era el campeón mundial al que el mercado más importante del boxeo le había cerrado las puertas. Y eso, lejos de detenerlo, lo volvió un mito subterráneo. Los aficionados hardcore intercambiaban videos suyos por internet como si fueran tesoros prohibidos. Cada knockout nuevo era compartido en foros con un asombro creciente.
Estábamos viendo, sin saberlo, al boxeador más explosivo de su generación construyendo su carrera en las sombras. En el año 2006 ganó su primer título mundial, el superpluma de la Asociación Mundial de Boxeo, derrotando al panameño Vicente Mosquera en una guerra brutal en la que Valero terminó cubierto de sangre, pero levantando el cinturón.
En abril del 2009 subió a las 135 libras y en apenas dos asaltos demolió al colombiano Antonio Pitalúa para coronarse campeón ligero del Consejo Mundial de Boxeo. Era doble campeón mundial en dos divisiones distintas, invicto con 100% de knockouts. Era sin discusión el peleador más explosivo del planeta. Y entonces en el horizonte apareció el nombre de Manny Pacquiao.
El filipino reinaba como rey absoluto del boxeo Libra por libra. Bobarum, el promotor que manejaba a ambos, empezó a soñar en voz alta con un combate que sería el más esperado del mundo. Pacquiao contra Valero, la nueva era contra la furia desatada, el oriental técnico contra el zurdo de Moledor. Las apuestas comenzaron a circular, los aficionados babeaban con la posibilidad, pero antes de eso, Edwin tenía que pasar por una prueba más, una sola defensa, un mexicano joven, alto, talentoso, casi desconocido fuera de su país. Un nombre que sonaba a
oportunidad, no a amenaza, Antonio de Marco. Lo que Edwin no sabía, lo que nadie sabía esa noche de febrero era que ese mexicano de 24 años iba a ser el único hombre en toda su carrera profesional capaz de hacerle algo que ningún otro había logrado, hacerlo sangrar. Antonio de Marco no había llegado al boxeo por gusto, había llegado por hambre.
Nació en Los Mochis, Sinaloa, el 7 de enero de 1986. Pero su historia verdadera comenzó cuando, siendo apenas un adolescente, viajó solo a Tijuana buscando una vida distinta. Llegó sin contactos, sin dinero, sin techo. Las primeras noches durmió donde pudo. Los primeros días comió lo que el destino quiso poner en su camino.
Y entonces, en uno de esos giros que solo la vida real escribe, una familia desconocida le abrió la puerta de su casa. Le dieron una cama, le dieron comida, le dieron una cobija para taparse del frío del desierto. Esa familia se llamaba Kirarte y al frente de ella estaba un hombre llamado Rómulo Quirarte, leyenda del boxeo mexicano, abuelo de la mujer que años después se convertiría en la esposa de Antonio.
Rómulo lo miró pegar al saco una sola vez y supo que tenía algo entre las manos. No era el peleador más rápido, no era el de mejor técnica. Pero tenía ese ingrediente que no se enseña. El corazón. Antonio de Marco era un boxeador limpio, técnico, paciente, con un jub largo y certero, con buena defensa, con un mentón sólido, pero sobre todo era un peleador que entraba al ring sin miedo.
Le habían enseñado que el boxeo no era un deporte, era una forma de honrar a quienes te dieron de comer cuando no tenías nada. Su carrera profesional había comenzado en el 2004. Su única derrota había llegado 2 años después, en febrero del 2006. Una decisión cerrada a seis asaltos contra un peleador llamado Anthony Vázquez. Desde entonces no había vuelto a perder.
15 peleas, 14 victorias, un empate. En octubre del 2009, en Las Vegas había noqueado al nicaragüense José Alfaro en el décimo asalto para coronarse campeón ligero interino del Consejo Mundial de Boxeo. Tenía 23 años. Era el yerno de Rómulo Quirarte. Era primo del también campeón mundial Humberto Zorrita Soto.
Tenía a su esposa Tania al lado. Tenía a su hija Camila, una bebé de meses mirándolo desde la cuna. Tenía todo por delante. Y entonces llegó la oferta cuando Rómulo le dio la noticia de que el Consejo Mundial le ordenaba pelear contra Edwin Valero, el hombre del 100% de knockouts, el venezolano que aterrorizaba al boxeo mundial.
Rómulo no quiso hablar primero del cinturón. habló como entrenador, no como suegro. Le dijo, “Antonio, esta pelea es muy temprana para ti. Este hombre es diferente. Este hombre no es como los que has enfrentado. Te voy a dar mi opinión honesta, no estás listo todavía.” Antonio escuchó, pensó y respondió con la frase que después la prensa mexicana repetiría decenas de veces.
Don Rómulo, con todo respeto, yo me gané esta oportunidad y la quiero. Si no la tomo ahora, igual va a llegar otro día. Prefiero pelearla ya. Don Rómulo no dijo nada más. Asintió. Empezaron a entrenar. En las semanas previas al combate, los reporteros mexicanos fueron llegando al gimnasio de Tijuana, donde Demarco se preparaba.
