CARLOS ZÁRATE: LA ASQUEROSA VERDAD del HOMBRE con 66 NOCAUTS que MÉXICO ABANDONÓ
66 knockouts en 69 peleas. Detengámonos ahí un momento porque ese número necesita tiempo para que el cerebro lo procese. 66 peleas donde Carlos Sarate metió un golpe que mandó al otro hombre al piso y el árbitro contó hasta 10 y el otro hombre no pudo levantarse a tiempo. 66 veces en 69 intentos.
Ese porcentaje de finalizaciones es uno de los más altos que el boxeo profesional. ha producido en toda su historia, no en el boxeo mexicano, en el boxeo mundial. Y usted que me está viendo probablemente no conoce el nombre de Carlos Zárate con la misma inmediatez con que conoce el de Julio César Chávez o el de Barrera o el de Morales.
Puede que lo haya escuchado, puede que sepa vagamente que fue campeón del mundo, pero las 66 palabras que acompañan su nombre en los libros de historia del boxeo, esas 66 no tienen en la memoria colectiva de México el lugar que merecen. Eso es lo que vamos a contar hoy. ¿Quién fue Carlos Sarate? Lo que hizo y lo que México hizo con él después.
Porque hay algo en la historia de Sarate que el boxeo mexicano prefiere no hablar demasiado. Algo sobre cómo el sistema trata a sus campeones cuando ya no son útiles y algo sobre la manera en que el olvido llega para los que se fueron demasiado pronto del lugar donde todo el mundo los conocía. Carlos Sara Tecerna nació el 23 de mayo de 1951 en Tepito, Ciudad de México.
El mismo Tepito que le dio a Marco Antonio Barrera décadas después. El barrio que ya contamos en este canal, que tiene su propio código y sus propias reglas y su manera de producir hombres que saben desde chicos que el espacio hay que ganárselo. Tepito en los años 50 era más pobre de lo que es ahora, que ya es decir algo.
un barrio que el resto de la ciudad miraba con distancia, donde las familias numerosas vivían apretadas en vecindades que tenían las paredes delgadas y los pasillos oscuros y ese olor específico de los lugares donde mucha gente vive muy junta. Sarate creció en ese ambiente con varios hermanos, con la escasez que en esos barrios era constante y que uno aprende a normalizar porque no hay otra manera de vivir con ella.
y con el gimnasio de boxeo que quedaba a pocas cuadras de la casa y que para los chicos de Tepito representaba lo que siempre ha representado el boxeo en los barrios pobres de México. Una salida, no la única salida, pero una real, una donde el esfuerzo se traduce en resultado de maneras que en la economía formal raramente pasan con tanta claridad.
Sarate llegó al gimnasio siendo adolescente y lo que encontró ahí, lo que el boxeo le reveló sobre sí mismo en las primeras semanas de trabajo, fue algo que cambió su relación con el futuro de manera inmediata. pegaba diferente. Eso es lo primero que los entrenadores dicen de un peleador cuando tienen entre manos algo especial que pega diferente, que los golpes que mete tienen una calidad que va más allá de la técnica que se puede enseñar, que hay algo en la manera en que el cuerpo se alinea, en cómo el peso se transfiere
desde los pies hasta el puño en el momento del impacto, que produce un daño que los golpes de la mayoría de los peleadores no producen, aunque estén mejor ejecutados. Técnicamente Zara tenía eso. Sus primeros sparrings lo sintieron antes de que él mismo supiera bien cómo explicarlo. Cuando Zara te conectaba, el otro hombre lo sentía diferente, no más fuerte necesariamente, porque la fuerza bruta no es lo mismo que la potencia real en el boxeo, sino con una calidad de impacto que hacía que el golpe llegara a lugares que los
golpes normales no llegaban. Los entrenadores que trabajaron con él en esos primeros años decían que tenía la mejor derecha que habían visto en el peso gallo en décadas. Una derecha que salía de una postura que en términos técnicos no era la más ortodoxa, pero que producía un resultado que ningún análisis técnico podía desestimar, que cuando llegaba la pelea tendía a terminar.
Debutó profesionalmente en 1970, 19 años y en los siguientes 9 años construyó el récord que lo hizo lo que fue. Las primeras peleas fueron contra rivales locales. Los nombres que aparecen en los libros de la época son nombres que hoy no le dicen nada a nadie, que forman parte de ese universo de boxeadores profesionales que pelearon y perdieron y siguieron sus vidas sin que el deporte les diera más que unos pesos y la experiencia de haber estado ahí.
Contra esos rivales, Sarate fue estableciendo el patrón que iba a definir toda su carrera. La derecha, el knockout, el árbitro contando, el otro hombre en el piso. Para 1974, 4 años después de su debut, Zarate tenía un récord de 34 victorias, cero derrotas y 32 knockouts, 32 de 34. El porcentaje ya era astronómico y seguiría siéndolo.
La selección mundial del CMB en el peso gallo empezó a prestarle atención. El peso gallo, que es la categoría de 118 libras, tenía en esa época varios peleadores de primer nivel, compitiendo por la misma posición en el ranking mundial. México producía boxeadores de gallo de manera consistente, porque el físico del mexicano promedio encaja bien con esas categorías bajas donde la velocidad y la resistencia importan tanto como la potencia.
Sarate avanzó en ese ranking con la misma metodología con que había avanzado desde su debut, ganando por knockout, una pelea después de otra. El título mundial llegó el 8 de mayo de 1976 en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México, Zárate contra Rodolfo Martínez, el campeón gallo del CMB, también mexicano. Una pelea entre dos hombres del mismo país por el cinturón más importante de la división.
Sarate ganó por knockout en el noveno round. Tenía 24 años. Era el nuevo campeón mundial gallo del Consejo Mundial de Boxeo. Y el Palacio de los Deportes, lleno de mexicanos que habían ido a ver a uno de los suyos ganar el título, rugió de la manera en que ruge México cuando un campeón se corona en casa. Lo que vino después fue la defensa del cinturón durante los siguientes 3 años.
nueve defensas del título, nueve victorias, siete por knockout. Esos 3 años, desde 1976 hasta 1979, fueron los años de Sárate en el boxeo mundial, el periodo donde era el mejor gallo del planeta de manera indiscutible, donde los rivales que la WBC le ponía enfrente llegaban con la reputación de sus países y salían con el daño que producía la derecha de un hombre de Tepito que había aprendido a pelear en un gimnasio a unas cuadras de su casa.
Los rivales vinieron de Japón, de Corea, de Puerto Rico, de Panamá. El boxeo mundial del peso Gallo en los años 70 tenía jugadores de varios países que competían al más alto nivel y que cuando llegaban a pelear con Sarate descubrían que el campeón mexicano tenía algo que sus análisis previos no habían capturado del todo.
