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El bochorno y el eco de la traición

Parte 1: El bochorno y el eco de la traición

El calor en Madrid aquel martes de julio no era un calor cualquiera; era una bofetada húmeda que se te pegaba a las pestañas y te hacía cuestionar cada decisión vital que te había llevado a no estar, en ese preciso instante, metido en una piscina con un tinto de verano en la mano. Ricardo, sin embargo, no sentía el bochorno. O al menos, su euforia de adolescente tardío era lo suficientemente potente como para actuar de aislante térmico. Subía las escaleras del bloque de tres en tres, con la llave en la mano y una sonrisa de suficiencia que no le cabía en la cara, esa cara de “soy el rey del mambo” que suelen lucir los hombres de cincuenta años cuando creen que han engañado al destino.

Detrás de él, arrastrando unas sandalias de plataforma que golpeaban el granito del portal con un ritmo errático, venía Vanessa. Vanessa era, en palabras de la madre de Ricardo (si es que alguna vez llegaba a conocerla, cosa harto improbable), “una muchacha con mucha fachada y poco cimiento”. Llevaba un vestido de lino que se le arrugaba solo con mirarlo y un perfume tan intenso que el vecino del segundo, un jubilado con el olfato atrofiado por décadas de tabaco negro, había sacado la cabeza al rellano pensando que se había roto un frasco de ambientador industrial en el ascensor.

— Ricardo, de verdad, te lo digo, como no haya aire acondicionado arriba me voy a derretir como un polo de fresa en la Gran Vía —se quejó Vanessa, abanicándose con una mano llena de anillos de bisutería fina—. Me prometiste que tu casa era un oasis, y de momento esto parece el ascenso al Everest pero con olor a coliflor de la vecina.

— Tranquila, Vane, reina —respondió Ricardo, deteniéndose frente a la puerta del 4º B—. En cuanto entremos, pongo el split a dieciocho grados, descorchamos ese cava que tengo en la nevera y te enseño las vistas. Te vas a quedar de piedra. Este piso es el orgullo de la familia, lo decoramos con… bueno, se decoró con mucho gusto. Ya sabes, lo clásico nunca muere.

Ricardo sentía ese cosquilleo en el estómago que solo da la adrenalina de lo prohibido. Llevaba tres meses planeando este momento. Elena, su mujer desde hacía veintidós años —una mujer de las de “armas tomar”, de las que saben exactamente cuánto cuesta el kilo de merluza y cuántas mentiras caben en una cena de empresa—, se había ido a pasar la quincena al pueblo, en Cuenca, a cuidar de su madre y de sus geranios. Ricardo tenía vía libre. O eso creía él, mientras introducía la llave en la cerradura con la precisión de un cirujano que está a punto de extirpar su antigua vida para trasplantar una nueva, más rubia y con menos propensión a preguntarle por qué llegaba tarde los jueves.

La llave giró con una suavidad inusitada. Demasiada suavidad. Ricardo empujó la puerta con el hombro, esperando ese olor familiar a cera para muebles y suavizante de ropa que Elena mantenía como una religión. Pero lo que le golpeó fue un vacío aséptico. Un olor a nada. A aire estancado y polvo en suspensión.

Entró en el recibidor, seguido de una Vanessa que ya estaba buscando con la mirada el espejo dorado donde retocarse el labial. Ricardo se quedó paralizado. Su brazo, que todavía sostenía la bolsa con el cava y un par de copas de cristal que había comprado para la ocasión, colgaba lánguido a su costado.

— Pero… ¿qué narices? —murmuró Ricardo, parpadeando compulsivamente.

El recibidor estaba desnudo. El mueble de entrada de caoba, donde siempre descansaban las llaves, el correo y una figurita de un gato de la suerte que él odiaba profundamente, había desaparecido. Solo quedaban cuatro marcas rectangulares en el suelo, zonas de parqué que conservaban un tono más oscuro, como fantasmas de madera que se negaban a abandonar el barco.

— Ricardo… —la voz de Vanessa sonó hueca, con un eco que no debería existir en un piso de ciento veinte metros cuadrados habitado por una familia de clase media acomodada—. ¿Seguro que esta es tu casa? Porque o te han desahuciado mientras estábamos en el taxi o tienes un concepto de decoración minimalista que roza lo monacal.

Ricardo no respondió. Avanzó hacia el salón, con el corazón martilleándole las costillas como si quisiera escaparse por la garganta. Al cruzar el umbral, la bolsa con el cava resbaló de su mano y aterrizó en el suelo con un estrépito de cristales rotos que resonó en toda la casa como un disparo. El líquido espumoso empezó a extenderse por el suelo de madera, pero a Ricardo le dio igual.

El salón era un desierto de gotelé. No estaba el sofá de piel de tres plazas donde se quedaba dormido viendo el fútbol. No estaba la mesa de centro de cristal donde Elena ponía los posavasos con una precisión milimétrica. No estaba la estantería llena de enciclopedias que nadie abría desde 1998, ni la televisión de sesenta pulgadas que todavía estaba pagando a plazos. Las paredes mostraban los ganchos desnudos, huérfanos de cuadros de paisajes asturianos y fotos de la boda en Benidorm.

¿Dónde están los muebles? —gritó Ricardo al vacío, con una voz que oscilaba entre la indignación y el pánico puro.

En mi nueva casa —respondió una voz desde el rincón sombrío de la estancia.

Ricardo dio un respingo que casi le hace perder el equilibrio sobre el charco de cava. Allí, sentada en una silla de playa plegable de color azul chillón —la única pieza de mobiliario que quedaba en toda la habitación—, estaba Elena. Llevaba unas gafas de sol puestas, a pesar de que las persianas estaban medio bajadas, y sostenía un abanico de madera que movía con una parsimonia irritante. A su lado, un vaso de tubo con lo que parecía ser una tónica bien fría descansaba directamente sobre el suelo.

— ¡Elena! —exclamó Ricardo, intentando recuperar el aire y, de paso, algo de dignidad—. ¿Qué… qué haces aquí? Se supone que estabas en Motilla del Palancar ayudando a tu madre con la cadera. ¿Y por qué el salón parece el escenario de una película de catástrofes? ¿Nos han robado? ¡Llama a la policía, por el amor de Dios!

Elena se bajó ligeramente las gafas de sol, lo justo para dedicarle a Ricardo una mirada que habría congelado el mismísimo Sahara. Luego, desvió la vista hacia Vanessa, que permanecía en el marco de la puerta con la boca tan abierta que se le podía ver la campanilla.

— Vaya, Ricardo. Veo que has traído refuerzos. ¿Quién es esta muchacha? ¿La decoradora? Porque si es así, dile que ha llegado un poco tarde. El inventario se cerró hace aproximadamente tres horas y media, justo cuando el último camión de mudanzas dobló la esquina —dijo Elena, volviendo a agitar el abanico—. Y no me llames a la policía, hombre, que los pobres tienen mucho trabajo. El robo ha sido con consentimiento, o mejor dicho, por derecho de propiedad y supervivencia emocional.

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