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El calor, el trampolín y la sospecha del “mando a distancia”

Parte 1: El calor, el trampolín y la sospecha del “mando a distancia”

El aire en aquel salón de Getafe no se movía ni por asomo, a pesar de que el ventilador de torre, un modelo de oferta del Carrefour que prometía “brisa oceánica”, chirriaba con un ritmo errático que recordaba al lamento de una gaviota con asma. Eran las cuatro de la tarde de un sábado de julio, esa hora en la que en España el asfalto se derrite y las ideas se vuelven espesas, como un salmorejo mal batido.

Paco entró en casa arrastrando los pies y cargando con una bolsa de deporte que olía a derrota y a humedad acumulada. Venía de uno de sus “viajes de prospección comercial” por la zona de Albacete, o eso decía él. Paco trabajaba como representante de suministros industriales, una profesión que, según él, requería una movilidad geográfica digna de un agente del CNI, pero con muchas más paradas en áreas de servicio para comer bocadillos de panceta.

— ¡Vaya tela cómo está la A-4, Marisa! —exclamó Paco nada más cruzar el umbral, intentando desesperadamente que su voz sonara a fatiga legítima—. Un accidente de un camión de melones a la altura de Madridejos y me he comido una retención que ni en la operación salida de agosto. Tengo los riñones que parecen un acordeón desafinado.

Marisa no respondió. Estaba sentada en el sofá de escay, ese que se te pega a los muslos en cuanto la temperatura sube de los veinticinco grados, con la mirada clavada en la pantalla de su móvil. Paco, que tenía el instinto de supervivencia de un gato callejero pero la torpeza de un percherón, notó que el silencio de su mujer tenía una densidad especial. No era el silencio de la siesta, ni el de estar enganchada a un hilo de Twitter sobre recetas de freidora de aire. Era un silencio con filo.

— ¿Cariño? ¿Te ha dado un parraque con el calor? —insistió Paco, dejando la bolsa en el pasillo y acercándose a la cocina para buscar una cerveza Mahou bien fría, ese bálsamo sagrado que él consideraba su derecho constitucional tras una jornada de “duro trabajo”—. Te he traído unos miguelitos de La Roda, de esos que te gustan a ti, aunque con este sol igual han mutado en algo radioactivo.

Paco abrió la nevera. El tintineo del cristal contra el estante pareció un estallido en la quietud de la casa. Se sirvió la cerveza con una parsimonia estudiada, esperando que Marisa soltara alguna de sus pullas habituales sobre el colesterol o sobre lo poco que ayudaba en las tareas domésticas. Pero nada.

Bebió un trago largo, sintiendo cómo el gas le rascaba la garganta de forma reconfortante, y volvió al salón. Marisa seguía en la misma posición, pero ahora sostenía un papel en la mano izquierda. Un papel que Paco reconoció al instante por el logotipo naranja chillón de una conocida empresa de mensajería.

— Paco —dijo Marisa, y su voz sonó como una persiana metálica bajando de golpe—. Siéntate. Pero no en el sillón de orejas, que ahí te pones cómodo y empiezas a bostezar. Siéntate en la silla del comedor, la que tiene el respaldo recto, que quiero que tengas la columna bien alineada para lo que vamos a hablar.

Paco sintió que el esfínter se le contraía de forma involuntaria. Esa entonación era la que usaba Marisa cuando descubrió que él se había pulido el presupuesto de las vacaciones en una apuesta combinada de la tercera división de la liga búlgara.

— ¿Qué pasa ahora, Marisa? Si es por lo de la ITV del coche, ya te he dicho que tengo cita para el martes…

— No es por la ITV, Paco. Es por el trampolín.

Paco se quedó con la jarra de cerveza a medio camino. El nombre “trampolín” le golpeó el cerebro como un martillo neumático.

— ¿Qué trampolín? ¿El de los vecinos? —intentó balbucear, poniendo esa cara de “yo no he sido” que perfeccionó durante la EGB—. Ya te dije que los niños de los García son unos maleducados y que el ruido que hacen saltando es insoportable, parece que estamos viviendo bajo una pista de aterrizaje…

— No, Paco. El trampolín de tres metros de diámetro, modelo ‘SuperJump 3000’, que ha sido entregado en una urbanización de chalets adosados en Guadalajara. Esa urbanización donde, curiosamente, tú dijiste que tenías una “reunión estratégica con un proveedor de tuercas” el mes pasado.

Marisa dejó el papel sobre la mesa de centro. Era un albarán de entrega. Pero lo que realmente le cortó la respiración a Paco no fue el albarán, sino la foto que Marisa le mostró a continuación en su móvil. Una sugerencia de Instagram, de esas que el algoritmo te lanza como un dardo envenenado: “Personas que quizá conozcas”.

En la foto aparecía Paco. Un Paco ligeramente más sonriente, sin la ojera de Getafe, vestido con una camisa de lino que Marisa no recordaba haber planchado nunca. Estaba rodeado de tres niños. Tres niños que tenían la misma forma de orejas de soplillo que el padre de Paco y la misma barbilla partida que era marca de la casa de los Martínez. Y al lado, una mujer rubia, con un aire de “madre abnegada de clase media-alta”, sosteniendo una tarta con el texto: “¡Felicidades al mejor papá del mundo, gracias por el trampolín!”.

El silencio que siguió fue interrumpido únicamente por el zumbido del ventilador. Paco sintió que el sudor que le bajaba por la espalda ya no era por los cuarenta grados, sino un sudor frío, viscoso, de esos que preceden a un síncope o a una ejecución pública.

— Marisa… —empezó Paco, intentando activar su modo “gestor de crisis”—. Eso… eso tiene una explicación lógica. Es un malentendido de los de hoy en día, de esos que pasan en las redes sociales. Sabes que me hackearon la cuenta del Facebook hace dos años…

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