Había crecido a la sombra de sus hermanos mayores Eduardo y Jorge, figuras más carismáticas y más cercanas al poder. Enrique era el tercero, el discreto, el que nunca pareció brillar con luz propia. Y sin embargo, fue él quien dio a William algo que muchos príncipes jamás recibieron. Libertad. No una libertad absoluta, por supuesto, pero sí la suficiente como para que el joven aprendiera a caminar.
sin que nadie le siguiera los pasos de cerca. En 1945, cuando William tenía apenas 3 años, su padre fue designado gobernador general de Australia y la familia se trasladó a Canberra. Aquellos 2 años en el hemisferio sur dejaron una huella indeleble en el carácter del niño. Australia no era una corte, era un país vasto, rugoso, de horizontes infinitos y gente directa.
Fue allí donde William empezó a relacionarse con un mundo que no se detenía hacer reverencias, que hablaba sin rodeos y que medía a las personas por lo que hacían, no por el título que llevaban. Cuando regresaron a Inglaterra en 1947, William tenía 5 años y ya era, en cierta medida, diferente a lo que la familia esperaba que fuera.
El mismo año del regreso, el niño fue elegido para ser paje en uno de los eventos más importantes del siglo para la monarquía británica. Su prima Isabel, apenas 22 años, se casaba con el duque de Edimburgo, Felipe de Grecia y Dinamarca. El pequeño William junto al príncipe Miguel de Kent caminó detrás de la novia entre los murmullos de una nación que necesitaba celebrar algo después de años de guerra y duelo.
Fue su primera aparición oficial y probablemente también su primera intuición de que ser real significaba ante todo ser visto. La infancia formal llegó con la escuela. Primero en Wellesley House, un internado en Kent, luego siguiendo la tradición de la familia en Eton College, la institución que durante siglos había formado a los hombres destinados a gobernar el mundo.
En Eton, William destacó en deportes y mostró una inteligencia aguda, aunque los registros del colegio lo recuerdan sobre todo por sus hazañas en el cricket juvenil y por haber ganado los colores de su casa en fútbol. No era el tipo de alumno que agotaba los libros de madrugada, pero sí el que hacía preguntas incómodas en clase y prefería el debate a la obediencia ciega.
Cuando abandonó Eton en 1960, tenía 18 años y un apetito por el mundo que ningún internado podía satisfacer del todo. El siguiente paso era Cambridge, el Mcdalen College, para ser exactos, donde estudiaría historia. Era un camino predecible para un joven de su posición, pero lo que ocurrió después de Cambridge fue cualquier cosa menos predecible.
En Cambridge, William de Gloster no fue un príncipe entre libros, fue simplemente un estudiante entre estudiantes. Quienes lo conocieron en aquellos años lo describían como alguien cálido, generoso hasta el exceso, leal, de una manera que pocas veces se ve en la vida adulta. tenía la capacidad de hacer sentir a cualquier persona que era la más importante del salón y al mismo tiempo podía ser terco, impulsivo y con una beta de egoísmo que aparecía en momentos inesperados.
era, en definitiva, completamente humano. Se graduó con un título en historia en 1963 y entonces, en lugar de instalarse cómodamente en el circuito de actos oficiales y compromisos reales que le esperaba, hizo algo que desconcertó a más de uno en la familia. cruzó el Atlántico. Se matriculó en Stanford University en California, donde pasó un año estudiando ciencias políticas, historia americana y negocios.
Aquella estancia en los Estados Unidos fue reveladora. El joven príncipe descubrió una cultura que no se rendía ante los títulos nobiliarios, que admiraba el mérito y la iniciativa por encima del linaje y que le ofrecía el anonimato que en Inglaterra nunca tendría. En Stanford aprendió a moverse en un mundo donde nadie sabía ni le importaba que era nieto de un rey y eso, lejos de desalentarlo, lo fascinó.
