EDUARDO Nájera: 36 MILLONES no BASTARON… el ASQUEROSO SECRETO de su COLAPSO MENTAL
conquistó la liga más poderosa del planeta y acumuló una fortuna de más de 36,00000. Pero debajo del uniforme de los Mavericks se escondía un hombre que cargaba con el peso de representar a todo un país. Eduardo Náera, el guerrero que puso a México en el mapa de la NBA, descubrió que el dinero no puede llenar el abismo de una mente agotada.
Detrás de sus rebotes y su defensa feroz se ocultaba un secreto de soledad que terminó por tirarlo al suelo cuando los focos se apagaron. Hoy, en Sombras del Olimpo, abrimos el expediente del ídolo roto. Descubre la verdad sobre su colapso emocional, el peso de ser pionero y por qué el éxito terminó convirtiéndose en su propia cárcel.
Y si te vas antes del final, te pierdes el detalle que más incomoda de toda la historia de Eduardo Náera, el hombre que estudió psicología en la Universidad de Oklahoma, que pasó 12 años rodeado del mejor aparato de soporte deportivo del mundo, que conocía mejor que la mayoría los mecanismos de la mente humana, no pudo evitar que la depresión lo tumbara más fuerte que cualquier rival en la pintura y luego cuando decidió pedir ayuda, descubrió que esa decisión era la más valiente que había tomado.
amado en toda su vida. Más que llegar a la NBA, más que mantenerse en ella 12 años. Quédate, eso viene. Suscríbete al canal ahora. No por mí, por todos los deportistas que en este momento están en el pico de su carrera y que no saben que el abismo que viene después del retiro es real, que tiene nombre y que se llama depresión.
Para que la próxima vez que alguien diga tiene dinero, no puede estar mal, alguien más pueda responder con los hechos de Eduardo Nájera. En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que la cobertura deportiva de Náera nunca juntó en la misma conversación. Primera, ¿quién era Eduardo Nagera antes de la NBA? ¿Qué tuvo que sacrificar para llegar ahí? ¿Y qué significa para un chico de Meoki, Chihuahua, convertirse en el segundo mexicano en jugar en la liga más difícil del mundo? Segunda, las lesiones, la presión de ser el emblema de todo un
país sin ser la estrella del equipo y el desgaste silencioso que 12 años de NBA le cobró a un cuerpo que no era ni el más alto ni el más explosivo de la cancha, pero que compensaba todo eso con algo que ningún draft puede medir, la voluntad de quedarse cuando todo lo lógico decía que te fueras. Tercera, lo que pasó en los 3 años después del retiro.
La depresión que Nera mismo describió con sus palabras exactas en una entrevista verificable y por qué el vacío que dejó la NBA fue más devastador que cualquier lesión que sufrió mientras estaba activo. Cuarta. ¿Cómo salió de ese abismo y qué dice hoy Eduardo Nájera sobre la salud mental en el deporte de élite, que es quizás la parte más importante de toda su historia y la que menos pantalla recibe.
Te voy a avisar cuando llegue cada una. Meoquí, Chihuahua, un municipio del norte de México a orillas del río San Pedro, en el estado que está tan lejos del mar del Golfo como del océano Pacífico, que comparte frontera con Texas y Nuevo México y que ha producido algunas de las historias más particulares del deporte mexicano.
El 11 de julio de 1976 nació ahí Eduardo Alonso Nera Pérez, un chico que llegaría a medir 2.03 03 m y que descubrió el basquetbol a los 14 años cuando ingresó a la escuela de baloncesto Dorados de Chihuahua. Grábate esto. El basketbol en México en la década de los 80 y los 90 no era ni remotamente lo que es hoy. No había la infraestructura, no había los torneos, no había la visibilidad que el fútbol siempre dominó de manera absoluta.
Un chico de Meoki que a los 14 años decide dedicarse al basquetbol en 1990 está tomando una decisión que la mayoría de su entorno probablemente no entiende y que las estadísticas de probabilidad hacen ver como un sueño casi imposible. El primero en llegar a la NBA desde México había sido Manuel Raga en 1966, más de 25 años antes de que Nera empezara a entrenar en serio.
Un solo precedente en un cuarto de siglo de historia. Pero Eduardo Nájera no lo veía desde la estadística, lo veía desde la cancha, desde el gimnasio, desde las 4 de la mañana cuando se levantaba a correr antes de que el sol saliera, porque esa era la única manera de compensar lo que el talento natural no te da de manera automática.
No era el más alto de la cancha, no era el más explosivo, no tenía el salto de los jugadores que los scouts de la NBA buscan con prioridad. Lo que tenía era una disciplina que los que lo entrenaron en Oklahoma describieron con consistencia como poco común incluso en ese nivel. Después de sus años en Dorados de Chihuahua, Náera tomó la decisión que cambiaría todo, irse a estudiar y jugar a Estados Unidos.
A los 18 años llegó a la Universidad de Oklahoma en Norman, Oklahoma con un reto inmediato que no tenía nada que ver con el basketbol, aprender inglés. Y ese primer año en Estados Unidos fue el que más estuvo cerca de destruir todo lo que vino después. Escucha esto porque Nagera lo contó él mismo en una entrevista con El Universal.
El sueño empezó a temprana edad, pero aparecieron los obstáculos y retos. El más difícil fue, sin duda, aprender inglés en Estados Unidos. Tenía que pasar exámenes para obtener la beca universitaria. Dediqué mucho tiempo, no jugué un año, no contaba con un mentor y me afectó. Fue la única vez que quise darme por vencido y regresar a México.
No jugó un año, un año sin basketbol, solo estudiando inglés, sin mentor, sin la red de apoyo que hoy tienen los atletas internacionales que llegan a las universidades estadounidenses. Solo en Norman, Oklahoma, con los libros de texto, las grabaciones de audio, los exámenes que tenía que pasar para poder mantener la beca, que era su único ticket de entrada al sistema.
Y en ese año, solo, en ese año de silencio y de estudio solitario, tuvo sobre la mesa una alternativa. En México lo esperaba un contrato garantizado con buen dinero para jugar basketbol. No era la NBA, pero era una vida cómoda, conocida en su idioma, cerca de su familia. Lo que lo mantuvo en Oklahoma fue su familia desde la distancia.
Sus padres le mandaron desde Chihuahua una televisión para que tuviera algo con qué distraerse en las noches largas de los dormitorios universitarios. podía ir al gimnasio a practicar, pero estaba solo. Luego de superarlo, mi vida cambió”, recordó Ngera, una televisión enviada desde Chihuahua. Ese es el gesto más pequeño y más definitivo de toda la historia de Eduardo Náera.
