mineros? En cambio, esta taza… esta taza es funcional. Es democrática. Está al alcance del pueblo. Es un grito contra el capitalismo salvaje. He querido darte algo que no te esclavice a la imagen, algo que te sirva para beberte un Cola-Cao calentito mientras vemos una serie.
— Marcos, por el amor de Dios, deja de decir sandeces —lo cortó ella, señalando el ticket de nuevo—. Te has gastado cuatro con noventa y cinco porque te quedaste dormido viendo el resumen de la jornada y esta mañana has salido pitando a por el pan y te has dado cuenta de que no tenías nada. Confiesa. Si confiesas, quizá la pena se reduzca de “exilio al sofá durante una semana” a “dormir en el borde de la cama sin derecho a manta”.
Marcos bajó la cabeza. El peso de la verdad era más contundente que la cerámica de la gasolinera.
— Vale —susurró—. Confieso. Me quedé frito con el partido del Atleti. Puse la alarma a las siete para ir a la joyería esa que abre temprano, pero el modo “posponer” es una trampa de Satanás. Me desperté a las siete y media, con el sudor frío recorriéndome la espalda. Salí corriendo, pero en el barrio todo estaba cerrado o con persianas metálicas que parecían muros de Berlín. La gasolinera era mi única esperanza. Entré como un loco, la cajera me miró como si fuera a atracarla. Le grité: “¡Deme algo que sirva para una mujer inteligente, guapa y que cumple treinta y un años!”. Y ella me señaló la estantería que está debajo de los ambientadores de vainilla.
Elena lo miró en silencio. La ira empezaba a dar paso a esa ternura exasperada que siempre sentía por él. Marcos era un desastre, un caos andante con patas de 1,80, pero era su caos.
— ¿Y por qué esa? —preguntó ella, suavizando un poco el tono—. Había otras tazas, imagino.
— Había una que ponía “Para el mejor abuelo del mundo” y otra con un dibujo de un camión —explicó él, recobrando un poco el ánimo—. La de “sonríe” era la única que no me comprometía legalmente con una paternidad o una jubilación anticipada. La cogí, la pagué con el café y el donut porque necesitaba azúcar para procesar el trauma, y volví a casa derrapando en las rotondas. El papel de periódico fue un toque de creatividad de última hora. Pensé: “Le da un rollo vintage, como de película francesa”.
— “Como de película francesa”… Marcos, tienes la cara de cemento armado —dijo Elena, cogiendo por fin un trozo de tostada fría—. Pero te aviso: como esta taza sea el único regalo del día, el “sonríe” me lo voy a tatuar en la frente para que sea lo último que veas antes de que te mande a vivir con tu madre.
— ¡No es lo único! —exclamó él, levantándose de nuevo con una chispa en los ojos que esta vez sí parecía auténtica—. Esto solo era el aperitivo. El entrante psicológico. El regalo de verdad está… bueno, está en camino. Literalmente. El repartidor me ha mandado un mensaje diciendo que llega antes de las doce.
Elena arqueó ambas cejas esta vez.
— ¿En serio? ¿O es otra de tus tácticas de distracción estilo “el perro se ha comido los deberes”?
— Palabra de honor, Elena. Lo de Fuencarral está hecho. Pero la taza… la taza quédatela. Úsala hoy. Porque cada vez que bebas de ella, recordarás que tu novio es un inútil integral, pero es el inútil que más te quiere de toda la Comunidad de Madrid.
Parte 3: El asedio de la duda y la batalla del optimismo forzado
Eran las once y cuarto de la mañana. Elena se había duchado y se había puesto su ropa favorita, una declaración de intenciones silenciosa: “Estoy lista para ser celebrada, no me decepciones de nuevo”. Se había sentado en el salón con la famosa taza de la discordia llena de un café recién hecho —esta vez hecho por ella, porque el de Marcos sabía a castigo divino— y observaba el “Sonríe” con una mezcla de fascinación y horror.