Siete de esos nueve rivales en las defensas del título terminaron en el piso. Sarate en esa época era probablemente el nocauteador por excelencia del boxeo mundial en cualquier categoría. Los analistas de la época lo comparaban con los grandes pegadores de la historia del deporte, con el tipo de impacto que produce sonidos en el ringside cuando el golpe conecta, esos sonidos que los que están en las primeras filas reconocen inmediatamente como algo diferente a lo que escuchan en el resto de las peleas. México lo amaba.
La gente de Tepito lo amaba. El barrio que lo había visto crecer tenía en él su campeón del mundo y lo paseaba como tal con el orgullo específico de los barrios pobres cuando uno de los suyos llega a lo más alto. Y entonces llegó junio de 1979 y llegó Lupe Pintor. Si usted vio el video que publicamos de Lupe Pintor hace unas semanas, ya sabe esta historia desde el otro lado.
Ya sabe cómo Pintor preparó esa pelea. Cómo Ramón Félix identificó la grieta en la guardia de Sarate, como pintor aguantó lo que Zarate le tiró en los primeros rounds y fue construyendo su propio camino hacia la victoria. Desde el lado de Zarate, esa pelea tiene otra dimensión. Era la undécima defensa del campeonato.
Sarate llegaba a ella con la aura de invencibilidad que dan 3 años siendo el mejor del mundo y noqueando a todos. El mundo del boxeo esperaba que pasara lo mismo que había pasado en las 10 peleas anteriores, que la derecha de Sarate hiciera su trabajo, que el árbitro contara, que el otro hombre no se levantara. Pintor era bueno.
Los que analizaban el boxeo mexicano en ese momento lo sabían. Pero bueno, en el contexto del peso gallo nacional no significaba necesariamente que pudiera con el mejor del mundo en esa categoría. La pelea duró 14 rounds. La decisión fue para Pintor. Primera derrota profesional de Carlos Sarate después de 69 peleas.
Después de 3 años siendo campeón del mundo, la derrota ante Pintor hizo algo en la percepción de Zárate que las derrotas de los campeones siempre hacen y que el boxeo raramente sabe manejar bien. Puso en cuestión todo lo anterior. El cerebro humano tiene una tendencia a reinterpretar el pasado a la luz del presente.
Y cuando el invencible pierde, la primera reacción de mucha gente es preguntarse si siempre fue tan invencible o si los rivales anteriores simplemente no eran tan buenos. La respuesta, en el caso de Sarate es que los rivales anteriores eran legítimos y que él los había derrotado de manera legítima, que la derrota ante Pintor no invalidaba lo que había construido.
Pero la percepción popular raramente hace esas distinciones con cuidado. Lo que siguió para Zárate después de la derrota ante Pintor es la parte de la historia que México no cuenta bien y la parte que hay que contar para que la historia sea completa. Tarate tenía 28 años cuando perdió el título, una edad donde en el boxeo uno todavía puede tener varios años de carrera por delante, especialmente en las categorías bajas, donde el desgaste físico es diferente al de las categorías pesadas.
El boxeador de 28 años en el peso gallo, con el historial que tenía Sarate, podía todavía ganar peleas importantes, podía intentar recuperar el título, podía seguir siendo relevante en la conversación del boxeo mundial. Lo que México hizo con Zárate después de esa derrota fue una versión del mismo patrón que vemos una y otra vez en estas historias.
La prensa lo trató con la condescendencia que reserva para los campeones que perdieron. El sistema del boxeo mexicano siguió buscando la siguiente estrella en lugar de construir la carrera del que ya había demostrado lo que era capaz. Y los promotores, que habían cobrado bien durante los años del reinado, fueron encontrando otras prioridades, cuando el nombre de Sarate ya no garantizaba el mismo nivel de convocatoria de público.
Sarate siguió peleando, tuvo revancha con Pintor en 1980, perdió de nuevo, esta vez por knockout en el cuarto round. Esa segunda derrota fue más difícil de procesar que la primera porque la primera podía atribuirse a una noche mala. a un rival que encontró el plan correcto, a circunstancias que podían cambiar.
La segunda derrota confirmó que Pintor era mejor que él en ese momento y que la era de Sárate como el mejor del mundo en esa categoría había terminado. Siguió peleando después de las dos derrotas ante Pintor en peleas que ya no eran por el título mundial, sino por mantenerse relevante en el circuito. Tuvo victorias, tuvo algunas derrotas y fue siendo año a año lo que se convierte en los grandes cuando la cumbre ya pasó.
Un nombre que evoca el pasado más que el presente. Hay algo que quiero contarles sobre lo que pasó con Sarate después de que su carrera terminó, que dice todo, sobre cómo México trata a sus campeones cuando ya no son útiles. Los años siguientes al retiro de Sarate fueron difíciles de maneras que sus amigos y conocidos de esa época mencionan cuando se les pregunta.
Los problemas económicos que llegan cuando los contratos grandes se terminan y el estilo de vida que se construyó durante los años de gloria ya no tiene el mismo sustento. Las dificultades para encontrar un lugar en el mundo del boxeo que no fuera como exboxeador dependiente de la nostalgia de los demás. Tepito no suelta a sus hijos de la misma manera en que no lo suelta cuando se van.
Sarate volvió al barrio y el barrio que había celebrado sus victorias con la intensidad que celebra ese barrio las cosas importantes, lo recibió con la normalidad con que recibe a los que vuelven. Ya no era el campeón del mundo, era Carlitos de Tepito otra vez, el que había llegado a lo más alto y que había vuelto.
Ese regreso al origen tiene su dignidad, pero también tiene la dureza específica de los que saben lo que fueron y tienen que encontrar la manera de seguir siendo alguien después de que lo que fueron ya pasó. Los que lo vieron en esos años dicen que Sarate mantuvo algo que los años de gloria habían construido y que las dificultades posteriores no borraron del todo.
Una presencia, una manera de estar en el espacio que venía de haber sido el mejor del mundo durante 3 años. Eso no desaparece, aunque el dinero y los contratos se vayan. Pero la historia pública de Sarat en México después del boxeo fue la historia de un hombre que el sistema había consumido y dejado ir. que había ganado lo que había ganado para el boxeo mexicano y que cuando ya no podía ganar más, el boxeo mexicano siguió adelante sin mirar demasiado para atrás.
Eso es la parte asquerosa de esta historia. 66 knockouts, 3 años de campeón mundial, nueve defensas del título y después del olvido gradual que el sistema aplica con la eficiencia de quien ha practicado ese olvido muchas veces, Sara te merece más que ese olvido. Su récord merece estar en la conversación cuando se habla de los grandes boxeadores que México ha producido.
