El portal del número catorce de la calle de la Palma, en pleno corazón de Malasaña, olía a lo de siempre: una mezcla inconfundible de humedad vieja, madera encerada por algún portero que se jubiló en los tiempos de la Movida y el rastro lejano de un cocido que alguien estaba perpetrando a deshoras. Nacho subía los escalones de dos en dos, con la respiración un poco entrecortada no por la falta de forma física, sino por la ansiedad acumulada de llevar tres días viviendo en lo que él consideraba una zona de guerra logística. Al llegar al tercero derecha, metió la llave en la cerradura con ese gesto automático que uno desarrolla tras siete años de soltería militante. Para Nacho, ese piso de cuarenta y cinco metros cuadrados no era una vivienda; era su búnker, su santuario, el lugar donde los cojines no tenían por qué combinar con nada y donde el orden de las cosas respondía a una lógica cuántica que solo él entendía.
Sin embargo, al abrir la puerta, el impacto visual fue como recibir un bofetón de realidad con la mano abierta. En el centro del salón, donde antes reinaba una mesa de centro que él mismo había rescatado de un contenedor en la calle Fuencarral allá por el 2018 —una tabla de pino con más manchas de cerveza que vetas de madera—, ahora se erigía un mueble de líneas escandinavas, pulcro, insultantemente blanco y con patas de madera clara que parecían gritar “progreso y estabilidad emocional”.
Nacho se quedó petrificado, todavía con la mochila del gimnasio colgada de un hombro y las llaves en la mano, como si hubiera entrado en el piso equivocado. Pero no, las grietas del techo seguían ahí, y el póster de Pulp Fiction que su madre tanto odiaba continuaba presidiendo la pared. El problema era la mesa. Y el problema, por extensión, era Elena.
Elena apareció desde la cocina, que era básicamente un pasillo estrecho donde si abrías la nevera no podías abrir el horno, secándose las manos con un trapo nuevo que, por supuesto, también combinaba con la nueva estética del salón. Llevaba el pelo recogido en un moño improvisado y esa sonrisa de “estoy haciendo que nuestra vida sea mejor” que a Nacho le daba más miedo que una inspección de Hacienda.
— ¡Hola, bicho! ¿Qué tal el curro? —dijo ella, acercándose para darle un beso rápido que Nacho recibió con la rigidez de una estatua del Prado.
— Elena… —Nacho señaló el mueble con un dedo tembloroso—. ¿Qué es eso? ¿Por qué ha habido un golpe de Estado en el salón? ¿Dónde está mi mesa? ¿Qué le habéis hecho a la superviviente de la gran inundación del 2020?
Elena soltó una carcajada ligera, de esas que pretenden quitarle hierro al asunto pero que en realidad solo sirven para engrasar la maquinaria de la discusión inminente.
— Nacho, por favor, no empieces con el drama. Esa mesa no era una mesa, era un riesgo biológico. Tenía una pata coja que calzabas con un folleto de una pizzería de cuando las pesetas, y la superficie estaba tan pegajosa que el otro día casi se queda pegado el gato de la vecina cuando se coló por la ventana. He comprado esta en las rebajas. Es bonita, es práctica y, fíjate, tiene un estante debajo para que pongas tus mandos de la Play y no estén siempre por el suelo.
Nacho soltó la mochila, que aterrizó con un ruido sordo sobre el parqué desgastado. Se acercó a la mesa nueva con la cautela de un artificiero.
— ¿Por qué has cambiado la mesa, Elena? —preguntó, intentando mantener un tono de voz que no delatara que estaba a un segundo de sufrir un microinfarto—. Así, sin avisar. Sin un referéndum. Sin una consulta popular en este nuestro búnker.
Elena arqueó una ceja. Esa era la señal. La señal de que la fase de “novia encantadora que acaba de mudarse” estaba terminando para dar paso a la de “cohabitante con plenos derechos constitucionales”.
— Pues porque también vivo aquí, Nacho. ¿O se te ha olvidado que llevo tres días metiendo cajas, doblando calcetines para que quepan en tus cajones caóticos y tratando de encontrar un hueco para mis libros de diseño entre tus revistas de coches de segunda mano? También es mi casa. También es mi espacio. Y mi espacio no incluye una tabla de madera podrida que parece sacada de un naufragio.
