La capacidad de mantener simultáneamente la imagen del hombre del pueblo y la operación del criminal sin escrúpulos. Construyó canchas de fútbol en los barrios pobres de Medellín. Construyó viviendas para los que no tenían casa. Financió obras comunitarias en los municipios de Antioquia, donde su apellido tenía peso. Fue elegido representante suplente al Congreso de Colombia en 1982, antes de que el ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, expusiera públicamente sus vínculos con el narcotráfico y lo forzara a renunciar.
Esa exposición fue también la primera de las muertes que Pablo Escobar ordenó por razones políticas. Rodrigo Lara Bonilla fue asesinado el 30 de abril de 1984, lo que siguió en los 9 años entre el asesinato de Lara Bonilla y la muerte de Escobar fue la guerra más sangrienta que Colombia había vivido en su historia reciente.
El narcoterrorismo como estrategia política, la idea de que si el cártel de Medellín producía suficiente violencia, el Estado colombiano cedería en sus exigencias de extradición hacia los Estados Unidos. Magistrados de la Corte Suprema asesinados, policías muertos por cientos. El avión de Avianca volado en noviembre de 1989 con 110 personas a bordo para matar a César Gaviria, que ni siquiera iba en ese vuelo.
El edificio del DAS en Bogotá destruido con un carro bomba. El candidato presidencial, Luis Carlos Galán, asesinado el 18 de agosto de 1989, frente a miles de personas que habían ido a escucharlo, Pablo Escobar declaró la guerra al estado y el Estado le respondió. Y entre los dos, Colombia vivió años que dejaron cicatrices que el tiempo no borrará completamente.
Victoria Eugenia Enao tenía 15 años cuando Pablo Escobar, que tenía 26. decidió que quería casarse con ella. La diferencia de edad era la diferencia entre un hombre que ya estaba construyendo el negocio que lo haría, el narcotraficante más poderoso del mundo y una adolescente de familia modesta de Envigado que no podía anticipar completamente lo que era el hombre que la cortejaba. Se casaron en 1976.
Juan Pablo nació en 1977. Manuela en 1984. Victoria Eugenia eno vivió los años del cártel de Medellín desde adentro con la ambigüedad específica de quien está dentro del monstruo y que lo conoce como persona antes que como monstruo. El Pablo Escobar que ella conocía era también el padre que adoraba a Manuela, el hombre que le cargaba los zapatos a su hija cuando la niña se cansaba de caminar en sus visitas a las propiedades del cartel.
El que en los últimos años de su vida, perseguido por todos los lados, le llamaba a la familia todos los días, aunque las llamadas fueran rastreadas y aunque cada llamada acortara el tiempo que le quedaba, el cariño era real, el daño también era real y las dos cosas convivían en el mismo hombre al mismo tiempo. Juan Pablo Escobar creció con el apellido que en Colombia significaba todo lo que significaba el hijo del patrón, el heredero del hombre que había construido y destruido simultáneamente a los 16 años, cuando el teléfono se
cortó y su padre no volvió a contestar, era un adolescente que había vivido años de escondite y de peligro y que tenía frente a él la pregunta que cualquier persona en esa posición tendría que responder. ¿Quién eres sin ese apellido? Después de la muerte de Escobar, el hijo intentó algo que en su momento generó alarma e indignación en Colombia.
En una rueda de prensa, con la rabia del adolescente que había perdido a su padre, amenazó públicamente al estado colombiano. Dijo que iba a vengar la muerte de Pablo. Esa amenaza fue el error más grande que cometió y años después lo reconoció como tal. Fue un impulso de rabia del que me arrepiento. Un adolescente que había perdido a su padre y que dijo lo que la rabia lo llevó a decir en el momento en que menos podía controlar lo que decía.
Pero la amenaza tuvo consecuencias. Confirmó que la familia de Pablo Escobar era un objetivo que no se podía ignorar y aceleró el proceso por el cual la viuda y los hijos entendieron que quedarse en Colombia no era una opción viable. Los 17 países que dijeron que no son la parte de esta historia que más habla sobre lo que significa cargar el apellido de alguien a quien el mundo entero conoce como el más sanguinario de su era.
Victoria Eugenia Enao tenía instrucciones del fiscal colombiano Gustavo de Grave, que había sido quien les había abierto la puerta de Argentina de no identificarse en ningún país como la familia de Escobar hasta que estuvieran establecidos en Buenos Aires. La instrucción no era deshonesta. Era la única manera de llegar a algún destino antes de que ese destino cerrara la puerta.
llegaron a Buenos Aires en diciembre de 1994 con los nuevos documentos, con los nuevos nombres y con la historia que habían inventado para explicar quiénes eran a las personas que en Argentina inevitablemente iban a preguntarles. La historia que inventaron estaba basada en una telenovela colombiana que habían visto, una familia de Medellín que había perdido al padre en un accidente y que buscaba un nuevo comienzo.
