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El botín sobre la colcha

Parte 1: El botín sobre la colcha

La luz mortecina de la tarde de enero entraba de lado por la ventana del dormitorio principal.

Era esa claridad grisácea y fría que se queda en Madrid después de que pasen las fiestas navideñas.

Una luz que no alegra, sino que parece poner en evidencia cada mota de polvo flotando en el aire.

Sobre la colcha de piqué blanca, la que Mari Carmen guardaba como oro en paño porque fue un regalo de su boda, se extendía un pequeño abanico de papel moneda.

Eran tres billetes de cincuenta euros, nuevos, crujientes, de ese color verde intenso que resalta tanto sobre el fondo claro.

A su lado, un billete de veinte euros de la tía abuela Conchi completaba el tesoro doméstico.

El billete de veinte estaba doblado en cuatro partes perfectas, tal y como lo había llevado la anciana metido en el guante de lana.

Mari Carmen observaba el dinero con las manos apoyadas en las caderas, en esa postura de jarra que tiembla antes de la tormenta.

Tenía el pelo recogido en un moño improvisado con una pinza de plástico de color fucsia.

Santi, sentado en el borde del colchón Flex, miraba sus propias zapatillas de andar por casa con una fijeza digna de un monje budista.

El ambiente olía a suavizante de lavanda de la ropa recién lavada y al ambientador de pino del pasillo.

Mari Carmen extendió la mano derecha, dejando los dedos suspendidos a escasos centímetros del billete verde central.

—Dame el dinero que le han dado los abuelos al niño por Reyes, Santi —dijo ella, con una voz plana que no admitía réplicas cariñosas.

—Trae acá, que lo guardo directamente en el monedero para la compra del mes del Mercadona, que falta nos hace.

Santi no se movió, pero sus ojos se desviaron rápidamente hacia la mano de su esposa como si fuera un halcón planeando sobre su presa.

—Ni se te ocurra tocarlo, Mari Carmen, que te conozco —respondió él, interponiendo su propio brazo robusto a modo de barrera arquitectónica.

—Eso es suyo, del chaval, que para algo se lo han ganado sus abuelos aguantándolo todas las navidades.

—Lo suyo es abrirle una cartilla en el banco de una santa vez, como hace toda la gente normal y corriente en este país.

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