Nacho se frotó la nuca. La frase “también vivo aquí” resonó en las paredes de la habitación como una declaración de guerra de la Triple Alianza. Se sentó en el sofá, que afortunadamente todavía era el suyo, aunque sospechaba que tenía los días contados frente a algún catálogo de muebles nórdicos.
— Ya, Elena, si me parece estupendo que vivas aquí. De verdad. Sabes que me hacía mogollón de ilusión que diéramos el paso. Pero es que… —hizo una pausa dramática, buscando las palabras exactas para no sonar como un machista recalcitrante del siglo diecinueve—… pero es que el piso es mío. O sea, el contrato está a mi nombre. Llevo aquí siete años. Cada mancha de la pared tiene una historia. Esa mesa… esa mesa era mi compañera de fatigas. No puedes llegar aquí, como el que desembarca en Normandía, y empezar a cambiar la orografía del terreno sin consultar al mando supremo.
Elena se quedó mirándolo en silencio durante unos segundos que a Nacho le parecieron horas. Sus ojos, antes chispeantes, se volvieron dos rendijas de puro sarcasmo madrileño. Se cruzó de brazos y se apoyó en el marco de la puerta de la cocina.
— Ah, vale. Entiendo. El piso es tuyo. El contrato es tuyo. La historia es tuya. Entonces yo no vivo aquí, ¿no? Yo estoy de prácticas. Soy una becaria de la convivencia que ha venido a ver cómo vive el Gran Nacho en su santuario de soltero y que tiene que pedir permiso para mover un posavasos. ¿Es eso? ¿Tengo que pasar un periodo de prueba de seis meses antes de poder decidir que no quiero comer sobre un mueble que tiene vida propia?
— No exageres, Elena —masculló Nacho, sintiéndose de repente muy pequeño bajo la mirada de su novia—. No he dicho que estés de prácticas. Solo digo que hay que respetar el ecosistema. Si tú te vas a vivir a la selva, no te pones a talar árboles para construirte un centro comercial el primer día. Te adaptas. Observas. Integras.
— ¡Integras mis narices, Nacho! —saltó ella, perdiendo por fin la compostura—. Llevamos seis meses planeando esto. Me has dicho por activa y por pasiva que tenías ganas de que el piso fuera “nuestro”. Que estabas harto de la soledad y de que la nevera solo tuviera botes de salsa caducados. Pero ahora resulta que “nuestro” significa “mío con tu presencia autorizada”. Pues nada, perdona, jefe del alquiler. No volveré a perturbar la paz de tu museo de la soltería. Si quieres, vuelvo a poner la mesa vieja, que por cierto, está en el cuarto de las ratas del portal, si es que no ha salido corriendo ella sola por su propio pie.
La tensión en el salón era tan espesa que se podría haber cortado con un cuchillo de los buenos, de esos que Elena también había traído para sustituir a los cubiertos mellados que Nacho usaba para todo, desde cortar filetes hasta abrir paquetes de Amazon. Nacho se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. No era solo por la mesa. Era por el concepto. En Madrid, donde los pisos son cajas de zapatos a precio de palacio en Versalles, el territorio es algo sagrado. Pero cuando compartes ese territorio, las fronteras se vuelven difusas y los conflictos diplomáticos son inevitables.
— Mira, Elena… no quería que sonara así —intentó recular él, levantándose del sofá con las manos en los bolsillos—. Es solo que me ha pillado de sorpresa. Llego a casa y siento que mi casa no es mi casa. Es como si hubiera entrado en un anuncio de muebles y yo fuera el intruso.
— Es que ya no es “tu” casa, Nacho. Es “nuestra” casa. Y si no eres capaz de entender la diferencia entre invitar a alguien a dormir unos días y compartir una vida, quizá es que no estabas tan preparado para esto como decías.
Elena se dio la vuelta y volvió a la cocina, dejándolo solo con la mesa blanca y el silencio sepulcral del salón. Nacho miró la mesa. Era bonita, sí. Tenía ese olor a mueble nuevo que siempre da una sensación de limpieza y orden. Pero al mirar al suelo, vio la marca que la mesa vieja había dejado en el parqué durante años de presión constante. Una mancha oscura, un cerco de recuerdos de cenas improvisadas, de cervezas con los colegas y de domingos de resaca.