Le preguntaban si tenía miedo, le preguntaban si sabía contra quién iba a pelear, le preguntaban cuánto tiempo creía que duraría. Y Antonio, con esa serenidad que los pelearotes verdaderos tienen, respondía siempre lo mismo. Para mí esta pelea es algo personal. Mucha gente dice que no le voy a durar ni tres rounds. Es una meta personal demostrarles a ellos y a mí mismo que puedo con Valero y mucho más.
Esto se lo dedico a mi hija Camila, a mi esposa Tania y a las personas que me dieron una cobija para taparme cuando llegué a Tijuana sin nada. Eso decía el mexicano. Mientras tanto, en otro continente, en una casa de Mérida, Venezuela, Edwin Valero se preparaba con un equipo encabezado por el entrenador y catmanes. Su relación con su esposa Jennifer Carolina Viera, una joven de 23 años con la que se había casado siendo casi adolescentes y con la que tenía dos hijos pequeños, ya empezaba a mostrar grietas.
Pero en los entrenamientos, Edwin se concentraba. Su esposa estaría en el Ringside la noche de la pelea. Sus hijos lo verían por televisión. Su madre rezaría por él como siempre, sentada frente al televisor del rancho. La pelea original se había planeado para diciembre del 2009 en Caracas, pero por temas de logística, de visas y de transmisión televisiva se había caído.
Edwin no podía pelear en Estados Unidos porque además de las restricciones médicas previas, en mayo del 2009 había sido detenido en Texas por conducir bajo los efectos del alcohol, lo que le había costado la visa estadounidense. Era una de las razones por las que había tenido que ver desde Venezuela como Manny Pacquiao destrozaba a Miguel Coto en Las Vegas sin él ni siquiera poder estar en el público acompañando a Bob Arum.
Por eso, cuando la promotora Gary Show Productions en alianza con Top Rank y con Sanfer Promotions del mexicano Fernando Beltrán propuso Monterrey como sede, todos aceptaron, era plaza neutra para la transmisión de Showtime, la cadena estadounidense de boxeo de paga que finalmente había decidido apostar por Valero después de años de ignorarlo.
Para Showtime, este sería el debut televisivo del venezolano. Para Edwin sería su primera pelea ante una audiencia masiva en Estados Unidos. Para Antonio de Marco sería pelear como local en territorio mexicano frente a su gente en una arena que iba a estar repleta. La sede elegida fue la Arena Monterrey, ese coloso techado con capacidad para casi 18,000 espectadores que había sido inaugurado en el año 2003.
La fecha quedó fijada para el sábado 6 de febrero del 2010. Y como detalle simbólico que pocos notaron en su momento, pero que la historia se encargó de subrayar, esa pelea se programó dentro de las celebraciones iniciales del bicentenario de la independencia mexicana y del centenario de la revolución. Era, sin que nadie lo dijera, una pelea por el orgullo nacional.
Un mexicano joven defendiendo el honor de su país contra un venezolano que llegaba con el rostro de Hugo Chávez tatuado en el pecho. Las apuestas estaban hechas, la prensa estaba lista, las cámaras estaban encendidas y nadie, absolutamente nadie en aquella arena Monterrey, podía imaginar lo que estaba a punto de suceder.
Sábado 6 de febrero, Monterrey, las 9 de la noche. La Arena Monterrey estaba llena hasta el último asiento. Había pancartas mexicanas, banderas tricolores, gritos por todos lados. Había también en sectores aislados banderas venezolanas con los colores amarillo, azul y rojo, traídas por los pocos compatriotas de Edwin que habían cruzado el continente para verlo defender su título.
Había narcotraficantes en primera fila. Según los rumores que después circularían, había políticos, había celebridades del boxeo mexicano, había aficionados anónimos que habían ahorrado meses para pagar la entrada. En el rincón rojo esperando estaba Antonio de Marco. Vestía short blanco con detalles dorados, la bandera de México bordada en la cintura, su esposa Tania en la primera fila, sosteniendo a la pequeña Camila, sus padres adoptivos, los Kirarte, observándolo con esa mezcla de orgullo y miedo que solo conocen las
familias de los boxeadores. Antonio caminaba en pequeños círculos, calentaba las manos, soltaba golpes al aire, tenía el rostro tranquilo, demasiado tranquilo dirían algunos después. En el rincón azul esperando estaba Edwin Valero. Vestía short rojo con detalles negros los colores de su país.
Sobre su pecho descubierto, visible para las cámaras de Showtime y para el mundo entero. Brillaba el inmenso tatuaje del rostro de Hugo Chávez junto a la bandera venezolana. Era un símbolo que en México no caía bien. Era una declaración política que en Estados Unidos generaba rechazo, pero a Edwin no le importaba. Él había peleado siempre con esa imagen sobre la piel.
Era su forma de decir de dónde venía y por quién peleaba. Cuando el anunciador Jimmy Lennon Jor, ese méxicoamericano de voz inconfundible que ha narrado las grandes peleas del boxeo durante décadas, tomó el micrófono y empezó a presentar el combate. La Arena Monterrey explotó. Cuando dijo el nombre de Antonio de Marco, los gritos hicieron temblar el techo.