Al regresar a Gran Bretaña, tomó una decisión que volvió a sorprender a su entorno. En lugar de incorporarse directamente a las funciones reales, aceptó un puesto de trabajo en Lazarts, un banco mercantil de la City de Londres. Quería entender cómo funcionaba el dinero, cómo se movía el mundo real. Era una actitud inusual para alguien de su posición y, sin embargo, completamente coherente con el perfil que había ido construyendo desde la infancia, el de un hombre que prefería aprender desde dentro antes de juzgar
desde arriba. Pero el paso más audaz estaba aún por venir. En 1965, William ingresó en el Commonwealth Office, el Ministerio de Exteriores del Reino Unido para sus territorios y países asociados. Se convirtió así en el segundo miembro de la familia real británica que trabajaba dentro de la función pública o el servicio diplomático, siendo el primero su tío, el príncipe Jorge Duque de Kent, que lo había hecho en los años 20.
Era una rareza, era también una declaración de intenciones. Su primer destino fue Lagos, la capital de Nigeria, donde fue enviado como tercer secretario en la Alta Comisión Británica. Nigeria era entonces un país joven que llevaba apenas 5co años de independencia y que atravesaba tensiones políticas que en breve desencadenarían una de las guerras civiles más devastadoras del África subsahariana.
El príncipe diplomático vivió allí durante tres años aprendiendo los ritmos de una África que no aparecía en los libros de texto de Eton, relacionándose con políticos, comerciantes y ciudadanos de a pie en una de las ciudades más vibrantes del continente. Cuando en 1968 le ofrecieron el siguiente destino, fue Tokio y fue allí en Japón donde su vida daría un giro que el protocolo no había previsto.
Tokio, a finales de los años 60, era una ciudad en permanente reinvención. El milagro económico japonés estaba en plena efervescencia. Las olimpiadas de 1964 habían abierto el país al mundo y la capital nipona era un remolino de modernidad y tradición en el que convivían lo más antiguo y lo más nuevo del siglo.
Para William, que llegó como segundo secretario comercial en la embajada británica, Tokio era exactamente el tipo de escenario que encendía su imaginación. Fue en Japón, donde conoció a Sus Stark. Ella tenía 32 años. Había nacido en Budapest en el seno de una familia judío húngara y había trabajado como modelo y azafata antes de establecerse en Tokio.
Era inteligente, independiente y libre, en una manera que pocas mujeres de la época se permitían serlo. Se habían divorciado de un piloto americano y vivía su vida en el extremo oriente con una energía que a William le resultó desde el primer encuentro absolutamente irresistible. La relación que nació entre ellos no fue un capricho pasajero.
Williams se enamoró con esa intensidad que solo da el saber en algún rincón del alma que aquella persona es diferente a todas las demás. Los que estuvieron cerca de ambos en aquellos años coinciden en que se trataba de algo serio, de algo que en otro hombre, en otra vida, habría desembocado sin más en un matrimonio. Pero William no era otro hombre, era el primo de la reina de Inglaterra.
Y en la Gran Bretaña de finales de los 60, casarse con una mujer extranjera, divorciada, sin título y de origen judío, era una combinación que rozaba lo impensable en los círculos cercanos a la corona. Las reglas no escritas de la monarquía no se habían relajado tanto como para acoger aquel amor sin reservas. La familia real, según quienes conocieron el asunto de cerca, no facilitó las cosas.
Los miembros más conservadores del entorno regio miraban la relación con una mezcla de preocupación y condescendencia. Sin embargo, no todo fue hostilidad. La princesa Margarita, hermana de la reina y mujer que entendía mejor que nadie el precio de amar fuera de los límites que la institución imponía, fue más comprensiva que otros.
Según cuentan los testimonios de la época, le dijo a William que esperara, que tuviera paciencia, que una vez de regreso en Inglaterra todo podría verse de otra manera. Pero el tiempo y la paciencia no siempre son aliados del amor. En agosto de 1970, William y Susy se vieron por última vez en persona.
Él estaba a punto de regresar a Gran Bretaña, obligado por las circunstancias, y la distancia de ya había tensado la relación acabó por romperla de una manera silenciosa y sin escándalo. como suelen romperse las cosas que duelen demasiado para ventilarse en público. La razón del regreso era grave. La salud del príncipe Enrique, su padre, se había deteriorado enormemente tras varios accidentes cerebrovasculares.
El duque de Glausester, que ya no podía realizar sus funciones públicas con normalidad, necesitaba que alguien se hiciera cargo de la administración del patrimonio familiar y de los compromisos reales. William era el hijo mayor. No había discusión posible. presentó su renuncia en el servicio diplomático y volvió a casa.
