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BARRERA VS ERIK MORALES. La VERDADERA HISTORIA DETRÁS de la guerra civil de MÉXICO 

BARRERA VS ERIK MORALES. La VERDADERA HISTORIA DETRÁS de la guerra civil de MÉXICO 

Hay rivalidades en el deporte que se explican con los números. Una ganó más veces que la otra, una tiene mejor récord, una llegó más lejos. Los números cuentan la historia y la historia termina ahí. Y hay rivalidades que los números no pueden explicar del todo, que tienen una vida propia que va más allá de quién ganó, qué y cuándo, que se meten en la memoria de la gente de una manera que ningún análisis estadístico puede reproducir, que siguen siendo conversación años después de que las dos personas que las protagonizaron se

retiraron, se hicieron viejos y dejaron de subir al ring. La rivalidad entre Marco Antonio Barrera y Eric Morales es de las segundas. tres peleas, 4 años, dos hombres que se conocían tan bien que hacia el final ya podían adivinar el golpe del otro antes de que saliera y aún así no podían evitarlo.

 Dos ciudades mexicanas con identidades tan distintas que la pelea siempre fue también sobre eso, sobre de dónde viene uno y qué significa de dónde viene uno. y una manera de pelear que en las tres peleas fue tan intensa, tan honesta, tan desprovista de trucos o de gestión de imagen, que los aficionados que las vieron en directo hablan de ellas con la misma emoción que si hubieran pasado la semana pasada.

 Pero antes de entrar a las peleas, hay que entender quiénes eran estos dos hombres. Porque si usted ya vio los videos anteriores de Barrera y el de Chávez que publicamos en las últimas semanas, ya tiene la mitad del contexto. La otra mitad es Morales y Morales merece que lo entendamos bien antes de verlo pelear. Eric Daniel Morales Sánchez nació en Tijuana el 1 de septiembre de 1976.

hijo de José Morales, que había boxeado de aficionado y que desde que Eric era chico lo llevó a los gimnasios de la ciudad con esa naturalidad con que los padres que conocen el boxeo llevan a sus hijos como quien lleva a un niño a aprender un oficio que sabe que va a necesitar. Tijuana en los años 80 era una ciudad que crecía más rápido de lo que sus servicios podían crecer.

 una frontera viva con toda la energía y toda la tensión que implica vivir donde dos países se tocan. La gente que creció ahí tiene algo específico que los que vienen de ciudades del interior no siempre tienen. La costumbre de existir en un espacio donde las reglas del norte y las del sur se mezclan y a veces se contradicen y donde uno aprende desde chico a moverse en esa mezcla sin perderse.

 Morales aprendió eso y lo llevó al ring de una manera que hacía que pelear contra él fuera diferente a pelear contra un peleador del Distrito Federal o de Monterrey. tenía esa solidez fronteriza, esa resistencia que viene de crecer en un lugar donde nada es del todo cómodo y donde la comodidad tampoco era la meta.

 Su padre le enseñó lo básico. Después llegaron los entrenadores de los gimnasios de Tijuana, que vieron en él lo que los buenos entrenadores saben reconocer cuando lo ven. Talento real mezclado con una disposición al trabajo que no siempre viene junto. Morales entrenaba con una seriedad que no es común en los adolescentes.

 Llegaba puntual, se quedaba hasta el final. Cuando el entrenador le decía que algo estaba mal, lo corregía en lugar de defenderlo. Fue profesional a los 16 años. Ganó su primera pelea y en los años siguientes fue construyendo un récord que a los 20 años ya lo tenía como uno de los peleadores más prometedores de México en su categoría.

 El estilo de Morales era difícil de resumir en una sola palabra porque tenía varias dimensiones que a veces parecían contradictorias. Era preciso, pero también poderoso. Era resistente, pero también ofensivo. Podía pelear a distancia larga con el jab y podía pelear cuerpo a cuerpo en los clinches sin perder la ventaja. Los que lo enfrentaban en el sparring decían que la cosa más desconcertante de pelear contra él era que no había un momento claro donde uno pudiera decidir que estaba ganando.

 Siempre había algo que Morales estaba haciendo, que compensaba lo que uno creía que estaba logrando. cualidad, la de no tener un punto débil evidente fue lo que lo llevó al título mundial en 1997 contra Wayne Mcallow y fue lo que lo mantuvo en la cima de su categoría durante los años siguientes. Para el año 2000, cuando se arregló la primera pelea con Barrera, Morales era campeón del CMB en el peso Superpluma y tenía un récord de 35 victorias y cero derrotas.

 era el mejor de su categoría en el mundo, reconocido por todos los que seguían el boxeo con seriedad y estaba en el punto más alto de su carrera hasta ese momento. Barrera, por su lado, venía de dos años complicados. La derrota en Manchester contra Nasem Hamed en 1998 había sido pública y brutal. Ya lo contamos en el video de Barrera de la semana pasada.

 El mundo del boxeo lo había dado por terminado. Los periodistas habían escrito el epitafio y Barrera había respondido yendo al gimnasio, cambiando lo que había que cambiar y construyendo en silencio la versión de sí mismo que iba a necesitar para las peleas que venían. Para febrero del 2000, Barrera tenía el cinturón de la WO en el peso super pluma y un récord de 46 victorias, tres derrotas y un empate.

 Era campeón también, era bueno también, pero en el contexto del momento Morales era visto como el favorito, como el más completo, como el que tenía más argumentos técnicos de su lado. Los promotores Bob Arum y Arti Pelulo armaron la pelea como unificación de cinturones. Dos campeones mexicanos, dos cinturones, Las Vegas, el MGM Grand Garden Arena, la noche del 19 de febrero de 2000.

 Y ahí fue donde empezó algo que el boxeo mexicano no había tenido desde los tiempos de Chávez, una rivalidad que era también una conversación sobre identidad, sobre de dónde viene uno y qué significa eso. La Ciudad de México y Tijuana no son el mismo México. Cualquiera que haya vivido en las dos ciudades lo sabe. El chilango y el tijuanense tienen maneras distintas de estar en el mundo, de hablar, de relacionarse con los extranjeros, de entender lo que significa ser mexicano en un país donde eso puede significar cosas muy diferentes dependiendo de

dónde estés parado. El chilango, el de la capital, viene de la ciudad más grande del mundo hispanohablante, de una ciudad donde la historia tiene cuatro siglos de peso y donde el centro del país, política y culturalmente siempre estuvo. Hay un orgullo específico en ese origen, un sentido de que uno viene del lugar donde las cosas importantes pasan.

El tijuanense viene de la frontera, de una ciudad que el centro del país durante mucho tiempo vio como periferia, como el borde, como el lugar donde México termina o empieza dependiendo de cómo uno lo mire. Y los que crecen en la frontera desarrollan un orgullo propio que viene precisamente de haber sido vistos así.

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