Marcos, por su parte, caminaba por el pasillo como un tigre enjaulado en el Zoo de Madrid. Miraba el móvil cada treinta segundos, resoplaba, se asomaba a la ventana y volvía a mirar la pantalla. La tensión cómica se palpaba en el ambiente; era como ver una película de suspense donde la bomba no es de dinamita, sino de puro ridículo social.
— ¿Viene o no viene el señor del paquete? —preguntó Elena desde el sofá, estirando las piernas—. Porque el “Sonríe” me está empezando a dar una depresión de caballo. Siento que la taza se burla de mi existencia. Me mira con sus letras amarillas y me dice: “Elena, esto es lo que vales: cuatro con noventa y cinco y un poco de pegamento de etiqueta”.
— ¡Que viene, que viene! —gritó Marcos desde la ventana—. He hablado con el soporte técnico. El tipo está en una furgoneta blanca, dice que hay una procesión o una carrera popular o algo que ha cortado el centro. Ya sabes cómo es Madrid un sábado, cortan las calles por cualquier cosa, hasta por un concurso de comer porras. Pero está cerca. Lo huelo. Siento la vibración del motor diesel acercándose a nuestro portal.
— Marcos, hace media hora dijiste que estaba en la calle de atrás —le recordó ella, dándole un sorbo al café—. A este paso, el regalo de mi cumpleaños va a llegar para mi santo. ¿Estás seguro de que no has comprado otra cosa en Amazon Prime hace diez minutos y estás rezando para que el repartidor sea Flash?
Marcos se detuvo en seco y la miró con una dignidad herida que habría resultado convincente si no llevara puestos unos calcetines desparejados, uno de rayas y otro con el logo de Batman.
— Elena, por favor. Un poco de fe. He invertido horas de búsqueda online. He comparado precios, he leído reseñas de clientes insatisfechos para asegurarme de que no te regalaba una baratija. Lo que viene en ese paquete es una declaración de intenciones. Es el fin de la era de la gasolinera y el comienzo de la era de la sofisticación.
— La era de la sofisticación —repitió ella con sorna—. Me suena a nombre de perfume barato de los que venden en las rebajas de enero. Por cierto, ¿has visto que la taza tiene un pequeño desconchón en el borde? Creo que es donde la cajera la golpeó contra el datáfono mientras intentaba cobrarte a toda prisa.
Marcos se acercó al sofá y examinó la taza con la lupa imaginaria de un tasador de joyas.
— Eso no es un desconchón, Elena. Es “carácter”. Es el toque rústico. En las tiendas de diseño de la calle Hortaleza te cobrarían el doble por una taza con ese aire de “objeto usado por un superviviente”. Deberías valorarlo como una pieza de arte post-industrial.
— Claro, y el ticket de Repsol es el certificado de autenticidad de la galería, ¿no? —rio ella, aunque por dentro estaba empezando a disfrutar de la situación. Había algo genuinamente divertido en ver a Marcos sudar la gota gorda para defender lo indefendible.
De repente, el telefonillo sonó. El sonido fue como un disparo de salida en las Olimpiadas. Marcos dio un salto que casi le hace chocar contra la lámpara del techo y salió disparado hacia el interfono.
— ¿Sí? ¿Diga? ¿Paquete para Elena? ¡Suba, suba por el amor de todos los santos! ¡Cuarto derecha, no se pierda, le espero en el rellano con una alfombra roja si hace falta!
Marcos se volvió hacia Elena con una expresión de triunfo absoluto, como si acabara de descubrir la cura para la calvicie o hubiera ganado la lotería de Navidad.
— ¿Lo oyes? Es el sonido del progreso. Es el sonido de tu novio redimiéndose ante la historia. Prepárate, Elena. Borra ese escepticismo de tu cara y saca la sonrisa que la taza te ha estado pidiendo desde las ocho de la mañana.