En el camino de regreso hizo una última escala diplomática que revelaba mucho sobre el hombre que era. Representó a la reina las celebraciones de Tonga con motivo del fin de su condición de estado protegido por el Reino Unido. Era una misión menor en términos protocolarios, pero William la asumió con la misma seriedad con la que había asumido todo lo demás.
No había medias tintas en su carácter. El regreso a Gran Bretaña supuso para William una transformación radical de su cotidiana edad. De pronto, aquel hombre que había vivido entre Lagos y Tokio, que había aprendido a moverse con soltura en la arena diplomática internacional, se encontraba administrando la finca de Barnwell Manor en Northamptonshare y cubriendo los actos públicos que su padre ya no podía atender.
Barnwell era una propiedad enorme y hermosa, con siglos de historia y con los problemas propios de los grandes patrimonios agrícolas ingleses. William tuvo que aprender rápidamente a gestionar tierras, arrendamientos, trabajadores y cuentas. No era lo que había estudiado en Cambridge ni lo que había practicado en el cuerpo diplomático, pero lo abordó con esa mezcla de pragmatismo y entusiasmo que lo definía.
Quienes trabajaban con él en aquellos años lo recuerdan como alguien que preguntaba sinvergüenza cuando no sabía algo, que no imponía su rango a la hora de tomar decisiones y que insistía en entender el porqué de cada cosa antes de autorizar ninguna. Al mismo tiempo, comenzó a multiplicar sus compromisos públicos.
se hizo más activo en San Juan Ambulance, la organización de primeros auxilios más importante de Gran Bretaña, de la que era figura prominente. Asumió la presidencia de diversas organizaciones, entre ellas la Federación Nacional de Esquí, la Sociedad Real Africana y el Consejo de Turismo de las Midlands Orientales. participó en la inauguración de escuelas, presidió ceremonias y representó a la reina en actos que para cualquier otro habrían sido simples formalidades, pero que él intentaba convertir en ocasiones genuinas de contacto con la gente. En el año 1971,
por ejemplo, inauguró el Instituto de Enseñanza Secundaria de Owell, una localidad cercana a Barnwell. Aquel acto aparentemente rutinario quedaría grabado en la memoria colectiva de esa comunidad de una manera que nadie esperaba, porque cuando William murió, menos de un año después, el colegio decidió cambiar su nombre.
Lo llamaron Prince William School y así sigue llamándose hoy. En aquellos dos últimos años de su vida, William también comenzó una nueva relación, esta vez con Nicole Sif, una mujer divorciada de origen francés e italiano, hija de un restaurador de Monteclo, que había estado casada con Jonathan Sif, miembro de una de las familias empresariales más influyentes de Gran Bretaña.
como Yushi antes que ella, una mujer independiente y de mundo. Y como en el caso anterior, la relación no encajaba con facilidad en el molde que la institución monárquica prefería para sus miembros. En una entrevista concedida ese mismo año al Sunday Mirror, William habló con una franqueza poco habitual en un príncipe.
Dijo que si alguna vez se casaba, lo haría con una mujer que fuera la adecuada para él, pero también adecuada a los ojos de los demás miembros de la familia. Era una declaración ambigua, llena de matices, que hablaba tanto de sus deseos como de sus límites. Un hombre que quería amor, pero que no estaba dispuesto a ignorar completamente el peso de lo que era.
Y mientras todo esto ocurría, mientras William navegaba entre sus obligaciones reales, su vida sentimental y la gestión de Barnell, había algo más, algo que pocas personas conocían, algo que los médicos habían detectado en su cuerpo y que conectaba su historia personal con una de las cadenas más oscuras y fascinantes de la historia de la monarquía europea.
En agosto de 1968, justo antes de que William partiera hacia Tokio, su madre pidió que un médico de la Real Fuerza Aérea lo examinara. Era una precaución rutinaria, decían, pero había algo detrás de aquella petición que iba más allá de la rutina. William llevaba casi 3 años sufriendo episodios intermitentes de ittericia desde diciembre de 1965.