Los padres que saben que su hijo está al borde de rendirse y que le mandan lo único que tienen a la mano para ayudarlo a aguantar y él aguanta. Piensa en eso un momento. Todo lo que vino después, los 12 años en la NBA, los 36 millones de dólar, los 59 partidos de postemporada, los contratos multimillonarios. Todo eso existió porque un chico de Meoki se quedó un año más en Norman, Oklahoma aprendiendo inglés con una televisión que le mandaron sus papás desde Chihuahua.
Las historias más grandes del deporte a veces se sostienen sobre los momentos más pequeños. Cuando Nera finalmente pudo jugar en la Universidad de Oklahoma, lo que hizo en cuatro temporadas entre 1997 y 2000, no fue el trabajo de alguien que llegó a llenar un espacio. Terminó como el tercero en tiempo de juego de toda la historia de la universidad con 3856 minutos jugados, el cuarto en robos con 193, el quinto en rebotes con 910, el sexto en tiros rechazados con 89.
En 2000 ganó el Chip Hilton Player of the Year, un reconocimiento que premia no solo el rendimiento deportivo, sino también la conducta dentro y fuera de la cancha. Ayudó al equipo de Oklahoma a cuatro apariciones consecutivas en el torneo de la NCAA y fue seleccionado al equipo ideal defensivo de la Big Dose Conference.
Los números de Oklahoma son los de un jugador que trabajó más que cualquiera del equipo, que encontró una manera de ser determinante sin ser la figura principal y que construyó su lugar en la alineación a base de hacer las cosas que nadie más quería hacer. defender al mejor jugador del rival, buscar el rebote cuando todos esperan que alguien más lo atrape.
Poner el cuerpo en el bloqueo que abre el espacio para que el compañero anode el canasto fácil. Ese era Eduardo Nájera en Oklahoma y ese fue Eduardo Nájera en la NBA durante 12 años. Lo peor aún no había llegado. Esta es la primera revelación que te prometí. el draft del año 2000 y lo que significa ser el segundo.
La noche del 28 de junio del año 2000, en el MCI Center de Washington DC, la NBA celebró el draft anual. La primera ronda estuvo dominada por nombres que la historia del basketbol recordaría durante décadas. Kenyon Martin, Stromile Swift, Darius Miles, Marcus Pfizer, Mike Miller. En la segunda ronda, en la selección número 38 del total, los Houston Rockets eligieron a Eduardo Alonso Nagera Pérez de la Universidad de Oklahoma.
El segundo mexicano en ser drafteado en la historia de la NBA. El primero en ser elegido en el draft porque Manuel Raga en 1966 había llegado a través de un mecanismo diferente. Esa misma noche, antes de que Náera pudiera procesar completamente lo que acababa de ocurrir, los Rockets lo traspasaron a los Dallas Mavericks, de Houston a Dallas en la misma noche del draft.
Bienvenido a la NBA, donde las decisiones sobre tu vida las toman personas en salas de conferencias y tú te enteras por una llamada telefónica. Dallas en el año 2000 era un equipo en construcción acelerada. Mark Kuban había comprado la franquicia en enero de ese año y estaba transformando a los Mavericks de un equipo mediocre en lo que pronto sería uno de los más emocionantes de la liga.
Dirk Novitski ya estaba ahí. Steve Nash llegaría pronto. La pieza central de los Mavericks era el crecimiento de Dirk en un sistema que iba a exigir a cada jugador del roster hacer su trabajo específico con excelencia. Y el trabajo específico de Eduardo Nájera en ese equipo era el que pocos quieren, pero todos necesitan.
defender, rebotar, poner el cuerpo, ser el que absorbe el impacto físico para que los jugadores con contratos más grandes y mejores números puedan hacer su trabajo. Grábate esto. En su segunda temporada con los Mavericks, la 2001 hasta 2002, Nera promedió 6.5 puntos por partido, 5.5 rebotes y 0.9 robos. Para un jugador de la segunda ronda del draft, esos números en una franquicia que ese año terminó con récord de 57 hasta 25 son exactamente lo que una organización exitosa necesita de su banco.
En los playoffs de esa temporada, Nagera jugó en los ocho partidos que disputaron los Mavericks. Era parte del equipo, era confiable y en la temporada 2002 hasta 2003, la que tal vez fue su mejor año en Dallas, promedió 6.7 7 puntos, 4.6 rebotes y 0.8 robos en temporada regular. Pero la postemporada es donde Nagera brilló de una manera que los números no capturan completamente.
Jugó 19 partidos de playoffs ese año, empezando muchos de ellos como titular, promediando 6.2 puntos y 3.9 rebotes en esa postemporada. Los Mavericks llegaron a las finales de la Conferencia Oeste, donde perdieron ante los San Antonio Spurs en seis partidos. El mejor equipo del este año era San Antonio y Dallas los llevó a seis partidos con Eduardo Nager haciendo una pieza real del engranaje.
Esos 59 partidos de playoffs que jugó a lo largo de su carrera representan el 70% de los partidos de postemporada que México ha jugado en la historia de la NBA. Ese número es la manera más honesta de medir el impacto de Nágera, no en el All Star, no en los titulares del marcador de la noche, sino en la fase donde los equipos juegan por algo real.
y donde cada minuto en la cancha exige el máximo. Lo peor aún no había llegado. Esta es la segunda revelación que te prometí. El precio de ser el segundo, el pionero, el emblema de todo un país. Hay una carga específica que los deportistas pioneros cargan y que los que vienen después de ellos no tienen que cargar de la misma manera.
Es la carga de la representación total. Cuando eres el primero o el segundo mexicano en jugar en la NBA, no eres solo tú el que juega. Cada vez que pones un pie en la cancha, México entra contigo. Cada rebote que atrapas es un rebote de México. Cada punto que anotas es un punto de México. Y cada partido que pierdes, cada noche en que el equipo no funcionó, cada error en la cancha tiene la misma carga de representación, pero en sentido contrario.
Eduardo Nagera no era la estrella de los Maverics. Ese rol le pertenecía a Dirk Novitski, que en esos años se estaba convirtiendo en uno de los mejores jugadores del mundo. El trabajo de Nera era ser la pieza que Dirk necesitaba a su alrededor. Alguien que defendiera, que compitiera por los rebotes, que pusiera el cuerpo en las situaciones físicas que un jugador exterior como Dirk no podía resolver por sí solo.