Cuando dijo el nombre de Edwin Valero, una ola de silvidos se mezcló con aplausos respetuosos. El boxeo esa noche era política, identidad, orgullo y deporte al mismo tiempo. El árbitro era Lawrence Cole, un hombre de Texas con experiencia en grandes combates. Los tres jueces eran Marty Denkin, Steve Morrow y Oren Schellenberger.
La pelea estaría pactada a 12 asaltos. Estaba en juego el campeonato mundial ligero del Consejo Mundial de Boxeo, las 135 libras. Era la primera defensa real de Edwin Valero en una plaza de prestigio. Era la primera oportunidad mundial absoluta de Antonio de Marco. Sonó el himno de México. Sonó el himno de Venezuela. Las cámaras enfocaron a los dos peleadores.
Col les dio las instrucciones finales en el centro del ring. Edwin miró a Antonio a los ojos sin parpadear. Antonio sostuvo la mirada del venezolano sin agachar la cabeza. Tocaron guantes, volvieron a sus esquinas y entonces sonó la campana. Cuando un peleador con 26 knockouts en 26 peleas sale a un ring, la mayoría de sus rivales hacen una cosa.
Bailan, buscan los costados, mantienen distancia, esperan que el monstruo se canse. Es la única estrategia que les permite sobrevivir los primeros minutos. Antonio de Marco hizo todo lo contrario. Cuando sonó la campana del primer asalto, el mexicano caminó al centro del cuadrilátero como si estuviera enfrentando a cualquier otro rival.
Sin temblor en las piernas, sin nervios visibles, lanzó su jab izquierdo, ese jab largo que era su mejor arma, y conectó. Edwin esquivó el segundo. De Marco lanzó un tercer jab también limpio. Edwin retrocedió un paso. La afición rugió. El mexicano había impuesto distancia desde los primeros segundos.
Lo que estaba haciendo Antonio de Marco era inteligente y arriesgado al mismo tiempo. Tenía 4 pulgadas más de estatura que Valero. Tenía dos pulgadas más de alcance. Si lograba mantener al venezolano en el extremo de su Jav, si conseguía boxear a media distancia, podría desactivar el poder explosivo de Edwin antes de que se desatara.
Pero si fallaba un solo movimiento, si retrocedía un paso de más, si bajaba las manos un instante, sabía perfectamente lo que pasaría. 26 hombres antes que él lo habían descubierto. Edwin Valero, por su parte, estaba haciendo algo que sorprendió a Steve Farhood, el legendario comentarista de Showtime que estaba narrando la pelea junto a Albernstein.
Edwin estaba caminando, Edwin estaba estudiando, Edwin no estaba lanzándose como una bala de cañón como solía hacerlo. Estaba esperando, estaba leyendo. por primera vez en su carrera profesional. Un boxeador paciente, Mario Morales en la esquina le había dado instrucciones específicas. Mide al mexicano, no te apresures, tiene buena técnica. Espera tu momento.
El primer asalto terminó con Demarco conectando varios jabs limpios y un par de cruzados con la derecha. Edwin lanzó algunas combinaciones de poder, pero ninguna entró con autoridad. Los jueces en sus tarjetas mentales le habían dado el primer round al mexicano. Antonio volvió a su esquina con una sonrisa contenida.
Rómulo Kirarte le secó el sudor con la toalla y le dijo al oído, “Sigue así, sigue así, lo tienes confundido.” Edwin en la esquina opuesta escuchaba a Mario Morales con la intensidad de quien sabe que está en una pelea distinta a las que había peleado antes. La afición de la Arena Monterrey, casi 18,000 personas en pie, había empezado a creer.
Hay momentos en una pelea de boxeo que no se ven venir, momentos que duran fracciones de segundo y que cambian todo lo que viene después. Lo que pasó en el segundo asalto del 6 de febrero del 2010 fue uno de esos momentos. Empezó como había terminado el primero. De Marco controlando con el Gab, Valero buscando la distancia para soltar la zurda.
La afición coreando Tony, Tony Tony cada vez que el mexicano conectaba, hasta que a mitad del round Antonio lanzó un gancho de izquierda al rostro del venezolano. El golpe falló por un par de centímetros y al recoger el brazo, el codo de demarco impactó de lleno contra la ceja derecha de Valero. El silencio de la arena duró menos de un segundo.
Después vino el grito. sangre brotó como si una cañería se hubiera roto. Una herida profunda, casi de 3 cm de largo, abrió el rostro de Edwin Valero cerca de la 100 derecha. La sangre comenzó a bajar por el pómulo, por la mejilla, por el cuello, manchando el pecho del venezolano y el tatuaje del rostro de Chávez que llevaba grabado en la piel.
La cámara de Showtime hizo un primer plano que se convirtió en una de las imágenes más reproducidas del boxeo de aquella década. Edwin Valero, el invicto, el demoledor, el que nunca había sido lastimado, estaba sangrando como nunca antes en su carrera profesional. La Cole detuvo la acción de inmediato, llamó al médico de cuadrilátero.