Su nombre merece pronunciarse con la misma naturalidad con que se pronuncian los de Chávez y Barrera y Morales. Y sin embargo, cuando usted le pregunta a un aficionado al boxeo mexicano de 50 años que nombre al mejor pegador que México ha producido, la respuesta más frecuente tiene otros nombres, buenos nombres, legítimos, pero Zárate raramente aparece primero, aunque sus números sean mejores.
es el olvido del sistema, el que no necesita deliberación ni conspiración, solo el paso del tiempo y la falta de alguien que cuente la historia de manera que la gente la escuche. Bueno, aquí estamos. Carlos Sara Tecerna, Tepito, Ciudad de México, 23 de mayo de 1951. 66 knockouts en 69 peleas. campeón mundial gallo del CMB de 1976 a 1979.
El mejor pegador que el peso gallo mexicano ha producido en la historia moderna del boxeo. Y el hombre al que México dejó ir con la misma indiferencia, con que deja ir a muchos de sus grandes. La semana pasada publicamos el video de Luis el Matador Hernández, otro hombre al que México amó cuando fue el mejor y que el sistema fue soltando cuando dejó de serlo.
Otra historia donde el talento y el abandono van de la mano. Se lo dejo en la pantalla. Antes de que se vaya, quiero contarle más sobre lo que fue Zárate dentro del ring, porque la historia que conté es la historia del campeón y del olvido, pero hay una historia técnica de cómo peleaba Zárate, que merece su propio espacio.
El peso gallo, 118 libras, es una de las categorías donde México ha producido históricamente sus mejores boxeadores. El cuerpo del boxeador mexicano promedio, con la estatura y la constitución que tiene, encaja bien en esas categorías bajas donde no hace falta el tamaño que tienen los pesos medios y pesados. Y en esas categorías bajas, la velocidad y la resistencia y la técnica importan tanto o más que la potencia bruta.
Sarate rompía ese esquema de una manera que los analistas del boxeo de los años 70 discutían con entusiasmo. Era un gallo con potencia de una categoría superior. Sus golpes llegaban con un daño que en la categoría de 118 libras se suponía que no era posible con la frecuencia con que él lo producía.
Y sin embargo, ahí estaban los 66 knockouts para desmentir cualquier teoría que dijera que era imposible. La mecánica de la pegada de Sarate era algo que los entrenadores de la época analizaban porque querían entender cómo reproducirla y lo que encontraban era que había elementos técnicos precisos que contribuían al resultado, pero que también había algo que no cabía del todo en el análisis técnico.
Los elementos técnicos eran estos. Sarate tenía una rotación de caderas en el momento del impacto que era más pronunciada que la de la mayoría de los peleadores de su tamaño. Esa rotación transfería más peso del cuerpo al puño en el momento preciso del contacto y tenía también una sincronización entre el movimiento del cuerpo y el movimiento del brazo, que hacía que el golpe llegara en el punto de máxima aceleración en lugar de antes o después de ese punto.
Todo eso se puede describir técnicamente, pero hay algo más que los entrenadores que trabajaron con él mencionan cuando se les pregunta que Sarate tenía un sentido innato del momento, del instante exacto donde el rival estaba en la posición que hacía que el golpe tuviera el máximo efecto que podía ver ese momento antes de que ocurriera y estar listo para aprovecharlo cuando llegara.
Ese sentido del momento es lo que en el boxeo se llama timing y es la habilidad más difícil de enseñar porque en gran medida no se aprende, se tiene o no se tiene. Y Zarate la tenía de una manera que muy pocos boxeadores en la historia de su categoría han tenido. La combinación de la potencia mecánica y el timing produjo esos 66 knockouts.
Cada uno fue el resultado de una convergencia de factores donde el golpe correcto llegó en el momento correcto con la mecánica correcta 66 veces en 69 peleas. Hay una pelea específica en la carrera de Zárate que merece más tiempo que el que generalmente recibe y que ilustra mejor que ninguna otra, lo que fue cuando fue lo mejor de sí mismo.
El 5 de noviembre de 1977, en el Ingelwood Forum de Los Ángeles, Zarate defendió el título contra Alfonso Zamora, también mexicano y también campeón mundial en otra organización. una pelea entre los dos mejores gallos del mundo en ese momento. Zamora era bueno, muy bueno, también pegador, también temido en su división, también con un porcentaje de knockouts que hacía que los rivales llegaran a sus peleas con precaución.
Era el tipo de pelea que en el papel podía ir para cualquiera de los dos lados. Sarate lo noqueó en el cuarto round. Los que vieron esa pelea en directo la describen como la demostración más clara de lo que era Zárate en su mejor momento. La precisión con que encontró el ángulo, la velocidad con que ejecutó la combinación y el resultado.
Zamora en el piso sin poder levantarse antes de que el árbitro terminara el conteo. Esa pelea contra Zamora le valió a Zárate el reconocimiento internacional que hasta ese momento había tenido principalmente en México. Los medios americanos cubrieron el resultado con el interés que dedican a los peleadores que hacen algo que no esperaban ver.
Y los análisis que siguieron fueron los análisis que el boxeo produce cuando un peleador hace algo extraordinario. Intentos de explicar cómo fue posible que pasara lo que pasó. La explicación, como siempre cuando se trata de los grandes, era más simple que los análisis. Zarate era mejor que Zamora esa noche y la manera en que era mejor se expresó en cuatro rounds que terminaron con el hombre al que todos respetaban en el piso.
Después de Zamora vinieron otras defensas del título, otras victorias, otros knockouts y el mundo del boxeo fue aceptando de manera gradual lo que los aficionados mexicanos ya sabían, que Carlos Zárate era el mejor gallo del planeta. Ese reconocimiento tardó en llegar de la manera en que siempre tarda en llegar el reconocimiento a los boxeadores que pelean en las categorías bajas.
Los pesos gallo y pluma y superpluma no reciben la misma cobertura mediática que los pesos medios y pesados. Los grandes medios americanos dedican sus mejores páginas y sus mejores horarios a los pesos pesados que tienen el tamaño y el impacto visual que vende más publicidad. Un gallo de 118 libras que noquea con una frecuencia sin precedente en su categoría tiene que trabajar más para ser reconocido de manera proporcional a lo que hace que un peso medio que hace la mitad de lo mismo.
Zarate trabajó ese doble turno durante 3 años y aún así, cuando llegó la derrota ante Pintor, la percepción pública no tardó en reacomodarse de la manera en que reacomoda estas cosas. El campeón invencible se volvió el excampeón que había perdido. Eso también es asqueroso, que 3 años de ser el mejor del mundo se deshagan en la percepción pública con una sola derrota.
que el balance de 69 peleas con 66 knockouts y una sola derrota en 14 rounds se lea como un relato de decadencia, en lugar de cómo lo que es, el récord de uno de los mejores nouteadores que el boxeo haya producido en cualquier categoría. Quiero hablarle también de algo que tiene que ver con el dinero que Zarate ganó y lo que quedó de ese dinero.