También había notado que su piel reaccionaba de manera extraña a la exposición solar, formando ampollas rojizas que tardaban en desaparecer. síntomas vagos quizás, pero que en conjunto apuntaban a algo específico. El médico, un especialista llamado Headley Belringer, llegó a un diagnóstico tentativo después de examinar al príncipe.
El nombre de la enfermedad era Porfiria y ese nombre, en el contexto de la familia real británica, tenía una resonancia que iba mucho más allá de lo meramente médico. La porfiria es una enfermedad metabólica que afecta la producción del grupo emo en la sangre. En algunos de sus variantes provoca síntomas neurológicos, psiquiátricos y dermatológicos que pueden ser devastadores.
Y desde finales de los años 60 la historiografía médica había comenzado a sostener que la porfiria podría ser la explicación de uno de los grandes misterios de la historia moderna, la locura del rey George de Inglaterra. El rey que perdió América, el monarca que en los últimos años de su reinado fue encadenado, sujetado con chalecos de fuerza y sometido a tratamientos brutales porque nadie entendía qué le pasaba.
Podría haber sido víctima de esta misma enfermedad. Y si era hereditaria, si había viajado de generación en generación a través de las ramas del árbol genealógico de la casa real británica. Entonces, William de Gloster era el eslabón más reciente de esa cadena. Los hematólogos del Hospital Adenbrock de Cambridge, que examinaron al príncipe tiempo después, confirmaron el diagnóstico.
Lo mismo hizo un especialista japonés en Tokio. Los especialistas concluyeron que probablemente padecía porfiria variegata, una de las formas hereditarias de la enfermedad que en aquel momento se encontraba en remisión. No era una sentencia de muerte inmediata, pero sí una advertencia de que su cuerpo cargaba con algo antiguo y poderoso, algo que lo conectaba a través de siglos y de sangre con los fantasmas más dolorosos de la historia real británica.
Al propio William, según los testimonios disponibles, el diagnóstico no pareció aterrarlo. Recibió instrucciones médicas, cremas protectoras para el sol y una tarjeta de aviso sobre medicamentos que debía evitar. Lo aceptó con la misma actitud pragmática con la que aceptaba casi todo.
No lo proclamó, no lo convirtió en drama, siguió adelante. Pero la enfermedad añadía otra capa a una vida que ya estaba cargada de capas. Aquel joven brillante y libre que había recorrido medio mundo y que ahora administraba una finca en Northamptonshire y representaba a su prima, la reina en ceremonias de provincia, llevaba en su cuerpo la marca de un rey que había perdido la razón 200 años antes, y nadie en los círculos más íntimos del poder quería hablar de ello en voz alta.
La historia de la porfiria en la monarquía europea era en sí misma un relato de silencios, un secreto médico transmitido durante generaciones, disfrazado de excenticidad, de debilidad de carácter o de castigo divino según la época. El hecho de que ahora tuviera un nombre, de que la ciencia pudiera señalarlo con precisión, no lo hacía menos inquietante.
Al contrario, William era el eslabón más moderno de esa cadena y también sería el último en cargarla. Hay personas que viven como si supieran que el tiempo que les queda es limitado, no porque sean fatalistas ni melancólicas, sino porque tienen una relación con la vida que las empuja a exprimir cada momento, a no posponer nada, a ir siempre hacia delante sin mirar demasiado atrás.
William de Gloster era una de esas personas. Desde muy joven y con una intensidad que fue creciendo conforme pasaban los años, William había sentido una atracción irresistible hacia la aviación. No era una afición casual de fin de semana de esas que se adoptan para llenar el tiempo libre. Era una pasión genuina, casi visceral, que convertía el acto de volar en algo muy cercano a la libertad absoluta, que el resto de su vida, con todas sus obligaciones y restricciones, no podía ofrecerle.
Obtuvo su licencia de piloto y fue acumulando horas de vuelo con la misma determinación con la que había acumulado títulos universitarios y destinos diplomáticos. En el momento de su muerte contaba con más de 700 horas registradas en los mandos. Era, por tanto, un piloto experimentado, no un aficionado que se subía a un avión por placer ocasional, sino alguien que conocía el cielo con la familiaridad de quien lo visita regularmente.