La afición contuvo la respiración. El médico examinó la herida. Pasaron 15 segundos eternos, 20, 30. El médico finalmente asintió. La pelea continuaría, pero Cole, antes de reanudar, hizo lo que los reglamentos del Consejo Mundial le ordenaban hacer. Descontó un punto a Antonio de Marco. El golpe había sido considerado accidental, pero la regla es la regla.
En cortes provocados por golpes involuntarios, el peleador que causa la herida pierde un punto en las tarjetas. Era una decisión técnica, fría, reglamentaria, pero acababa de cambiar la matemática del combate por completo. Y mientras todo esto sucedía, mientras la sangre seguía bajando por su rostro y mientras el médico le pasaba un algodón con vaselina sobre la herida, ocurrió algo más.
Un cross de izquierda de De Marco, lanzado en los últimos segundos del round, alcanzó la boca de Edwin y le voló el protector bucal. La pieza de plástico fue a parar a varios metros de distancia. Edwin escupió un poco de sangre, miró a su esquina y volvió al taburete. Cuando sonó la campana, Mario Morales, su entrenador, estaba pálido.
Le tomó el rostro entre las manos y trató de detener la sangre. Le aplicó la enzima coagulante, le presionó con el algodón sobre la ceja. La sangre seguía saliendo. Mario empezó a sudar. Por primera vez en la carrera de Edwin estaba ocurriendo algo que el Cutman no podía controlar. La herida estaba en una zona difícil, demasiado cerca de la 100, donde la piel es fina y los vasos sanguíneos están justo debajo.
Edwin lo miró y le dijo con una calma que sorprendió a su esquinero. Tranquilo, Mario, yo me encargo. En la esquina contraria, Rómulo Quirarte estaba dándole indicaciones a Antonio, pero no era una indicación de victoria, era una indicación de cuidado. Antonio, escúchame bien, le abriste la cara. La sangre lo va a desconcentrar, pero si lo lastimas más, esto se puede acabar por corte y la pelea es tuya.
Boxea, mantente lejos, castiga ese ojo, no te metas a guerrear, tienes la pelea ganada si juegas con cabeza. Lo que ni Kirarte, ni la afición, ni los comentaristas sabían en ese instante. Lo que solo Edwin Valero sabía dentro de sí mismo mientras la sangre le bajaba por el rostro, era que algo se acababa de despertar dentro de él.
Algo que hasta entonces había mantenido dormido por orden de su esquina. Algo que ningún rival, ni siquiera mosquera, en el 2006, había logrado activar tan pronto. La Furia, quien creyó que el corte iba a debilitar a Valero, no entendió nunca cómo funcionaba la mente de aquel hombre. La sangre, en otros peleadores es señal de derrota.
En Edwin Valero, la sangre era gasolina. Lo primero que hizo Edwin Valero al sonar la campana del tercer asalto fue caminar al centro del ring, no correr, caminar con esa lentitud premeditada de quien ha decidido que la pelea acaba de cambiar de tono. La sangre le seguía bajando por la cara, manchaba su short, salpicaba la lona blanca cada vez que sacudía la cabeza.
Pero sus ojos, esos ojos negros profundos que la cámara de Showtime captó en primer plano, ya no eran los ojos del estudiante, eran los ojos del depredador. Antonio De Marco lanzó un chap. Edwin lo esquivó con un movimiento mínimo de la cabeza. De Marco lanzó otro. Edwin volvió a esquivarlo y entonces, sin previo aviso, entró con una zurda recta al hígado del mexicano que hizo gemir a las primeras filas de la arena.
Antonio absorbió el golpe, pero retrocedió. Era la primera vez en la pelea que retrocedía. El comentarista Steve Farhood en la transmisión dijo una frase que después se citaría mucho. Si pensaron que Valero estaba lastimado por ese corte. Observen lo que está a punto de pasar. A partir de ahí, el tercer round se convirtió en una clase magistral de presión zurda.
Edwin cortaba el ring. Antonio retrocedía hacia las cuerdas. Edwin disparaba combinaciones de tres y cuatro golpes. Antonio cubría como podía. La sangre seguía bajando por la cara del venezolano y Edwin se la limpiaba con el guante derecho cada 20 segundos, dejándola pintada en el guante como un retrato horripilante.

El comentarista Albernstein dijo, “Esto ya no es una pelea, esto es una venganza personal.” En el cuarto asalto, Mario Morales había logrado por momentos contener un poco la sangre, pero el corte estaba tan profundo que cada vez que Edwin recibía un golpe en la cabeza, aunque fuera un golpe leve, la herida volvía a abrirse.
para empeorar las cosas. En algún intercambio del cuarto round, Antonio conectó un derechazo limpio a la nariz del venezolano y la nariz de Edwin Valero. Esa nariz que en 26 peleas profesionales nunca había sido tocada con autoridad, también empezó a sangrar. Edwin Valero, el hombre del 100% de knockouts, estaba sangrando por dos lugares, por la ceja derecha y por la nariz.