Elena dejó la taza en la mesa de centro y se levantó, contagiada a su pesar por la excitación de Marcos. Se arregló un poco el pelo y se colocó en el centro del salón, esperando la gran entrada. Se oyeron pasos pesados por la escalera, el tintineo de unas llaves y, finalmente, un golpe seco en la puerta.
Marcos abrió de par en par. En el umbral apareció un repartidor que parecía haber corrido el encierro de San Fermín con la furgoneta a cuestas. Estaba sudado, despeinado y sostenía un paquete pequeño y cuadrado envuelto en un plástico negro.
— ¿Elena García? —preguntó el hombre con un hilo de voz.
— ¡Yo! —exclamó Marcos, arrebatándole el paquete y firmando en la pantalla digital con un garabato que parecía un electrocardiograma de un ataque de pánico—. Muchas gracias, buen hombre. Tenga, quédese con el cambio… ah, no, que ya he pagado con tarjeta. ¡Feliz sábado!
Marcos cerró la puerta de un portazo y se giró hacia Elena, sosteniendo el paquete como si fuera el Santo Grial.
— Aquí lo tienes. Sin gasolineras de por medio. Sin tickets de emergencia. Sin “sonríe” amarillos. La pureza del regalo perfecto. Ábrelo, cariño. Ábrelo y deja que el perdón fluya por tus venas.
Elena tomó el paquete. Era ligero. Demasiado ligero. Sintió una punzada de sospecha, pero la mirada de Marcos era tan limpia, tan llena de una esperanza casi infantil, que decidió darle el beneficio de la duda. Rompió el plástico negro con cuidado. Debajo apareció una caja de cartón blanco, elegante, sin logotipos chillones. Levantó la tapa y… se quedó muda.
Dentro de la caja, descansando sobre un lecho de papel de seda azul, había… otra taza.
Pero no era una taza cualquiera. Era una taza de porcelana fina, con un diseño minimalista de líneas doradas que formaban el perfil de un gato (su animal favorito). En el interior del borde, escrito con una caligrafía elegante y discreta, se leía: “Te quiero, incluso antes del primer café”.
Elena miró la taza. Miró a Marcos. Miró la taza de la gasolinera que seguía en la mesa del salón.
— Marcos… —empezó a decir, con la voz temblorosa.
— Esta la encargué hace dos semanas en una web de artesanos de Galicia —explicó él, acercándose poco a poco, con el miedo todavía presente en su voz—. Se suponía que llegaba ayer, pero la movida de los transportes ya sabes cómo está. Lo de la gasolinera… lo de la gasolinera fue mi plan de contingencia porque pensé que no llegaría a tiempo y no quería despertarte con las manos vacías. Prefería que te enfadaras conmigo por cutre a que pensaras que me había olvidado.
Elena sintió que los ojos se le humedecían un poco. La tensión cómica se transformó de repente en una calidez que ninguna taza de cerámica reforzada podría igualar.
— Eres un idiota, Marcos. Un idiota redomado —dijo ella, abrazándolo fuerte mientras todavía sostenía la porcelana fina en una mano.
— Lo sé. Pero soy tu idiota. ¿Y qué me dices? ¿Te gusta más esta o volvemos a la teoría del arte post-industrial de la Repsol?
— Esta es preciosa —admitió ella, riendo entre dientes—. Pero la otra… la otra no la tires. La guardaremos para cuando tengamos visitas que no nos gusten. Les serviremos el café en la taza del “sonríe” para que capten la indirecta de que tienen que irse pronto.
Parte 4: El veredicto final y el triunfo del caos cotidiano
La tarde de cumpleaños de Elena transcurrió entre risas, llamadas de familiares y la planificación de una cena de verdad, de esas con mantel de tela y camareros que no te preguntan si quieres puntos para el programa de fidelización de carburantes. Las dos tazas convivían ahora sobre la encimera de la cocina, formando una pareja tan dispar como ellos mismos: la delicada porcelana gallega y el bloque de cerámica de gasolinera.
