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Wallis Simpson: Un Rey Abdicó por Ella y los Windsor la Borraron Durante 40 Años

Walis hace exactamente lo contrario. Es afilada, directa, ingeniosa en el colegio Oldfields, la escuela femenina de élite de Baltimore a la que los Warfield pagan que asista. Naturalmente es la chica que no tiene los vestidos más bonitos, pero que tiene las mejores palabras. La que puede hacer reír a cualquiera, la que dice lo que las demás piensan pero no se atreven a pronunciar.

Eso es un don, un don específico, raro y enormemente peligroso en una mujer de principios del siglo XX, porque el mundo de esa época no sabía qué hacer con una mujer que hablaba con esa claridad. El mundo de esa época esperaba que las mujeres fueran decorativas, obedientes, silenciosas y Wallis no era ninguna de esas tres cosas.

A los 19 años, Wallis conoce al hombre con el que se casará por primera vez. Su nombre es Earl Winfield Spencer. Le llaman Win. Es oficial de la Marina de los Estados Unidos. Apuesto con ese tipo de apostura que tienen los uniformes cuando uno todavía no sabe lo que esconden. Wallis se casa con él en noviembre de 1916.

Tiene 20 años. Lo que nadie le había contado es que Win Spencer bebe. No bebe como beben los hombres de su época en las cenas de gala, con moderación y cierto control. Bebe para desaparecer. Bebe hasta que la habitación se vuelve inmanejable. Bebe y luego golpea. No siempre, pero suficiente. Suficiente para que Wallis aprenda a calcular su estado de ánimo antes de abrir la puerta de su propia casa.

Suficiente para que la niña que había aprendido a leer habitaciones en casa de los Warfield aplique ahora esa habilidad para evitar algo mucho peor que la vergüenza. Se separan en 1922. El divorcio se formaliza años después. Para una mujer de principios de los años 20, ser divorciada equivale a llevar una marca visible.

La sociedad no lo dice en voz alta, nunca lo dice en voz alta, pero lo comunica perfectamente en las invitaciones que no llegan, en las puertas que se cierran con educación, en las miradas de las otras mujeres que ya están casadas y que miran a la divorciada con esa mezcla exacta de lástima y alivio de no ser ella.

Wallis no se encogue, nunca lo hace. En 1928 se casa por segunda vez. Ernest Aldrich Simpson es exactamente lo contrario de Win Spencer en casi todos los sentidos. culto, tranquilo, gentil, capaz de mantener una conversación sobre literatura o arquitectura durante horas sin esfuerzo aparente. Es anglón norteamericano, hijo de un naviero británico y vive en Londres, donde gestiona los negocios familiares.

Wallis cruza el Atlántico con él. Se instala en Brian Stone Court, en el Westend de Londres. Aprende rápidamente los códigos sociales de la capital del imperio y empieza a construir con la misma precisión quirúrgica con que construyó todo en su vida, una vida social que la lleva inevitablemente hacia arriba.

Lo que nadie sabe es que en ese mismo momento, en los círculos más altos de Londres, el príncipe de Gales, el futuro Eduardo VI, el heredero al trono más poderoso del mundo, está buscando algo que ningún palacio puede darle. El príncipe de Gales tiene en 193137 años. Es el hombre más fotografiado del planeta.

Donde aparece aparecen las cámaras. Donde va va la adulación. Ha pasado toda su vida adulta siendo el centro de cada habitación que ha pisado, el destino de cada mirada, el objeto de cada conversación. Y eso que podría parecer un privilegio absoluto, tiene un precio que nadie que no lo haya vivido puede entender del todo.

Cuando eres el centro de todo, nadie te habla con sinceridad, nadie te dice lo que realmente piensa, nadie te contradice, nadie se ríe de ti cuando dices algo estúpido. La adulación constante te vuelve una especie de fantasma presente en todos lados, pero nunca realmente visto por nadie. Enero de 1931, en una cena en la casa de una amiga común, el príncipe de Gales conoce a Wally Simpson.

No es bella en el sentido que el siglo XX entendía por belleza. No tiene la suavidad de las actrices de Hollywood de la época, ni la elegancia clásica de las mujeres de la aristocracia inglesa. Tiene la mandíbula cuadrada, el cuerpo delgado, casi hasta la austeridad, los ojos grandes, con una expresión que mezcla inteligencia e ironía en proporciones iguales.

Lo que tiene Wallis, lo que esa noche el príncipe de Gales descubre con una sorpresa que nunca llegará a explicar del todo es que le habla, le habla de verdad, no con reverencia, no doblando la espalda ni mirando al suelo con modestia fingida. Le habla como si fuera una persona, no un símbolo. Le hace reír, le contradice y cuando él dice algo que no le parece correcto, se lo dice.

Para Eduardo, ese es el momento más extraño y más liberador de su vida adulta. alguien que no le tiene miedo. Lo que empieza como una amistad se convierte en algo imposible de contener. Eduardo la invita a eventos privados, le escribe cartas, la llama por teléfono a horas que no son horas razonables. Ernest Simpson, el marido de Wallis, está presente en muchas de estas situaciones y es perfectamente consciente de lo que está pasando.

Hay quien dice que lo permitió. Hay quien dice que no tuvo otra opción. Hay quien dice que en el círculo social al que pertenecían, discutir la voluntad del heredero al trono no era algo que un hombre en su posición pudiera hacer impunemente. Lo que es cierto es que para 1936, cuando Jorge V muere y Eduardo se convierte en Eduardo rey de Inglaterra y de todo el imperio británico, la relación entre el nuevo rey y Wally Simpson ya no es un secreto para nadie que pertenezca a los círculos correctos.

¿Cómo se llama lo que le hicieron castigar a una mujer por la decisión libre de un hombre? Esa pregunta es la que todo el mundo debería haberse hecho en 1936. Nadie la hizo. Pero hay algo que los libros de historia no cuentan con suficiente claridad. Eduardo no es un rey ordinario enfrentado a una situación extraordinaria.

Eduardo es desde antes de conocer a Wallis, un hombre profundamente inadecuado para el trono. No por falta de inteligencia la tiene, sino por falta de disposición. No quiere las obligaciones que el cargo conlleva. No quiere los rituales. No quiere las audiencias interminables, los discursos preparados por otros, la vida entera regulada por el protocolo.

Quiere libertad. Igualis en su mente representa exactamente eso, la vida sin las cadenas de la corona. La pregunta que nadie hará en voz alta durante décadas es si Eduardo eligió a Wallis porque la amaba o si la amaba porque le daba una excusa perfecta para hacer lo que ya quería hacer de todas formas.

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