Los contratos de Sarate en los años de su reinado no eran los contratos de los grandes pesos pesados americanos. [resoplido] El boxeo de las categorías bajas en los años 70 pagaba bien en términos del boxeo mexicano de esa época, pero no bien en términos absolutos comparado con lo que el boxeo americano pagaba a sus estrellas en las categorías más mediáticas.
Los promotores que organizaban las peleas de Sárate cobraban sus porcentajes, la televisión que transmitía las peleas cobraba sus derechos y el campeón recibía lo que le tocaba según los contratos que había firmado, que en muchos casos eran contratos donde la posición negociadora del boxeador era débil frente a la de los que tenían el acceso a los recintos y a la televisión.
Sarate, como muchos campeones mexicanos de esa época, no tuvo la asesoría financiera que habría permitido que el dinero de los años del campeonato construyera algo sólido para el futuro. Gastó bien durante esos años. Vivió con la amplitud que permite el dinero cuando llega y cuando el dinero dejó de llegar al mismo nivel, lo que había quedado no era suficiente para lo que venía.
Eso se repite en estas historias con una consistencia que ya debería habernos enseñado algo. Chávez, Hernández, Zárate, el patrón es el mismo. El sistema usa el talento, paga durante los años de utilidad y no construye los mecanismos que permiten que el talento construya algo que dure. La diferencia entre Sarate y los nombres más recordados del boxeo mexicano tiene varias explicaciones.
El timing histórico es una de ellas. Los años 70 no tenían la infraestructura mediática que los años 90 y 2000 construyeron para preservar la memoria de los campeones. Las peleas de Saráate no están tan fácilmente disponibles en YouTube como las de Chávez o las de Barrera. El acceso a esas imágenes, que es lo que hace que las generaciones jóvenes conozcan a los campeones del pasado, es más limitado para Sarate que para los que vinieron después.
Pero hay más que el timing. Hay también la falta de alguien que haya contado su historia de manera que llegara a las nuevas generaciones. Los grandes boxeadores mexicanos que siguen siendo conocidos décadas después de su retiro son conocidos en parte porque sus historias se siguen contando. Chávez tiene documentales, tiene el capítulo constante en los análisis del boxeo mexicano, tiene la presencia pública que él mismo ha mantenido a lo largo de los años.
Sarate tiene su récord en los libros y fuera de los libros, el silencio que producen las historias que nadie cuenta. Hasta ahora. Déjeme contarle una última cosa sobre Sarate, que cierra el cuadro de quién fue. En los años posteriores a su carrera, Sarate se involucró en el boxeo de la misma manera en que se involucran los exboxeadores que aman el deporte más de lo que el deporte los trató a ellos.
aparecía en gimnasios, trabajaba con jóvenes que empezaban, transmitía lo que sabía sobre cómo pegar, sobre el timing, sobre los aspectos del oficio, que solo se aprenden de alguien que lo vivió desde adentro. Ese trabajo silencioso y mal pagado comparado con lo que merecía es parte del legado de Sarate que tampoco se cuenta.
¿Cuántos boxeadores jóvenes de Tepito y de la Ciudad de México aprendieron algo de un hombre que había noqueado a 66 rivales en el mejor nivel del mundo y que estaba ahí en el gimnasio dispuesto a enseñar? Esos no tienen registro. No están en los libros de boxeo ni en los archivos de los periódicos, pero son reales y son parte de lo que quedó de Carlos Sarate en el mundo del que salió y al que volvió.
Tepito, 66 knockouts, el campeón que México no recuerda como debería recordarlo. Esa es la historia completa de Carlos Sarate. Y el video de Luis el Matador Hernández está en la pantalla. Otra historia de alguien que llegó a lo más alto y que el sistema fue soltando. Se lo dejo ahí. Quiero hablarle con más detalle de la rivalidad con Alfonso Zamora, porque esa historia dentro de la historia dice algo sobre el boxeo mexicano de los años 70 que merece su propio espacio.
Alfonso Zamora era de Tepito también o del barrio cercano, que en esa época de la Ciudad de México las distinciones entre vecindades eran más fluidas. Los dos hombres que se volvieron los mejores gallos del mundo al mismo tiempo vinieron del mismo mundo, del mismo barrio, de la misma pobreza, de la misma manera de aprender que el espacio hay que ganárselo.
Zamora fue campeón mundial también de la W, la otra organización principal. Y en los años donde los dos coexistieron como campeones de sus respectivas organizaciones, había en México una conversación constante sobre cuál de los dos era el mejor. Los de Sarate decían que su hombre, los de Zamora decían que el suyo.
Y la única manera de resolver esa conversación era poniendo a los dos en un ring. La pelea de noviembre de 1977 en Los Ángeles fue esa resolución y Sarate la resolvió en cuatro rounds de la manera más definitiva posible. Pero lo interesante de la rivalidad Zarate Zamora, más allá del resultado de esa noche, es lo que dice sobre el boxeo mexicano de esa época, que producía peleadores de ese calibre en la misma categoría, del mismo barrio al mismo tiempo, que el sistema de los gimnasios de Tepito y de la Ciudad de México estaba produciendo en esos años una
concentración de talento que era excepcional incluso para los estándares históricos del boxeo mexicano. Los entrenadores que trabajaron con los dos dicen que los tenían a ambos en el mismo circuito de peleas desde jóvenes que se conocían, que se habían cruzado en torneos amateurs y en las primeras peleas del circuito profesional, que la rivalidad entre ellos tenía una historia que venía de antes de los títulos mundiales.
Esa historia previa hace que la pelea de 1977 tenga una dimensión adicional. Dos hombres que se conocían desde antes de que fueran campeones, que habían crecido en el mismo mundo, resolviéndose en el Inglewood Forum de Los Ángeles ante el público mexicano que había hecho el viaje desde el barrio. Sarate ganó. Zamora siguió su carrera.
Los dos siguieron siendo mexicanos que el mundo del boxeo tuvo que tomar en serio. Aunque el mundo del boxeo prefiriera darle más atención a los pesos pesados americanos. Hay algo más sobre Zamora que merece decirse en el contexto de la historia de Zarate. La derrota ante Zarate en 1977 fue la primera derrota de Zamora en su carrera.
Y Zamora, a diferencia de Zarate, que perdió con Pintor dos años después, nunca recuperó del todo el nivel que tenía antes de esa derrota. La carrera de Zamora, después de perder con Sarate, tuvo sus propios altibajos y fue siendo más complicada que antes de esa noche en Los Ángeles. Eso dice algo sobre lo que era el golpe de Sarate, que cuando llegaba bien dejaba marcas que iban más allá del resultado de esa noche, que los hombres que lo recibían salían de esas peleas diferentes a como habían entrado.
Zamora fue uno de ellos y hay varios otros en el registro de los 66 knockouts que tuvieron carreras que nunca volvieron a ser iguales después de enfrentar a Sarate. Quiero hablarle ahora de algo sobre el periodo posterior a las dos derrotas ante Pintor, que completa el cuadro de los últimos años de la carrera de Sarate.
