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Divorcio por rutina

Parte 1: Divorcio por rutina

El aire de la tarde madrileña pesaba como un colchón de lana húmeda sobre el balcón.

Carmen miraba fijamente hacia la calle, con las manos aferradas a la barandilla de metal desconchado.

Abajo, el camión de la basura rascaba el asfalto con su habitual parsimonia de las ocho de la tarde.

Paco, sentado en una silla de plástico blanco que crujía con cada respiración, sostenía un tercio de cerveza tibio.

La etiqueta del botellín estaba a medio despegar, víctima de su uña del pulgar floja y aburrida.

Ninguno de los dos recordaba cuándo había sido la última vez que se miraron a los ojos sin un reproche flotando en el ambiente.

El silencio entre ellos no era de esos que transmiten paz o complicidad silenciosa.

Era un silencio espeso, denso, cargado de facturas de la luz, reuniones de vecinos y el olor a fritura del bar de abajo.

Un silencio de esos que se te meten en los huesos y te hacen notar el peso de los años en las rodillas.

Carmen tomó aire, expandiendo los pulmones como quien se prepara para saltar desde un trampolín demasiado alto.

El olor a geranios secos y a gasoil de los autobuses de la EMT le llenó la nariz.

—Siento que ya no te amo —soltó ella, sin anestesia, con la voz extrañamente plana.

La frase quedó suspendida en el aire, flotando entre la colada colgada del vecino y los cables del tendido eléctrico.

Paco no pestañeó, ni se le cayó la cerveza, ni mostró el más mínimo signo de sorpresa dramática.

Se limitó a rascar un poco más la etiqueta del tercio, levantando una tira de papel húmedo.

—Creo que lo mejor es que firmemos el divorcio —añadió Carmen, reforzando el golpe por si el primero no había entrado limpio.

Paco suspiró, un suspiro largo que sonó como un pinchazo en una rueda de camión.

Se recolocó el pantalón corto de chándal, ese que tenía un agujero imperceptible en el bolsillo izquierdo.

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