Se sintió como un idiota. Un idiota con un piso en propiedad (bueno, de alquiler, pero casi) y una novia que estaba a un paso de volver a empaquetar sus cajas y mandarlo todo a la porra. En Malasaña, los finales son tan rápidos como los principios, y Nacho sabía que tenía que currárselo mucho si no quería terminar cenando solo otra vez sobre su amada mesa rescatada de la basura.
Parte 2: La rebelión de los tupper y el síndrome de Estocolmo inmobiliario
La primera noche después del “Incidente de la Mesa de Centro” transcurrió en un silencio tenso que solo era roto por el crujir del edificio viejo y el sonido lejano de algún grupo de turistas borrachos que se habían perdido buscando la Plaza de San Ildefonso. Nacho y Elena dormían en la misma cama, pero en medio de ellos parecía extenderse la meseta castellana en todo su esplendor. Nacho miraba el techo, contando las grietas y preguntándose en qué momento su vida se había convertido en un campo de minas decorativo.
A la mañana siguiente, el ritual del café fue el escenario del segundo asalto. Nacho, en un intento desesperado de paz, se levantó temprano para preparar el café. Pero, al abrir el armario donde solía guardar sus tazas —una colección ecléctica que incluía una de un congreso de informática del 2012 y otra con el asa pegada con Super Glue—, se encontró con una fila militar de tazas de cerámica artesanal, en tonos tierra y con texturas rugosas que gritaban “soy de una tienda de diseño de la calle Espíritu Santo”.
— ¿Mis tazas, Elena? —preguntó Nacho con una voz que pretendía ser tranquila pero que sonaba a súplica—. ¿También han pasado por el tribunal de depuración estética?
Elena entró en la cocina, ya vestida para ir a la oficina, impecable y con ese aire de eficiencia que a Nacho siempre le había resultado sexy pero que ahora le ponía de los nervios.
— Están en una caja en el altillo, Nacho. No las he tirado. Pero es que beber café en una taza que tiene el logo de “Sistemas Operativos 2012” es una forma de castigarse a uno mismo. Estas son mejores. Mantienen el calor y, sobre todo, no dan vergüenza ajena si viene alguien a casa.
— ¿Y quién va a venir, Elena? —saltó él, derramando un poco de leche sobre la encimera—. ¿Va a venir el inspector de tazas de la Comunidad de Madrid? ¿Va a venir el embajador de Dinamarca a ver si nuestro desayuno cumple con los estándares de hygge? Era mi taza favorita. Tenía la medida justa para el café largo.
— Nacho, por Dios, es solo una taza. No es una reliquia de la familia real. Es que de verdad, tienes un apego a la basura que roza el Síndrome de Diógenes. Estamos intentando crear un hogar, no un refugio de objetos perdidos.
— ¡Es que es mi refugio, Elena! —dijo él, alzando la voz más de lo que pretendía—. Es mi casa. O lo era. Ahora siento que estoy viviendo en un búnker de diseño donde tengo que pedir permiso hasta para respirar fuerte. Me siento como un invitado en mi propio código postal.
Elena dejó su taza (la artesanal, por supuesto) sobre la encimera con un golpe seco. Lo miró fijamente, y Nacho vio que la paciencia de ella estaba pendiendo de un hilo más fino que los cables de la luz de Malasaña.
— Vale, pues muy bien. Si tanto te molesta que intente mejorar este antro, si tanto te duele que cambie una mesa podrida o que guarde unas tazas horribles, dímelo claro. Porque yo no he venido aquí para estar “de prácticas”, como tú dices. He venido porque pensaba que querías compartir tu vida conmigo. Pero compartir implica ceder espacio, Nacho. No solo espacio físico en el armario, sino espacio mental. Si vas a estar recordándome cada cinco minutos que el piso es tuyo y que tú eres el “jefe del alquiler”, dímelo ahora y me ahorro el desembalar las otras cuatro cajas que tengo en el pasillo.