La cámara televisiva tomó su rostro y la imagen fue brutal. Era la primera vez que el mundo veía al venezolano herido de verdad, pero lejos de detenerlo lo aceleró. A mitad del cuarto asalto, el anotador del P reveló por primera vez las tarjetas de los jueces y el público de la Arena Monterrey escuchó la noticia con un silencio incómodo. 39 a 36 para Valero.
39 a 36 para Valero. 40 a 35 para Valero. A pesar del corte, a pesar del descuento de punto, a pesar del hub dominante de Demarco en el primer asalto, los tres jueces tenían a Edwin ganando con claridad. Antonio en su esquina miró a Rómulo Kirte sin entender. ¿Cómo voy perdiendo, don Rómulo? Kirarte le respondió con la honestidad brutal de los entrenadores viejos.
Porque lo lastimaste, pero no lo lastimaste suficiente, porque desde el segundo round él te ha estado conectando los golpes más duros. Porque la sangre engaña a los aficionados, pero no a los jueces. Tienes que pelear, Antonio. Tienes que pelear de verdad. Edwin, mientras tanto, en la esquina opuesta escuchaba a su esquina y respondía con monosílabos.
Cuando Mario Morales le preguntó si veía bien con el ojo derecho, Edwin asintió. Cuando le preguntó si quería continuar, Edwin lo miró como si hubiera escuchado una blasfemia. Mario, voy a noquear a este. Tú tranquilo. Sonó la campana del quinto asalto y la pelea entró en una zona donde solo dos hombres en el mundo entero existían.
Si hubo un momento en aquella noche en que Antonio de Marco demostró por qué los peleadores mexicanos son leyenda alrededor del planeta, fue durante los rounds quinto y sexto, porque cualquier otro boxeador en su lugar, sangrando del rival, perdiendo en las tarjetas, sintiendo como la fuerza de los golpes del venezolano aumentaba en lugar de disminuir, habría empezado a pensar en sobrevivir, en aguantar, en llegar al final de la pelea como pudiera. Antonio de Marco no.
En el quinto asalto salió disparado del rincón, empezó a moverse más, cambió de ángulos, lanzó combinaciones a dos manos, conectó un par de derechazos limpios al rostro de Edwin, que volvieron a abrir la herida y la nariz del venezolano. La afición se puso de pie. Tony, Tony, Tony.
El mexicano estaba peleando como si todavía pudiera ganar la pelea y técnicamente todavía podía. Si lograba marcar varios rounds seguidos, si conseguía un knockout milagroso, si la pelea se detenía por corte, todo era posible. Pero Edwin Valero no se cansaba. Esa era la diferencia. Ese era el secreto que ningún rival anterior había podido descifrar y que Antonio estaba descubriendo ahora en carne propia.
Con cada minuto que pasaba, Edwin Valero tenía un motor interno que parecía no necesitar combustible. Mientras Antonio empezaba a respirar con más fuerza, mientras sus piernas empezaban a perder un poco de elasticidad, Edwin seguía cortando el ring con la misma intensidad del primer minuto. Era una máquina diseñada para destruir, sí, pero también para resistir.
En el sexto asalto ocurrió algo que merece ser contado con detalle. Antonio, en una mezcla de coraje y desesperación, lanzó dos ganchos de derecha en serie justo en el centro del cuadrilátero. Los dos conectaron de lleno en la mandíbula del venezolano. Cualquier peleador del mundo se habría tambaleado. Cualquier peleador del mundo habría retrocedido.
Edwin Valero, en cambio, hizo algo que pasmó a la transmisión completa. Sonrió. Sí, sonrió. levantó las manos por un instante, le hizo una seña a Demarco con el guante como diciendo, “Sigue, sigue.” Y avanzó. Steve Farhood lo dijo en voz alta. Acabo de ver algo que jamás había visto en 30 años cubriendo el boxeo. Este hombre absorbió dos ganchos limpios en la mandíbula y le pidió más al rival.
Antonio retrocedió, esta vez con cara de duda y esa duda, por sutil que fue, Edwin la detectó y la atacó. Lo siguiente fue una avalancha, una zurda recta al hígado, un gancho de izquierda al rostro, otro cross de zurda, otro. La cabeza de De Marco empezó a moverse de lado a lado como si fuera una marioneta.
La afición pasó del rugido a un silencio cargado de incomodidad. Antonio aguantó, se cubrió como pudo, alcanzó las cuerdas y cuando sonó la campana del sexto, regresó a su esquina respirando por la boca. Rómulo Kirarte le secó el sudor, le dio agua, le habló con la mirada antes de hablarle con palabras.
Antonio, mírame. ¿Cómo estás? El mexicano asintió. Bien, don. Bien. Pero no estaba bien. Lo sabía él. Lo sabía Kirte. Lo sabían los Kirarte que estaban en el ringside. Lo sabía Tania, que ya empezaba a apretar a su hija contra el pecho con los ojos llorosos. Lo sabía Camila, que aunque era una bebé, sentía la tensión en el cuerpo de su madre.