Después de perder el título con pintor y de perder la revancha también con pintor, Sarate tuvo que decidir qué hacer. tenía 29 años. El título había ido. Las dos peleas más importantes de los últimos dos años habían terminado en derrota y el mundo del boxeo, que había seguido su carrera con interés durante 3 años de campeonato, estaba mirando hacia otros lados. Sarate siguió peleando.
Tuvo un periodo de 2 años, entre 1980 y 1982, donde siguió activo con resultados mixtos. ganó peleas contra rivales que en sus mejores años no habrían representado un desafío. Perdió alguna contra rivales que en los años del campeonato tampoco habrían sido capaces de superar su guardia.
Ese periodo es el más difícil de ver en el registro de cualquier gran campeón. Las peleas que uno hace cuando ya pasó el pico, pero cuando todavía hay alguien dispuesto a pagar por el nombre. Los años donde el legado se va complicando con resultados que los libros de historia no suelen analizar con cuidado, pero que forman parte del récord, Sarate se retiró finalmente a principios de los años 80 con el récord que tenía, con las victorias que había acumulado y con la derrota ante pintor que en esos años definía la narrativa pública de su carrera más que
las 66 victorias por la vía del knockout que la habían precedido. Inversión de la narrativa, donde una derrota pesa más en la memoria popular que 66 victorias, es la versión más desnuda de lo que el sistema de la percepción pública hace con los campeones cuando caen. Construye el ascenso con admiración y deshace ese ascenso con la misma rapidez cuando llega la derrota inevitable.
Sarate lo vivió de esa manera y después de la carrera siguió viviendo las consecuencias de esa inversión narrativa en la forma de un nombre que valía menos de lo que sus números decían que debía valer. 30 años después de su retiro. Hay aficionados al boxeo mexicano de 40 y tantos años que reconocen su nombre, pero que no pueden decir con detalle qué hizo.
Que saben que fue campeón del mundo, pero que no recuerdan los números, que cuando escuchan 66 knockouts en 69 peleas reaccionan con sorpresa, como si esa información no correspondiera con el lugar que Sara te ocupa en la conversación del boxeo mexicano. La brecha entre lo que hizo y el lugar que ocupa es la medida del abandono que le tocó.
Y la pregunta que esa brecha plantea es la misma que plantea cada historia de este canal. ¿Por qué México recuerda bien a algunos de sus grandes y deja ir a otros? ¿Por qué algunos nombres se conservan con el cuidado que merecen y otros se van difuminando hasta que solo quedan en los libros especializados que muy poca gente lee? La respuesta no es sencilla, tiene que ver con el timing histórico, con la cobertura mediática de cada época, con la capacidad que los propios campeones tienen de mantener una presencia pública que preserve su nombre. Y tiene que ver
también con la disposición del sistema del boxeo mexicano a valorar lo que produce o a dejarlo ir cuando ya no produce. Sarate fue dejado ir. Su nombre merecía más. Sus números dicen que merecía más. Eso es lo que había que decir. Carlos Sara Tecerna, Tepito, 66 knockouts. El boxeador que México abandonó antes de que terminara de entender lo que tenía.
El matador Hernández está en la pantalla. Otro gran olvidado, otra historia de talento extraordinario y sistema insuficiente. Se lo dejo ahí. Déjeme contarle algo sobre las peleas específicas de Sarate contra sus rivales internacionales, que completa el retrato de lo que fue durante los años del campeonato.
Cuando el CMB le daba a Zárate sus retadores obligatorios, venían de los lugares donde el peso gallo era una categoría importante. Japón y Corea del Sur producían gallos técnicos y resistentes con estilos que priorizaban la velocidad y la movilidad. Puerto Rico y Panamá producían gallos con más pegada y más disposición al intercambio.
Y México producía los suyos con la mezcla específica que el boxeo mexicano siempre ha producido. Sarate fue enfrentando a representantes de esos estilos diferentes y encontrando la manera de resolver cada uno. Los japoneses técnicos que intentaban usar la distancia larga para mantenerse fuera del alcance de su derecha, los coreanos resistentes que llegaban con la disposición de aguantar y contraatacar.
Los caribeños que querían el intercambio, creyendo que en el intercambio podían competir. Con todos encontró el momento. Con la mayoría antes del round 12. Hay una tendencia en el análisis del boxeo a simplificar a los grandes nouteadores diciendo que ganaban solo porque pegaban fuerte.
Esa simplificación ignora que en el boxeo de alto nivel, pegar fuerte sin la inteligencia táctica para crear las condiciones donde ese golpe pueda llegar produce muchos rounds frustrantes y pocos knockouts. Sarate creaba las condiciones. Eso es lo que lo separaba de los que simplemente pegaban fuerte, pero que no podían sostener ese porcentaje de finalizaciones contra rivales de primer nivel.
creaba las condiciones con su movimiento, con su manera de cortar el ring, con la manera en que manejaba la distancia para que el rival quedara en el ángulo donde la derecha tenía el camino más despejado. Ese trabajo preparatorio que no aparece en el highlight del knockout, pero que lo hace posible, era la parte del oficio de Zárate, que sus entrenadores valoraban más, la capacidad de pensar mientras peleaba, de construir la situación que necesitaba en lugar de esperar que llegara sola.
Eso es lo que producía los 66 knockouts. La potencia más, la inteligencia más el timing, los tres juntos. Quiero añadir algo sobre el México de los años 70 y la manera en que Sarate encajaba en ese contexto cultural, porque eso también ayuda a entender su historia. Los años 70 en México fueron una época complicada.
El PRI gobernaba sin competencia real. La ciudad de México crecía a una velocidad que sus servicios no podían seguir. Los barrios como Tepito eran el resultado visible de ese crecimiento sin planificación, donde la gente llegaba de los estados y se instalaba en vecindades que no tenían las condiciones básicas que una familia necesita.
En ese contexto, el boxeo era una de las pocas ventanas de movilidad social real para los hombres de esos barrios. No la única, pero una de las que producía resultados concretos y relativamente rápidos para los que tenían el talento necesario. Sarate era el ejemplo más visible de esa posibilidad en los años 70. El chico de Tepito, que había llegado a ser el mejor del mundo en su categoría, que había viajado a Los Ángeles y a otras ciudades a pelear, que había ganado dinero que en su vecindad de origen era inimaginable, que tenía su nombre en los periódicos
deportivos, con el respeto que se da a los que hacen algo de manera extraordinaria. Para los jóvenes de Tepito que lo veían, Sarate era la demostración de que se podía salir, que el barrio no tenía que ser el techo, que con el talento y el trabajo correcto había algo más esperando. Esa función que Sarate cumplió en su comunidad durante los años de su reinado es parte de su legado también, la menos tangible, pero quizás la más duradera.