Llegó a poseer varios aviones propios, principalmente modelos Piper, avionetas ligeras americanas conocidas por su manejabilidad y fiabilidad, y se involucró institucionalmente en el mundo de la aviación ligera hasta el punto de convertirse en presidente del British Light Aviation Center, la organización que representaba a los pilotos privados y a los entusiastas del vuelo recreativo en el Reino Unido.
Era en ese mundo una figura respetada, no por su título, sino por su conocimiento y su compromiso. Las carreras aéreas eran otra dimensión de esa pasión. William participaba en competiciones amaters con regularidad, enfrentándose a otros pilotos en recorridos cronometrados que combinaban destreza técnica con capacidad de toma de decisiones bajo presión.
Eran eventos populares en la Gran Bretaña de principios de los 70 que congregaban a miles de espectadores y tenían su propia cultura, sus propios héroes, sus propias leyendas. En agosto de 1972, el Good Year International Air Trophy era una de las carreras más importantes del calendario de aviación ligera en el país.
Se celebraba en Half Pennyre, un pequeño aeródromo situado entre Wolverhampton y Kidm en las Midlands occidentales. El nombre del lugar, que se traduce aproximadamente como el prado del medio penique, no evocaba ningún drama particular, era simplemente un campo de vuelo rodeado de campiña inglesa. William se había inscrito para competir. Le acompañaría como pasajero Byrel Mitchell, un piloto con el que había volado en competiciones anteriores y que era además un amigo.
Los preparativos fueron los habituales. El avión, un piper Cherokee Arrow fue revisado. Los participantes recibieron las instrucciones de la carrera. El día amaneció con una meteorología aceptable y entonces, casi en el último momento, antes de que comenzara todo, algo cambió. La dirección del viento giró. No de manera dramática, no de manera que los instrumentos hubieran gritado una advertencia imposible de ignorar.
sino lo suficiente como para que la organización decidiera cambiar la pista de despegue. El nuevo circuito exigía que tras el despegue los pilotos giraran hacia la izquierda lo antes posible, a muy baja altitud para incorporarse al recorrido previsto. Era una maniobra técnicamente exigente, un viraje a la izquierda con fuerte inclinación lateral en el momento en que el avión acababa de dejar el suelo y aún no había alcanzado la velocidad ni la altitud necesarias para maniobrar con pleno margen de seguridad. William dio gas. El Cherokee
comenzó su carrera por la pista. El avión despegó. Durante un instante todo pareció normal. El Cherokee ganó altura sobre el aeródromo de Half Penny Green, su motor funcionando con normalidad, su estructura respondiendo a los controles como debía. Las 30,000 personas que llenaban los márgenes del campo de vuelo siguieron el despegue con esa mezcla de expectación y distancia que da la seguridad de estar mirando algo que les es ajeno.
Luego comenzó el viraje. William inclinó el avión hacia la izquierda. El ángulo de inclinación fue aumentando, primero con suavidad, luego con una pronunciación que comenzó a salirse de los límites razonables para esa altitud. El problema con los virajes forzados a baja altura es que el avión al inclinarse lateralmente pierde sustentación vertical.
En un giro normal a altitud segura, eso no importa demasiado porque hay margen para corregir. Pero cuando estás a pocos metros del suelo, cada grado de inclinación es un préstamo que el cielo no siempre está dispuesto a conceder. El cheroke siguió descendiendo hacia la izquierda. La distancia entre su ala de babor y el suelo se redujo a metros, luego a centímetros, y entonces el ala tocó un árbol.
No hubo tiempo para reaccionar. El impacto fue instantáneo. El ala se partió. El avión perdió todo control aerodinámico en una fracción de segundo y se volcó estrellándose contra un terraplén de tierra al borde del aeródromo. El depósito de combustible estalló. Las llamas se extendieron con la velocidad que solo tiene el fuego cuando no encuentra resistencia.
30,000 personas lo vieron. Algunos se quedaron paralizados, otros corrieron. Los servicios de emergencia tardaron 2 horas en controlar el incendio, lo que da una idea de la violencia con la que ardió aquel aparato que instantes antes era simplemente un avión en una carrera. William Henry Andrew Freverick, príncipe de Glóster, nieto del rey Jorge V, primo de la reina de Inglaterra, diplomático, administrador, piloto y hombre libre, murió aquel 28 de agosto de 1972.
