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Vergüenza para el Boxeo Azteca: Mexicano se rindió ante un Venezolano

era el campeón mundial al que el mercado más importante del boxeo le había cerrado las puertas. Y eso, lejos de detenerlo, lo volvió un mito subterráneo. Los aficionados hardcore intercambiaban videos suyos por internet como si fueran tesoros prohibidos. Cada knockout nuevo era compartido en foros con un asombro creciente.

Estábamos viendo, sin saberlo, al boxeador más explosivo de su generación construyendo su carrera en las sombras. En el año 2006 ganó su primer título mundial, el superpluma de la Asociación Mundial de Boxeo, derrotando al panameño Vicente Mosquera en una guerra brutal en la que Valero terminó cubierto de sangre, pero levantando el cinturón.

En abril del 2009 subió a las 135 libras y en apenas dos asaltos demolió al colombiano Antonio Pitalúa para coronarse campeón ligero del Consejo Mundial de Boxeo. Era doble campeón mundial en dos divisiones distintas, invicto con 100% de knockouts. Era sin discusión el peleador más explosivo del planeta. Y entonces en el horizonte apareció el nombre de Manny Pacquiao.

El filipino reinaba como rey absoluto del boxeo Libra por libra. Bobarum, el promotor que manejaba a ambos, empezó a soñar en voz alta con un combate que sería el más esperado del mundo. Pacquiao contra Valero, la nueva era contra la furia desatada, el oriental técnico contra el zurdo de Moledor. Las apuestas comenzaron a circular, los aficionados babeaban con la posibilidad, pero antes de eso, Edwin tenía que pasar por una prueba más, una sola defensa, un mexicano joven, alto, talentoso, casi desconocido fuera de su país. Un nombre que sonaba a

oportunidad, no a amenaza, Antonio de Marco. Lo que Edwin no sabía, lo que nadie sabía esa noche de febrero era que ese mexicano de 24 años iba a ser el único hombre en toda su carrera profesional capaz de hacerle algo que ningún otro había logrado, hacerlo sangrar. Antonio de Marco no había llegado al boxeo por gusto, había llegado por hambre.

Nació en Los Mochis, Sinaloa, el 7 de enero de 1986. Pero su historia verdadera comenzó cuando, siendo apenas un adolescente, viajó solo a Tijuana buscando una vida distinta. Llegó sin contactos, sin dinero, sin techo. Las primeras noches durmió donde pudo. Los primeros días comió lo que el destino quiso poner en su camino.

Y entonces, en uno de esos giros que solo la vida real escribe, una familia desconocida le abrió la puerta de su casa. Le dieron una cama, le dieron comida, le dieron una cobija para taparse del frío del desierto. Esa familia se llamaba Kirarte y al frente de ella estaba un hombre llamado Rómulo Quirarte, leyenda del boxeo mexicano, abuelo de la mujer que años después se convertiría en la esposa de Antonio.

Rómulo lo miró pegar al saco una sola vez y supo que tenía algo entre las manos. No era el peleador más rápido, no era el de mejor técnica. Pero tenía ese ingrediente que no se enseña. El corazón. Antonio de Marco era un boxeador limpio, técnico, paciente, con un jub largo y certero, con buena defensa, con un mentón sólido, pero sobre todo era un peleador que entraba al ring sin miedo.

Le habían enseñado que el boxeo no era un deporte, era una forma de honrar a quienes te dieron de comer cuando no tenías nada. Su carrera profesional había comenzado en el 2004. Su única derrota había llegado 2 años después, en febrero del 2006. Una decisión cerrada a seis asaltos contra un peleador llamado Anthony Vázquez. Desde entonces no había vuelto a perder.

15 peleas, 14 victorias, un empate. En octubre del 2009, en Las Vegas había noqueado al nicaragüense José Alfaro en el décimo asalto para coronarse campeón ligero interino del Consejo Mundial de Boxeo. Tenía 23 años. Era el yerno de Rómulo Quirarte. Era primo del también campeón mundial Humberto Zorrita Soto.

Tenía a su esposa Tania al lado. Tenía a su hija Camila, una bebé de meses mirándolo desde la cuna. Tenía todo por delante. Y entonces llegó la oferta cuando Rómulo le dio la noticia de que el Consejo Mundial le ordenaba pelear contra Edwin Valero, el hombre del 100% de knockouts, el venezolano que aterrorizaba al boxeo mundial.

Rómulo no quiso hablar primero del cinturón. habló como entrenador, no como suegro. Le dijo, “Antonio, esta pelea es muy temprana para ti. Este hombre es diferente. Este hombre no es como los que has enfrentado. Te voy a dar mi opinión honesta, no estás listo todavía.” Antonio escuchó, pensó y respondió con la frase que después la prensa mexicana repetiría decenas de veces.

Don Rómulo, con todo respeto, yo me gané esta oportunidad y la quiero. Si no la tomo ahora, igual va a llegar otro día. Prefiero pelearla ya. Don Rómulo no dijo nada más. Asintió. Empezaron a entrenar. En las semanas previas al combate, los reporteros mexicanos fueron llegando al gimnasio de Tijuana, donde Demarco se preparaba.

Le preguntaban si tenía miedo, le preguntaban si sabía contra quién iba a pelear, le preguntaban cuánto tiempo creía que duraría. Y Antonio, con esa serenidad que los pelearotes verdaderos tienen, respondía siempre lo mismo. Para mí esta pelea es algo personal. Mucha gente dice que no le voy a durar ni tres rounds. Es una meta personal demostrarles a ellos y a mí mismo que puedo con Valero y mucho más.

Esto se lo dedico a mi hija Camila, a mi esposa Tania y a las personas que me dieron una cobija para taparme cuando llegué a Tijuana sin nada. Eso decía el mexicano. Mientras tanto, en otro continente, en una casa de Mérida, Venezuela, Edwin Valero se preparaba con un equipo encabezado por el entrenador y catmanes. Su relación con su esposa Jennifer Carolina Viera, una joven de 23 años con la que se había casado siendo casi adolescentes y con la que tenía dos hijos pequeños, ya empezaba a mostrar grietas.

Pero en los entrenamientos, Edwin se concentraba. Su esposa estaría en el Ringside la noche de la pelea. Sus hijos lo verían por televisión. Su madre rezaría por él como siempre, sentada frente al televisor del rancho. La pelea original se había planeado para diciembre del 2009 en Caracas, pero por temas de logística, de visas y de transmisión televisiva se había caído.

Edwin no podía pelear en Estados Unidos porque además de las restricciones médicas previas, en mayo del 2009 había sido detenido en Texas por conducir bajo los efectos del alcohol, lo que le había costado la visa estadounidense. Era una de las razones por las que había tenido que ver desde Venezuela como Manny Pacquiao destrozaba a Miguel Coto en Las Vegas sin él ni siquiera poder estar en el público acompañando a Bob Arum.

Por eso, cuando la promotora Gary Show Productions en alianza con Top Rank y con Sanfer Promotions del mexicano Fernando Beltrán propuso Monterrey como sede, todos aceptaron, era plaza neutra para la transmisión de Showtime, la cadena estadounidense de boxeo de paga que finalmente había decidido apostar por Valero después de años de ignorarlo.

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