Nacho se quedó callado, con el trapo de cocina en la mano y la sensación de que el café le estaba dando acidez antes siquiera de probarlo. Elena tenía razón, pero su orgullo de “macho alfa del pisito madrileño” le impedía rendirse tan fácilmente.
— No soy el jefe del alquiler, Elena. Solo soy alguien que lleva aquí mucho tiempo y que… que le cuesta el cambio. Venga, no te pongas así.
— No, Nacho. No me pongo así. Es que es agotador. Ayer la mesa, hoy las tazas. ¿Qué será mañana? ¿Me vas a cobrar el aire por metros cúbicos? ¿Voy a tener que fichar cada vez que entre en el baño? Si vivir aquí significa ser una ciudadana de segunda clase en el Reino de Nacholandia, prefiero volverme a mi piso compartido en Lavapiés, que al menos allí las decisiones se tomaban en asamblea, aunque fuera para decidir quién compraba el papel higiénico.
Elena cogió su bolso y salió por la puerta sin decir ni “adiós” ni “luego hablamos”. El portazo hizo que el cuadro de Pulp Fiction se torciera un poco, como si el propio Samuel L. Jackson estuviera juzgando la estupidez de Nacho.
Nacho se quedó solo en la cocina, rodeado de tazas bonitas y un silencio que le pesaba como una losa de hormigón. Se sentó en la mesa nueva del salón —la blanca, la escandinava— y se dio cuenta de que, efectivamente, era cómoda. Tenía la altura perfecta. Pero se sentía extraño. Se sentía como si estuviera sentado en la sala de espera de un dentista muy caro.
A media mañana, Nacho bajó al portal para tirar la basura y se encontró con Doña Virtudes, la vecina del primero que llevaba viviendo en el edificio desde que se inventó el ladrillo. Doña Virtudes era el servicio de inteligencia oficial de la calle de la Palma; nada escapaba a su mirada de lince tras las cortinas de encaje.
— Buenos días, Nacho —dijo la mujer, barriendo el descansillo con una parsimonia infinita—. He visto que ha entrado mucha caja estos días. ¿Te has echado compañera?
— Sí, Doña Virtudes. Se ha mudado Elena, mi novia.
La mujer dejó de barrer y lo miró con una mezcla de lástima y advertencia.
— Ay, hijo… las mujeres en los pisos de uno son como la humedad: entran poco a poco, no te das cuenta, y cuando quieres acordar se han hecho con toda la pared. Ten cuidado, que mi difunto Paco decía que el que deja que le cambien las cortinas termina durmiendo en el sofá.
Nacho forzó una sonrisa y siguió su camino, pero las palabras de la vieja se le quedaron grabadas. ¿Era eso lo que le pasaba? ¿Tenía miedo de perder su soberanía? En Madrid, un piso de alquiler es tu pequeño reino, el único sitio donde eres el rey absoluto de tu caos. Pero la soberanía es muy solitaria cuando no tienes a nadie con quien compartir una pizza fría un domingo por la tarde.
Volvió a subir al piso y se puso a mirar las cajas de Elena que todavía estaban en el pasillo. Había una que ponía “Recuerdos”. La curiosidad pudo con él y la abrió. Dentro encontró fotos de ella de pequeña, una concha de una playa de Galicia, un libro de poemas subrayado y un peluche viejo que parecía haber sobrevivido a varias guerras mundiales. Al ver aquellas cosas, Nacho sintió una punzada de vergüenza. Elena no estaba intentando invadir su territorio; estaba intentando traer su mundo al suyo. Estaba intentando que esas paredes de cuarenta y cinco metros cuadrados dejaran de ser un búnker para convertirse en un hogar.
Se sentó en el suelo del pasillo, rodeado de los recuerdos de Elena, y se dio cuenta de que ser el “jefe del alquiler” era una soberana estupidez si el alquiler se pagaba con soledad. Cogió su móvil y le escribió un mensaje: “Perdona por lo de esta mañana. Tienes razón, las tazas son mucho más bonitas que las mías. Y la mesa… la mesa mola mogollón. Venga, esta noche ceno lo que tú digas. Sin quejas. Palabra de becario”.