Los chicos que lo vieron pelear en esa época y que eligieron el gimnasio porque Sarate les demostró que el gimnasio podía llevar a algún lado. Algunos de esos chicos tuvieron sus propias carreras. Ninguno llegó donde Sara te llegó, pero el camino que Sara te mostró fue real y varios lo intentaron porque él lo había abierto primero.
Déjeme contarle también de algo que pasó con la relación entre Sarate y Lupe Pintor después de las dos peleas que definieron el cambio de guardia en el peso gallo mexicano. Los dos hombres que habían estado en dos de las peleas más importantes del boxeo gallo de finales de los 70 siguieron sus vidas de maneras distintas, pero dentro del mismo mundo.
El boxeo mexicano es pequeño de esa manera. Los que fueron protagonistas de sus mejores momentos se siguen cruzando en los gimnasios, en los eventos, en los homenajes que se organizan para preservar la memoria de lo que fue ese deporte en ciertas épocas. Sarate y Pintor aparecieron juntos en eventos de boxeo en diversas ocasiones después de sus carreras.
Las fotografías de esos encuentros muestran a dos hombres que se tratan con el respeto que se tienen, los que se midieron en serio y saben lo que costó. El calor específico de los rivales, que ya no son rivales, porque el tiempo resolvió lo que el ring no podía resolver definitivamente. Pintor ganó las dos peleas. Eso quedó en los libros, pero en los encuentros posteriores no hay en pintor el aire del que se cree con el derecho de recordárselo al otro.
Y en Sárate no hay la amargura del que perdió algo que nunca recuperó. Hay dos viejos conocidos que compartieron el momento más importante de sus carreras y que llevan eso de una manera que el tiempo fue suavizando hasta convertirlo en algo que se parece al orgullo compartido. Los dos ganaron algo de esas peleas, aunque los libros digan que uno ganó y el otro perdió.
Sarate ganó la confirmación de que había sido el mejor de su generación durante 3 años y que la derrota llegó cuando llegó porque Pintor era mejor esa noche y no por otra razón. Y Pintor ganó lo que ganó. que fue el campeonato y el reconocimiento que ya contamos en su video. Esos dos hombres de Tepito y de Cuajimalpa, que construyeron sus carreras en los gimnasios del DF de los años 70 son parte de la misma historia, la historia del boxeo mexicano que en esa década produjo algo que el mundo tenía que mirar, aunque no siempre quisiera. Usted que
llegó hasta acá ya sabe quién fue Carlos Á, ya tiene los números y la historia detrás de los números. el tepito de los años 50 que lo produjo, los 66 knockouts que acumuló, el campeonato que tuvo y defendió nueve veces, la derrota ante pintor que el sistema convirtió en el punto final de una narrativa que merecía contarse diferente y el olvido que vino después, el olvido que tiene más que ver con lo que México hace con sus campeones cuando ya no son útiles que con lo que esos campeones merecen. Carlos Sarate
merece mejor. El matador Hernández está en la pantalla. Se lo dejo ahí. Hay algo más sobre la pelea de Sárate con Pintor que quiero contarle porque la primera vez que la conté en este video la conté principalmente desde el ángulo del resultado y el resultado fue que Pintor ganó.
Pero lo que pasó en los 14 rounds de esa pelea merece más detalle porque fue una de las peleas más duras que el boxeo gallo mexicano produjo en esa década, el 3 de junio de 1979 en Las Vegas. Zarate llegaba con el aura de los tres años de campeonato. Pintor llegaba con la preparación que Ramón Félix había diseñado específicamente para encontrar las grietas en el escudo de Zarate.
Los primeros rounds fueron los de Zarate. El campeón controlando la distancia, buscando el ángulo para la derecha, moviendo a Pintor hacia donde quería tenerlo. Sarate en esos primeros rounds se veía como lo que había sido durante 3 años. El mejor de la categoría haciendo lo que sabía hacer y pintor aguantando, absorbiendo los golpes que llegaban con la resistencia que era su marca y buscando el propio camino hacia la victoria mientras los rounds iban pasando.
El punto de inflexión llegó en los rounds del medio. Pintor empezó a encontrar el patrón que Félix le había mostrado en el campamento. La tendencia de Sarate de exponer levemente la derecha cuando preparaba la combinación, el instante breve pero real donde el ángulo cambiaba y los golpes de pintor podían llegar de manera diferente.
Los últimos cuatro rounds de esa pelea fueron distintos a los primeros. Sarate seguía siendo peligroso. Seguía siendo el hombre que podía terminar la pelea con un solo golpe en cualquier momento. Pero Pintor estaba en el ring de manera más activa, conectando más, haciendo que los jueces tuvieran que decidir entre los dos hombres en lugar de dar automáticamente los rounds al campeón.
La decisión dividida que resultó en victoria para Pintor fue controvertida en el momento. Los que querían a Zárate dijeron que el campeón había ganado. Los que habían visto la pelea con más frialdad decían que el resultado era defendible. La discusión duró semanas. Lo que no se discutió fue que había sido una pelea extraordinaria.
Dos hombres de primer nivel que se habían dado todo lo que tenían durante 14 rounds y que al final uno salió con el cinturón y el otro salió con la confirmación de que había sido el mejor de su época, aunque esa noche no hubiera sido suficiente. Zárate manejó la derrota con la dignidad del que sabe que dio lo que tenía, sin excusas públicas elaboradas, sin acusaciones de robo sostenidas con evidencia, con la aceptación del resultado y la determinación de intentarlo de nuevo.
La revancha un año después, en agosto de 1980, fue el fin de esa historia. Pintor lo noqueó en el cuarto round. No hubo discusión sobre esa decisión. El knockout es el knockout. Sarate había perdido dos veces contra el mismo rival. La era del campeón había terminado y el boxeo mexicano empezó a mirar hacia delante, hacia los próximos nombres, con la misma naturalidad con que siempre mira hacia delante.
Ese avanzar del sistema hacia delante es necesario para que el deporte siga funcionando. Siempre habrá un siguiente campeón, siempre habrá una nueva historia que contar. Y ese movimiento perpetuo hacia delante es también lo que hace que las historias del pasado se queden atrás más rápido de lo que merecen. Sarate se quedó atrás.
Su récord se quedó en los libros y la conversación del boxeo mexicano siguió sin él con la misma indiferencia estructural de siempre. Quiero terminar con algo que sea justo hacia el hombre más allá del campeón. Carlos Zarate no fue solo los 66 knockouts y el campeonato y las defenses del título. Fue también el hombre de Tepito que a los 19 años subió a un ring por primera vez y que en los siguientes 10 años construyó una carrera que ningún análisis posterior puede quitarle.
fue el hombre que en el Palacio de los deportes de la Ciudad de México levantó el cinturón del CMB ante su gente, el que en el Inglywood Forum de Los Ángeles noqueó al mejor rival que podían ponerle en cuatro rounds, el que defendió el título nueve veces contra los mejores que su época tenía para ofrecer.
