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El despertar de la bestia y el pecado original

Parte 1: El despertar de la bestia y el pecado original

La luz del sol de Madrid entraba por la persiana a medio bajar con una saña casi personal, proyectando rayas horizontales sobre la cara de Elena que parecían el código de barras de un lunes especialmente malo. Pero no era lunes. Era sábado, y lo que era mucho más grave: era su cumpleaños. Elena no era de esas personas que exigen una banda de música y fuegos artificiales al despertar, pero sí guardaba una mínima esperanza, un residuo de fe en la humanidad personificada en Marcos, su pareja desde hacía tres años, de que al menos el detalle principal no pareciera un objeto rescatado de un naufragio.

Al lado de la cama, Marcos respiraba con esa paz insultante de quien tiene la conciencia tranquila simplemente porque no tiene memoria. Elena se quedó mirándolo, analizando la curva de su ronquido. ¿Habría recordado el regalo? ¿Habría escuchado sus sutiles indirectas de los últimos seis meses sobre aquel reloj de diseño o, al menos, sobre un libro que no fuera de bolsillo? Un movimiento brusco al otro lado del colchón la sacó de sus pensamientos. Marcos abrió un ojo, luego el otro, y una sonrisa de pánico ensayado se dibujó en su rostro.

— ¡Felicidades, cariño! —exclamó él con una energía sospechosamente alta, de esas que se usan para camuflar un crimen o una resaca—. Treinta y dos castañas, ¿eh? Estás mejor que el primer día, te lo juro por mi suscripción al fútbol.

Elena se incorporó lentamente, apoyando la espalda en el cabecero de madera que siempre crujía en los momentos menos oportunos. Lo miró con esa ceja levantada que en España equivale a una citación judicial de la Audiencia Nacional.

— Treinta y un años, Marcos. Cumplo treinta y uno. Si vas a intentar ganarme por la mano con los cumplidos, al menos acierta con el censo —respondió ella, aunque con una media sonrisa que delataba que, a pesar de todo, le quería.

— Eso, treinta y uno, que los treinta y dos son los nuevos veinte, o algo así decía mi madre —se apresuró a decir él mientras saltaba de la cama con una agilidad que no mostraba desde que intentó pillar el último metro en Nochevieja—. Quédate ahí. No te muevas. Ni pestañees. El desayuno está en marcha y el plato fuerte… el plato fuerte te va a volar la peluca.

Elena escuchó el trote de Marcos por el pasillo. Oyó ruidos metálicos en la cocina, el fragor de la cafetera de cápsulas que siempre sonaba como si fuera a despegar hacia Marte y, finalmente, un silencio tenso. Marcos estaba buscando algo. Oculto entre los ruidos, Elena detectó el sonido inconfundible de una bolsa de plástico de esas que cobran a diez céntimos y que crujen con solo mirarlas. Su corazón, que esperaba algo envuelto en papel de seda, sufrió un pequeño microinfarto de decepción preventiva.

Cinco minutos después, Marcos reapareció. Entró en la habitación con una bandeja que cojeaba peligrosamente. Había un café con más espuma que líquido, un par de tostadas que habían pasado por el tostador el tiempo justo para quedar duras pero frías, y un paquete. Un paquete envuelto en papel de periódico. Concretamente, en la sección de clasificados del jueves pasado.

— No he tenido tiempo de comprar papel de regalo del de flores, ya sabes que la papelería de abajo ha cerrado por reformas y el chino de la esquina tiene una cola que llega hasta la M-30 —se justificó él, dejando la bandeja sobre las piernas de Elena mientras se frotaba las manos como un villano de dibujos animados—. Pero lo que cuenta es lo de dentro. Lo he elegido pensando en ti. En nosotros. En nuestra esencia.

Elena miró el bulto. Era cilíndrico. Pesado. Frío. Con una mano temblorosa, empezó a retirar el papel de periódico. Apareció un asa. Luego una base. Y finalmente, la gloria en toda su expresión de lo cutre. Una taza de cerámica blanca, de esas que tienen un peso específico capaz de hundir un portaaviones, con unas letras amarillas que chillaban en una tipografía que parecía diseñada por un becario con prisas.

— ¿Te gusta? —preguntó Marcos, con los ojos brillando de una ilusión que Elena no sabía si era real o un síntoma de falta de oxígeno.

Elena sostuvo el objeto entre sus manos. Lo giró lentamente. La frase “Sonríe, hoy es un día especial” la miraba de frente con una ironía sangrante.

— Es una taza, Marcos —dijo ella, con una voz tan plana que podría haberse usado como nivel de burbuja para colgar un cuadro.

— Pero no es solo una taza, Elena. Mira bien el mensaje. Pone “sonríe”. Es un recordatorio. Un mantra. Porque tú a veces te levantas un poco… ya sabes, con el modo huraño activado, y pensé que esto sería como un rayo de sol cada mañana. Una inyección de optimismo directamente en tu café.

Elena volvió a mirar la taza. Luego miró a Marcos. Luego miró la base de la taza, donde todavía quedaba un resto de pegamento de una etiqueta que alguien había arrancado con los dientes.

— La compraste en la gasolinera Repsol de la salida 17, ¿verdad? —disparó ella sin anestesia—. La que está al lado del túnel de lavado donde ayer fuiste a limpiar el coche porque decías que “tenía más arena que el desierto del Sáhara”.

Marcos se quedó petrificado. Su cara de “me han pillado con el carrito del helado” fue tan evidente que por un momento Elena pensó en sacarle una foto para usarla como prueba en el juicio del divorcio, si es que alguna vez se casaban.

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