Elena tardó media hora en contestar, una media hora que Nacho pasó reorganizando el armario de las tazas para que las suyas (las horribles) quedaran al fondo del todo, casi invisibles. Finalmente, el móvil vibró: “Vale, jefe. Pero que sepas que el siguiente paso es cambiar las cortinas del salón. Las de ahora parecen sacadas de un motel de carretera de Albacete. Prepárate”.
Nacho suspiró. Las cortinas. Doña Virtudes tenía razón: el asedio no había hecho más que empezar. Pero por primera vez en años, Nacho sintió que no le importaba perder la batalla si eso significaba ganar la guerra de no volver a cenar solo nunca más.
Parte 3: El asedio de las cortinas y el protocolo de la tapa del váter
La tregua del mensaje duró lo que tarda un madrileño en quejarse del precio de una caña en la Plaza Mayor. A los dos días, Nacho llegó a casa y se encontró con que las cortinas de color ocre —que él consideraba “clásicas” pero que Elena definía como “un nido de ácaros con pretensiones”— habían sido sustituidas por unos visillos blancos, vaporosos, que dejaban entrar una luz tan nítida que Nacho pudo ver, por primera vez en siete años, la cantidad real de polvo que se acumulaba sobre su estantería de los vinilos.
— Parece que vivimos en un anuncio de compresas, Elena —dijo Nacho, dejando las llaves en el cuenco nuevo (porque el cenicero de barro donde solía dejarlas también había desaparecido por “cuestiones higiénicas”).
Elena, que estaba sentada en la mesa nueva —la blanca, la intocable— con su portátil, ni siquiera levantó la vista.
— Se llama “luz natural”, Nacho. Es algo que la gente normal utiliza para no deprimirse en invierno. Deberías agradecérmelo, ahora al menos podemos ver si la comida tiene moho sin tener que encender la linterna del móvil.
Nacho se sentó a su lado, intentando no parecer el “jefe del alquiler” pero sintiendo que su soberanía territorial se estaba encogiendo al ritmo de un jersey de lana lavado a noventa grados.
— Oye, Elena… —empezó él, con ese tono que preludia una negociación diplomática de alto nivel en la ONU—. He estado pensando. Me parece genial lo de las cortinas. De verdad. El piso parece más grande y todo eso. Pero, ¿no crees que deberíamos consultar estas cosas? No sé, establecer un protocolo de decisiones compartidas. Porque el otro día cambiamos la mesa, hoy las cortinas, mañana igual llego y has pintado el pasillo de fucsia y has puesto una fuente de agua zen en el baño.
Elena cerró el portátil y se giró hacia él. Sus ojos tenían ese brillo de quien ha ensayado su discurso frente al espejo del baño (el cual, por cierto, ahora tenía un estante para cremas hidratantes que Nacho no sabía ni que existían).
— El protocolo es sencillo, Nacho: si algo es feo, viejo y no aporta nada a la convivencia, se cambia. Y tus cortinas eran el monumento nacional a la desidia. Además, hablemos de protocolos. Hablemos del protocolo de la tapa del váter. O del protocolo de “no dejar los calcetines sudados encima de la cafetera”. O del protocolo de “lavar los platos antes de que la grasa desarrolle conciencia propia”. Porque compartir piso no solo implica compartir decisiones estéticas, implica compartir responsabilidades básicas que parece que tú te saltas como si fueras un diplomático con inmunidad.
Nacho sintió el golpe en el plexo solar de su orgullo doméstico.
— ¡Los calcetines solo los dejé una vez! —protestó él—. Y fue porque tenía prisa por llegar al partido. Además, el piso es pequeño, Elena. Todo parece un desastre en cuanto te descuidas. Pero sigo diciendo que el piso es…
— ¿Tuyo? —le interrumpió ella con una sonrisa afilada—. ¿Vas a sacar otra vez el contrato, Nacho? ¿Vas a hacerme un ‘tour’ por las escrituras que no tienes porque esto es un alquiler de tercera en Malasaña? Me estás agotando con el tema de la propiedad. Si tanto te duele que ponga unos visillos blancos, es que quizá no me quieres aquí a mí, sino que quieres a alguien que te pague la mitad del alquiler y no haga ruido. Una planta, por ejemplo. Cómprate un cactus, Nacho. Los cactus no cambian cortinas y aguantan perfectamente que dejes los calcetines encima.