Ese trabajo es indispensable para cualquier equipo ganador, pero es invisible para el público que llena los estadios. El público aplaude los triples de Dirk. El trabajo de Nera lo ven los entrenadores y los compañeros. Y en México, donde el basketbol no tiene la penetración cultural del fútbol, la historia de Náera en la NBA se contaba principalmente a través de su presencia, de que estaba ahí, de que un mexicano jugaba en la liga más dura del mundo.
La narrativa era la del guerrero mexicano que se había ganado un lugar entre los mejores, no la del quinto o sexto hombre del banco, que es una figura necesaria, pero que el relato nacional no sabe cómo contar con el mismo entusiasmo que el del héroe central. Escucha esto, Nera. estudió psicología en la Universidad de Oklahoma.
No es un detalle menor, es el detalle que define la dimensión de la ironía que su historia contiene. El hombre que estudió la mente humana, que pasó 4 años aprendiendo cómo funciona la psicología, que tuvo acceso durante 12 años al aparato de soporte mental más sofisticado del deporte profesional mundial, no pudo evitar que la depresión lo atrapara cuando la carrera terminó.
Y cuando lo atrapó, tardó en buscar ayuda, porque el mismo sistema que lo formó como deportista de élite también le había enseñado que pedir ayuda es sinónimo de debilidad. Las lesiones de rodilla que lo persiguieron durante su etapa en Dallas, especialmente en las temporadas 2002 hasta 2003 y 2003 hasta 2004, fueron el primer aviso de que el cuerpo también tiene límites, que la voluntad no puede superar indefinidamente.
En la temporada 2002 hasta 2003, una lesión lo mantuvo fuera durante los primeros meses. En la 2003 hasta 2004, su última en Dallas, las lesiones recurrentes redujeron drásticamente sus minutos y sus números de 6.7 puntos a tres puntos por partido. De ser parte del núcleo competitivo del equipo a ser el jugador que el equipo ya no puede contar como pieza confiable.
El 24 de agosto de 2004, los Mavericks lo traspasaron en un canje que involucró a ocho jugadores. Esa es la economía de la NBA en su versión más cruda. Cuando un jugador ya no puede hacer lo que el equipo necesita al nivel que lo necesita, el equipo lo mueve sin drama, sin consideraciones sobre lo que ese jugador hizo en temporadas anteriores.
Con la lógica fría de la optimización del roster, Nera fue a Golden State Warriors, donde jugó 42 partidos, pero no fue una pieza central del proyecto. Luego, en febrero de 2005, fue traspasado a Denver Nuggets en un canje que incluyó una selección de primera ronda del draft. Y en Denver fue donde Nagera tuvo quizás el periodo más consistente de los últimos años de su carrera.
El entrenador George Carl, uno de los mejores del negocio en términos de sacar el máximo de piezas de segundo y tercer nivel, le dio minutos reales y confió en él como parte de la rotación. En la temporada 2005 hasta 2006, Nera fue una pieza útil en los Nuggets que llegaron a playoffs. En 2007 llegó a igualar el récord personal de seis robos en un solo partido.
El 16 de julio de 2008 firmó con los New Jersey Nets un contrato de 4 años por 12 millones. 12 millones de dólares para un jugador de 32 años, cuya contribución en la cancha ya dependía más de su inteligencia y su experiencia que de las capacidades físicas que había tenido en sus años de Dallas. Los Nets querían lo que Náera podía ofrecer desde el banco, veteranía, liderazgo, la presencia de alguien que había jugado en equipos ganadores y que sabía cómo se hace eso desde adentro.
Y en enero de 2010 fue traspasado de vuelta a Dallas. cerró el círculo de vuelta a los Mavericks, el equipo con el que todo había empezado 10 años antes, luego Charlotte Bobcats, donde jugó sus últimas dos temporadas. Y el 22 de agosto de 2012, Eduardo Njera Pérez anunció su retiro de la NBA, 12 años, cinco franquicias, 36,882,819 en contratos.
El segundo mexicano en jugar en la liga más dura del mundo. Lo peor aún no había llegado. Esta es la tercera revelación que te prometí. Los 3 años después del retiro y el abismo que nadie ve venir. Escucha esto con atención porque este es el núcleo de toda la historia de Eduardo Náera y el dato que más directamente habla de lo que le puede pasar a cualquier deportista de élite cuando la carrera termina.
Nagera lo describió él mismo en una entrevista con Uno TV con sus propias palabras. sin intermediarios. Me pegó como al tercer año. Me entró la depresión, pues ya no tenía la misma atención por parte de los fans y de los equipos de los directivos. 3 años después del retiro. No inmediatamente, no en el momento en que firmó los papeles del retiro en agosto de 2012, 3 años después.
Y eso es exactamente cómo funciona la depresión postretiro deportivo. En muchos casos no llega en el momento en que el atleta cree que va a llegar, no llega cuando las despedidas y los homenajes todavía llenan el calendario. Llega cuando el mundo ha seguido adelante y el atleta descubre que el mundo siguió adelante sin él. Porque cuando Náera se retiró en agosto de 2012, no se quedó sin hacer nada.
inmediatamente se convirtió en entrenador de los Texas Legends. El equipo de desarrollo de los Mavericks en la G League, la división menor de la NBA, seguía en el basketbol, seguía en Dallas, seguía siendo parte del ecosistema de la NBA, aunque en un rol completamente diferente. Y durante los primeros años en ese rol, la transición parecía manejable, tenía un propósito, tenía una rutina, tenía el basketbol.
Pero el tercer año llegó y con él el momento en que la realidad de lo que significa no ser jugador de la NBA comenzó a imponerse sobre la estructura de las primeras dos años. Los fans ya no lo paraban en los pasillos de las arenas como lo paraban antes. Los directivos de los equipos grandes ya no lo llamaban con la frecuencia de antes.
Los medios ya no buscaban su opinión sobre el partido de la noche anterior. El mundo de la NBA había seguido su ciclo de 4 meses de temporada y ocho de reconstrucción. Y en ese ciclo, Eduardo Náera ya no era un jugador, era un hombre del pasado reciente que los medios usaban como referencia cuando querían hablar de los precedentes mexicanos en la liga. Grábate esto.
La depresión post retiro en deportistas de élite no es una debilidad personal, es una consecuencia documentada y predecible de lo que produce pasar de vivir en un estado de activación extrema, de propósito claro, de estructura total, a la ausencia de esa estructura. Durante 12 años, Eduardo Nájera sabía exactamente para qué era cada día.