Tenía 30 años. Su pasajero, Byrel Mitchell, murió también. Las identidades de ambos hubo que confirmarlas al día siguiente en la investigación judicial a través de los registros dentales. De los cuerpos no quedaba nada que pudiera ser reconocido a simple vista. La noticia llegó a Buckingham Palace con la crudeza de los hechos imposibles de suavizar.
La reina ordenó luto familiar inmediato, un gesto que sus asesores describieron como más personal que protocolario, un reconocimiento de que lo ocurrido no era solo una tragedia pública, sino una herida íntima. La familia de Winsor, habituada a procesar el dolor en privado, recibió el golpe con ese silencio que en los palacios a veces se confunde con fortaleza y otras con anestesia.
La madre del príncipe, la princesa Alicia, estaba en las gradas del aeródromo cuando ocurrió el accidente. Había ido a ver volar a su hijo, como lo había hecho otras veces, orgullosa de su pasión, acostumbrada a la tensión dulce de mirar desde tierra a alguien a quien amas volando por encima de ti.
En cuanto a su padre, el duque de Gloster, la princesa Alicia dudó sin decírselo. Su salud era tan frágil, sus capacidades tan disminuidas por los accidentes cerebrovasculares de los años anteriores, que la noticia podía destruirlo. Según su propio testimonio posterior, no se lo dijo directamente, pero el duque vio la televisión y en la televisión aquella tarde el nombre de su hijo se repetía sin descanso junto a la palabra accidente y la palabra muerte.
En los días que siguieron al accidente, la Gran Bretaña procesó la pérdida del príncipe con esa mezcla de conmoción y melancolía que provoca la muerte de alguien joven, brillante y conocido. Los periódicos publicaron retratos, recordatorios y perfiles que intentaban capturar en pocas columnas la complejidad de un hombre que no cabía fácilmente en ninguna categoría.
No era el heredero, no era el protagonista. era en el lenguaje de los tabloides de la época el primo, el sobrino, el noveno en la línea de sucesión. Pero quienes lo conocían de verdad sabían que esa descripción no alcanzaba a explicar quién había sido. Los amigos, los colegas del servicio diplomático, los colaboradores de las organizaciones benéficas que había presidido, los trabajadores de Barnwell Manor, todos describían a un hombre de una generosidad y una lealtad excepcionales.

Alguien que recordaba los nombres de las personas, que preguntaba por sus familias. que devolvía las llamadas, aunque no tuviera obligación de hacerlo. El funeral se celebró en privado, como correspondía a las costumbres de la familia real. William fue enterrado en el real cementerio de Frogmore, en los jardines privados de Winsor, el mismo lugar donde descansan otros miembros de la familia real que la historia ha ido retirando del primer plano.
Es un lugar bello y silencioso, apartado del ruido del mundo entre árboles centenarios y el murmullo lejano del castillo. La investigación oficial sobre el accidente fue conducida por el Ministerio de Comercio. El inspector jefe que la dirigió concluyó que la causa más probable había sido un error de juicio por parte del piloto.
Aquella frase, corta y fría, levantó ampollas entre quienes conocían la trayectoria y la experiencia de William como aviador. 700 horas de vuelo no convierten a nadie en invencible, pero sí sugieren un nivel de competencia que va más allá del principiante que comete errores evitables. Lo cierto es que la investigación no fue complusiva en el sentido más estricto.
Según diversas fuentes, algunos documentos relacionados con el accidente permanecen restringidos al público hasta el año 2073. Las razones exactas de esta restricción nunca han sido explicadas de forma totalmente clara. Esa clasificación, discreta, pero extraordinaria para un accidente de aviación civil ha alimentado durante décadas todo tipo de especulaciones.
La mayoría son probablemente infundadas, pero el hecho en sí, la decisión de mantener ciertos documentos en secreto durante un siglo dice algo sobre cómo el poder gestiona la memoria de los suyos. dice algo sobre los silencios que rodean a las instituciones cuando uno de los suyos muere de manera repentina, incómoda e irreversible.