Nacho se levantó y empezó a caminar por el salón, que ahora le resultaba extrañamente ajeno. Cada rincón tenía la huella de Elena. El dispensador de jabón con olor a sándalo, el jarrón con flores secas (que él sospechaba que eran de plástico, pero no se atrevía a preguntar), la alfombra nueva que ocultaba el quemazo que él mismo le hizo al parqué con una colilla en el 2019…
— No es que no te quiera aquí, Elena. Sabes que me mola mogollón despertarme contigo. Es solo que… siento que me estoy diluyendo. Que Nacho está desapareciendo de estas paredes para dejar paso a una versión de ‘Vivienda de Diseño’ que no me representa. Me gusta mi caos. Me gusta que las cosas estén un poco rotas. Me hace sentir que el piso tiene alma.
— Pues tu alma tiene un problema de salubridad, tío —rio ella, suavizando un poco el gesto—. Escucha, Nacho. No quiero borrarte del mapa. Pero tienes que entender que para que yo me sienta en casa, tengo que ver cosas mías. Tengo que sentir que mi opinión cuenta. Si cada vez que propongo un cambio me sacas el título de propiedad imaginario, me haces sentir como una okupa con derecho a roce. Y eso, después de seis meses de relación, es muy triste.
Se quedaron en silencio. Por la ventana entraba el ruido de una ambulancia bajando por la calle San Bernardo. Nacho miró a Elena y se dio cuenta de que, a pesar de las cortinas y las tazas artesanales, ella era lo mejor que le había pasado a ese piso en toda su historia. El búnker era seguro, sí, pero era frío y gris. Ella era la luz blanca que entraba por los visillos.
— Vale —dijo él, rindiéndose finalmente—. Tienes razón. Soy un pesado con lo del piso. Es que… supongo que me da miedo que si el piso cambia del todo, nosotros también cambiemos. Que nos volvamos una pareja de esas aburridas que pasan los domingos en centros comerciales comprando marcos de fotos.
— Nacho, bicho… —ella se levantó y le rodeó el cuello con los brazos—, que pongamos unas cortinas limpias no nos va a quitar las ganas de irnos de cañas por la Latina o de quedarnos hasta las tres de la mañana discutiendo sobre cine coreano. Al revés. Estaremos más cómodos. Y ahora, ¿me vas a ayudar a montar la estantería nueva que llega mañana o vas a invocar el artículo cinco del estatuto del soltero para escaquearte?
— ¿Otra estantería? —Nacho suspiró, pero esta vez con una sonrisa—. ¿Dónde la vas a poner? ¿Encima de mi cabeza?
— Ya le encontraremos un hueco. Si tiramos esas cajas de cables viejos que tienes en el pasillo, cabe un piano de cola.
— ¡Los cables no se tiran! —gritó él de broma mientras la abrazaba—. Nunca se sabe cuándo voy a necesitar un cargador de un Nokia del 2004.
Esa noche, mientras cenaban (comida de verdad, comprada por Elena, nada de kebabs recalentados), Nacho se dio cuenta de que compartir piso es, en realidad, un ejercicio constante de cesión de soberanía. En Madrid, donde el espacio es un lujo, compartirlo es el acto de amor más grande que existe. Aunque eso implique perder de vista tus cortinas favoritas de color ocre y aceptar que, a partir de ahora, las tazas de informática solo se usan para regar las plantas que, inevitablemente, seguirían llegando.
Parte 4: El veredicto final y el síndrome del ‘Co-jefe’ del alquiler
La mudanza de Elena no terminó con las cortinas. Fue un proceso lento, constante, una especie de erosión geológica que fue transformando el piso de la calle de la Palma en algo que Nacho ya no podía llamar “su santuario”, sino que aceptaba como “nuestro cuartel general”. El altillo se llenó de las reliquias del Nacho soltero: la tostadora que solo funcionaba si la golpeabas con ritmo de flamenco, la alfombra de baño con forma de pies de monstruo y, por supuesto, la caja de cables prehistóricos que Nacho defendió como si fueran los Rollos del Mar Muerto.