Los detalles eran los suficientes para responder las preguntas ordinarias sin que los detalles adicionales que una pregunta más específica requeriría tuvieran que sostenerse. Esa historia funcionó por un tiempo en Buenos Aires, donde nadie los conocía, donde el apellido Escobar no producía la misma reacción inmediata que producía en Medellín o en Bogotá o en cualquier ciudad colombiana donde el terrorismo del cártel de Medellín había dejado sus muertos.
La familia Marroquín Santos podía pasar como lo que intentaban ser. Una familia colombiana que buscaba un nuevo comienzo. Sebastián estudió en el colegio, aprendió el acento porteño, hizo amigos que no sabían quién era su padre. se inscribió en la Universidad de Palermo para estudiar arquitectura y en ese proceso de construir una vida nueva, de aprender a ser alguien diferente del hijo de Pablo Escobar, fue encontrando también lo que quería hacer con todo lo que cargaba.
La noche del 16 de noviembre de 1999, cuando la policía argentina llegó al apartamento donde vivían, no fue porque hubieran descubierto espontáneamente quiénes eran. Fue porque las investigaciones sobre la dinero que habían iniciado contra ellos, vinculadas a sospechas sobre los negocios inmobiliarios que habían intentado desarrollar en Buenos Aires, los habían identificado.
El contador, que los estafó y los extorsionó fue parte de esa historia. Alguien que se enteró de quiénes eran, que los ayudó durante un tiempo y que después los usó. Si no me pagan lo que me deben, los expongo. Victoria Eugenia Enao. Los denunció por extorsión. Eso fue lo que atrajo la atención de las autoridades.
La madrugada del arresto, a las 5 de la mañana con los dos en celdas separadas con barrotes y piso de cemento, Victoria tuvo la serenidad de alguien que ha sobrevivido años en los que las situaciones extremas eran la normalidad. discutió con los agentes sobre los nombres, insistió en que sus identidades legales eran las actuales y argumentó que si ella había sido la extorsionada, ¿por qué era ella la que estaba en la celda? Argumentó bien.
No la mandaron a una cárcel común. La justicia argentina terminó reconociendo que los documentos eran legítimos y que el cambio de identidad había sido legal en Colombia, pero las identidades habían sido reveladas. La prensa argentina y después La prensa de todo el mundo.
Publicó que la viuda e hijo de Pablo Escobar vivían en Buenos Aires con nombres falsos. falsos, aunque legalmente eran sus nombres reales. Eso es también parte de la historia de los Escobar, que la distinción entre lo que era legal y lo que el mundo percibía como una trampa nunca terminó de resolverse, de manera que la gente que no los conocía pudiera entenderla fácilmente.
Sebastián Marroquín, que para ese momento tenía alrededor de 22 años, tomó la decisión que, en retrospectiva, fue la que definió quién iba a ser el resto de su vida en lugar de seguir escondiéndose, de seguir siendo la persona que inventaba historias basadas en telenovelas colombianas para no tener que decir quién era su padre, decidió ser exactamente eso, el hijo de Pablo Escobar, que iba a hablar de lo que Pablo Escobar había hecho, el documental Pecado de mi padre de 2009 es la mejor evidencia de esa decisión.
En el documental, Sebastián Marroquín fue a buscar a los hijos de Luis Carlos Galán y a los hijos de Rodrigo Lara Bonilla. Las dos figuras políticas, cuyo asesinato ordenado por Pablo Escobar había tenido los impactos más grandes en la historia reciente de Colombia. se sentó frente a ellos, los miró y les pidió perdón, no en nombre propio, porque Sebastián era un niño cuando todo eso ocurrió y no tenía responsabilidad moral por las decisiones de su padre, sino en nombre de la familia, reconociendo que el daño era real, que
las personas en ese cuarto, los hijos de los hombres que Pablo Escobar había mandado matar, tenían derecho a que alguien de la familia mirara ese daño directamente. y lo nombrara. El hijo de Juan Manuel Galán, nieto de Luis Carlos, le respondió. Le dijo que le agradecía el gesto, que el perdón era posible, aunque el dolor no desapareciera con el perdón.
Esas conversaciones que Sebastián Marroquín fue replicando con al menos 150 familias de víctimas de Pablo Escobar a lo largo de los años son también parte del legado de ese apellido. El apellido que 17 países no quisieron en su territorio está siendo cargado por alguien que decidió usarlo para pedir perdón en lugar de para continuar lo que el apellido representaba.
Los libros que publicó Pablo Escobar, mi padre, Pablo Escobar Infraganti, son los documentos donde Sebastián Marroquín construyó la descripción más completa disponible de quién era Pablo Escobar desde adentro, desde el hijo que lo quería y que veía cómo se destruía, desde el adolescente que le pedía que parara la guerra y que Pablo Escobar no escuchó.
El hombre más rico del mundo, que era en realidad el más pobre”, dijo Sebastián de su padre en los últimos años, porque no podía comprar lo único que quería, la paz que sus propias decisiones habían hecho imposible. Manuela Escobar, la hija, la que tenía 9 años cuando Pablo murió, es el capítulo más doloroso de esta historia, la más pequeña, la más cercana a Pablo en el afecto que el propio Escobar describía con orgullo, su princesa, la niña que a los 9 años quedó sin padre y con el apellido más odiado de Colombia. Manuela sufrió una explosión
cerca de ella cuando era pequeña que le causó daño en un oído. Creció en los años del terrorismo con la cotidianidad de los escondites y los cambios de casa y la imposibilidad de tener la infancia normal que cualquier niña merece. En Argentina, como Juana Manuela Marroquín Santos, intentó construir la normalidad que Buenos Aires podía ofrecer.