El entrenamiento de la mañana, el vuelo al destino, el shootar around, el partido, la recuperación, el siguiente viaje. La NBA tiene una estructura que organiza completamente la vida del jugador durante la temporada. Y en los veraneos el jugador sabe que el entrenamiento de pretemporada viene pronto. No hay vacío, hay estructura permanente.
Cuando esa estructura desaparece, cuando el teléfono ya no suena con el horario del vuelo y la habitación del hotel y la hora de llegada a la arena, cuando la jornada del día ya no está predeterminada por el schedule de la liga, el espacio que queda es enorme. Y en ese espacio, si no hay algo que lo llene con el mismo nivel de propósito y de activación que la carrera deportiva llenaba, entra la depresión con una facilidad que el deportista no estaba preparado para enfrentar. Piensa en eso un momento.
12 años de estructura total, seguidos por el silencio de una mañana en la que nadie tiene que estar en ningún lugar. 12 años en los que la identidad de Eduardo Nájera estaba completamente definida por un jersey con un número y el nombre de una franquicia en el pecho, seguidos por el momento en que ese jerssey ya no existe y la pregunta de quién eres sin él no tiene una respuesta obvia disponible.
In Nagera tenía algo adicional que pocos deportistas retirados tienen. La conciencia psicológica de lo que le estaba pasando. Había estudiado psicología. sabía en términos conceptuales lo que es la depresión, lo que la produce, lo que la sostiene. Y aún así, esa conciencia teórica no fue suficiente para evitar que lo atrapara.
La depresión no discrimina entre los que la conocen y los que no. Ataca los mecanismos neurobiológicos que ningún título universitario puede blindar completamente. ¿Y qué hizo Náera cuando la depresión lo atrapó? Fue a terapia. Lo dijo en su entrevista con Uno TV de manera directa. Fue a terapia. buscó ayuda profesional.
Tomó la decisión que en el mundo del deporte de élite, donde la cultura del aguanta, del supéralo, del eres un profesional y los profesionales no se quiebran, es sistemáticamente la más difícil de tomar. Y esa decisión fue la que marcó la diferencia entre quedarse en el abismo y comenzar a salir de él. Lo peor ya había llegado y Eduardo Náera eligió no quedarse ahí.
Esta es la cuarta revelación que te prometí. la salida del abismo y lo que Náera hace con lo que aprendió en él. La terapia no es una solución instantánea, no es como un tiro libre en la NBA donde entrenas suficiente y el porcentaje sube. Es un proceso que exige honestidad con uno mismo en un nivel que el entrenamiento deportivo raramente requiere.
Exige sentarse con lo que uno es cuando el jersey no está puesto. Exige construir una identidad que no dependa del número de rebotes de la noche anterior ni de si el equipo ganó o perdió. Para Nágera, ese proceso de reconstrucción pasó por varias capas simultáneas. El trabajo como entrenador de los Texas Legends durante 3 años, de 2012 a 2015 fue parte de la transición, pero también parte del problema.
Seguía tan cerca del basquetbol que la diferencia entre ser jugador y ser entrenador no creaba el espacio suficiente para construir una nueva identidad. Seguía en los vestidores, seguía en los viajes, seguía oliendo a duela y eso era al mismo tiempo un ancla y una forma de diferir el momento de enfrentarse de verdad a lo que significa vivir sin ser Eduardo Nagera el basquetbolista.
La diversificación hacia los negocios fue uno de los mecanismos que le dieron un nuevo propósito con estructura propia. Hoy es uno de los dueños del equipo Dallas Sidekicks de la Major Arena Soccer League. Tiene inversiones en múltiples áreas. ha participado como juez en el proyecto NBA Films fors, que conecta cineastas de todo el mundo con los archivos de video de la liga.
En la temporada 2020 de la Liga Nacional de Basketbol Profesional de Chihuahua, fue consejero del equipo Dorados, el mismo club donde comenzó a los 14 años, el círculo cerrándose en el mejor sentido posible. Y hoy Eduardo Náera habla de salud mental con una claridad y una disposición que es extraordinariamente rara en el mundo del deporte mexicano.
En diciembre de 2025, en un discurso que dio al recibir el premio estatal del deporte del IMS en Chihuahua, dijo textualmente, “Ahora también se le añade la salud mental porque ya tenemos psicólogos que nos ayudan. Aparte de nuestras entrenadoras y entrenadores que también tienen que prepararse y crear material para sus atletas, es un trabajo colectivo.
Es tener el interés de seguir formando atletas y de prevenir la salud física, la salud mental, la salud emocional y la salud espiritual. Grábate eso. Un exjugador de la NBA en un acto de reconocimiento deportivo oficial, hablando de salud mental, de psicólogos en el deporte, de la necesidad de trabajarla con la misma seriedad que la condición física.
En México, en un país donde el deporte tiene una cultura de dureza que raramente hace espacio para ese tipo de conversación, eso no es un gesto vacío. Es el resultado de alguien que pasó por el abismo, que buscó ayuda, que encontró el camino de regreso y que decidió que su historia tenía que ser útil para alguien más.
Hay una dimensión de la historia de Eduardo Nagera que los análisis deportivos nunca tocan porque el mundo del deporte no sabe bien cómo hablar de ella. Es la dimensión de la soledad específica del deportista pionero. Cuando eres el primero o el segundo en hacer algo, no tienes a nadie que haya recorrido exactamente ese camino antes que tú y que pueda decirte qué esperar en cada curva.
Manuel Raga, el primer mexicano en la NBA, llegó en 1966 y jugó apenas seis partidos. No había un manual de Así es como un mexicano navega 12 años en la NBA. No había un grupo de WhatsApp de exjugadores mexicanos de la liga que compartieran estrategias para manejar la atención nacional, la presión de la representación, la transición al retiro.
Nagera estaba construyendo ese camino mientras lo recorría y la atención que México le puso encima era de un tipo particular, no era la atención de seguimiento estadístico profundo que un aficionado al basquetbol en Estados Unidos le daría a un jugador de segunda ronda del draft. Era la atención del orgullo nacional. México seguía a Eduardo Nájera porque Eduardo Nájera demostraba que un mexicano podía estar en la cancha con Michael Jordan, con Kobe Bryant, con los mejores jugadores del planeta.
Esa atención es hermosa en su origen, pero agotadora en su exigencia permanente. No puedes tener una noche mala, no puedes tener una temporada difícil, no puedes ser un ser humano con límites. En la medida en que ser un ser humano con límites contradice la narrativa del héroe mexicano en la NBA. Escucha esto. En 2008, cuando firmó con los Nets por 4 años y 12 millones, Náera rechazó ofertas de más dinero.