La pelea se le estaba yendo a Antonio de Marco y todos en aquella arena lo sabían. Lo único que no se sabía todavía era cómo y cuándo iba a terminar. Antes de contar lo que pasó en el séptimo asalto, hay que detenerse en un detalle que pocos comentaristas explicaron en su momento y que es clave para entender la pelea.
La sangre de Edwin Valero seguía sin parar. Mario Morales, antes de que sonara la campana, lo había mirado con una mezcla de preocupación y resignación. Y entonces, en un gesto que se vio brevemente en cámara, Mario Morales miró hacia el árbitro Lawrence Cole. No le habló, no le hizo señas explícitas, pero su mirada levantando levemente la barbilla fue interpretada por algunos en el Ring Side como una sugerencia silenciosa. Deténgalo.
Y aquí viene el detalle controvertido que la historia oficial casi nunca cuenta. Lawrence Cole hubiera detenido la pelea en ese momento por el corte de Edwin. Según las reglas del Consejo Mundial, la victoria habría sido para Antonio de Marco, porque el corte había sido provocado por un golpe involuntario y porque Demarco aventajaba en daño causado, aunque perdía en las tarjetas.
Era un tecnicismo reglamentario que pocos entendían, pero que estaba ahí. Gary Shaw, el promotor estadounidense, estaba en el ringside del rincón mexicano y cuando vio el gesto de Mario Morales hacia el árbitro, gritó con voz que escucharon hasta los reporteros. Oh, come on. Era una protesta. Era un grito de protesta porque entendía perfectamente lo que estaba pasando.
Si la pelea se detenía por corte, su peleador, el invicto, el del 100% de knockouts, perdería la pelea sin haber sido derrotado. Realmente sería un robo, un robo legal, pero un robo al fin. Cole no detuvo la pelea, sonó la campana del séptimo y a partir de ese momento todos los actores de la noche entendieron que esto se decidiría arriba del ring, no en una mesa de jueces.
Edwin Valero salió a buscar el knockout por primera vez en la pelea. Abandonó completamente la paciencia. Ya no quería que el árbitro pudiera detenerla por corte. quería terminarla él mismo y sabía cómo. Lo que vino después fue una de las exhibiciones de presión zurda más brutales que el boxeo moderno haya documentado. Edwin acorraló a Antonio contra las cuerdas en menos de un minuto.
Lanzó cinco zurdas seguidas al rostro del mexicano. La afición empezó a abuchear. Esa mezcla extraña de admiración por la furia del venezolano y de tristeza por lo que le estaba sucediendo a su compatriota de Marco en una muestra de coraje que la prensa mexicana después elogiaría durante años, no se cubrió pasivamente. Devolvió, lanzó cuatro derechazos seguidos al pecho de Edwin.
Trató empujarlo hacia atrás, trató de crear espacio, pero Edwin no se movía. Edwin parecía clavado al suelo cada vez que De Marco le pegaba, Edwin respondía con el doble. El comentarista Al Bernstein dijo en la transmisión, en ese tono de alarma que reservaba para los grandes momentos, Antonio de Marco está demostrando esta noche por qué los boxeadores mexicanos son legendarios alrededor del mundo, pero también está demostrando por qué Edwin Valero da tanto miedo.
Cuando sonó la campana del séptimo, Antonio caminó de regreso a su esquina como si las piernas le pesaran 5 kg más que al inicio del round. Tania en el ringside ya lloraba abiertamente. Don Rómulo en el corner le tomó el rostro a su pupilo y se lo levantó suavemente. Antonio, mírame. Mírame a los ojos. ¿Estás bien? Antonio asintió.
Antonio, ¿quieres seguir? Antonio asintió de nuevo, pero más despacio. Kirarte miró hacia el otro lado del ring. Vio a Edwin Valero esperando, sentado en su taburete, con la cara cubierta de sangre y los ojos brillando como brasas. Y Kirarte, hombre de mundo, hombre que había visto 100 peleas terminar. Hombre que conocía al pugilismo desde adentro.
Supo lo que iba a venir si la pelea continuaba. Pero todavía no era el momento de pararla. Era el momento de darle una última oportunidad a Antonio. Era el momento de ver si por un milagro el muchacho podía conectar el golpe perfecto. Sonó la campana del octavo. Antonio de Marco salió al octavo asalto con un derechazo certero al rostro de Edwin. Conectó.
La afición rugió. Por una fracción de segundo parecía que el mexicano podría producir el milagro. Y entonces dos segundos después, Edwin contestó con un cross de zurda directo a la mandíbula que viajó como si estuviera buscando un poste a través del cuadrilátero. El golpe entró limpio, limpio y profundo. Antonio se tambaleó.
No cayó, pero se tambaleó. Y en ese instante todos los que entendían de boxeo en aquella arena supieron que estábamos viendo el principio del fin. Lo que siguió fueron casi 3 minutos de un castigo que la transmisión apenas pudo cubrir desde tantos ángulos, Edwin lanzaba combinaciones de seis y siete golpes.