Y fue también el hombre que después de todo eso volvió a Tepito, que siguió siendo parte del mundo que lo había producido, que transmitió lo que sabía a los que venían después. Ese hombre merece que su nombre se pronuncie con la misma claridad con que se pronuncian los grandes del boxeo mexicano, porque por los números y por lo que hizo, esa claridad le corresponde.
Carlos Sara Tecerna, Tepito, Ciudad de México, 66 knockouts en 69 peleas. campeón mundial gallo del CMB, el hombre que México abandonó antes de entender completamente lo que había tenido. Eso es la historia completa y había que contarla. El matador Hernández está en la pantalla. Se lo dejo ahí.
Suscríbase si todavía no lo ha hecho. La semana que viene, otra historia que tampoco se había contado así. Hay una pregunta que usted probablemente se está haciendo desde que empezó este video y que merece una respuesta directa antes de cerrar. Si Sarate fue tan bueno, si sus números son esos, si fue el mejor de su categoría durante 3 años, ¿por qué no está en el lugar que le corresponde en la memoria del boxeo mexicano? La respuesta tiene varias capas.
La primera es el timing. Sara te peleó en los años 70, una época donde la infraestructura de preservación de la memoria deportiva era completamente diferente a la de hoy. Las peleas de esos años no están disponibles en YouTube con la facilidad con que están disponibles las peleas de los años 90 y 2000. Para que una generación que nació después de 1985 conozca a Zárate, alguien tiene que contárselo.
Y ese alguien raramente aparece en los formatos donde las nuevas generaciones consumen información deportiva. La segunda es la cobertura mediática de la época. El boxeo de las categorías bajas, como ya mencioné, recibía menos atención que el boxeo de las categorías pesadas, incluso cuando los campeones de las categorías bajas hacían cosas extraordinarias.
Sarate fue extraordinario en una categoría que los grandes medios americanos cubrían con menos recursos que los que dedicaban a los pesos medianos y pesados. Eso afectó la amplitud de su reconocimiento en el momento en que ocurría y también la capacidad de ese reconocimiento de sobrevivir en el tiempo.
La tercera es la derrota ante pintor. En el boxeo, las derrotas cambian la narrativa de manera desproporcionada. Una carrera de 69 peleas con 66 knockouts se lee diferente si termina invicto que si termina con dos derrotas ante el mismo rival. Aunque esas derrotas llegaran después de que el mejor periodo ya había pasado y aunque el récord anterior fuera igual de extraordinario en los dos casos, la cuarta, y esta es la más difícil de nombrar, es la falta de un guardián de la memoria.
Los grandes que siguen siendo conocidos décadas después de su retiro tienen personas que cuentan su historia, documentales, libros, periodistas que los mencionan constantemente en el contexto del boxeo mexicano. Chávez tiene todo eso, Barrera tiene mucho de eso, Sárate tiene menos. La historia que contamos hoy es un intento de ser ese guardián por un momento, de poner el nombre de Carlos Sarate en la conversación con la claridad que sus números exigen.
66 knockouts en 69 peleas. Ese número no debería necesitar defensa, debería hablar solo. Y sin embargo, aquí estamos explicando por qué ese número debería importar más de lo que importa en la memoria colectiva del boxeo mexicano. Eso también es parte de la historia asquerosa de lo que el sistema hace con sus campeones, que el número no basta, que sin la estructura que preserve la memoria, el número se queda en los libros que nadie abre.
Sara te merece que su número salga de esos libros y llegue a las conversaciones, a las cantinas donde se discute el boxeo, a los grupos de WhatsApp donde los aficionados de 50 años comparten videos de las peleas antiguas a los análisis que se hacen cuando alguien pregunta cuáles fueron los mejores boxeadores que México produjo en el siglo XX.
En esa lista, con esos números, Carlos Sarate tiene que estar cerca de la cima con los que todo el mundo nombra primero. Eso es lo que merecen los 66 knockouts, la conversación que les corresponde. Y si usted que llegó hasta acá le cuenta a alguien lo que escuchó hoy, si la próxima vez que alguien mencione a los grandes del boxeo mexicano usted dice el nombre de Carlos Sárate con la precisión de quién sabe lo que ese nombre significa, entonces este video hizo lo que tenía que hacer.
El matador Hernández está en la pantalla. Otro gran nombre que merece más espacio del que tiene. Otro mexicano que llegó a lo más alto y que el sistema no supo conservar de la manera que merecía. Se lo dejo ahí. Quiero añadir algo sobre lo que es Tepito en la historia del boxeo mexicano, porque esta historia de Sarate no se puede contar completamente sin dar crédito al barrio que lo produjo.
Tepito ha dado al boxeo mexicano una cantidad desproporcionada de sus grandes nombres, considerando el tamaño del barrio, Zárate, después Barrera y varios otros que tuvieron sus momentos, aunque no llegaran al nivel de campeonato mundial. Esa concentración de talento en un área geográfica relativamente pequeña de la Ciudad de México no es accidente.
tiene que ver con los gimnasios, con la tradición de que los chicos del barrio van al gimnasio como parte natural de crecer en ese barrio, con los entrenadores que llevan décadas en esos gimnasios transmitiendo lo que saben a la siguiente generación con la presión competitiva que produce tener muchos chicos talentosos en el mismo espacio, donde el nivel del sparring es alto porque hay muchos buenos peleando entre sí y tiene que ver también con lo que ya mencioné antes, el boxeo como salida vida real en un barrio donde las
salidas son limitadas, donde el talento y el trabajo en el ring producen resultados concretos de maneras que en la economía formal raramente ocurren con la misma claridad. Sarate fue el primer gran campeón que Tepito dio al boxeo mundial, el que demostró que el camino era real, que se podía llegar hasta el final y Barrera, que llegó dos décadas después, creció en un tepito que tenía el precedente de Sáate como demostración de que eso era posible.
Esa cadena de influencia de Saráate a Barrera y a los que vinieron entre los dos es parte del legado de Carlos Sarate, que raramente se nombra. el hecho de que su camino abrió el camino de otros, que los chicos que lo vieron ganar el título en el Palacio de los Deportes en 1976 llevaron ese recuerdo al gimnasio y pelearon con más convicción porque tenían la prueba de que valía la pena.
Ese legado invisible, el de los que fueron al gimnasio porque Sarate les mostró que podía llevar a algún lado, es tan parte de la historia del boxeo de Tepito como los 66 knockouts que aparecen en los libros. Algo más que quiero decirle sobre Carlos Sarate y sobre por qué esta historia importa más allá del boxeo.