Rechazó una oferta del Oklahoma City Thunder, que lo habría llevado de vuelta al estado donde había jugado universitario y donde había gente que lo conocía. y rechazó también una oferta de los New Orleans Hornets, que en ese momento era un equipo contendiente porque quería ir a los Nets a ayudar a desarrollar a los jugadores jóvenes del equipo. una decisión.
Tomar menos dinero y menos chances de ganar para poder tener un rol de liderazgo con jóvenes es la decisión de alguien que ya estaba pensando en para qué servía dentro del vestuario más allá de los minutos en la cancha. Lo que esa decisión también refleja, aunque Náera quizás no lo verbalizara así en ese momento, es la búsqueda de un propósito adicional dentro de la carrera.
Cuando el propósito de ser jugador de NBA empieza a no ser suficiente por sí solo. El siguiente propósito que emerge naturalmente para alguien con las características de Náera es el del mentor, el del que transmite lo que aprendió. Y eso, en el mejor sentido posible, es lo que Náera ha construido en los años posteriores al retiro.
Una identidad de mentor que no depende de las rodillas ni del salto vertical, sino del conocimiento acumulado durante 12 años en la liga más competitiva del planeta. Su hijo Eduardo Nagera Junior, según reveló el propio ex basquetbolista, tuvo el talento para seguir sus pasos y llegar a la NBA. tuvo el físico, tuvo las habilidades, pero una lesión de tobillo lo sacó del camino y decidió no continuar.
Eduardo Padre describió esa situación con la comprensión de alguien que sabe lo que cuesta ese camino. Ya no quiso seguir y no lo juzgó. Quizás porque él mismo, si hubiera tenido alguien que lo guiara de manera diferente desde el principio, si hubiera tenido el manual que no existía cuando llegó a Oklahoma, habría tomado algunas decisiones distintas a lo largo de los 12 años que lo llevaron al abismo del tercer año después del retiro, del Olimpo al abismo y de regreso.
Esa es la trayectoria real de Eduardo Náera y es la parte de su historia que importa más que los 36 millones de dólares, más que los 59 partidos de playoffs, más que los canjes entre franquicias y los contratos multimillonarios. Lo que hace que la historia de Náera sea diferente a la mayoría de las historias que contamos en este canal es que tiene un capítulo que no todos tienen, la salida. Nájera buscó ayuda.
Nájera fue a terapia. Náera encontró nuevos propósitos fuera del basquetbol, no como sustitutos del basquetbol, sino como extensiones de lo que el basquetbol le había enseñado. Ináera habla de ello en público, en premios deportivos oficiales, ante audiencias que incluyen atletas jóvenes que están construyendo sus carreras y que necesitan escuchar que la salud mental es parte del entrenamiento, no una señal de debilidad.
Esa última parte es quizás la contribución más importante que Eduardo Náera ha hecho al deporte mexicano. No el hecho de haber llegado a la NBA, no el hecho de haber jugado 12 años cuando nadie esperaba más de uno o dos. No, el hecho de haber estado en la cancha con las mejores figuras de la historia reciente del basketbol, sino el hecho de haber dicho en voz alta que después de todo eso vino la depresión, que fue a terapia, que pedir ayuda fue la decisión más difícil y más importante de su vida adulta.
Eso es lo que ningún deportista mexicano de su generación dijo antes que él con esa claridad. Y eso es lo que el deporte mexicano necesitaba escuchar de gloria eterna a sombra olvidada. Decimos en este canal para describir a los que caen sin retorno, pero Eduardo Nájera no es esa historia. Es la historia diferente de la gloria a la sombra y de la sombra de regreso a la luz con cicatrices.
Con el conocimiento que solo dan los años difíciles, con la disposición de compartir ese conocimiento con los que vienen detrás. México le debe a Eduardo Nájera el reconocimiento completo de su historia. No solo la foto del draft de 2000, no solo el jersey colgado en algún rincón de la memoria deportiva nacional. La historia completa.
El chico de Meoki que aprendió inglés solo en Norman, Oklahoma, que rechazó contratos más ricos para tener roles de liderazgo, que se quedó 12 años en la liga más dura del mundo, siendo la pieza que nadie aplaude, pero que todos necesitan, que cayó en la depresión 3 años después de retirarse, que buscó ayuda y que hoy habla de salud mental en los actos oficiales del deporte mexicano con la autoridad de alguien que pasó por ahí y que sabe exactamente de ¿Qué está hablando? Eso es Eduardo Nájera, el segundo mexicano en la NBA, el primero
en hablar de lo que cuesta. Hay una conversación que el deporte mexicano nunca ha tenido de manera formal, estructurada y honesta y que el caso de Eduardo Náera hace urgente tener. Es la conversación sobre lo que le pasa a un atleta cuando su identidad completa está construida sobre un solo eje y ese eje desaparece de un día para otro.
Grábate esto porque es fundamental para entender todo lo que siguió al retiro de Náera. Durante 12 años, Eduardo Náera no tenía que preguntarse quién era. La respuesta estaba en el Jersey. Era el número que llevaba cosido en la espalda. Era el nombre de la ciudad que aparecía en el pecho.
Era la posición en el marcador del cuarto trimestre. era el porcentaje de tiros libres de la temporada, era la cantidad de rebotes del partido de anoche. La identidad del deportista de élite es una de las identidades más completas y más totales que un ser humano puede construir, precisamente porque lo abarca todo, el tiempo, el espacio, el cuerpo, el propósito, las relaciones, el dinero, el reconocimiento social, todo existe dentro de ese eje.
Y cuando el eje desaparece, lo que queda no es la persona completa con un capítulo cerrado. Lo que queda es el vacío de una identidad que ya no sabe cómo responder a la pregunta más básica. ¿Quién eres cuando no estás en la cancha? Nera tardó 3 años en que ese vacío lo alcanzara de manera clínica, lo que en realidad es menos tiempo del que muchos exdepportistas tardan en reconocer lo que les está pasando.
Porque el mecanismo de defensa más común no es el de enfrentar el vacío, sino el de llenarlo con actividad. El primero y el segundo año después del retiro de Náera estuvieron llenos de la transición al coaching con los Texas Legends. Había estructura, había horarios, había viajes, había vestuarios.
El universo familiar del basketbol seguía ahí, solo que con el rol cambiado. Y eso fue suficiente durante un tiempo para mantener a raya lo que inevitablemente venía. El tercer año fue el que no tenía el andamiaje completo del coaching para sostenerse y ahí fue donde el abismo que había estado esperando con paciencia mostró su cara.