La información pública sobre cómo está Manuela hoy es la información de quien ha elegido la invisibilidad como estrategia de supervivencia. Sebastián habla. Victoria escribió su libro. Manuela eligió no hacerlo y esa elección también merece respeto. El derecho de alguien que pagó el precio de un apellido que no eligió a decidir, que no quiere seguir pagándolo en público.
Victoria Eugenia Enao, que para el mundo sigue siendo principalmente la viuda de Pablo Escobar, aunque haya pasado décadas intentando ser otra cosa. publicó Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar, un título que contiene la paradoja central de su historia. El hombre que amó era también la cárcel de la que nunca pudo salir completamente.
En ese libro describió la relación con Escobar con la honestidad de quien ya no tiene nada que ganar protegiendo la imagen de alguien que lleva décadas muerto. la atracción inicial, el peso de lo que él era y de lo que eso implicaba para ella, los años de vida en las propiedades del cartel, los escondites, las amenazas y el amor que siguió siendo real, aunque la vida que producía fuera lo que fue.
El apellido Escobar todavía produce reacciones. La Hacienda Nápoles, la propiedad más famosa de Pablo Escobar en el Magdalena medio. Es hoy un parque temático al que las familias colombianas llevan a sus hijos a ver los hipopótamos que el propio Escobar había importado de África y que se reprodujeron hasta convertirse en un problema ecológico que Colombia todavía intenta resolver.
Los hipopótamos de Pablo Escobar como problema ambiental del siglo XXI. La metáfora perfecta de cómo el pasado de ese hombre sigue produciendo consecuencias que nadie anticipó. Sebastián Marroquín vive en Buenos Aires, arquitecto, escritor, conferencista. El hombre que eligió hacer de su apellido no una herramienta de perpetuación de lo que fue, sino un instrumento para hacer lo que no hizo.
Los libros están disponibles, las conferencias ocurren, las entrevistas llegan y en cada una la misma pregunta que el mundo sigue queriendo hacerle al hijo de Pablo Escobar. ¿Cómo es tener ese padre? La respuesta de Sebastián Marroquín es siempre la misma y siempre es nueva en la manera en que la da.
El hombre que más me quiso en el mundo fue también el hombre que más daño le hizo al mundo. Las dos cosas son verdaderas al mismo tiempo y vivir con eso es el trabajo que no termina. El cuerpo de Pablo Escobar está enterrado en el cementerio de Monte Sacro en Itagüí, Antioquia. Las flores llegan todos los días. Las personas que van a sacarle fotos, los que van a maldecirlo, los que van a pedirle algo, porque en Colombia el narco muerto también tiene sus devotos, aunque con menos organización que el culto a San Nazario en Michoacán. Su
hermano Roberto Escobar tiene un museo privado en Medellín que celebra la vida de Pablo. Las series de televisión siguen produciéndose. Narcos en Netflix, El patrón del mal. El nombre Pablo Escobar sigue generando audiencias en todo el mundo décadas después de la muerte. Y en Buenos Aires, la familia Marroquín Santos sigue siendo la familia que llegó de Colombia con documentos legalmente cambiados y con una historia inventada de una telenovela y con el peso de un apellido que 17 países no quisieron recibir. Algunos de ellos lo
cambiaron. Todos lo cargan. Suscríbete al canal, dale like. Si llegaste hasta el final y mira el próximo video en tu pantalla ahora mismo, porque la historia que sigue tiene el mismo ADN que esta. El poder, la destrucción y los que quedaron pagando el precio después. Para entender la escala de lo que Pablo Escobar construyó, hay que entender el contexto económico específico en que el cártel de Medellín operó en los años 80 y por qué la cocaína colombiana encontró el mercado americano en ese momento específico. Los
años 70 en Estados Unidos fueron los años en que la cocaína se convirtió de una droga de nicho para las élites de las discotecas de Nueva York y Miami en una sustancia de consumo más amplio. la cultura del exceso que rodeó a la era del disco, las noches de estudio 54, la economía de los Yupis de Wall Street que llegó con los años 80.
Todo produjo un mercado que Colombia, con la geografía, el clima y la precariedad económica que hacían que el negocio de la coca fuera racionalmente atractivo para miles de campesinos, estaba en posición única para abastecer. Pablo Escobar no inventó el negocio de la cocaína colombiana. Lo heredó de la generación anterior de hombres como Carlos Leder y Jorge Luis Ochoa y Gonzalo Rodríguez Gacha.
Lo que Escobar aportó fue la escala y la brutalidad, la capacidad de mover cocaína en cantidades que los operadores anteriores no habían alcanzado y la disposición para usar el terrorismo como herramienta política cuando el Estado colombiano intentaba detenerlo. En su momento de mayor poder, el cártel de Medellín controlaba aproximadamente el 80% de la cocaína que llegaba a Estados Unidos.
