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Victoria Ruffo: El ‘ENGAÑO’ de su Boda… La Cruel Farsa para Quitarle a su Hijo.

 un hogar, un apellido unido al tuyo, un padre para tu hijo, una imagen sin grietas. Victoria Ruffle no le temía al fracaso profesional. A eso ya lo había vencido. Lo que empezaba a perseguirla era otra cosa, el terror de que la mujer más admirada de la televisión mexicana no pudiera construir la vida que el público esperaba de ella.

 El miedo a que detrás de los reflectores hubiera un vacío imposible de esconder.  La obsesión de que el amor, además de sentirse, debía verse correcto. Y entonces apareció Eugenio Dervz, año 1989. Él no era todavía el fenómeno de décadas posteriores. Era un comediante joven,  inquieto, ingenioso, todavía peleando por hacerse un lugar real.

 Ella venía de la cumbre.  Él venía de la búsqueda. Ella representaba solemnidad, prestigio, melodrama, grandeza televisiva. Él traía irreverencia, humor, improvisación, una energía menos estable, menos solemne, casi opuesta. Desde afuera parecían una pareja improbable. Desde adentro, quizá por eso mismo debieron sentirse irresistibles.

Pero las historias más peligrosas no empiezan cuando dos personas se parecen demasiado. Empiezan cuando cada una cree que la otra puede llenar una carencia secreta. Y en el caso de Victoria,  esa carencia ya no era pequeña, era una urgencia. Porque cuando  el amor se cruzó con el embarazo y el embarazo con el peso insoportable de la imagen pública, aquella necesidad de felicidad  dejó de ser deseo.

 Se convirtió en hambre y el hambre por una familia legítima, cuando llega demasiado tarde y demasiado fuerte puede empujar incluso a la mujer más poderosa del país a creer en una mentira absurda. A veces el verdadero desastre no comienza con una traición, comienza con una necesidad desesperada de creer. 1992. Echegaray, Estado de México.

 Un estacionamiento cualquiera.  No una iglesia, no un registro civil, no un salón cubierto de flores blancas, un estacionamiento. Ahí en ese lugar absurdo, una de las mujeres más famosas de la televisión mexicana. Estaba a punto de vivir el instante que después contaminaría todo lo que vino detrás.

 El vestido no era suyo, le quedaba grande, demasiado grande. Tuvieron que ajustárselo con masking tape por encima de la ropa. Habían hamburguesas, cajas de pizza, risas de gente de comedia, una grabadora improvisando solemnidad barata y un supuesto sacerdote que, según una de las versiones, no era sacerdote de nada. Solo un hombre disfrazado, un actor dentro de una escena que para unos juego y para otros sacrilegio.

 Ahí está el corazón podrido de esta historia. No en una infidelidad, no en una fortuna escondida, no en una herencia peleada. Aquí el veneno nació en algo  mucho más íntimo, en la humillación, en la sensación de haber entregado la fe a alguien que convirtió lo sagrado en sketch.

 En el instante exacto en que una mujer embarazada, asustada, enamorada y obsesionada con darle forma legítima a su nueva vida, pudo haber  descubierto que lo que estaba viviendo no era una boda, sino una farsa. Y digo, pudo haber descubierto, porque aquí empieza la niebla. La versión de Eugenio Derves fue durante años la de una broma, una ceremonia  simbólica, un juego mal entendido, una especie de fiesta organizada sin intención legal, sin  intención religiosa, sin intención de engañar a nadie.

 Según él, todo era tan ridículo, tan evidentemente improvisado, tan lleno de señales absurdas, que resultaba imposible creer  que alguien hubiera pensado que aquello era real. El vestido prestado y pegado con cinta, el falso cura, la comida rápida, el cassette, todo desde esa versión apuntaba a una parodia, pero del otro lado estaba Victoria Rufo.

 Y para una mujer situada en el momento más frágil de su vida privada, la lógica del espectáculo no operaba igual que la lógica del dolor. Porque cuando una mujer necesita desesperadamente una certeza, no analiza los bordes de la mentira con sangre fría. Quiere creer. A veces necesita creer. Y si de verdad aceptó aquella escena como un acto serio,  aunque fuera modesto, aunque fuera extraño, aunque fuera improvisado.

Entonces, lo que pasó no fue una travesura,  fue una herida moral, una ofensa, una demolición íntima. Piensa en eso un momento.  La mujer que aparecía en pantalla como reina absoluta del melodrama, la que hacía llorar a medio país con una sola mirada, la que representaba dignidad, sacrificio y amor absoluto, descubriendo que su propia historia  sentimental parecía escrita por alguien que se estaba riendo, no de una situación,  de ella.

 El detalle más cruel no fue el ruido del cassette ni la torpeza del lugar. fue el contraste. Mientras Victoria buscaba una forma de legitimar  su maternidad ante un mundo que exigía perfección, Eugenio, según las acusaciones posteriores, habría reducido ese momento a una representación sin peso, a una puesta en escena vacía, a una ceremonia que podía borrarse con la misma facilidad con que se arrancaba la cinta adhesiva del vestido.

 Y cuando una mujer siente que la han dejado sola en el centro del escenario, vestida de  blanco para una mentira, algo dentro se rompe de una manera que ya no vuelve a encajar. Después vino lo peor. No el descubrimiento inmediato, no el grito  público, no la guerra todavía. Primero vino el derrumbe interno, la vergüenza,  la rabia tragada, la sensación de haber sido usada, de haber sido empequeñecida justo cuando más necesitaba protección.

Años más tarde, esa escena sería reinterpretada una y otra vez por ambos, como si cada uno estuviera peleando por imponer su verdad sobre los restos del mismo cadáver. Para él una broma desfigurada por el tiempo. Para ella una traición imposible de perdonar. Y así nació el verdadero secreto de esta historia.

 No solo la supuesta boda falsa, sino el resentimiento que se incubó dentro de ella como un animal oscuro, silencioso, paciente, porque algunas ofensas no explotan ese mismo día. Se entierran, se pudren y cuando por fin regresan,  ya no vuelven convertidas en dolor, vuelven convertidas  en castigo. La cinta adhesiva sostenía un vestido, pero también sostenía una mentira que cuando se despegó dejó a un niño a la intemperie.

1996, José Eduardo Dervz tiene apenas 4 años. A esa edad, un niño debería estar aprendiendo cosas simples, amarrarse los zapatos, reconocer letras, saber cuándo es de día y cuándo es de noche. Pero él empezó a aprender otra cosa mucho antes. Aprendió que el amor puede partirse en dos casas.

 Aprendió que una puerta puede abrirse con abrazos y cerrarse con odio. Aprendió, sin que nadie se lo explicara, que a veces los adultos usan el cariño como si fuera un arma. Porque cuando la historia entre Victoria Rufo y Eugenio Dervz se rompió  de verdad, no se rompió solo una pareja, se partió una infancia entera.

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