Cuando uno mira el récord de Sarate y después mira el lugar que ocupa en la memoria colectiva del deporte, lo que se ve es la versión deportiva de algo que pasa en todas las industrias y en todos los campos. que la excelencia sin visibilidad tiende a perderse, que los que hicieron cosas extraordinarias sin el aparato mediático que preserve esas cosas para el futuro, quedan en los libros que nadie lee.
Sara te hizo algo extraordinario. 66 knockouts en 69 peleas. No es un récord que se fabrica con marketing o con relaciones públicas. es el resultado de subir a un ring 69 veces y ganar la mayoría por la vía más definitiva que existe en el boxeo. Y sin embargo, el aparato mediático que debería preservar ese récord en la conversación activa del deporte no hizo suficientemente bien su trabajo o lo hizo en su momento y después el tiempo lo fue erosionando sin que nadie se preocupara de mantenerlo vivo.
Este video es un intento de revertir ese proceso en una pequeña medida, de poner el nombre de Zárate en los oídos de personas que quizás no lo habían escuchado con suficiente claridad antes. Si después de ver este video usted busca imágenes de sus peleas, si encuentra los clips de sus knockouts más famosos y los ve con la información que tiene ahora sobre quién era ese hombre y lo que representaba, algo habrá cambiado en la manera en que ese nombre existe en la conversación del boxeo.
Eso es lo que merecen los 66. Carlos Sarate, Tepito, el campeonato, los knockouts, el olvido que no merecía y el video del matador Hernández está en la pantalla. Se lo dejo ahí. Usted que llegó hasta acá lleva ahora en la cabeza un nombre que probablemente tenía antes, pero que ahora tiene una dimensión diferente.
Carlos Sarate ya no es solo el nombre que aparece en el contexto de la historia de Lupe Pintor. tiene su historia propia, sus 66 knockouts, su tepito, su campeonato, sus nueve defensas del título, la pelea contra Zamora en el Inglewood Forum, la derrota ante pintor que el sistema convirtió en la narrativa dominante de una carrera que merecía otra narrativa y el olvido que vino después.
El olvido que no está justificado por sus números, sino por la ausencia del aparato que debería haberlos preservado. Eso es lo asqueroso de esta historia, que el sistema usó a Sarate mientras le era útil y después lo dejó ir sin construir nada que preservara lo que había hecho. que 66 knockouts en el mejor nivel del mundo no fueron suficientes para garantizar que ese nombre viviera en la conversación de la misma manera que los nombres que tuvieron mejor maquinaria detrás.
El boxeo mexicano le debe a Carlos Sarate ese reconocimiento, no el que se da por cortesía, sino el que se da porque los números lo justifican. El reconocimiento que dice, “Este hombre hizo algo extraordinario y lo que hizo merece estar en la conversación activa del deporte, no solo en los libros especializados. Estamos poniéndolo ahí hoy en este vídeo.
Carlos Zara Teserna, Tepito, Ciudad de México, 23 de mayo de 1951. 66 knockouts en 69 peleas. campeón del mundo, el boxeador que México abandonó antes de entender completamente lo que tenía. Suscríbase, active la campana. La semana que viene otra historia de las que no se cuentan así. Y si esta historia le llegó de maneras que no esperaba, si el nombre Carlos Sarate ahora tiene para usted una dimensión que antes no tenía, cuéntemelo en los comentarios.
Esos intercambios son parte de lo que hacemos aquí. Rescatar los nombres que merecen ser rescatados. Poner en su lugar correcto las historias que el sistema fue dejando atrás, contarlas completas con los números y con los hombres detrás de los números y con lo que el sistema hizo con esos hombres cuando ya no les servían. Eso es este canal.
Y Carlos Sarate era la historia que había que contar hoy 66 veces. El árbitro contando, el otro hombre en el piso 66 veces. Déjeme cerrar con algo que es solo para los aficionados al boxeo que llegaron hasta acá y que conocen el deporte de verdad. En la historia del boxeo mundial hay una lista corta de los grandes nouteadores de todos los tiempos.
Los nombres que aparecen en esa lista son los que cualquier experto menciona cuando se habla del daño puro dentro del ring. Ernie Shavers en los pesados. Thomas Herns en los medios, Wilfredo Gómez en los Plumas y en el peso gallo. Los que saben dicen que el más devastador que esa categoría produjo en la segunda mitad del siglo XX fue un mexicano de Tepito que peleó entre 1970 y 1982, Carlos Sarate.
Ese es el lugar que le corresponde la conversación técnica del boxeo mundial, no solo en el boxeo mexicano, en el boxeo mundial. Y si ese lugar no está suficientemente consolidado en la memoria colectiva del deporte, eso es un error de la memoria, no un error del hombre. Carlos Sárate hizo lo que tenía que hacer 66 veces.
El error fue del sistema que lo dejó ir sin hacer lo que tenía que hacer para que esas 66 quedaran donde debían quedar. Eso es lo que había que decir hoy. Y se dijo, hay una imagen final que quiero dejarle, la del Palacio de los Deportes de la Ciudad de México. El 8 de mayo de 1976, Sarate levantando el cinturón del CMB en su ciudad ante su gente después de noquear a Rodolfo Martínez en el noveno round, 24 años, Tepito detrás de él, 3 años de reinado por delante y los 62 knockouts que todavía no habían llegado,
pero que iban a llegar uno por uno con la misma inevitabilidad con que llegaron todos los anteriores. Ese fue Carlos Zárate. Esa imagen es la que merece vivir en la memoria del boxeo mexicano con la claridad que sus números justifican. Guárdela. Es parte de lo que somos los que seguimos este deporte con amor.
El boxeo mexicano produjo a Zarate y después lo olvidó antes de tiempo. Pero lo que Zarate hizo en el ring entre 1970 y 1979 no tiene fecha de vencimiento. 66 knockouts no caducan. El cinturón que ganó en el Palacio de los Deportes sigue siendo el cinturón que ganó y las nueve defensas del título siguen siendo las nueve defensas del título.
Todo eso es permanente, aunque la memoria del sistema no lo sea y este canal existe para que esas permanencias encuentren el lugar que merecen en la conversación de hoy. Carlos Sara encontró el suyo hoy. El matador Hernández está en la pantalla. Se lo dejo ahí. Suscríbase, active la campana. La semana que viene, otra historia de las que el sistema fue dejando atrás y que este canal se encarga de rescatar, porque eso es lo que hacemos aquí, contar las historias completas de los que México amó y después olvidó las que
los libros tienen en sus páginas, pero que la conversación de hoy raramente incluye. que merecen ser contadas así con el nombre completo y los números completos y la verdad completa de lo que el sistema hizo con esos hombres cuando ya no los necesitaba. Carlos Sara te merece estar en esa conversación. Hoy está 66 knockouts.
El hombre que México abandonó. Eso es todo lo que había que decir. Y se dijo, Tepito. 66. Para siempre. El hombre que México abandonó antes de entender lo que tenía. la historia completa, la única manera honesta de contarla.