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Corinna: la mujer que escondió el secreto más incómodo de la corona española

Corinna: la mujer que escondió el secreto más incómodo de la corona española

Hay secretos que los poderosos enterrarían en el fondo del mar si pudieran. Pero a veces esos secretos tienen nombre, apellido y cara. Y a veces ese secreto decide hablar. Bienvenidos a este relato donde la historia real supera a cualquier ficción. Antes de comenzar, les pedimos que escriban en los comentarios el nombre de una mujer que, en su opinión, cambió el curso de la historia sin que el mundo lo supiera del todo.

 Sus respuestas nos van a sorprender. El año es 2004. Europa vive una época de relativa calma política. Los titulares hablan de economía, de ampliaciones de la Unión Europea, de guerras lejanas. Pero en los pasillos más reservados del poder español, en los círculos donde las palabras se pesan antes de pronunciarse, algo ha comenzado a moverse de forma silenciosa, casi imperceptible.

Una mujer ha entrado en la vida del hombre más vigilado de España y nadie, absolutamente nadie, sospecha todavía lo que eso va a significar para la monarquía más antigua de Europa occidental. Su nombre es Corina Susin Witgenstein, un nombre que suena a nobleza centra europea, a salones dorados, a apellidos que llevan siglos tallados en escudos de armas y en cierta forma esa imagen no es del todo falsa.

Corina nació en Dinamarca en 1964, hija de padre danés y madre alemana, criada entre varios países, educada en el cosmopolitismo que da crecer sin raíces fijas en un solo suelo. Desde joven habló varios idiomas con fluidez. Aprendió a moverse con soltura en ambientes de alta sociedad. entendió que el mundo de los privilegiados tiene sus propias reglas, sus propios códigos y que quien quiera moverse en él debe aprenderlos o quedarse fuera.

 A lo largo de los años 90 y los primeros 2000, Corina construyó una carrera como consultora de negocios especializada en conectar grandes fortunas con oportunidades de inversión en mercados internacionales. No era una figura pública, no salían las portadas de las revistas del corazón. No era la clase de mujer que busca los focos.

 Era más bien la clase de mujer que prefiere trabajar en la penumbra discreta de los despachos privados, donde las decisiones reales se toman lejos de las cámaras. Y esa discreción, precisamente esa capacidad de existir sin dejar rastro visible, fue lo que la hizo tan valiosa y también con el tiempo tan peligrosa para quienes la conocían demasiado bien.

Cuando Corina y el rey Juan Carlos Io de España se conocieron, él tenía 66 años y ella 39. Él era el monarca que había pilotado la transición española de la dictadura a la democracia. El hombre que en febrero de 1981 había salido en televisión para frenar un golpe de estado, el símbolo viviente de una España nueva.

Ella era una mujer inteligente, atractiva, políglota, con una red de contactos que se extendía desde los emiratos del Golfo Pérsico hasta las casas de inversión de la City Londinense. Los dos se movían en el mismo universo de casas privadas, yates, safaris africanos y cenas donde los comensales eran ministros, jeques y presidentes.

Lo que comenzó como una amistad dentro de ese universo fue convirtiéndose con una lentitud que hace aún más inevitable su peso posterior en algo mucho más íntimo. Y con esa intimidad llegó algo que ninguno de los dos quizás calculó del todo. Llegó la confianza. Y la confianza entre los poderosos es siempre el arma más afilada y la más difícil de controlar.

 La confianza entre dos personas que se mueven en las alturas del poder no se construye de la misma manera que entre la gente corriente. No hay confesiones espontáneas en una cocina a medianoche. No hay cartas escritas a mano con tinta azul. La confianza entre los poderosos se construye en silencio, en los espacios entre las palabras, en los gestos que no se hacen delante de nadie.

Se construyen los aviones privados que vuelan sin itinerario oficial, en las cenas que no aparecen en ninguna agenda, en las llamadas telefónicas que nadie registra porque nadie sabe que se producen. Y así fue como Juan Carlos I y Corina Susin Witgenstein fueron tejiendo hilo a hilo una relación que pronto superó los límites de lo que cualquiera de los dos podría haber definido con precisión.

No era solo una aventura, no era solo una amistad, era algo más complejo, más cardado, más lleno de aristas que con el tiempo se volverían cortantes. Era una alianza entre dos personas que se necesitaban mutuamente, de formas distintas, pero igual de profundas. Para Juan Carlos, Corina representa una libertad que la institución monárquica le había ido negando con los años.

La corona española es por diseño una jaula de oro. Todo tiene protocolo. Todo tiene protocolo. Todo tiene precedente. Todo tiene el peso de siglos de historia y la mirada permanente de una sociedad que exige que su rey sea ante todo un símbolo, no un ser humano con contradicciones y deseos propios. Corina, en cambio, no le pedía que fuera un símbolo, le permitía ser un hombre.

 Y eso para alguien que había pasado décadas siendo más imagen que persona, tenía un valor que iba más allá de cualquier cálculo racional. Para Corina, la relación abría puertas que ninguna cantidad de dinero ni de contactos podría haber abierto por sí sola. No se trata de reducir su historia a la frialdad de un intercambio, porque eso sería injusto y además incompleto.

 Pero sería igualmente ingenuo ignorar que moverse en la órbita del Rey de España, aunque fuera de forma invisible, colocaba a Corina en una posición única en el mundo de los negocios y la influencia internacional. Los nombres se abren cuando detrás hay otro nombre suficientemente grande y no había en España en aquellos años ningún nombre más grande que el del rey.

 Lo que ninguno de los dos vio con claridad entonces era que esa misma proximidad, ese mismo peso que la relación tenía para ambos era también la semilla de todo lo que vendría después. Porque cuando dos personas saben demasiado el uno del otro, cuando los secretos compartidos se acumulan durante años, cuando las conversaciones íntimas tocan territorios que ninguno de los dos debería haber cruzado, la relación deja de ser solo una relación, se convierte en una carga y las cargas con el tiempo o se sueltan o terminan aplastando a

quien las lleva. Durante varios años, sin embargo, nada de eso era visible desde fuera. Juan Carlos seguía siendo el rey querido, el padre de la democracia española, el monarca que aparecía en las ceremonias oficiales con la reina Sofía a su lado, cumpliendo el papel que la historia le había asignado. Corina seguía siendo una consultora discreta, una figura periférica en los círculos de la élite europea, sin nombre conocido para el público general.

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