La cabeza de Antonio se movía como un péndulo descontrolado. Cada vez que Demarco trataba de devolver, Edwin lo recibía con un golpe al cuerpo que le cortaba la respiración. Cada vez que De Marco intentaba abrazarlo para descansar, el árbitro Col lo separaba y Edwin volvía a caer encima. Pero aquí viene lo más extraordinario de la noche.
Antonio de Marco no cayó ni una sola vez. Recibió ese castigo de pie con las piernas tambaleantes, con los ojos vidriosos, con la cara hinchándose por momentos, pero nunca tocó la lona, nunca buscó la rodilla, nunca se dio a la tentación de bajar al suelo y aprovechar el conteo para descansar. El mexicano peleó de pie como le habían enseñado, como le habían hecho prometer a su esposa, como le habían pedido sus padres adoptivos antes de salir a Monterrey.
Cuando faltaban 15 segundos para el final del octavo round, Edwin acumuló a Antonio en las cuerdas neutrales y le aplicó una serie de 12 golpes seguidos sin respuesta. 12. Las cámaras lo registraron, los jueces lo anotaron. La afición, la enorme afición mexicana de aquella Arena Monterrey, empezó a gritar algo que pocas veces se escucha en una pelea de boxeo. Páralo, páralo.
Era el grito de los aficionados pidiéndole al árbitro que detuviera el combate. Era el grito de la gente que ama a su peleador y que ya no quiere verlo recibir más castigo. Era el grito de la decencia colectiva, pero Cole no paró y Antonio no cayó. Y la campana del octavo sonó como una salvación divina para el peleador mexicano.
De Marco volvió a su esquina caminando como si pisara hielo resbaladizo. Rómulo Kirarte le aplicó hielo en el cuello, le dio agua, le habló al oído. La conversación que tuvieron en aquellos 60 segundos entre el octavo y el noveno round es uno de los grandes secretos no escritos del boxeo moderno. Nadie sabe exactamente qué se dijeron, pero los Kirarte años después en entrevistas dispersas han dado pistas.
Don Rómulo le preguntó a Antonio si quería seguir. Antonio respondió que sí. Don Rómulo le preguntó si veía bien con los dos ojos. Antonio respondió que sí. Don Rómulo le preguntó cuántos dedos le estaba mostrando. Antonio respondió correctamente. Y don Rómulo, sabiendo que su pupilo estaba perdiendo, pero que era un hombre, no un niño, le dijo una sola frase final, “Sal a este round y dame todo lo que te queda.
Si veo que no es suficiente, voy a tomar la decisión por ti.” Está bien. Antonio de Marco asintió. Por primera vez en la noche. Asintió sin convicción. Sonó la campana del noveno asalto y nadie en el mundo sabía todavía que ese sería el último round de Edwin Valero como peleador profesional. Nadie, ni siquiera él mismo. Antonio de Marco caminó al centro del ring para empezar el noveno asalto con esa dignidad serena que solo conocen los hombres que saben que están perdidos, pero que han decidido caer con las manos arriba.
Edwin Valero lo esperó en el centro. La sangre que cubría su rostro ya era una máscara seca y oscura. Su short estaba manchado, sus guantes estaban rojos, pero sus piernas seguían firmes y sus ojos seguían encendidos. El anotador del PA, a través del sistema de puntuación abierta que se usaba en aquella pelea, había revelado las tarjetas tras el octavo round. 79 a 72, 79 a 72, 79 a 72.
Los tres jueces con descuento de punto incluido tenían a Valero ganando por siete puntos. Era una desventaja tan grande que solo un knockout le servía a Demarco para ganar la pelea. Antonio lo sabía, Kirte lo sabía, Edwin lo sabía y por eso Edwin no necesitaba arriesgar nada, solo necesitaba seguir conectando.
Lo que pasó en aquellos 3 minutos fue paradójicamente una de las exhibiciones técnicas más limpias que Edwin Valero realizó en su carrera entera. Por primera vez en su carrera profesional, Edwin no estaba peleando como una bestia desatada, estaba peleando como un boxeador completo. Lanzaba el gab para medir distancias, cambiaba ángulos, bloqueaba con la guardia alta los pocos golpes que de Marco lograba devolver.
Y entre esos movimientos casi quirúrgicos soltaba las zurdas demoledoras que iban marcando el rostro del mexicano. Antonio peleó, hay que dejarlo claro. Antonio peleó hasta el último segundo del noveno asalto. No hubo un momento en que el mexicano dejara de mover las manos. No hubo un momento en que se entregara pasivamente.
Conectó algunos derechazos, lanzó algunos cruzados, pero ya no tenía la fuerza de los primeros rounds, ya no tenía la pierna, ya no tenía la velocidad. La cara se le había hinchado del lado izquierdo, el labio le sangraba, los ojos los tenía vidriosos. A 30 segundos del final del round, el árbitro Lawrence Cole se acercó tanto a la acción que casi participaba en ella.