Escobar acumuló una fortuna que la revista Forbes estimó en 3000 millones de dólares en el año de mayor riqueza, aunque otras estimaciones la colocaban mucho más alta. Era tan rico que gastaba $2,500 en ligas de caucho al mes para atar los fajos de billetes. Que el dinero enterrado en fincas y escondites se perdía aparte porque las ratas se lo comían o porque la humedad lo destruía antes de que pudiera recuperarlo.
susicarios ganaban salarios que ningún trabajo formal en los barrios de Medellín podía ofrecer y que ese diferencial económico fue parte de lo que le permitió reclutar y mantener leales a los jóvenes del barrio Pablo Escobar, la comunidad de viviendas que él mismo había construido en los años de su apogeo político.
Pero esa riqueza tenía el costo que Sebastián Marroquín describió en sus libros en los últimos años, cuando el Estado colombiano y los Pepes y la DEA y el cártel de Cali lo habían acorralado hasta el punto en que no podía permanecer en ningún lugar más de unos días, Pablo Escobar era técnicamente el hombre más rico del mundo y prácticamente el hombre más pobre, porque no podía comprar lo que quería, no podía ir a un restaurante, no podía salir a camar No podía ver crecer a sus hijos de cerca. No podía hacer nada de lo que el
dinero que tenía debería haberle permitido hacer. El hombre más rico del mundo viviendo en la clandestinidad total. Esa imagen que Sebastián Marroquín construyó en sus libros para describir al padre que conoció en los últimos años de su vida. Es también la imagen que dice mejor que cualquier análisis económico, lo que el poder del narcotráfico produce cuando se lleva hasta sus consecuencias lógicas, el aislamiento total del mundo que ese poder financiaba.
La relación entre Pablo Escobar y sus hijos en los años finales es uno de los capítulos más humanos y más perturbadores de toda su historia. Las llamadas telefónicas eran el contacto que Escobar mantenía con su familia cuando ya no podía estar físicamente con ellos. Llamadas desde teléfonos públicos, desde casas de seguridad, desde los escondites que cambiaba con una frecuencia determinada por la velocidad con que la tecnología de rastreo del bloque de búsqueda podía localizar una línea activa. Cada llamada
que hacía le acortaba el tiempo que le quedaba. El rastreo electrónico mejoraba. Las autoridades colombianas tenían apoyo técnico americano y Pablo Escobar sabía que cada vez que marcaba un número le estaba dando a sus enemigos otra oportunidad de encontrarlo y llamaba todos los días.
Sebastián Marroquín contó eso en sus libros y en sus conferencias. Su padre llamaba todos los días, aunque supiera que las llamadas lo acercaban al final, porque no podía no hablar con su familia, porque el precio de ese contacto era su propia localización y prefería pagarlo. La llamada del 2 de diciembre de 1993 fue la última.
Juan Pablo, que tenía 16 años, estaba al teléfono cuando la línea se cortó, cuando el operativo comenzó, cuando los disparos empezaron y cuando el que llamaba todos los días no volvió a llamar. Esa escena. El adolescente que se queda escuchando el silencio de un teléfono después de que se cortó la llamada y que sabe que algo definitivo acaba de ocurrir, aunque no sepa exactamente qué es la escena que define la infancia de Sebastián Marroquín.
No la riqueza de la hacienda Nápoles, ni los hipopótamos, ni los helicópteros, sino el teléfono que se calla y que no vuelve a sonar. Manuela, que tenía 9 años, procesó la pérdida de su padre de la manera en que los niños de 9 años procesan las pérdidas que no tienen escala para dimensionar, con el impacto inmediato del duelo y con las consecuencias que ese duelo produciría durante años en formas que la niña no podía anticipar.
Pablo adoraba a Manuela. Eso está documentado en múltiples fuentes, incluyendo las propias palabras de Escobar en las conversaciones con su familia que quedaron grabadas. La llamaba su princesa. Le cargaba los zapatos cuando se cansaba de caminar. En los momentos de relativa calma en los años del cartel, cuando la familia podía estar junta en alguna de las propiedades, Manuela era la que más tiempo pasaba con su padre.
Esa niña de 9 años quedó huérfana de ese padre un segundo de diciembre y el mundo que le esperaba del otro lado de esa orfandad fue el mundo de los 17 países que dijeron que no y de los nuevos documentos tomados de una guía telefónica y de los apartamentos de Buenos Aires, donde nadie podía saber quién era realmente. El precio que Manuela pagó por el apellido de su padre es el precio más alto de los tres porque fue el que se pagó siendo más pequeña y con menos herramientas para procesarlo.
El exilio en Argentina de la familia Escobar tiene una dimensión adicional que los relatos habituales suelen pasar rápido. La manera en que intentaron construir vidas normales en Buenos Aires y las dificultades específicas que ese intento produjo. Buenos Aires en los años 90 era una ciudad que había vivido su propio trauma reciente.