Marcos se sentía como un hombre que acababa de esquivar un meteorito por escasos centímetros. Estaba sentado a la mesa, ayudando a Elena a elegir el restaurante, pero de vez en cuando lanzaba una mirada de reojo a la taza de la Repsol, como si esperara que el objeto le diera las gracias por haberlo defendido con tanta vehemencia.
— Sabes —dijo él, mientras buscaba en TripAdvisor—, al final la jugada no ha salido tan mal. Si te hubiera dado la taza buena desde el principio, no habríamos tenido toda esa charla sobre el capitalismo, el arte rústico y el ticket de emergencia. Nos habríamos dado un beso, un “gracias, qué mona” y a otra cosa. El conflicto genera interés, Elena. He creado una narrativa en torno a tu cumpleaños.
Elena levantó la vista del móvil, con esa expresión de “no te pases de listo” que Marcos ya conocía tan bien.
— Has creado un trauma, Marcos. Un trauma que voy a recordarte cada vez que pasemos por delante de una gasolinera el resto de nuestra vida. “Mira, cariño”, te diré, “allí venden tu dignidad a cuatro con noventa y cinco el lote”.
— Es un precio justo para una dignidad de mi calibre —rio él—. Pero admítelo, la cara que has puesto cuando has visto el “sonríe” ha sido impagable. Esos segundos de puro desconcierto, de “¿está pasando esto de verdad o es una cámara oculta de un programa de la tele de los noventa?”, eso no te lo da un collar de Fuencarral.
— No, eso solo me lo das tú —concedió ella, levantándose para prepararse un té en la taza nueva—. Pero te aviso de una cosa: el año que viene no quiero narrativas, ni conflictos dramáticos, ni planes de contingencia de última hora. El año que viene quiero un regalo que no haya estado nunca a menos de cinco kilómetros de un surtidor de gasolina de 95 octanos. ¿Estamos?
— Estamos —asintió él, levantando la mano como si hiciera un juramento ante la Constitución—. Ni una gota de combustible cerca de tus regalos. El año que viene será todo lujo, seda y quizá algo que brille tanto que tengamos que usar gafas de sol para abrir el paquete.
— Me conformo con que no tenga pegamento de etiqueta en la base —apostilló ella, dándole un beso rápido antes de irse a cambiar—. Venga, muévete, que hemos reservado a las nueve y como lleguemos tarde, la narratividad de la noche va a consistir en que tú te quedas sin postre.
Marcos se quedó un momento solo en la cocina. Miró la taza de la gasolinera. Por un momento, juró que el “sonríe” brillaba con una luz especial bajo los focos de la cocina. Se acercó, la cogió con cuidado y la guardó en lo más hondo del armario, justo detrás de los vasos de tubo que nunca usaban y de una ensaladera de plástico que les regaló su tía abuela Paquita.
Allí descansaría el “regalo barato”, como un monumento a la improvisación masculina y un recordatorio permanente de que en una relación, a veces, un ticket de emergencia puede ser el inicio de la mejor de las historias. Porque al final, no importa el precio del regalo, pero sí la cara de “lo compré en el último minuto”… y la capacidad de reírse de ello antes de que se enfríe el café.
Marcos salió de la cocina, apagó la luz y se fue a buscar sus mejores zapatos. Sabía que la batalla de este año estaba ganada, no por la calidad de sus compras, sino por su infinita capacidad para convertir un desastre logístico en una anécdota local que contarían a sus amigos en el bar durante los próximos cinco años. Y eso, en el fondo, valía mucho más que cuatro euros con noventa y cinco céntimos.
¿Qué preguntas o qué regalos de última hora son demasiado? Para Marcos y Elena, la respuesta era que nada es demasiado si al final del día puedes mirarte a la cara, sostener una taza (sea gallega o de Repsol) y, simplemente, sonreír. Pero de verdad, no porque lo ponga en la cerámica.