Estaba listo para detener la pelea si veía algo más serio. Pero Antonio de Marco no caía. Y mientras no cayera, mientras siguiera respondiendo las preguntas mentales del árbitro con su movimiento, la pelea tenía que continuar. Cuando faltaban 15 segundos, Edwin acumuló a Antonio en una esquina neutral. Lanzó cuatro golpes seguidos.
Antonio respondió con dos. Edwin lanzó otros cuatro. Antonio cubrió. Edwin lanzó otros tres. Antonio se aferró. Cole se metió, lo separó. Antonio caminó hacia el centro del ring tratando de mantener distancia para los últimos 5 segundos. Sonó la campana del noveno y Edwin Valero, con las dos manos arriba caminó tranquilamente a su esquina.
Su rostro era un mapa de sangre seca y orgullo. Mario Morales lo recibió con la toalla y una mirada que decía 1000 cosas a la vez. Buen round, Edwin. Muy buen round. Mantente concentrado para el décimo. Edwin asintió, pero del otro lado del cuadrilátero, justo en ese mismo momento, estaba ocurriendo algo que cambiaría la noche para siempre.
Antonio de Marco caminó de regreso a su esquina después de la campana del noveno round con un paso lento, las manos pesadas, la mirada perdida en algún punto del techo de la Arena Monterrey. Se sentó en el taburete. Rómulo Quirarte, ya no como entrenador, sino como abuelo, como suegro, como padre adoptivo, se inclinó sobre él.
Lo que sucedió en aquellos 60 segundos no se vio en cámara. La transmisión de Showtime enfocaba a Edwin Valero, que era quien iba ganando. Las cámaras no estaban prestando atención al rincón mexicano. Por eso, durante años, lo que pasó en esa esquina ha sido reconstruido a partir de testimonios fragmentados de los Quirarte, de Antonio mismo en entrevistas posteriores y de los reporteros que estaban en las primeras filas y alcanzaron a escuchar.
Don Rómulo le tomó el rostro a Antonio entre las manos, le levantó la mirada y le dijo en voz baja pero firme, “Antonio, mírame. Mírame a los ojos. Tengo que tomar una decisión y necesito que tú me digas si estoy haciendo lo correcto.” Antonio lo miró, no respondió. Don Rómulo continuó, “No estás bien, hijo. No estás viendo bien con el ojo izquierdo.
Tu cabeza está recibiendo demasiado castigo. Si te dejo salir al décimo round, este hombre te va a noquear. Y si te noquea de la forma en que está pegando esta noche, no quiero ni pensar en lo que pase. Tienes una hija, Antonio. Tienes a Tania. Tienes una vida por delante. El cinturón vendrá otro día. Hoy no es nuestro día. Antonio cerró los ojos por un segundo, se llevó el guante a la frente y entonces, con una voz que apenas se oía, respondió, “Don Rómulo, como usted diga, yo confío en usted.
” Don Rómulo Quirarte se levantó del taburete, caminó hacia el árbitro Lawrence Cole, le hizo una seña, Cole se acercó y Kirte le dijo dos palabras que iban a estremecer a todo México. Se acabó. Co asintió, caminó al centro del ring, levantó las dos manos hacia el aire y a través del megáfono oficialmente anunció el final del combate.
Edwin Valero fue declarado ganador por knockout técnico al final del noveno asalto. La esquina mexicana había detenido la pelea y en ese instante aquella Arena Monterrey vivió un silencio que pocas personas en el mundo del boxeo pueden describir. un silencio cargado, un silencio que mezclaba respeto, dolor, asombro y una incomodidad que nadie quería poner en palabras, porque acababa de ocurrir algo que en la mitología del boxeo mexicano se considera casi imposible.
Un boxeador mexicano había abandonado en su esquina. No había sido noqueado, no había caído, no había sido detenido por el árbitro contra su voluntad, había sido su propio entrenador en su propia esquina, quien había decidido que la pelea terminaba ahí. Antonio de Marco no había muerto en el ring.
Y para una parte de la afición, que había crecido escuchando que los peleadores mexicanos prefieren la muerte a la rendición, eso era casi un sacrilegio, porque la verdad es que Antonio de Marco no se rindió. Quien tomó la decisión fue Rómulo Quirarte y la tomó por las razones más nobles que un entrenador puede tener, para proteger la vida de su pupilo, para no permitir que el orgullo se cobrara una víctima para enseñarle a su yerno, a su hijo adoptivo, que el boxeo es importante, pero que la vida lo es más.
La pelea entre Edwin Valero y Antonio de Marco no es solo una pelea de boxeo, es una historia humana completa. Es la historia de dos hombres jóvenes criados en circunstancias difíciles que se encontraron en un cuadrilátero buscando lo mismo, una mejor vida para sus familias. Uno la encontró, el otro la perdió por sus propios demonios.
Uno hoy sigue caminando por las calles de Tijuana con su hija ya adolescente. El otro descansa en un cementerio de Elvigía en los Andes venezolanos con la mujer cuya vida arrebató. Yeah.