La dictadura militar de los años 70 y 80, la crisis económica, la democracia recuperada en 1983. una ciudad que sabía algo sobre la identidad en crisis, sobre los nombres cambiados, sobre las personas que tenían que reinventarse para sobrevivir. La familia Marroquín Santos llegó a esa ciudad y en esa ciudad Sebastián encontró el espacio para construir la versión de sí mismo que quería ser.
No el heredero del cártel de Medellín, no el hijo del terrorista más famoso de Colombia, sino el estudiante de arquitectura que estudiaba en la Universidad de Palermo. El joven que hacía amigos en los pasillos de la facultad, sin que esos amigos supieran quién era su padre. Esa doble vida, la del Juan Sebastián Marroquín, que iba a la universidad, y la del Juan Pablo Escobar, que vivía en la memoria de todos como el hijo del capo, fue la que Sebastián habitó durante años y fue también la que lo llevó eventualmente a
tomar la decisión de dejar de esconderse. Los negocios inmobiliarios que la familia intentó en Buenos Aires tenían una lógica comprensible. Necesitaban ingresos para vivir y la arquitectura y los bienes raíces eran los sectores donde Sebastián tenía formación y donde la familia podía operar sin que el apellido fuera un problema inmediato.
El contador que los estafó encontró en esa vulnerabilidad la palanca para extorsionarlos. Sabemos quiénes son, pájenos o los exponemos. La denuncia que Victoria presentó contra ese contador fue lo que activó la investigación de las autoridades argentinas que terminó en el arresto de noviembre de 1999. La paradoja es brutal.
Fue la decisión correcta y legal de denunciar una extorsión la que produjo el momento más expuesto de sus primeros años en Buenos Aires. La víctima que acude a la justicia y que por hacerlo acaba en la celda. Victoria describió esa noche con la calma de alguien que ya no puede sorprenderse con las injusticias que el apellido produce.
Las celdas de barrotes, el frío de la madrugada, los agentes que querían que firmaran con el apellido Escobar, aunque ese apellido ya no era el suyo legalmente, y la determinación de no ceder. Si firmo con ese apellido, yo soy la que comete falsedad de documentos. Esa firmeza que viene de décadas de sobrevivir lo que la familia había sobrevivido fue lo que eventualmente produjo la resolución correcta.
Las autoridades argentinas reconocieron que los documentos eran legítimos, que el cambio de identidad había sido legal y que la familia Marroquín Santos tenía derecho a ser la familia Marroquín Santos, aunque el mundo quisiera seguir llamándola familia Escobar. El derecho a reinventarse cuando el apellido que heredaste te hace un blanco.
El rol de pecados de mi padre en la historia de Sebastián Marroquín es más complejo de lo que el documental mismo puede capturar y merece más análisis del que habitualmente recibe. Sebastián Marroquín no fue a buscar a los hijos de las víctimas de su padre por cálculo de relaciones públicas. fue porque llevaba años con el peso específico de saber quién era su padre y de no haber podido hacer nada con ese conocimiento que no fuera esconderse de él.
El encuentro con Juan Manuel Galán, hijo de Luis Carlos Galán, fue el encuentro entre dos personas que habían sido determinadas por el mismo hombre de maneras opuestas. Sebastián como el hijo del hombre que ordenó el asesinato, Juan Manuel como el hijo del hombre asesinado. Los dos con el peso de ese momento del 18 de agosto de 1989 que cambió la historia de Colombia y que a ninguno de los dos les dejó la opción de elegir quiénes eran en relación a él.
Lo que Sebastián pidió en esa reunión no fue que Juan Manuel Galán olvidara lo que Pablo Escobar había hecho, ni que absolviera a la familia Escobar de la responsabilidad moral que el apellido cargaba. fue algo más específico y más honesto, el reconocimiento de que el daño era real, que la familia lo sabía y que si había algo que el hijo podía hacer que no fuera negar o minimizar ese daño, era nombrarlo directamente frente a quien lo había sufrido.
Ese gesto que algunos en Colombia recibieron con escepticismo y que otros recibieron como genuino. Es también parte del legado de Pablo Escobar. El capo más sanguinario de la historia colombiana, dejó detrás de sí un hijo que pasó décadas pidiendo perdón a las víctimas. Las 150 familias con quienes Sebastián tuvo esas conversaciones son también parte de la historia.
150 encuentros donde el hijo del asesino se sentó frente a los que perdieron algo por ese asesino y dijo, “Estoy aquí, sé lo que hizo. Y si de algo sirve que yo esté aquí, aquí estoy.” Algunos de esos encuentros terminaron con el perdón, otros terminaron con el dolor todavía presente y sin resolución. Y en todos la misma realidad, que perdonar o no perdonar no cambia lo que ocurrió, pero que el acto de mirar directamente lo que ocurrió tiene un valor que el esconderse nunca puede tener.
Para cerrar la historia de la familia de Pablo Escobar, hay que hablar de lo que significa el apellido hoy, tres décadas después de la muerte del capo, en un mundo donde las series de televisión han convertido su historia en entretenimiento global. Narcos, la serie de Netflix que estrenó en 2015, llevó la historia de Pablo Escobar a audiencias en todo el mundo que nunca habían escuchado una bala del narcoterrorismo colombiano, ni habían tenido que caminar por las calles de Medellín en los años en que los coches bomba eran parte del paisaje cotidiano.