Para entender por qué la depresión postretiro es tan devastadora en deportistas de élite y por qué el caso de Náera es representativo de un patrón que se repite con una consistencia que la ciencia ya documentó ampliamente, necesitas entender lo que produce la competición de alto nivel en la química del cerebro humano. La NBA, como cualquier deporte de élite, produce niveles de activación neurológica que son extraordinariamente difíciles de replicar en cualquier otra actividad.
La combinación de adrenalina, de dopamina, de la respuesta al estrés competitivo que el cerebro aprende a manejar durante años de entrenamiento crea una economía interna de activación y recompensa que el sistema nervioso llega a considerar su estado normal. Ganar un partido de playoffs en el cuarto cuarto.
Ejecutar una defensa perfecta en el momento más difícil del juego. Salir de una lesión de rodilla para volver a jugar cuando los médicos dijeron que tardaría más. Cada uno de esos momentos produce en el cerebro una respuesta química que ninguna otra experiencia ordinaria de la vida puede replicar con la misma intensidad.
Cuando 12 años de esa economía de activación extrema se detienen abruptamente, el cerebro no sabe cómo ajustarse a la nueva normalidad con la misma rapidez. Los investigadores que estudian la salud mental en deportistas retirados documentan consistentemente lo que llaman el síndrome de retirada deportiva, una combinación de síntomas que incluye apatía, dificultad para encontrar propósito en actividades cotidianas, irritabilidad, alteraciones del sueño y en los casos más severos depresión clínica.
No es una debilidad de carácter, es la respuesta predecible de un sistema neurológico que fue entrenado durante décadas para operar en un rango de activación que ya no existe. Piensa en eso un momento con el caso específico de Nágera, 12 años levantándose a las 4 de la mañana para entrenar como él mismo describió. 12 años de la intensidad física y mental de los entrenamientos de la NBA, que son probablemente los más exigentes del deporte profesional moderno en términos de demanda física, táctica y psicológica simultáneas. 12 años de la adrenalina de
los partidos de playoffs, que es un nivel de activación que la mayoría de los seres humanos no experimenta ni una sola vez en su vida. Y luego el 22 de agosto de 2012, el papel firmado del retiro y al día siguiente la primera mañana sin el schedule de la liga. Nera tenía algo que la mayoría de los exdportistas no tienen en ese momento, el conocimiento teórico de psicología que había adquirido en Oklahoma.
Sabía, en términos conceptuales, lo que estaba por venir. Sabía que la transición al retiro era un proceso de duelo real, que tenía etapas, que requería tiempo y trabajo. Lo sabía. Y aún así, cuando llegó el tercer año y la depresión lo alcanzó, el conocimiento teórico no fue suficiente escudo, porque la depresión no se combate con conocimiento teórico, se combate con intervención clínica, con apoyo profesional, con la disposición de sentarse con alguien que te ayude a procesar lo que está pasando en el nivel emocional y neurobiológico, no solo en
el intelectual. Escucha esto porque este es el punto donde la historia de Eduardo Nájera se convierte en algo más grande que su historia personal y se vuelve un espejo para todo el sistema deportivo mexicano. La cultura del deporte de élite en México y en el mundo tiene una relación profundamente disfuncional con la salud mental.
Es una cultura construida sobre la narrativa del guerrero, del que aguanta, del que se supera, del que convierte el dolor en combustible. Esa narrativa produce resultados extraordinarios mientras el atleta está compitiendo. Produce la resiliencia que permite volver de una lesión cuando el médico dijo que tardaría 6 meses y vuelves en cuatro.
Produce la concentración que permite ejecutar un tiro libre crucial con 20,000 personas gritando contra ti. Produce la determinación de un chico de Meoki que llega a Norman sin hablar inglés y se queda un año estudiando en silencio hasta que puede jugar. Pero esa misma cultura cuando la carrera termina se convierte en el obstáculo más grande para buscar ayuda.
Porque en la cultura del guerrero pedir ayuda psicológica es reconocer una debilidad. es admitir que algo no puedes manejarlo tú solo. Y para un hombre que pasó 12 años en la liga donde los mejores del mundo te desafían cada noche, que sobrevivió siendo el segundo mexicano en un ambiente donde ningún mexicano había sobrevivido tanto tiempo antes, la idea de admitir que necesitas ayuda para manejar tu propia mente contradice todo lo que la cultura del deporte te enseñó sobre lo que significa ser fuerte. Grábate esto.
El hecho de que Eduardo Nagera fuera a terapia es significativo no solo como decisión personal, sino como acto cultural. En el deporte mexicano de su generación, los atletas no iban a terapia. Los atletas rezaban o hablaban con el entrenador o se tomaban un trago o simplemente aguantaban hasta que pasaba.
La idea de sentarse con un profesional de la salud mental a procesar lo que te estaba pasando era territorio prácticamente inexistente en el vocabulario del deportista de élite mexicano de los años 2000 y principios de los 2000. 10. Nagera lo hizo de todas formas y no solo lo hizo, sino que después lo contó en una entrevista pública que lo dijo en una entrevista de uno TV en un medio de comunicación mexicano con su nombre y su cara fui a terapia.
Es un acto que tiene el mismo nivel de valentía cultural que cualquier cosa que hizo dentro de la cancha. Porque en el contexto del deporte mexicano, decir eso en público es más difícil que ejecutar un tope suicida en una arena llena. Hay otra dimensión de la presión que Náera cargó durante 12 años que casi ningún análisis de su carrera incluye y que es central para entender la profundidad del agotamiento que eventualmente lo llevó al abismo.
Es la presión específica de ser el portador del sueño de todo un país en una liga donde ese país no existe. La NBA de los años 2000 tenía una cantidad considerable de jugadores internacionales. Los europeos llegaban en masa. Dirk Novitskiy de Alemania, Pau Gasol de España, Steve Nash de Canadá, Tony Parker de Francia, Manu Hinóil de Argentina.
El movimiento internacional en la NBA era una de las historias más grandes del deporte de esa década, pero México, con 100 millones de habitantes y con una cultura deportiva apasionada estaba prácticamente ausente de esa conversación. Eduardo Nájera era la presencia mexicana en la NBA, no una de varias, la única. Escucha esto con atención.
Eso significa que cada vez que Náera jugaba, cada vez que aparecía en un partido transmitido en México, cada vez que cualquier comentarista mexicano mencionaba la NBA, el nombre de Eduardo Náera el ancla de toda la conversación. era el punto de entrada, el referente, la prueba viviente de que México podía tener un representante en la liga más difícil del mundo.
