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Un Anciano Sin Hogar Tarareaba “El Triste” Frente a un Micrófono — Hasta que JOSE JOSE se Detuvo

Durante los primeros años todavía cantaba en camiones o afuera de cantinas, pero la gente pasaba de largo. Algunos se burlaban, otros le decían que su voz ya no servía. Una noche, un grupo de jóvenes borrachos le arrebató la fotografía de Mercedes y la rompió frente al solo por diversión. Aurelio recogió los pedazos del suelo como quien recoge el corazón.

Desde entonces cantaba solo para sí mismo. La canción que más repetía era el triste. La había escuchado por primera vez muchos años atrás cuando José José la interpretó con esa voz imposible que parecía partir el aire en dos. Aurelio siempre decía que esa canción no se cantaba con la garganta, sino con una herida abierta.

Mercedes la amaba. Cada vez que Aurelio la cantaba en algún restaurante, ella bajaba la mirada, sonreía apenas y se secaba una lágrima con discreción. Decía que nadie podía cantar esa canción sin haber perdido algo por dentro. Cuando Mercedes murió, el triste dejó de ser una canción y se convirtió en una forma de hablarle.

Aurelio la cantaba en voz baja al despertar, al caminar, al buscar comida, al mirar escaparates donde veía cosas que ya no podía comprar. La cantaba como una oración, como una carta, como un hilo invisible que todavía lo unía a la mujer que le había enseñado a sentirse amado. Aquella tarde, Aurelio había llegado a insurgentes después de caminar varias horas.

Tenía frío, hambre y una toseca que le quemaba el pecho. Se detuvo frente a una tienda de música porque algo en la vitrina le apretó el alma. Era un micrófono antiguo plateado, montado sobre una base negra. No era exactamente igual al suyo, pero se parecía lo suficiente para hacerlo sentir que el pasado acababa de aparecer detrás de un vidrio.

Se acercó despacio, apoyó una mano en la vitrina y se quedó mirando el micrófono con una mezcla de nostalgia, vergüenza y deseo. Sin darse cuenta, empezó a tararear. Qué triste fue decirnos adiós cuando nos adorábamos más. Su voz salió bajita, rota, casi escondida entre el ruido de los coches. Pero había tanta verdad en esa frase que José José, que venía caminando a unos metros, se detuvo como si alguien lo hubiera llamado por su nombre.

Aurelio siguió cantando sin notar la presencia detrás de él. Sus dedos se cerraron alrededor de un micrófono invisible. Su espalda se enderezó un poco. Por unos segundos dejó de parecer un hombre vencido y volvió a ser el cantante de antes, el hombre que se paraba frente a una mesa pequeña y hacía llorar a desconocidos con una canción.

José José se quedó escuchando en silencio. No quiso interrumpirlo. Había escuchado a miles cantar sus canciones en teatros, en programas, en homenajes, en fiestas, en cantinas. Pero pocas veces había sentido algo tan desnudo, tan verdadero, tan parecido a una vida entera resumida en una melodía.

Cuando Aurelio terminó la frase, bajó la cabeza y se limpió las lágrimas con la manga de su saco viejo. José José tosió suavemente para anunciar su presencia. El anciano se sobresaltó y giró de inmediato con miedo en los ojos. Perdón, señor, ya me voy. No estaba molestando, solo estaba mirando el micrófono.

Su voz era defensiva, la voz de alguien acostumbrado a que lo corrieran de todos lados. José José levantó una mano con calma. No lo estoy corriendo, al contrario, me quedé porque lo escuché cantar. Aurelio lo miró con desconfianza. No estaba cantando fuerte, no quería pedir dinero. No tiene que explicarme nada, respondió José José con suavidad. Cantó con mucho sentimiento.

Eso no se encuentra todos los días. Aurelio bajó la mirada avergonzado. Antes cantaba, hace muchos años, cuando todavía tenía voz, cuando todavía tenía vida. José José observó sus manos temblorosas. ¿Usted fue cantante? Aurelio tardó en responder. Parecía que decirlo en voz alta le dolía. Sí. Cantaba boleros en restaurantes, en bares, en bodas humildes.

Nunca fui nadie importante, pero la gente me escuchaba. Mi esposa decía que cuando yo cantaba se le olvidaban los problemas. Hizo una pausa y miró de nuevo el micrófono de la vitrina. Ese se parece al que tuve. Lo vendí cuando ella enfermó. Después vendí todo lo demás y después la perdí a ella también. José José sintió que algo se le apretaba en el pecho. ¿Cómo se llamaba? Mercedes.

Aurelio pronunció el nombre como si todavía le perteneciera al aire. Mercedes era mi mundo. Me escuchaba cantar aunque yo desafinara, aunque hubiera solo tres personas en el lugar, aunque no nos alcanzara para la cena. Cuando murió, me pidió que no dejara de cantar, pero yo no pude. Se me fue la voz con ella. José José guardó silencio.

Aurelio continuó como si llevaba años esperando que alguien le hiciera una pregunta sin desprecio. Después perdí el cuarto, perdí el trabajo, perdí a mi hijo. Terminé durmiendo donde podía. A veces canto el triste porque era la canción que más le gustaba a Mercedes. Ella decía que esa canción tenía alma. Yo la canto para acordarme de su cara, para no olvidarme de cómo me miraba.

El anciano tragó saliva. Perdone que le cuente esto. Usted no tiene por qué escuchar las penas de un viejo de la calle. José José se quitó lentamente los lentes oscuros. Aurelio levantó la vista. Primero no entendió. Luego sus ojos se abrieron con incredulidad. miró el rostro frente a él, la expresión serena, los rasgos conocidos, esa presencia que había visto tantas veces en televisión y portadas de discos.

No puede ser. Su voz se quebró. ¿Usted es José José? José. José sonríó con humildad. Soy José. Aurelio retrocedió un paso llevándose una mano al pecho. No puede ser. Yo he cantado sus canciones toda mi vida. Mercedes lo admiraba tanto. El triste era nuestra canción. Yo la canto desde hace años, desde antes de quedarme solo, desde antes de perderlo todo.

Las lágrimas comenzaron a caerle sin control y ahora usted está aquí escuchándome a mí, a mí, que ya no soy nadie. José José dio un paso hacia él y puso una mano firme sobre su hombro. No diga eso. Un hombre que todavía puede cantar con esa verdad no ha dejado de ser alguien. Aurelio negó con la cabeza. Mi voz ya no sirve.

Su voz está cansada, dijo José. José, pero el alma no se le ha ido. Aurelio no supo que responder. José José miró hacia la vitrina. Ese micrófono le recordó al suyo, ¿verdad? El anciano asintió despacio. Se parece mucho. El mío tenía una marca aquí en la base. Lo usé durante años. Con ese micrófono canté en mi boda, en el bautizo de mi hijo en el último aniversario que pasé con Mercedes.

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