La serie fue un fenómeno cultural. El actor Wagner Moura, brasileño, interpretó a Escobar con una caracterización que el propio Sebastián Marroquín criticó en varios aspectos. El patrón del mal, la producción colombiana de Caracol Televisión fue más honesta con los detalles de la historia local, precisamente porque la producción colombiana y el público colombiano tenían una relación directa con lo que se estaba narrando.
Fue también un fenómeno de audiencias en Colombia y en toda América Latina. Estas producciones tienen su propia relación con la familia que quedó. Por un lado, mantienen viva la historia de Pablo Escobar y producen audiencias para los libros y las conferencias de Sebastián. Por otro, fijan imágenes de la historia que no siempre coinciden con las que él mismo construiría si pudiera controlar la narrativa.
Sebastián Marroquín ha criticado algunos aspectos de las representaciones de su padre, no para defender al capo, sino para señalar que la ficción toma libertades con los hechos que producen versiones de la historia, que simplifican lo que era complejo o que dramatizan lo que ya era dramático, sin necesitar dramatización. Adicional, Pablo Escobar ya era dramático, ya era complejo, el hombre que construyó el cártel más poderoso de su época y que adoraba a su hija y que llamaba a su familia todos los días, sabiendo que cada llamada lo acercaba a
su propia muerte. El hombre más rico del mundo, que era el más pobre, el terrorista que en los barrios pobres de Medellín sigue siendo recordado por algunos como el que construyó canchas de fútbol y viviendas. No necesitaba ficción adicional y sin embargo la ficción llegó como siempre llega con las historias suficientemente grandes.
Sebastián Marroquín, arquitecto, escritor, conferencista, hijo del narco que pidió perdón a las víctimas del narco, sigue en Buenos Aires. El mismo Buenos Aires, donde llegó en 1994 con un nombre tomado de una guía telefónica y una historia inventada de una telenovela colombiana. Victoria Eugenia Eno sigue ahí también.
La mujer que se casó a los 15 años con el hombre que se convertiría en el más buscado del mundo y que sobrevivió a ese hombre y a los 17 países y al contador extorsionador y a la madrugada en las celdas de Barrotes. Manuela, que eligió la invisibilidad también. El apellido Escobar sigue en el nombre de la hacienda convertida en parque, en los títulos de las series de televisión, en las tapas de los libros de Sebastián y en la historia de los hipopótamos que se reprodujeron en el río Magdalena hasta
convertirse en un problema ambiental que Colombia todavía no ha resuelto completamente. Los hipopótamos de Pablo Escobar como metáfora perfecta, el legado que se reproduce solo, que nadie anticipó, que produce consecuencias décadas después y que el mundo que lo rodea todavía no sabe exactamente cómo manejar.
El 2 de diciembre de 1993, el teléfono se cortó en la mano de un adolescente de 16 años. 30 años después, el hijo de ese adolescente, el nieto de Pablo Escobar, crece en Buenos Aires con un apellido que tampoco es Escobar. El ciclo continúa. El apellido se diluye con las generaciones, pero la historia no desaparece.
Las 150 familias que escucharon el perdón de Sebastián saben que la historia no desaparece y los hipopótamos del Magdalena siguen reproduciéndose. La historia de la catedral, la prisión de Pablo Escobar construida según sus propias especificaciones en las montañas de Envigado, es el episodio que mejor ilustra la relación peculiar entre el Estado colombiano y el capo durante los años de negociación que precedieron a la cacería final.
En junio de 1991, Pablo Escobar se entregó no a la cárcel que el Estado colombiano hubiera construido para él, sino a la cárcel que él había construido para sí mismo. La catedral era literalmente eso, una prisión diseñada por el preso, con campo de fútbol, con discoteca, con habitaciones amplias, con salidas al exterior cuando Escobar lo decidía, con seguridad a cargo de sus propios hombres.
El Estado colombiano aceptó esas condiciones porque en ese momento tenía menos poder de negociación que el capo. Los atentados, las bombas, los asesinatos habían producido la presión suficiente para que el gobierno prefiriera tener a Escobar formalmente detenido en esas condiciones a seguir buscándolo mientras continuaba el terrorismo.
La catedral como síntesis de lo que era Colombia en ese momento. un estado que negociaba con el hombre que lo había declarado en guerra y que aceptaba las condiciones del negociado porque no tenía cómo imponerle las propias. Dentro de la catedral, Escobar siguió operando. Ordenó los asesinatos de los hermanos Galeano y Moncada, que eran socios del cartel, dentro de sus propias instalaciones.
Cuando el gobierno intentó trasladarlo a otra prisión en julio de 1992, Escobar se escapó. Simplemente se fue, caminó por las montañas de Envigado y desapareció en la noche. Lo que siguió después de la fuga fue el periodo más intenso de la persecución, el bloque de búsqueda, los pepes, la cooperación con la DEA y con el cártel de Cali.