Ese rol de representación total, de ser el único que lleva la bandera de un país de 100 millones de personas en el escenario más grande del deporte global, es un peso que los jugadores que forman parte de delegaciones numerosas nunca tienen que cargar de la misma manera. Dirk Novitski no era el único alemán en la NBA.
Pau Gasol no era el único español. Tenían compatriotas con quienes compartir tanto la gloria como la responsabilidad. Nera tenía eso. Era el segundo mexicano en la historia de la liga y el primero que tenía una carrera larga suficiente para que esa representación se convirtiera en algo permanente en lugar de episódico.
Lo cual significa que la presión de representar a México en la NBA no fue para Nagera algo que duró una temporada o dos. Fue algo que cargó durante 12 años consecutivos, partido a partido, cancha a cancha, sin relevo posible, porque no había nadie más que tomara la bandera. Y esa presión no viene solo de afuera, también viene de adentro.
El deportista que siente el peso de representar a todo su país, se convierte en su propio fiscal más implacable cuando las cosas no salen bien. Una noche mala de un jugador americano en la NBA es una noche mala. Una noche mala de Eduardo Nájera en la NBA era México teniendo una mala noche. Esa diferencia en la interpretación propia, aunque sea solo la que el deportista hace dentro de su propia cabeza, multiplica la presión de cada partido de una manera que es psicológicamente agotadora a lo largo del tiempo.
Piensa en lo que significa para un hombre de la generación de Náera hablar de sus emociones, no en el contexto del deporte, en el contexto de la cultura mexicana de finales del siglo XX y principios del XXI. La cultura de la masculinidad mexicana, especialmente en el norte del país donde Náera creció, tiene una relación con la expresión emocional que es bien conocida por cualquier mexicano.
Los hombres no lloran, los hombres no se quejan, los hombres resuelven sus problemas solos, los hombres aguantan. Ese código cultural es poderoso, está profundamente arraigado y produce generaciones de hombres que aprenden desde niños que mostrar vulnerabilidad es peligroso. Nájera viene de Meoki, Chihuahua, del norte de México, del lugar donde el código de la masculinidad tiene el peso adicional de la frontera, del desierto, de la historia de una región que se define a sí misma por su dureza.
y luego pasó 12 años en la NBA, que es quizás la cultura de masculinidad más intensa del deporte profesional moderno. Un ambiente donde los jugadores compiten constantemente por demostrar que son más fuertes, más resistentes, más impasibles que el rival, donde admitir que algo duele física o emocionalmente puede interpretarse como debilidad, donde los jugadores que muestran vulnerabilidad son blancos inmediatos de los rivales que buscan cualquier grieta para explotarla.
12 años en ese ambiente, sumados a una vida entera en una cultura que no enseña a los hombres a procesar sus emociones de manera sana, producen exactamente el tipo de armadura que hace que la depresión tarde en ser reconocida como lo que es. Porque los síntomas de la depresión, la apatía, la pérdida de interés en actividades que antes producían placer, el aislamiento, la dificultad para encontrar propósito, se pueden confundir fácilmente con lo que esa cultura llama estar cansado, necesitar tiempo, ajustarse a la nueva
etapa. Y mientras esa confusión dura, la depresión avanza. Grábate esto, que Náera haya podido nombrar lo que le estaba pasando como depresión, que haya podido buscar ayuda profesional para ello y que después haya podido hablar de eso en público sin el eufemismo de tuve un periodo difícil, sino con la claridad de me entró la depresión.
Ese recorrido no es solo personal, es cultural. Es un hombre rompiendo el código que su cultura le enseñó desde niño y que su carrera deportiva reforzó durante 12 años. Y ese acto de ruptura cultural tiene un impacto que va mucho más allá de su historia individual. Escucha esto porque aquí es donde el caso de Eduardo Náera se conecta con algo mucho más amplio que necesita ser dicho en este video.
El deporte mexicano tiene un problema sistémico con la salud mental de sus atletas, que el sistema prefiere no nombrar directamente. No es que los directivos no sepan que el problema existe, es que el modelo de gestión del atleta en México, como hemos visto en historias anteriores de este canal, está fundamentalmente orientado hacia la producción de resultados mientras el atleta es útil, sin una estructura de soporte que contemple lo que pasa cuando la utilidad deportiva termina.
El atleta mexicano en el sistema deportivo nacional aprende desde muy joven que su valor está definido por sus resultados. Los programas de becas de la CONADE, que son la columna vertebral del financiamiento del deporte de alto rendimiento en México, funcionan sobre la base de rankings y resultados. Si compites bien, tienes beca.
Si no compites o si los resultados caen, la beca se reduce o desaparece. Es un sistema que crea atletas muy motivados para rendir porque su sustento económico depende de ello, pero que no construye ninguna infraestructura de soporte emocional y psicológico que ayude a esos atletas a manejar la presión de ese sistema durante la carrera ni el vacío que viene después de ella.
Y cuando un atleta mexicano se retira, lo que encuentra del otro lado raramente incluye programas de apoyo en la transición, orientación psicológica para el proceso de duelo que el fin de la carrera implica o redes de soporte que reconozcan que lo que viene después del retiro es tan importante para la vida completa de esa persona como lo que ocurrió durante la carrera.
Lo que encuentra en la mayoría de los casos es el mismo vacío que Eduardo Náera encontró en el tercer año. La ausencia de atención, de estructura, de propósito definido y la pregunta sin respuesta de quién eres cuando ya no eres el deportista. La diferencia entre Náera y muchos otros atletas en situaciones similares no fue que él tuviera los recursos económicos para manejar mejor la transición, aunque esos recursos ciertamente ayudaron.
La diferencia fue que Nera tenía el conocimiento psicológico para nombrar lo que le estaba pasando y la valentía cultural para buscar ayuda y luego hablar de ello. Dos condiciones que el sistema deportivo mexicano raramente garantiza para sus atletas. Un sistema que se preocupa por el entrenamiento físico, por la preparación táctica, por el financiamiento de la competencia, pero que raramente invierte en preparar a sus atletas para lo que viene cuando la competencia termina.
Hay un detalle sobre la vida de Náera después del retiro, que habla más que cualquier estadística sobre cómo un hombre construye una vida nueva después de haber sido durante 12 años lo más parecido a un dios que el basketbol produce en un país que raramente tiene representantes en la NBA. Es el detalle del divorcio.