Un mes después del desembarco oficial, Nacho y Elena estaban sentados en el sofá (el de siempre, pero ahora con una funda de lino que picaba un poco pero que, según Elena, era “muy orgánica”). En la mesa blanca —la mesa de la discordia que ya se había integrado en el paisaje— había dos copas de vino y una tabla de quesos que Nacho nunca habría sabido organizar por sí mismo.
— ¿Sabes una cosa? —dijo Nacho, moviendo los dedos de los pies sobre la alfombra nueva—, Doña Virtudes me paró hoy en el portal. Me dijo que me veía más limpio. No más guapo, ni más feliz. Más limpio. Creo que las cortinas blancas están enviando señales de radio a todo el vecindario.
Elena se rió, apoyando la cabeza en su hombro.
— Doña Virtudes es una sabia. Lo que quiere decir es que el piso ya no emite ese aura de “aquí vive un ermitaño que se alimenta de aire y desesperación”. Ahora parece que vive gente humana. Gente que usa suavizante.
Nacho dio un sorbo al vino. Estaba rico. Era un vino de esos que Elena traía, con etiquetas raras y nombres de pueblos de la Rioja Alavesa que él no sabía ni que existían.
— Al final… compartir piso implica compartir decisiones, ¿no? —preguntó Nacho, mirando a su alrededor—. He tardado en entenderlo, pero creo que el problema no era que el piso fuera mío o tuyo. El problema es que me daba miedo que “decidir juntos” significara que yo dejaba de tener voz. Pero me he dado cuenta de que ahora mi voz suena mejor porque tú la escuchas. Aunque sea para decirme que mis calcetines huelen a perro muerto.
Elena le apretó la mano.
— Es que es eso, bicho. No es una invasión. Es una colaboración. Tú pones la historia y el caos divertido, y yo pongo el orden y el sentido común decorativo. Sin ti, esto sería una tienda de muebles sin alma. Sin mí, esto sería una cueva con Wi-Fi.
— Una cueva con visillos —matizó él con una sonrisa pícara—. Oye, pero que sepas que sigo siendo el que sabe cómo funciona el truco de la caldera para que el agua salga caliente. Eso es un conocimiento ancestral que me mantiene en la cima de la jerarquía doméstica.
— Ya, jefe del alquiler… pero recuerda que yo soy la que sabe dónde está el número del técnico para cuando el “truco” deje de funcionar y terminemos con hipotermia. Así que estamos empatados.
Se quedaron un rato en silencio, disfrutando de la luz de la luna que entraba por las ventanas de Malasaña. Nacho se dio cuenta de que la pregunta final que tanto le había atormentado —”¿compartir piso implica compartir decisiones?”— tenía una respuesta muy sencilla: sí, lo implica todo. Implica compartir el mando de la tele, el espacio en el congelador, los miedos del trabajo y hasta la última onza de chocolate de la despensa. Pero, sobre todo, implica dejar de ser el “propietario” de una vida para ser el “socio” de una aventura.
Mudarte al piso de tu pareja no significa que vivas ahí si te recuerdan cada día que no es tuyo, pero Nacho había aprendido que recordar que el piso es de ambos es lo que hace que, finalmente, uno pueda llamarlo hogar.
— Oye —susurró Nacho mientras el sueño empezaba a ganarle la partida—, ¿qué decías de pintar el pasillo de fucsia?
— Era broma, tonto. Pero el baño… el baño necesita un espejo nuevo. Uno de esos redondos con luz led.
Nacho suspiró, cerró los ojos y se acurrucó contra ella.
— Vale, jefa. Pero solo si me dejas guardar la taza de “Sistemas Operativos 2012” en la mesilla de noche. Para las emergencias.
— Trato hecho, becario. Trato hecho.
Y así, en el tercero derecha de la calle de la Palma, el Reino de Nacholandia fue sustituido definitivamente por la República Independiente de Elena y Nacho, un lugar pequeño, un poco caro y lleno de cortinas blancas, pero donde, por primera vez en siete años, el aire olía de verdad a futuro.
¿Compartir piso implica compartir decisiones? Por supuesto. Y si no, que se lo pregunten a Doña Virtudes, que desde su balcón ya estaba planeando cómo convencerlos para que cambiaran también las macetas del descansillo. Pero esa… esa ya era otra historia de Malasaña.