El patrimonio que dejó William fue tasado en 416,000 libras esterlinas, equivalentes a cerca de 3,ones y medio de euros en valor actual. Su testamento fue sellado en Londres. Los títulos a los que habría sucedido, el ducado de Gluster, el condado de Ulster, la varonía de Kuloden pasaron a su hermano menor Ricardo, que los heredó definitivamente en 1974, cuando su padre también falleció.
Fue el primer nieto de Jorge V y la reina María en morir. Una distinción que nadie habría querido. El tiempo hace cosas extrañas con los muertos. A algunos los amplifica, los convierte en mitos, los deposita en el centro de la memoria colectiva como si nunca hubieran podido estar en otro lugar. A otros los va borrando suavemente hasta que lo que queda es solo un nombre en un archivo, una fotografía en una exposición que nadie visita los martes por la tarde, una lápida en un jardín al que no llega el ruido del mundo.
William de Gloster pertenece a esta segunda categoría. La historia oficial de la monarquía británica no lo recuerda con particular insistencia. No protagonizó un escándalo que hiciera temblar las instituciones. No tuvo hijos que pudieran perpetuar su memoria con sus propias vidas. no dejó una obra artística ni un legado político que se pudiera señalar con el dedo.
Murió demasiado joven para que su historia tuviera tiempo de completarse. Y sin embargo, hay algo en su figura que resiste el olvido con una tenacidad silenciosa. Quizás porque en su vida están escritas, de una manera más honesta que en la mayoría las contradicciones de lo que significa nacer en el seno del poder, pero desear vivir fuera de él.
El diplomático que dejó su carrera para volver a casa, el enamorado que no pudo casarse con quien quería, el príncipe que prefería los cielos a los salones. El hombre que llevaba en su sangre la marca de un rey que perdió la razón y que respondió a esa herencia no con miedo, sino con movimiento, con acción, con velocidad. La princesa Alicia, su madre, sobrevivió a su hijo casi 30 años.
murió en 2004 a la extraordinaria edad de 102 años, convirtiéndose en la persona de mayor edad en la historia de la familia real británica. vivió lo suficiente para ver a dos generaciones de Winsor criarse, crecer y ocupar los titulares del mundo. Vivió lo suficiente para que la historia que comenzó aquel 28 de agosto de 1972 quedara absorbida por otras historias más ruidosas, más mediáticas, más adecuadas al ritmo de un mundo que cada vez tiene menos paciencia para los silencios.
Pero ella no olvidó. Las memorias que publicó años después de la muerte de su hijo hablan de él con una intimidad que los documentos oficiales no contienen. Hablan del niño que fue paje en la boda de su prima Isabel, del muchacho que aprendió a caminar libre en los horizontes australianos, del joven que cruzó el Atlántico en busca de algo que su propio país no podía darle.
del hombre que volvió cuando el deber lo llamó, sin quejas, sin condiciones, con esa lealtad que sus amigos siempre citaban como su cualidad más definitoria. Y hablan también de aquella tarde en Half Penny Green, de las gradas del motor encendiéndose, del avión que despegó y que no volvió a tierra de la manera en que debería haber vuelto.
La carretera que pasa cerca del aeródromo de Half Penny Green sigue ahí. El campo donde cayó el avión ha cambiado con los años, como cambian los campos. En Aundle, el instituto que lleva su nombre enseña cada día a cientos de jóvenes que probablemente no saben nada del príncipe, cuyo nombre está grabado sobre la puerta de entrada.
Y en el cementerio de Frogmore, bajo los árboles de Winsor, hay una lápida que dice lo esencial, un nombre, una fecha de nacimiento, una fecha de muerte. Entre las dos fechas, 30 años. 30 años que fueron diplomacia, amor, vuelo, enfermedad heredada, deber asumido, libertad buscada y vida vivida con una intensidad que el protocolo nunca logró domesticar del todo.
William de Gloster no llegó a reinar, no llegó a casarse, no llegó a ver el mundo en el que su prima, la reina Isabel de Second, gobernaría durante 70 años y se convertiría en el símbolo más duravero de una época. no llegó a conocer al otro Guillermo, el nieto de Isabel, que hoy lleva su mismo nombre y su misma sangre, y que ha crecido en un mundo donde ser príncipe significa algo muy distinto a lo que significaba en 1972.
Pero voló y por un instante, suspendido entre el cielo y la tierra, fue exactamente lo que quería