El podcast Súbete al ring que entrevistó a Náera lo mencionó entre los elementos que definieron el periodo más difícil de su post retiro, el proceso de divorcio y la responsabilidad total de sus hijos. No hay detalles específicos sobre las circunstancias del divorcio, porque Náera ha sido discreto sobre esa dimensión de su vida personal y ese nivel de discreción merece respeto.
Pero el hecho de que el divorcio ocurriera en el periodo de la depresión postretiro no es casualidad. Las relaciones de pareja de los deportistas de élite durante sus carreras activas operan bajo condiciones que son extraordinariamente difíciles de sostener. Los viajes constantes, los horarios que la liga dicta sin consideración por la vida familiar, la intensidad de atención que el deportista famoso atrae permanentemente, la dificultad de construir rutinas de pareja estables cuando uno de los dos miembros de la pareja está en un avión 4
días a la semana. Muchas de esas relaciones sobreviven porque la estructura de la carrera paradójicamente les da una dinámica que funciona. Cada uno tiene su rolfino. Hay un propósito compartido alrededor del atletismo del deportista y los momentos juntos tienen el valor de lo escaso. Cuando la carrera termina, esa dinámica se transforma radicalmente.
El deportista retirado está de repente en casa sin la estructura que organizaba su tiempo, en un proceso de construcción de una nueva identidad que puede ser completamente desestabilizador para la dinámica de una pareja que funcionó durante años precisamente porque el deportismo le daba una estructura externa. Y si a eso se le suma la depresión, el aislamiento que produce, la dificultad para comunicar lo que se está viviendo internamente, las relaciones que resistieron los 12 años de carrera pueden fracturarse en los años de la transición. Nera salió de esa fractura
con sus hijos bajo su responsabilidad directa. Y ese hecho, tener que ser padre con presencia total en el momento más difícil de su vida adulta puede haber sido al mismo tiempo la carga más pesada de ese periodo y el ancla que le impidió hundirse completamente. Porque cuando tienes hijos que dependen de ti, la pregunta de quién eres sin el Jersey tiene una respuesta que no requiere que lo construyas desde cero. Eres su padre.
Ese propósito no desaparece cuando la temporada termina y en la economía emocional de alguien en el fondo de una depresión, ese propósito puede ser la diferencia entre el fondo y el comienzo del ascenso. Grábate esto porque es la parte de la historia de Eduardo Náera que más directamente habla de lo que este canal quiere ser.
En diciembre de 2025, cuando recibió el premio estatal del deporte del IMS en Chihuahua, Eduardo Náera dio un discurso que ningún medio deportivo cubrió con el nivel de atención que merecía. La razón es la habitual. Los medios deportivos cubren títulos, contratos, traspasos, estadísticas. No cubren lo que un exdportista de 50 años dice sobre salud mental en una ceremonia de premios estatal.
Pero lo que dijo en ese discurso es más importante que cualquier estadística de su carrera activa. Habló de la necesidad de integrar la salud mental en el trabajo colectivo del deporte, no como un añadido opcional, sino como parte fundamental de la formación del atleta. Habló de psicólogos en los equipos deportivos como una necesidad real, no como un lujo.
Habló de la prevención de la salud física, mental, emocional y espiritual como un trabajo colectivo donde entrenadores, psicólogos, instituciones y los propios atletas tienen responsabilidades. Y lo dijo en un evento oficial con el IMS como escenario en su estado natal, frente a una audiencia que incluía atletas jóvenes que están en el inicio de sus carreras.
Ese es el Eduardo Náera de 2025, el que sobrevivió al abismo del tercer año, el que fue a terapia, el que construyó una nueva identidad que no depende de ningún jersey y que ahora usa esa experiencia para decirle a los deportistas jóvenes que la salud mental es parte del entrenamiento, no una señal de debilidad.
Hay una última frase de Náera que resume todo esto mejor que cualquier análisis que yo pueda hacer. Cuando habló de lo que hoy lo mueve como empresario, como dueño de equipos, como promotor del deporte en México, dijo que considera que se lo debe a su país y a sus fans, que quiere tratar de promover y motivar a los niños y darles una aspiración y la sabiduría que obtuve con de 24 años en la NBA, 24 años en el ecosistema de la NBA, 12 como jugador, tres como coach de desarrollo y el resto como empresario y embajador del deporte.
Toda esa experiencia acumulada, incluyendo el abismo de la depresión y la salida de él, convertida en sabiduría que quiere compartir con las nuevas generaciones, eso no es la historia de un ídolo roto. Es la historia de un hombre que se quebró, que reconoció que se había quebrado, que buscó la manera de soldarse de nuevo y que encontró en ese proceso de soldadura algo más valioso que cualquier contrato de la NBA.
La capacidad de ser útil para otros desde el conocimiento de lo que significa caer y levantarse. El chico de Meoki que aprendió inglés solo en Oklahoma, que rechazó más dinero para tener roles de mentor, que pasó 12 años siendo la pieza que nadie aplaude, pero que todos necesitan, que cayó en la depresión en el tercer año del retiro, que fue a terapia y lo contó en público y que hoy habla de salud mental en eventos deportivos oficiales de Chihuahua, es el mismo hombre.
No a pesar de todo eso, sino gracias a todo eso. Cada una de esas capas de la historia construye al Eduardo Nágera, que en 2025 se para frente a atletas jóvenes y les dice que el trabajo más difícil del deporte no es el que ocurre en la cancha. Eso es lo que el deporte mexicano necesita que sus ídolos hagan, no solo ganar, sino volver después de los años difíciles y decir la verdad sobre lo que costó.
Si la historia de Eduardo Náera te hizo entender algo que no sabías, si ahora ves que los 36 millones de dólares no evitan que la depresión encuentre la puerta, si ahora entiendes que la batalla más difícil de cualquier deportista de élite no ocurre en el campo, sino en el espejo del cuarto de hotel, el año después de que todo termina, entonces haz algo por mí.
Dale like a este video, suscríbete al canal, no por mí, por todos los deportistas que en este momento están en el tercer año después de su retiro y que todavía no saben que lo que sienten tienen nombre y que pedir ayuda no es rendirse, sino exactamente lo contrario. Para que la próxima vez que alguien diga, “Tiene dinero, ¿qué problema puede tener?” alguien más pueda responder la misma mente que a todos y a veces más pesada porque carga con la de todo un país.
Y si quieres seguir conociendo las historias que el deporte y el sistema prefieren no contar completas, hay otro video esperándote en este canal. Esto es Sombras del Olimpo. Hasta la próxima sombra. M.