16 meses de casa en los que Escobar siguió moviéndose por Medellín sin poder establecerse en ningún lugar más de unos días. Sebastián Marroquín describió esos meses desde la perspectiva de la familia. El teléfono sonaba y era el padre llamando desde algún lugar que no podía revelar. Las conversaciones eran cortas porque las llamadas largas eran peligrosas.
Y en cada llamada el adolescente que escuchaba podía sentir que su padre estaba más cerca del final, aunque no supiera exactamente cuándo. “Le pedí que parara”, dijo Sebastián en sus conferencias, “que dejara de pelear. que se entregara de una manera que le permitiera sobrevivir, que había un mundo más allá de la guerra que él había declarado.
Pablo Escobar no paró la negociación entre un capo y su estado, la rendición en sus propios términos, la fuga que demostró que esa rendición era una ficción y la cacería final que terminó en el techo de una casa en Medellín. Ese es el arco completo del final de Pablo Escobar, el arco que el adolescente de 16 años siguió por teléfono hasta que el teléfono se cortó.
Existe un detalle de la historia del exilio de la familia Escobar, que captura la condición específica en que vivieron durante los primeros años en Buenos Aires y que dice más sobre lo que significa construir una identidad nueva que cualquier análisis abstracto. Inventaron una historia familiar basada en una telenovela colombiana.
Eso no fue una metáfora, fue literal. Tomaron los elementos de una telenovela que habían visto. La adaptaron para que funcionara como la historia de una familia de Medellín que había perdido al padre en un accidente y que buscaba un nuevo comienzo en Argentina. Y la usaron como la narrativa que contaban cuando alguien en Buenos Aires les preguntaba de dónde venían y qué hacían allí.
La lógica era simple. Cualquier historia inventada desde cero tiene el riesgo de contener inconsistencias. que alguien con suficiente curiosidad podría detectar. Una historia tomada de una telenovela tiene la coherencia interna de una narrativa que alguien ya construyó con cuidado. Los personajes, los detalles, los conflictos, todo ya existía.
Solo había que apropiárselo y adaptarlo al contexto específico. Esa elección de basar la identidad falsa en una telenovela es también, en su propia manera, una descripción de lo que las telenovelas son en la cultura latinoamericana, los repositorios de las historias que las personas usan para procesar sus propias vidas.
La familia que perdió al padre en un accidente y que busca un nuevo comienzo es una historia de telenovela que millones de latinoamericanos han visto en alguna versión. Es creíble precisamente porque es familiar, porque el público latinoamericano ha absorbido esa narrativa hasta el punto en que la reconoce como real, aunque la haya visto en la ficción.
Victoria Eugenia Eno, que había vivido la vida más dramática que cualquier telenovela podría intentar imitar. usó una telenovela para esconder esa vida dramática. La ficción como escudo de la realidad, el género que la cultura latinoamericana había construido para procesar sus propias historias, usado como refugio por la familia del hombre que había protagonizado la historia más dramática de su generación.
Esa imagen tiene toda la ironía que la historia de Pablo Escobar puede contener. El hombre que declaró la guerra al estado colombiano con bombas y asesinatos dejó detrás de sí una familia que sobrevivió adaptando los argumentos de las telenovelas colombianas. Para completar la historia de Pablo Escobar y su familia, hay que hablar de Roberto Escobar, el hermano, y de la manera en que la memoria de Pablo sigue siendo objeto de disputa en Colombia décadas después de su muerte.
Roberto Escobar, conocido como Elito, fue el jefe de seguridad del cártel de Medellín. Fue detenido y pasó años en la cárcel colombiana y después de salir emprendió lo que para muchos colombianos es una de las decisiones más perturbadoras que alguien en su posición podría tomar. mantener viva la memoria de su hermano como objeto de culto y de turismo.
El museo Pablo Escobar en Medellín, que Roberto administró durante años es el espacio donde personas de todo el mundo van a ver objetos que pertenecieron al capo, a escuchar historias sobre su vida, a tomarse fotos en el contexto de la historia del narcoterrorismo colombiano. Es también el espacio que Sebastián Marroquín ha criticado abiertamente porque considera que glorifica a su padre en lugar de contextualizar el daño que produjo.
La disputa sobre cómo recordar a Pablo Escobar es también la disputa sobre cómo Colombia procesa su propio pasado reciente. El narcoterrorismo no fue solo la historia de un hombre, fue el producto de condiciones estructurales que Colombia no ha resuelto completamente. La pobreza que hace que el narcotráfico sea racionalmente atractivo para los que no tienen otras opciones económicas reales.
La debilidad institucional que permitió que un solo capo pudiera declarar la guerra al Estado y no perderla de inmediato. La cultura de la violencia que se reproduce en los barrios donde los hijos de los sicarios de Escobar crecen. Sebastián Marroquín dice que su padre no fue una aberración de la historia colombiana, sino el producto de condiciones que Colombia todavía tiene.
Que mientras esas condiciones existan, los escobar seguirán apareciendo, aunque con otros nombres y otros apellidos y otras versiones del mismo negocio. Esa lectura estructural que desplaza la responsabilidad de la persona individual hacia las condiciones que la producen tiene su propia complejidad. Pablo Escobar tomó decisiones, ordenó asesinatos, eligió el terrorismo como estrategia política.
El determinismo estructural no absolues, pero sí las contextualiza. Y contextualizar no es absolver, es entender. Y entender es la única manera de que la historia sirva para algo más que el entretenimiento de las series de televisión. Los hipopótamos siguen en el Magdalena. El patrón del mal sigue siendo visto en Colombia.
Narcos sigue en Netflix y en Buenos Aires. La familia Marroquín Santos sigue siendo la familia que llegó con los nombres de una guía telefónica y con la historia de una telenovela y con el peso de un apellido que 17 países no quisieron en su territorio. Algunos eligieron hablar, otros eligieron el silencio. El apellido lo siguió de todas maneras.
Hay un episodio de los primeros días después de la muerte de Pablo Escobar, que captura perfectamente la situación imposible en que quedó la familia y que los relatos habituales sobre el capo raramente incluyen con detalle. La noche del 2 de diciembre de 1993, después de que las noticias confirmaron que Pablo Escobar había muerto en el techo de esa casa de Medellín, los enemigos de Escobar no perdieron tiempo.
El cártel de Cali y los Pepes habían cooperado en la cacería, y su objetivo no terminaba con la muerte del capo. La viuda y los hijos también eran objetivos. La primera reacción de Juan Pablo, el adolescente de 16 años que había perdido a su padre esa tarde, fue la reacción de rabia que cualquier adolescente en esa situación podría haber tenido. Dio una rueda de prensa.
Amenazó públicamente al gobierno colombiano con que vengará la muerte de su padre. Esa declaración produjo exactamente lo que cualquier asesor con experiencia en manejo de crisis habría anticipado. Endureció las posiciones de los que ya querían hacerle daño a la familia y añadió nuevos actores que antes podían no haber tenido razón suficiente para actuar.
Años después, Sebastián reconoció esa declaración como el error más grande que cometió en su vida, el impulso de la rabia. Las palabras dichas antes de que el dolor pudiera ser procesado de alguna manera que no fuera la descarga inmediata. El adolescente que acababa de perder a su padre, haciendo exactamente lo que el adolescente que acaba de perder a su padre haría si nadie en su entorno hubiera tenido la presencia de ánimo para detenerlo.
Nadie lo detuvo y la declaración salió. Lo que siguió fue la negociación con el cártel de Cali. Victoria Eugenia Enao tuvo que comprometerse en nombre de la familia a no buscar venganza por la muerte de Pablo, que la familia no iba a continuar el proyecto del cártel de Medellín, que Juan Pablo no iba a convertirse en el heredero criminal que la amenaza pública podía sugerir que quería hacer.
Esa negociación que ocurrió mientras el cuerpo de Pablo todavía no había sido enterrado, es también parte de lo que la familia tuvo que hacer para sobrevivir los primeros días. negociar su propia seguridad con los rivales de su esposo y padre muerto. Firmar en esencia una rendición que dijera, “Nosotros no somos el enemigo.
” Y entonces empezaron las embajadas, las 17 que dijeron que no. El proceso fue así de rápido y así de brutal. La muerte del padre, la declaración de rabia del hijo, la negociación con los rivales del cartel y el rechazo sistemático de cualquier país que pudiera haber sido un destino seguro. España, Alemania, las autoridades que los dejaron en la zona de tránsito del aeropuerto y les dijeron que no podían entrar no una vez, sistemáticamente, el apellido como puerta que se cierra, el apellido como la razón por la que 17 países decidieron que la viuda y los
hijos de Pablo Escobar eran un problema que preferían no tener. Mozambique como el único país que dijo que sí, aunque temporalmente, el sureste de África como el único territorio disponible para la familia del hombre más buscado de Colombia, mientras buscaban una solución más permanente y Argentina como la solución, como el país que a través del fiscal Gustavo de Grave les abrió la puerta, como el lugar donde los marroquín santos pudieron llegar en diciembre de 1994 y empezar lentamente a construir algo. No todo lo
que querían construir salió como esperaban. El contador que los estafó. El arresto de noviembre de 1999. Las investigaciones de lavado de dinero que tardaron tiempo en resolverse en su favor, pero construyeron. Sebastián se graduó de arquitecto. Victoria escribió su libro. Manuela eligió su silencio y el nieto de Pablo Escobar creció en Buenos Aires sin el apellido que su abuelo usó para destruir y para construir simultáneamente.
Ese nieto, cuya historia apenas empieza, lleva el apellido marroquín. El apellido que su padre tomó de una guía telefónica descartando los que pudieran tener vínculo con la mafia. El apellido de una familia que no existía antes de que Juan Pablo Escobar lo eligiera frente a un teléfono en Colombia minutos antes de salir hacia Mozambique.
Y ese apellido nuevo, construido sobre la ausencia del apellido que los habría destruido, es también parte del legado de Pablo Escobar. El capo que construyó el cártel más poderoso de su época, dejó detrás de sí una familia que no puede llevar su nombre. Ese también es el final de la historia del hombre más rico del mundo, que era el más pobre.